Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 22 — Una llave entre llaves
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Capítulo 22 — Una llave entre llaves

El armario de servicio estaba exactamente donde Mariette había dicho y resultaba tan poco memorable que Delacroix comprendió enseguida por qué era un buen escondite.

No tenía cerradura. Ni siquiera una puerta digna de ese nombre.

Era un mueble alto, encajado en una pared del corredor que comunicaba la despensa con una pequeña estancia donde se guardaban manteles, productos de limpieza y objetos domésticos que alguna generación anterior había considerado demasiado útiles para tirar y demasiado inútiles para colocar en una habitación visible.

Las dos hojas de madera estaban deformadas por la humedad y una de ellas no cerraba completamente.

Dentro había cajas, cuerdas, candeleros incompletos, tiradores de puertas, piezas de cerrajería, etiquetas antiguas y, colgadas de varios ganchos, docenas de llaves.

Delacroix sostuvo la lámpara.

Mariette miró el contenido.

—Le dije que había muchas.

—Me alegra que no exagerara.

—¿Cómo vamos a saber cuál es?

Delacroix no respondió inmediatamente.

Las llaves eran de todas las formas imaginables.

Algunas grandes, negras, antiguas, con aros ovalados y dientes que parecían diseñados para puertas de fortaleza.

Otras pequeñas, casi delicadas, de cajones, cofres o escritorios desaparecidos.

Varias llevaban etiquetas amarillentas escritas con tinta desvaída.

Bodega vieja.

Habitación norte.

Baúl monsieur.

Puerta jardín — anterior.

Había también un puñado sin etiqueta.

Naturalmente.

Mariette señaló la zona inferior.

—Morel guardaba ahí las que ya no sabía de qué eran.

Delacroix se agachó.

Un recipiente de metal contenía al menos veinte.

—¿Gabriel revisaba esto?

—A veces.

—¿Con frecuencia?

—No.

—¿Constance sabía que existía?

—Sí.

—Eso ya lo ha dicho.

—Todos lo sabíamos.

Delacroix la miró.

—Eso también importa.

No quería que el hallazgo futuro, si existía, se convirtiera en una acusación por asociación. Un escondite conocido por media casa podía señalar a cualquiera que hubiera pasado por allí durante la pausa.

Y, sin embargo, necesitaba otra cosa.

Tiempo.

—Durante los trece minutos, ¿quién pudo llegar hasta aquí?

Mariette pensó.

—Yo.

—Sí.

—Alguien desde el vestíbulo, si venía por la cocina.

—¿Cuánto tarda?

—Dos minutos, quizá.

Delacroix miró el reloj.

—Vamos a comprobarlo.

Regresaron al salón.

La distribución que había impuesto seguía casi intacta.

Vauclair permanecía junto a Geneviève y Éliane.

Corbin discutía en voz baja con Olivier.

Thibault y Constance estaban sentados uno frente al otro, sin hablar, y parecían haber descubierto que el parentesco podía ser una forma especialmente refinada de vigilancia.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Ya encontró el tesoro?

—Todavía no.

—¿Entonces?

—Necesito una caminata.

—Temía que dijera eso.

Delacroix eligió a Corbin como testigo y a Thibault como cronómetro improvisado. Desde el estudio hasta el armario de servicio, caminando normalmente y sin correr, tardaron un minuto y cuarenta y ocho segundos.

Desde el salón, algo menos.

Desde el pie de la escalera principal, un minuto y medio.

—Eso es poco —dijo Corbin.

—Sí.

—Entonces cualquiera pudo.

—Cualquiera que supiera qué buscaba y dónde esconderlo.

Thibault miró el armario.

—¿Y después volver al salón sin que nadie lo notara?

—También.

—Qué alentador.

Delacroix abrió de nuevo las puertas.

—Ahora quiero saber qué pasó aquí durante la pausa.

Mariette frunció el ceño.

—¿Cómo?

—¿Alguien recuerda haber venido a la cocina?

Olivier respondió desde el corredor.

—Yo no.

Corbin negó.

Thibault también.

Constance llegó con Geneviève detrás.

—Yo no.

Delacroix la observó.

—¿Ni después de bajar de su habitación?

—No.

—¿Fue directamente al salón?

—Sí.

Mariette habló.

—Cuando volví de la escalera de servicio, la puerta de la despensa estaba entreabierta.

Delacroix se volvió.

—¿Lo estaba antes?

Ella pensó.

—No lo sé.

—¿Suele estar cerrada?

—Sí.

—¿Con llave?

—No.

—¿La vio abierta durante la pausa?

—Un poco.

Delacroix miró hacia la puerta. No demostraba nada, pero empezaba a dibujar una ruta.

Alguien podía abandonar el estudio, cruzar el vestíbulo, evitar el salón, entrar en el corredor de servicio, ocultar la llave y regresar por otra vía.

—¿Hay otra salida desde aquí hacia la parte principal? —preguntó.

Mariette señaló.

—Por la cocina al comedor.

Delacroix siguió con la mirada.

Eso permitía entrar por un lado y volver por otro.

Una casa grande no necesitaba pasadizos secretos; le bastaban demasiadas puertas.

—Busquemos.

Thibault miró las llaves.

—¿Todos?

—No. Eso sería una buena forma de perder otras tres.

Mariette se quedó. Corbin también. Vauclair se acercó después de dejar a Geneviève con Éliane. Delacroix pidió a los demás que permanecieran en el salón.

Constance no protestó.

Eso lo irritó más de lo que habría querido admitir.

Empezaron por las llaves etiquetadas.

La de la Chambre des Tilleuls tenía una forma conocida gracias a las fotografías de Gabriel: aro redondo ligeramente irregular, vástago largo, dientes simples. Antigua pero no negra; el metal había sido limpiado con los años y conservaba un brillo opaco en algunas zonas.

