Capítulo 22 — Una llave entre llaves #2
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—¿Qué quieres que haga?
—No sé. Algo.
—Eso describe bastante bien tu vida.
La crueldad fue ligera y por eso dolió más. Thibault apartó la mirada mientras Delacroix envolvía la llave otra vez.
—Volvemos abajo.
Geneviève no se movió.
—Quiero verla.
Delacroix la miró.
—Ya la ha visto.
—Quiero verla de cerca.
Él dudó.
Después acercó el paño sin permitir que la tocara.
Geneviève contempló la llave durante varios segundos.
—Es absurda.
Nadie respondió.
—Es una llave.
Delacroix asintió.
—Sí.
—Héloïse murió por algo así.
La voz se quebró en la última palabra.
Delacroix esperó.
—Quizá.
Geneviève levantó los ojos.
—No diga quizá ahora.
—Tengo que hacerlo.
Ella respiró.
Después asintió.
—Lo sé.
Bajaron.
Delacroix colocó la llave encontrada en un sobre nuevo. No la selló todavía. Necesitaba examinarla con mejor luz, fotografiar su estado y evitar que nadie pudiera afirmar después que había sido alterada durante el resto de la noche.
—¿Y el sobre original? —preguntó Corbin.
Buena pregunta.
La llave había estado dentro de dos sobres sellados.
Ahora aparecía desnuda.
—No estaba en el armario —dijo Mariette.
—Entonces quien la escondió retiró el embalaje.
—¿Por qué? —preguntó Éliane.
Thibault respondió.
—Porque una llave envuelta en un sobre con tres firmas llama un poco la atención.
—Correcto —dijo Delacroix.
—¿Y el sobre?
—Es más fácil destruir papel que metal.
Constance levantó la vista.
—Chimenea.
Todos miraron el fuego. Delacroix también; había ardido durante toda la noche.
Thibault se acercó.
—¿Podría haberlo quemado?
—Sí.
—¿Podemos saberlo?
Delacroix se agachó frente a la chimenea.
Había ceniza reciente, restos de leña y pequeños fragmentos negros.
No iba a buscar milagros.
Con unas pinzas del hogar removió superficialmente.
Algo blanco, medio carbonizado, apareció entre las brasas apagadas de un lateral.
Corbin se acercó.
—¿Papel?
Delacroix extrajo con cuidado un fragmento irregular. Había tinta. Vauclair se inclinó mientras él acercaba la lámpara: solo se distinguían dos trazos, parte quizá de cualquier palabra o de una firma.
—No sabemos.
Thibault frunció el ceño.
—¿Cuándo se añadió leña?
Delacroix recordó.
Él mismo había puesto un tronco al empezar la pausa.
Después del asesinato, nadie debía haber manipulado el fuego.
Pero durante la pausa…
—¿Quién estuvo cerca de la chimenea?
Corbin.
Vauclair.
Geneviève.
Delacroix.
Constance al inicio.
Cualquiera podía haber arrojado papel sin llamar la atención si regresaba por el salón.
—No sirve todavía.
Thibault soltó aire.
—Empiezo a saber cuándo va a decir eso.
—Está aprendiendo deprisa.
Delacroix guardó el fragmento aparte. El sobre podía haber ardido o podía tratarse de otra hoja.
No construiría una prueba con ceniza que deseaba que fuera algo.
—Hay otra cosa —dijo Olivier.
Todos lo miraron.
El empresario señaló hacia la llave recuperada.
—Quien la escondió aquí sabía que podía encontrarla después.
Delacroix frunció el ceño.
—Explíquese.
—Si solo quería hacerla desaparecer, podía arrojarla al pozo, enterrarla, tirarla al jardín.
—Con riesgo de ser visto.
—Sí. Pero aquí sigue accesible.
Constance habló.
—Quizá porque no tuvo tiempo para otra cosa.
Olivier la miró.
—O porque pensaba recuperarla.
Delacroix observó la llave. Era interesante porque revelaba una necesidad inmediata de quitársela de encima; no hacía falta imaginar un plan posterior.
