Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 21 — La pregunta equivocada #2
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Capítulo 21 — La pregunta equivocada #2

—¿Qué dijo?

—Que quería hablar con él.

—¿Sobre Héloïse?

—Sí.

—¿Por qué no lo contó?

—Porque no llegué a hacerlo.

Delacroix la observó.

—¿Entonces pidió hablar y después decidió no hablar?

—Sí.

—¿Por qué?

Constance tardó.

—Porque cambié de opinión.

Thibault soltó una risa incrédula.

—Naturalmente.

Ella se volvió.

—¿Quieres callarte?

—No especialmente.

Delacroix levantó una mano.

—¿Qué quería decirle a Gabriel?

Constance miró hacia el estudio.

—Que Héloïse había hablado conmigo aquella tarde de algo que yo no había contado.

El salón se quedó quieto.

—¿Qué?

—Que pensaba apartar a Thibault completamente de cualquier participación económica futura.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Qué?

Constance lo miró.

—No te lo dije.

—Eso ya lo veo.

—Quería incluirlo en la reorganización después del auditor.

—¿Excluirme de qué?

—De los poderes, de las acciones que pudiera controlar, de cualquier capacidad de firmar por la familia.

Thibault palideció.

—¿Y eso por qué querías contárselo a Gabriel?

Constance respondió a Delacroix, no a él.

—Porque podía explicar parte de la discusión de aquella tarde y quizá algún documento que Gabriel encontrara.

—¿Y por qué no lo dijo durante todas las horas anteriores?

—Porque no quería humillar más a Thibault.

Él soltó una risa.

—Qué detalle.

Constance lo miró con cansancio.

—No todo gira alrededor de tu necesidad de saber cada cosa desagradable en el peor momento.

Delacroix intervino.

—Entonces pidió hablar con Gabriel durante la pausa.

—Sí.

—¿Fue al estudio?

—No.

—¿Cambió de opinión antes?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando salí hacia el jardín de invierno.

—¿Por qué?

—Porque entendí que ya no importaba.

—¿Qué no importaba?

—El documento. Lo de Thibault. Después de todo lo que había salido, era menor.

Delacroix la observó. Podía ser verdad; era incluso razonable, y ese era el problema.

—¿Y no pensó que Gabriel podía esperarla?

—No quedamos en nada concreto.

Mariette intervino.

—Él asintió.

Constance la miró con frialdad.

—Naturalmente asentiría si le digo que quiero hablar.

—¿Dijo que la esperaba?

—No.

Delacroix se volvió hacia Mariette.

—¿Lo oyó?

—No.

—Bien.

No permitiría que la escena se completara sola.

Todavía.

—Constance pidió una conversación —dijo—. Eso la coloca como alguien que tenía una razón declarada para acercarse al estudio. No demuestra que lo hiciera.

Thibault lo miró.

—¿Cuánto más va a concederle?

Delacroix se volvió hacia él.

—Todo lo que le concedería a usted.

Eso lo calló.

Delacroix volvió al segundo mapa.

—Ahora superpongamos las dos muertes.

Escribió dos columnas.

HÉLOÏSE

GAbrIEL

Debajo de la primera:

Amenaza futura.

Debajo de la segunda:

Evidencia futura.

Thibault frunció el ceño.

Delacroix escribió:

Lunes.

Y enfrente:

Después de la pausa.

—En ambos casos alguien tiene un problema que todavía no ha ocurrido.

Vauclair entendió primero.

—Héloïse iba a actuar el lunes.

—Sí.

—Gabriel iba a enseñarle la llave después de la pausa.

—Sí.

Delacroix escribió una tercera línea en ambas columnas.

Todavía hay tiempo para impedirlo.

La habitación permaneció inmóvil.

—Ese es el patrón —dijo.

Constance lo observó.

—Está forzándolo.

—Puede ser.

—En el primer caso habla de una semana, bancos, auditorías y una empresa. En el segundo, de una fotografía y una llave. No son lo mismo.

—No.

—Entonces no hay patrón.

Delacroix levantó la mirada.

—Hay una persona que no espera a que el problema ocurra.

Constance no respondió.

—Lo resuelve antes.

Thibault bajó la cabeza.

Geneviève miró a su hermana.

Mariette cerró los ojos.

Delacroix continuó, pero sin elevar la voz.

—Héloïse no había denunciado. No había retirado todavía los avales. No había llevado a Thibault ante un juez. El problema era el lunes.

Señaló el estudio.

—Gabriel no había demostrado nada. Yo no había examinado la llave con medios adecuados. Nadie había acusado a nadie. El problema era después de la pausa.

