Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 22 — Una llave entre llaves #3
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Capítulo 22 — Una llave entre llaves #3

—Y podía haber matado a Gabriel porque pensó que descubriría los robos.

Mariette se puso de pie.

—¡No!

Constance no levantó la voz.

—Estoy mostrando una posibilidad.

—Gabriel ya sabía que yo mentía.

—No sabía por qué.

—¡Yo no lo maté!

Delacroix se interpuso.

—Siéntese.

Mariette respiraba rápido.

—Pero…

—Mariette.

La mujer obedeció.

Delacroix miró a Constance.

—Y usted acaba de hacer algo útil.

—¿Qué?

—Recordarnos que una cadena de circunstancias puede construirse contra casi cualquiera si uno selecciona las piezas adecuadas.

Constance sostuvo su mirada.

—Eso llevo diciendo toda la noche.

—Sí.

—Entonces quizá empiece a creerme.

—Creo el principio. No necesariamente su aplicación.

Thibault se frotó las sienes.

—Me encantaría que alguien hablara como una persona normal durante cinco minutos.

Delacroix ignoró el comentario.

—Mariette podía acceder al escondite. También Constance. Quizá alguien más que no recuerde haberlo visto. Por tanto, encontrar la llave aquí no identifica por sí solo a quien la ocultó.

Geneviève se inclinó.

—¿Qué sí?

Delacroix miró la pieza sellada.

—La razón por la que alguien necesitó ocultarla justo después de matar a Gabriel.

—Ya la sabemos —dijo Thibault—. Porque lo incriminaba.

—¿En qué?

El joven frunció el ceño.

—En Héloïse.

—Exacto.

—Entonces el asesino de Gabriel es el de Héloïse.

Delacroix lo miró.

—Muy probablemente.

—¿Muy probablemente?

—Gabriel también podía haber sido asesinado por alguien que temiera quedar acusado injustamente por la llave.

Thibault se quedó callado.

—O por alguien que quería proteger a otra persona —añadió Geneviève.

Delacroix la observó.

—Sí.

La familia Mareuil sabía mucho de eso.

Constance bajó la vista.

—Entonces todavía no tiene lo que quiere.

—No.

—¿Qué quiere?

Delacroix pensó en las dos muertes: Héloïse había exigido preparación; Gabriel, urgencia. El mismo objeto estaba en el centro. Era mucho, pero todavía podía imaginar una historia alternativa, y eso significaba que aún faltaba algo.

—Quiero que el primer crimen me diga algo que el segundo no pueda explicar por casualidad.

Constance lo miró.

—Y al revés.

—Exacto.

Vauclair se acercó a la chimenea.

—¿La marca de la muñeca?

Delacroix pensó.

—Puede ayudar.

—¿El reloj?

—También.

—¿La llave principal?

Delacroix levantó la vista.

Ahí.

La pieza todavía desaparecida.

—Sí.

Thibault frunció el ceño.

—¿Por qué?

Delacroix señaló la entrada.

—Porque la llave de Héloïse tenía una razón obvia para ser robada.

—Destruir evidencia.

—Sí.

—¿Y la otra?

—Eso es lo que quiero saber.

El silencio volvió.

Quien hubiera matado a Gabriel podía tomar el sobre y marcharse.

No necesitaba la llave principal para salir de Les Ormes. Había salidas secundarias.

No necesitaba encerrar a los demás. También podían abrir por otras puertas.

Entonces, ¿por qué tomarla?

Podía haberla agarrado junto con otro llavero por error.

O podía tener una función.

Delacroix miró a Mariette.

—El llavero de la puerta principal. ¿Cómo era?

—Dos llaves grandes y una pequeña.

—¿Solo abría la entrada?

—La grande. Otra era de la verja. La pequeña creo que del buzón exterior.

—Entonces desapareció el llavero entero.

—Sí.

Delacroix frunció el ceño. Eso permitía una posibilidad nueva: no había desaparecido una llave, sino un conjunto.

—¿Gabriel lo llevaba siempre en el mismo bolsillo?

Thibault respondió.

—Sí.

—¿Y el pequeño llavero del cajón en el otro?

—Eso dijo.

Delacroix recordó el cuerpo. Habían registrado ambos bolsillos interiores y estaban vacíos.

La pequeña llave del cajón apareció después en el suelo.

El llavero grande no.

Tal vez el asesino había tomado ambos por rapidez.

Abrió cajón con uno.

Guarda llave original.

Mata.

Toma del cuerpo lo que cree necesario.

Uno cae.

El otro sigue en la mano.

Y luego tiene que esconderlo.

—Buscaremos el llavero.

Thibault suspiró.

—Otra caminata.

—Puede quedarse sentado.

—Ahora ya quiero verlo.

Buscaron primero el armario de servicio y después el taller pequeño. Revisaron cajas de herramientas, cajones, frascos, clavos y bisagras; pasaron luego al jardín de invierno, al corredor, a la escalera y a la cocina. El llavero no apareció.

La búsqueda se extendió durante casi veinte minutos y empezó a producir un cansancio distinto.

Ya no era el agotamiento mental de las confesiones.

Era la irritación concreta de saber que un objeto debía estar en algún lugar y que una casa podía esconderlo simplemente por tener suficientes superficies.

Thibault revisó debajo de un aparador.

—Si lo encuentro, exijo dormir.

—Si lo encuentra, le permitiré sentarse con superioridad moral durante cinco minutos.

—Acepto.

No lo encontró.

Mariette se detuvo junto a la despensa.

—Hay un cubo de carbón cerca de la cocina.

Delacroix la miró.

—¿Por qué?

—Porque si alguien quería esconder metal deprisa…

Fueron.

Nada.

Geneviève, desde el salón, preguntó:

—¿Y si lo arrojó fuera?

Delacroix se acercó a una ventana.

La lluvia había disminuido. El jardín era una extensión negra.

—Posible.

—Entonces no lo encontraremos hasta que amanezca.

—Sí.

Constance estaba sentada de nuevo.

—Quizá era precisamente la intención.

Delacroix la miró.

—¿Cuál?

—Que no se encontrara esta noche.

—¿Dónde lo habría arrojado usted?

La pregunta fue deliberada.

Constance la recibió.

—Si quisiera deshacerme de un llavero de metal sin salir, abriría una ventana y lo arrojaría a un lugar donde el ruido no se oyera.

—¿Jardín de invierno?

—Demasiado cristal.

—¿Cocina?

—Hay tierra cerca.

—¿Desde arriba?

Constance se quedó pensando.

—Más lejos.

—Interesante.

Thibault la miró.

—¿Puedes dejar de ser buena en esto?

Ella soltó una risa cansada.

—No.

Delacroix observó las ventanas.

Entonces recordó algo.

Constance había dicho que durante la pausa subió a su habitación.

Se lavó las manos.

Se sentó.

Después bajó.

Si alguien quería arrojar un llavero lejos de la casa sin ser visto, una ventana del primer piso era mejor que la planta baja.

No dijo nada.

Todavía.

—Mariette. ¿Qué hay debajo de las ventanas de la habitación de Constance?

La mujer pensó.

—El lateral norte. Grava y después un seto.

Constance levantó la mirada.