No hacía falta imaginar un plan posterior.
—La urgencia explica el escondite —dijo.
Olivier asintió.
—Sí.
—Pero tiene razón en una cosa. No fue un ocultamiento definitivo.
Vauclair preguntó:
—¿Esperaba moverla más tarde?
—Quizá al amanecer, si conseguía oportunidad.
—O cuando se dispersara el grupo —dijo Corbin.
—Sí.
Thibault miró la puerta principal.
—Pero seguía faltando la otra llave.
Delacroix levantó la vista.
Exactamente.
La llave de Gabriel que abría la entrada principal no había aparecido.
Una pieza se había escondido y la otra seguía desaparecida.
Eso significaba que quizá no habían sido tomadas por la misma razón.
—Busquémosla también.
Mariette pensó.
—¿En el mismo armario?
—Ya hemos revisado.
—Hay otra caja junto al taller.
Delacroix negó.
—Después.
Thibault lo miró.
—¿Por qué después?
—Porque la llave principal no explica la muerte de Héloïse.
—Pero puede explicar la de Gabriel.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix guardó el sobre nuevo.
—Primero quiero saber qué nos dice esta.
Volvieron a sentarse. La atmósfera había cambiado.
Hasta ese momento, la teoría de la llave era una construcción.
Ahora había metal sobre la mesa.
El objeto concreto obligaba a todos a tratar la idea con otro respeto.
Vauclair observó el aro bajo la lupa.
—La rebaba sigue siendo suficientemente aguda.
—¿Podría cortar?
—Sí.
—¿Aun ahora?
—Con presión.
Delacroix extendió un trozo de cuero fino que Gabriel había usado en sus pruebas.
No iba a utilizar piel.
Presionó el aro de la llave contra el material y simuló el giro.
La punta dejó una línea pequeña.
Todos la vieron.
Nadie habló.
—Eso demuestra capacidad mecánica —dijo Corbin.
—Exacto.
—No veneno.
—No.
—Ni autor.
—No.
Thibault se frotó el rostro.
—Tiene que ser agotador ser usted.
—Muchísimo.
Vauclair continuó examinando.
—Hay algo.
Delacroix se inclinó.
—¿Qué?
—La irregularidad no parece accidental.
—¿Por las líneas?
—Sí. Están concentradas en una zona muy pequeña. Si fuera desgaste, esperaría una superficie más pulida, no un borde levantado.
—¿Puede demostrar herramienta?
—No.
—Pero.
—Compatible con una lima fina.
Mariette cerró los ojos. La caja, la lima sobre la mesa y Constance en el corredor no la condenaban, pero la posibilidad dejaba de ser abstracta. Delacroix miró a Constance.
—¿Quiere verla?
La pregunta sorprendió a todos.
A ella también.
—¿Por qué?
—Porque lleva horas escuchándonos describirla.
Constance se acercó.
Delacroix sostuvo el paño, manteniendo la pieza sin entregársela.
Ella observó.
No hizo ningún gesto.
—¿La reconoce?
—Sí.
—¿De octubre?
—La vi muchas veces.
—¿Recuerda esa irregularidad?
—No.
—¿Recuerda haberla tocado?
Constance sostuvo su mirada.
—No.
—No que recuerde o no.
—No.
Delacroix asintió.
—¿Qué piensa al verla?
Thibault la miró.
Geneviève también.
Constance tardó.
—Que si alguien hizo lo que usted cree, eligió bien.
—¿Por qué?
—Porque nadie mira una llave.
Delacroix permaneció quieto.
—Gabriel sí.
—Después.
—Sí.
—Y por eso está muerto.
La frase cayó limpia, demasiado limpia. Delacroix la observó.
—Eso ha sonado a certeza.
Constance no retrocedió.
—A lógica.
—Explíquela.
—Si la llave desapareció de su cajón inmediatamente después de que lo mataran, parece razonable pensar que murió por ella.
—Sí.
—No necesito haberlo matado para entenderlo.
