Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 22 — Una llave entre llaves #4
82%

Capítulo 22 — Una llave entre llaves #4

—¿Ahora va a buscar debajo de mi ventana?

Delacroix se volvió.

—Sí.

—Por supuesto.

—¿Le molesta?

—A estas alturas me sorprendería que no desmontara la habitación.

Thibault se puso de pie.

—Voy.

—No.

—¿Por qué?

—Porque está oscuro y necesito que nadie convierta el jardín en una peregrinación.

Eligió a Vauclair.

Mariette les dio una lámpara más fuerte y un impermeable.

Salieron por la cocina.

El aire frío resultó casi violento después de tantas horas dentro.

El lateral de Les Ormes estaba cubierto de grava mojada. El agua todavía goteaba de los aleros. Delacroix levantó la lámpara.

La ventana de Constance estaba en el primer piso. Debajo había tierra oscura y un seto bajo. Buscaron durante cinco minutos sin encontrar nada.

Vauclair se agachó junto a la grava.

—Aquí.

Delacroix acercó la luz. No era el llavero, solo un tornillo viejo. Siguieron buscando.

—Puede haber caído dentro del seto —dijo Vauclair.

—Sí.

Revisaron el seto. Vauclair apartó una rama y algo metálico reflejó la luz. Delacroix se quedó quieto; el médico no lo tocó.

—¿Eso?

Era un llavero con dos llaves grandes y una pequeña, atrapado entre hojas mojadas. Delacroix sintió cómo la noche entera parecía inclinarse, pero no celebró ni pensó todavía en Constance. Miró primero la trayectoria: ventana, seto, distancia. Perfectamente posible.

—No toque.

Vauclair asintió.

Delacroix sacó un pañuelo limpio y lo recogió con cuidado.

El metal estaba mojado, pero era el llavero de Gabriel. No había duda.

Vauclair levantó la vista hacia la ventana.

—Eso sí es malo.

Delacroix sostuvo el llavero.

—Sí.

—Para ella.

—Sí.

—¿Y ahora?

Delacroix miró hacia la casa.

La luz del salón se filtraba por otras ventanas.

—Ahora volvemos.

—¿Se lo dirá delante de todos?

—Sí.

Entraron por la cocina.

El grupo levantó la cabeza.

Constance vio el llavero antes de que Delacroix hablara.

No cambió de expresión.

Eso fue casi peor.

Thibault se puso de pie.

—¿Dónde?

Delacroix dejó el llavero sobre un paño.

—Debajo de la ventana de Constance.

Geneviève cerró los ojos.

Mariette palideció.

Éliane se llevó una mano al cuello.

Thibault miró a su tía.

—No.

Constance no apartó los ojos del metal.

Delacroix esperó.

—¿Tiene una explicación?

La mujer levantó lentamente la mirada.

—No.

—¿Abrió su ventana durante la pausa?

—No.

—¿Después?

—No.

—¿Estaba abierta cuando subió?

—No.

—¿Alguien pudo entrar en su habitación?

—Sí.

—¿Quién?

—Cualquiera que subiera.

—¿La puerta estaba cerrada?

—No con llave.

—¿Oyó a alguien mientras estaba dentro?

—Dije que pasos.

—Sí.

—Entonces alguien pudo entrar después de que yo bajara y arrojarlo.

Delacroix asintió.

—Pudo.

Thibault giró hacia él.

—¡¿Pudo?!

—Sí.

—La llave aparece bajo su ventana.

—Sí.

—Mintió sobre el reloj.

—Su recuerdo falló o mintió.

—Pidió hablar con Gabriel.

—Sí.

—Estuvo en la habitación de Héloïse.

—Sí.

—Sabía de venenos.

—Sí.

—¡¿Qué más quiere?!

Delacroix lo miró.

—Que ninguna de esas cosas necesite que yo deje de pensar.

Thibault se quedó temblando.

Constance habló.

—Déjalo.

Él se volvió.

—¿Cómo puedes decirme eso?

—Porque está haciendo su trabajo.

—Todo te señala.

—Lo sé.

La calma de la frase lo destruyó un poco.

Thibault volvió a sentarse.

Delacroix observó a Constance.

—Si alguien quiso incriminarla, eligió bien.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Mariette?

La mujer abrió los ojos.

Constance la miró.

—No.

Delacroix registró la respuesta.

Inmediata.

—¿Por qué no?

—Porque no lo haría.

—Eso no es prueba.

—No.

—¿Thibault?

Constance casi sonrió.

—No habría encontrado mi ventana.

Él soltó una risa rota.

—Gracias.

—¿Olivier?

—No veo por qué.

—¿Corbin?

—Tampoco.

—¿Éliane?

Constance pensó.

—Podría.

Éliane se puso rígida.

—¿Qué?

—Ha preguntado posibilidades.

—¿Y por qué yo?

—Porque conocías la casa.

—No así.

Delacroix levantó una mano.

—Basta.

No quería convertir la defensa de Constance en una nueva rueda de acusaciones.

Miró el llavero. La segunda pieza acababa de aparecer: la llave de Héloïse había sido escondida entre otras llaves; el llavero, en cambio, había recibido una ocultación apresurada. El contraste era casi perfecto.

El primer crimen había tenido meses, años incluso, de hábitos detrás.

El segundo había tenido minutos.

Delacroix sintió que la estructura entera de las dos muertes acababa de alinearse.

Todavía faltaba demostrar una cosa.

No dónde estuvo Constance.

No qué sabía.

No siquiera por qué podía haber querido detener a Héloïse.

Faltaba mostrar que los dos crímenes respondían al mismo reflejo.

Resolver antes de que ocurriera lo intolerable.

Delacroix miró a Constance.

Ella sostuvo la mirada.

—Ahora sí está más cerca.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Lo suficiente?

Delacroix pensó en Héloïse, en Gabriel, en la lima, en el reloj imposible, en la llave entre llaves y en el llavero bajo la ventana.

En una mujer que había pasado años evitando que las consecuencias llegaran a quienes amaba.

—Lo suficiente para dejar de buscar a alguien capaz de hacerlo.

Constance no se movió.

—¿Y empezar a buscar qué?

Delacroix recogió lentamente las dos evidencias.

—El momento exacto en que decidió hacerlo.