Capítulo 23 — El arma #2
—Hasta empezar a sentirse mal.
Vauclair no respondió.
Delacroix tampoco.
No necesitaban reconstruir su sufrimiento más de lo imprescindible.
—¿Cuánto tardaría? —preguntó Corbin.
Vauclair levantó una mano.
—No voy a fijar tiempos sin identificar sustancia.
—Pero compatible con morir más tarde esa noche.
—Sí.
—¿Y con seguir escribiendo un rato?
—Sí.
Delacroix miró hacia el escritorio de la Chambre des Tilleuls imaginado en las fotografías.
Pluma destapada.
Papeles.
Un zapato quitado.
Jarra rota después.
Una muerte que no había sido instantánea.
Eso encajaba.
No hacía falta saber minuto a minuto.
—Entonces la llave explica la herida y permite una exposición retardada —dijo Corbin.
—Sí.
—La jarra deja de ser necesaria.
—Sí.
—El cuarto cerrado deja de ser misterio.
—Sí.
Thibault se inclinó hacia delante.
—¿Y eso no es ya demostrar el arma?
Delacroix miró la llave.
—Demuestra que la llave podía funcionar como parte del arma.
—¿Parte?
—Sí.
—¿Qué otra parte?
Delacroix señaló la cerradura imaginaria con un gesto.
—Héloïse.
La reacción fue inmediata.
Geneviève levantó la cabeza.
Delacroix corrigió antes de que alguien interpretara mal.
—Su hábito.
La madre respiró.
—Eso.
—La llave por sí sola podía pasar semanas sin hacer nada. La rebaba podía estar ahí. Incluso la sustancia, durante un tiempo limitado. Pero el mecanismo necesitaba una persona que la utilizara de una forma previsible.
Constance lo observaba.
—Entonces el arma era una costumbre.
Delacroix la miró.
—En parte.
—Eso suena como algo que diría Gabriel.
—Probablemente.
Thibault miró hacia el estudio.
—Le habría encantado.
—No.
Todos lo miraron.
Delacroix sostuvo la vista del joven.
—Le habría gustado tener razón durante unos diez segundos. Después habría recordado por qué.
Thibault bajó los ojos.
El humor desapareció.
Delacroix volvió a la llave.
—Hay otra pregunta.
Corbin suspiró.
—Naturalmente.
—¿Por qué modificar la llave además de aplicar una sustancia?
Vauclair pensó.
—Para producir la herida.
—Sí.
—Sin herida, el contacto podía no bastar.
—No sabemos eso.
—No.
—Pero quien lo hizo debía creer que era necesaria.
Constance levantó la mirada.
—Eso implica conocimiento específico.
—Cierto.
—Más que saber que una planta es venenosa.
—Sí.
Thibault volvió a mirarla.
Ella lo vio.
—Otra vez.
—No he dicho nada.
—Ni falta.
Delacroix intervino.
—No conviertan esto en una competición de miradas. Necesitamos hechos.
Vauclair apoyó un dedo sobre las notas.
—Una persona con experiencia médica básica podía saber que una lesión facilita la entrada de sustancias.
—Sí.
—No hace falta ser toxicólogo.
—No.
—Pero tampoco cualquiera lo pensaría.
—No.
Delacroix miró a Constance.
Ella no rehuyó.
—¿Durante la guerra utilizaba procedimientos en los que medicamentos se aplicaban sobre heridas?
—Claro.
—¿Sustancias potencialmente peligrosas?
—Sí.
—¿Sabía que una dosis o contacto podían comportarse de manera distinta si existía una lesión?
Constance respiró.
—Sí.
Thibault cerró los ojos.
—Basta.
Constance se volvió.
—No.
—Tía…
—Si preguntas, respondo.
—No quiero oírlo.
—Entonces deja de mirarme como si esperaras que mienta.
Thibault se puso de pie.
—¡No sé qué espero!
El estallido atravesó la habitación.
Nadie reaccionó inmediatamente.
Thibault miró a su tía.
—Eso es lo peor.
Constance permaneció sentada.
Él continuó:
—Todo lo que dice tiene sentido. Cada puta cosa.
Sí, sabías. Sí, estabas ahí. Sí, querías evitar el lunes.
Sí, podías entrar. Sí, podías usar una lima.
Sí, sabías que una herida importaba. Sí, pediste hablar con Gabriel.
Sí, tu coartada del reloj no funciona. Sí, la llave de la puerta aparece debajo de tu ventana.
Se pasó ambas manos por el rostro.
—Y todavía no puedo pensar que mataras a Héloïse.
Constance lo miró.
La expresión se suavizó por primera vez en mucho tiempo.
—Entonces no lo pienses porque yo sea tu tía.
—¿Qué?
—Piénsalo o no por lo que haya hecho.
Thibault soltó una risa rota.
—Eso es muy fácil de decir desde ahí.
—No.
Constance bajó la mirada.
—No lo es.
Delacroix observó.
Aquello no ayudaba a decidir inocencia.
Sí ayudaba a entender la clase de relación que Héloïse había intentado romper.
Thibault dependía de Constance incluso para imaginarla culpable.
Geneviève dependía de ella para recordar.
La empresa para sostenerse.
El servicio para resolver problemas.