—No.
Constance regresó a su silla. Delacroix guardó el intercambio: no había confesión ni error, y eso también podía ser inocencia.
Thibault señaló el sobre.
—¿Qué hacemos con ella ahora?
—La custodiamos.
—¿Dónde?
Delacroix miró el estudio.
—No en otro cajón de Gabriel.
Eso produjo una risa mínima.
—La guardaré yo.
Corbin frunció el ceño.
—Antes decidió que no era prudente.
—Antes quien quería robarla no había demostrado que podía matar por hacerlo.
El salón quedó quieto.
—Precisamente —dijo Corbin—. Ahora es más peligroso.
—Para mí.
—Sí.
—Me parece aceptable.
Vauclair negó.
—No.
Delacroix lo miró.
—¿No?
—Si de verdad cree que alguien mató a Gabriel por esa llave, llevarla encima lo convierte en el próximo problema.
Thibault sonrió sin humor.
—Por fin alguien lo dice.
Delacroix consideró.
Vauclair tenía razón.
Y, más importante, quien buscara la llave debía saber exactamente dónde estaba.
Eso podía servir.
—Entonces haremos algo distinto.
Tomó dos sobres iguales.
Introdujo la llave verdadera en uno.
En el otro colocó una llave antigua de tamaño semejante.
Los selló.
Firmó ambos sobre la solapa.
—¿Qué hace? —preguntó Geneviève.
—Reducir certezas.
—¿Cuál es cuál?
Delacroix miró a Vauclair.
El médico había seguido cada movimiento.
—Usted lo sabe.
Vauclair asintió.
Delacroix miró a Corbin.
—Usted también.
Corbin confirmó.
—Nadie más.
Thibault levantó la mano.
—Yo miré.
—Usted cree que miró.
—Eso es irritante.
—La intención era esa.
Delacroix entregó uno de los sobres a Vauclair.
Guardó el otro.
—A partir de ahora, quien intente robarme algo tendrá un cincuenta por ciento de posibilidades de perder el tiempo.
Constance lo miró.
—A menos que se lleve los dos.
Delacroix sonrió.
—Entonces sabré que piensa como usted.
Ella no respondió. Los sobres quedaron separados, una pequeña medida que no ofrecía protección real contra la violencia.
Pero Delacroix no quería volver a darle a nadie una única pieza que pudiera resolver destruyendo un objeto.
—Ahora —dijo—, quiero saber quién conocía el armario de servicio suficientemente bien para elegirlo en menos de tres minutos.
Mariette respondió primero.
—Yo.
—Sí.
—Morel.
—No estaba.
—Gabriel.
—Muerto.
—Constance.
La mujer levantó la vista.
—Sí.
—Geneviève —añadió Mariette—, quizá.
Ella negó.
—Sé que existe el corredor. No ese armario.
—Thibault.
El joven frunció el ceño.
—He visto llaves ahí, pero no habría recordado el lugar en una urgencia.
—Olivier.
—No.
—Corbin.
—No.
—Éliane.
—No.
—Vauclair.
El médico negó.
Delacroix miró a Constance.
—Entonces, entre los presentes, Mariette y usted son quienes mejor conocían ese escondite.
Mariette palideció.
Constance no.
—Y Mariette estuvo en el corredor de servicio durante la pausa —dijo ella.
Todos miraron a la doncella.
Mariette abrió los ojos.
—Yo no…
Delacroix levantó una mano.
—Es cierto.
Constance continuó:
—Sin testigos.
—También.
—Y vio a Gabriel vivo antes de ir allí.
—Sí.
Mariette se quedó pálida.
Thibault miró a Delacroix.
—¿Ahora qué?
—Ahora nada.
Mariette soltó aire.
Constance lo observó.
—No puede descartar esa posibilidad solo porque Mariette lo ayudó.
—No la descarto.
—Bien.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Pero Mariette tenía una razón para estar en la zona de servicio que confesó antes de saber dónde encontraríamos la llave.
—Podía haber preparado esa explicación.
—Sí.