Muchas se parecían demasiado.

Delacroix las tomó una a una utilizando un paño.

—No toque el interior de los aros —dijo a Mariette.

—¿Cree que todavía puede quedar algo?

Vauclair respondió.

—Químicamente, es improbable que podamos obtener una conclusión simple después de tanto tiempo, pero cuanto menos contaminemos, mejor.

Corbin miró al médico.

—¿Existe alguna posibilidad real?

—No lo sé.

—Otra vez esa palabra.

Delacroix sonrió.

—Está de moda.

Avanzaron.

Una llave de bodega.

Otra de un armario desmontado.

Dos casi iguales de habitaciones de invitados que ya no conservaban las cerraduras originales.

Una tenía un aro muy grande y otra era demasiado corta. Ninguna servía. Delacroix empezó a comprender el escondite.

Si uno dejaba una llave antigua dentro de aquel recipiente sin etiqueta, nadie podía distinguirla a simple vista de las demás salvo quien conociera exactamente su forma.

Eso era mejor que arrojarla al jardín, donde una búsqueda metódica podía encontrarla.

Mejor que quemarla, imposible.

Mejor que guardarla encima.

Una llave entre llaves dejaba de ser una pieza de evidencia.

Volvía a convertirse en metal viejo.

—¿Cuántas faltan por revisar? —preguntó Corbin.

Mariette miró el recipiente.

—Quince.

Thibault apareció en la puerta.

—¿Puedo hacer una observación irritante?

Delacroix no levantó la vista.

—Nunca ha necesitado permiso.

—Si el asesino tuvo tiempo de guardar esto aquí, también pudo cambiarle la etiqueta.

Delacroix lo miró.

—Sí.

—Entonces buscar por nombre no sirve.

—Por eso estamos mirando todas.

Thibault sonrió.

—Era mi contribución.

—Valiosa y tardía.

El joven se apoyó en el marco.

—¿Puedo quedarme?

—Sí. Sin tocar.

—Estoy empezando a sentir que soy un niño en una tienda.

—Con antecedentes de falsificación, es razonable.

Thibault soltó una risa. Delacroix tomó otra llave y después otra, sin resultado, hasta que la siguiente le hizo detenerse. No porque reconociera inmediatamente la forma, sino porque el aro tenía una pequeña irregularidad. Levantó la lámpara.

Vauclair se acercó.

—¿Qué?

Delacroix no respondió.

Giró la llave con el paño.

El interior del aro mostraba una zona más áspera.

La irregularidad era pequeña, casi invisible. Corbin contuvo el aire.

Thibault dejó de sonreír.

—¿Es?

Delacroix comparó mentalmente con la fotografía: mismo tamaño aproximado, mismo vástago, dientes que parecían correctos y, en el borde interior, unas líneas que no podían verse bien sin lupa.

—Traiga las fotografías —dijo.

Thibault salió.

Regresó menos de un minuto después con la carpeta de Gabriel y la lupa.

Delacroix colocó la llave sobre un paño blanco. Nadie habló mientras Vauclair acercaba la lámpara y él ponía la fotografía al lado. La semejanza era inmediata; no absoluta, pero suficiente.

—Es la misma —dijo Mariette.

Corbin levantó una mano.

—No todavía.

Delacroix lo miró.

—Muy bien.

El abogado pareció sorprendido de recibir aprobación.

—Necesitamos la cerradura.

—Sí.

Subieron.

Todos.

Esta vez Delacroix no quiso dejar a nadie abajo mientras transportaba la pieza encontrada. La marcha por la casa adquirió algo grotescamente ceremonial: nueve personas detrás de una llave envuelta en un paño.

La Chambre des Tilleuls los recibió en silencio.

Delacroix se acercó a la cerradura.

—Nadie toca.

Introdujo la llave. Entró con suavidad y giró; la cerradura ofreció resistencia al final y después cedió. El pestillo se movió.

Geneviève cerró los ojos, Thibault murmuró una maldición y Mariette se llevó una mano a la boca. Constance no dijo nada.

Delacroix abrió la puerta, volvió a cerrarla y giró otra vez. La llave funcionaba.

—Ahora sí —dijo Corbin.

Delacroix la retiró.

—Ahora sabemos que abre la puerta.

—¿Puede haber otra llave que también lo haga?

Gabriel habría hecho esa pregunta.

Delacroix agradeció que Corbin la hiciera.

—Sí.

Thibault soltó aire.

—Por supuesto.

—Pero tenemos algo más.

Delacroix colocó la llave junto a la fotografía.

Mismo desgaste en el vástago.

Una pequeña muesca exterior.

La proporción del aro.

Y la irregularidad interior.

Vauclair examinó con la lupa.

—Las líneas coinciden en orientación.

—¿Puede decir que son las mismas?

—No soy perito en metal.

—Bien.

Corbin miró a Delacroix.

—Pero es muy probable.

—Sí.

Delacroix observó la pieza. La habían recuperado cinco meses después de una muerte y menos de una hora después de otra; era la misma llave que había estado junto al cadáver de Héloïse, que había cortado a Gabriel en enero, que había desaparecido tras su asesinato y que alguien acababa de esconder entre otras llaves.

Thibault se volvió hacia Constance.

—¿Fuiste tú?

Delacroix reaccionó antes que ella.

—No.

Thibault lo miró.

—¿No qué?

—No haga esa pregunta todavía.

—¿Por qué?

—Porque cualquiera que supiera del armario podía esconderla.

—Pero…

—Thibault.

—Siempre hay un pero.

—Sí. Los buenos casos tienen muchos.

Constance habló.

—Déjalo.

Él se volvió.