Todos habían construido durante años una persona cuya función era ser necesaria.
Y Héloïse había decidido dejar de necesitarla.
Delacroix volvió a la mesa.
—Quiero comprobar una última cosa arriba.
Thibault no preguntó.
Subieron Delacroix, Vauclair, Corbin y Constance.
Esta vez la llave original recuperada iba dentro de su sobre.
No la sacaron hasta llegar frente a la Chambre des Tilleuls.
Delacroix abrió.
Entraron.
—Doctor, imagine que no sabe nada de la llave.
Vauclair frunció el ceño.
—Difícil ahora.
—Inténtelo.
Delacroix señaló el lugar aproximado del cuerpo.
—Mujer muerta. Jarra rota. Cristales. Pequeña herida en la mano.
—Pienso vidrio.
—Normal.
—Sí.
—Puerta cerrada por dentro.
—Pienso muerte natural o suicidio antes que intruso.
—Normal.
—Sí.
—No hay violencia.
—Sí.
—Entonces todas las características del mecanismo ayudan a la explicación equivocada.
Vauclair se quedó pensando.
—La herida parece consecuencia de la caída.
—Sí.
—La llave parece prueba de aislamiento.
—Sí.
—La habitación cerrada parece excluir homicidio.
—Sí.
Delacroix miró hacia Constance.
—Es elegante.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Eso es un cumplido?
—No.
—Suena como uno.
—Las bombas también pueden estar bien construidas.
Corbin intervino.
—Pero existe un riesgo.
—¿Cuál?
—Que Héloïse no cierre.
Delacroix asintió.
—Sí.
—Entonces quien lo hizo necesitaba estar muy seguro de la costumbre.
—Exacto.
Constance habló.
—Todos lo sabíamos.
—Los cercanos, sí.
—Entonces vuelve a ampliar la lista.
—En conocimiento de la costumbre.
—Y en acceso a la casa.
—También.
—Entonces.
Delacroix se acercó a la puerta.
—Pero no todos sabían el doce de octubre que el lunes había que impedirlo.
Constance no respondió.
Corbin bajó la mirada.
Vauclair también.
—Y no todos tenían una razón para preparar algo antes de la cena.
Delacroix continuó.
—Thibault tenía motivo.
—Sí —dijo Corbin.
—Pero su reacción habitual ante un problema era precisamente acudir a Constance.
La mujer se quedó quieta.
—Olivier tenía riesgo profesional, pero no experiencia con la víctima ni motivo para entrar en su dormitorio.
—Sí.
—Corbin tenía riesgo jurídico, pero sus actos esa noche fueron intentar revisar papeles y buscar una salida documental.
El abogado asintió.
—Geneviève quería evitar el escándalo, pero no sabía el alcance real.
—Cierto.
—Éliane tenía secretos personales, pero su carta quemada la protegía más de una vergüenza que de prisión.
Vauclair añadió:
—Y yo ni siquiera sabía que había un problema financiero.
Delacroix asintió.
—Mariette robaba, pero Héloïse le había dado precisamente una salida.
Constance sostuvo la mirada.
—Y yo.
Delacroix se volvió.
—Usted tenía todo junto.
—Motivo.
—Sí.
—Acceso.
—Sí.
—Conocimiento.
—Sí.
—Oportunidad.
—Sí.
Constance respiró lentamente.
—Pero todavía no el acto.
—No.
—Entonces sigue sin poder decir que fui yo.
—Todavía.
La palabra quedó entre ambos.
Constance miró la cerradura.
—¿Qué le falta?
Delacroix tardó.
—Quince minutos.
Ella levantó la vista.
—Gabriel.
—Sí.
—Quiere reconstruir exactamente cómo murió.
—Sí.
—¿Y si no puede?
—Podré.
Constance casi sonrió.
—Eso ha sonado menos prudente.
Delacroix le devolvió una sonrisa mínima.
—También estoy cansado.
Bajaron.
En el salón, Thibault seguía de pie donde lo habían dejado.
Miró a Delacroix.
—¿Y?
—La llave funciona.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora sabemos por qué funciona como arma.
—¿Y?
Delacroix guardó el sobre.
—Y el crimen de Héloïse ya no es imposible.
La frase hizo que Geneviève levantara la cabeza.
—¿Está seguro?
—Sí.
Fue la primera vez que Delacroix respondió sin un quizá.
La madre cerró los ojos.
No pareció aliviada.
Pareció devastada.
Porque una muerte imposible podía conservar todavía una forma de accidente.
Una muerte posible tenía que pertenecerle a alguien.
Delacroix miró hacia el estudio.
Gabriel había muerto para impedir que aquella posibilidad se convirtiera en prueba.
Y ahora el primer crimen ya tenía mecanismo.
El segundo debía darle autor.
Tomó el mapa de los trece minutos.
Lo extendió una vez más.
—Ahora dejamos octubre.
Constance observó la hoja.
—¿Y vamos a esta noche?
—Sí.
—¿Por qué?
Delacroix señaló el estudio.
—Porque en octubre alguien tuvo tiempo para pensar.
Después señaló el reloj, el jardín de invierno, la escalera y la ventana del primer piso.
—Esta noche tuvo quince minutos.
Levantó la vista.
—Y quince minutos no alcanzan para ser perfecto.