Constance lo miró fijamente.

—Y cree que alguien decidió arreglar ambos.

—Creo que esa posibilidad merece atención.

—Dígalo bien.

—Todavía no.

Constance soltó una respiración.

—Cobarde.

Thibault levantó la cabeza.

Delacroix sonrió apenas.

—Prudente. Una diferencia aburrida pero útil.

El silencio duró varios segundos.

Después Delacroix volvió a la pregunta tachada.

¿Cómo salió el asesino?

La arrancó de la hoja.

La dobló.

Y la dejó a un lado.

—Esta pregunta hizo perder cinco meses.

Corbin frunció el ceño.

—No sea injusto. Era razonable.

—Claro que lo era.

—Entonces.

—Las preguntas equivocadas casi siempre lo son.

Delacroix escribió otra:

¿Qué hizo Héloïse cuando ya no había nadie con ella?

Éliane respondió:

—Cerró.

—Sí.

—Y eso fue suficiente.

—Si nuestra hipótesis es correcta.

Geneviève miró hacia la puerta del salón.

—Entonces la última persona que la mató fue ella misma.

Delacroix negó otra vez.

Más firmemente.

—No.

La madre lo miró.

—La última acción que completó el mecanismo fue suya. La responsabilidad no.

—Entiendo.

—Quiero que lo entienda bien.

Geneviève asintió.

Delacroix dejó el lápiz.

—La persona que preparó la llave convirtió una costumbre inocente en un arma.

Vauclair miró la fotografía.

—Eso explica la habitación.

—Sí.

—Explica por qué no hubo lucha.

—Sí.

—Explica por qué nadie tuvo que entrar después.

—Sí.

—¿Y la jarra?

—Consecuencia probable del colapso, no vehículo necesario.

—¿Los síntomas de la cena?

—Ruido, por ahora.

—¿La primera vez que giró la llave con Éliane?

Delacroix se quedó pensando.

Ahí seguía la pieza incómoda.

—La cerradura ya podía estar dura antes de que fuera manipulada. Eso sabemos por Gabriel: era antigua y ofrecía resistencia.

Éliane asintió lentamente.

—Sí.

—Usted no vio una herida.

—No.

—No vio sangre.

—No.

—Y Héloïse siguió normal durante bastante tiempo.

—Sí.

Delacroix miró a Constance.

—Por tanto, no tenemos ningún motivo para fechar la manipulación antes de ese primer cierre.

Ella sostuvo su mirada.

—Solo la oportunidad posterior.

—Exacto.

—La mía.

—Entre otras posibles.

Constance soltó una respiración.

—Siempre deja una puerta.

Delacroix miró hacia la entrada de la Chambre des Tilleuls imaginada en sus papeles.

—Es una costumbre profesional.

Thibault casi sonrió.

Delacroix tomó las fotografías de Gabriel.

—Ahora solo falta recuperar la llave.

Olivier levantó la vista.

—¿Cree que sigue en la casa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quien la robó no pudo salir sin ser visto con facilidad y porque destruir metal antiguo en trece minutos resulta menos sencillo que esconderlo.

Corbin preguntó:

—¿Y si la arrojó por una ventana?

—Buscaremos fuera cuando haya luz.

—¿Y ahora?

Delacroix miró a Mariette.

—Quiero todos los lugares donde se guardan llaves en Les Ormes.

Ella frunció el ceño.

—Hay muchos.

—Mejor.

Thibault lo miró.

—¿Mejor?

—Una llave sola llama la atención.

Delacroix cerró la mano.

—Una llave entre veinte puede desaparecer durante años.

Mariette pensó.

—Hay un armario de servicio.

—¿Dónde?

—Junto a la despensa. Llaves viejas de habitaciones, baúles, puertas que ya no existen.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Quién sabe que está ahí?

—Todos los que han trabajado en la casa.

Gabriel, naturalmente.

Morel.

El servicio.

Y cualquiera que hubiera pasado suficiente tiempo en Les Ormes.

Constance levantó apenas la mirada.

Delacroix lo vio.

—¿Algo?

—No.

—Parecía recordar.

—Sé que existe el armario.

—¿Lo ha utilizado?

—Alguna vez, hace años.

—Bien.

Mariette añadió:

—También hay llaves antiguas en el taller pequeño.

—¿Dónde estaban las herramientas?

—Cerca.

Otra vez: llaves junto a herramientas, objetos antiguos mezclados.

Delacroix sintió que la noche empezaba a cerrar círculos.

—No buscaremos todos juntos.

Thibault cerró los ojos.

—Por supuesto.

—Vauclair se queda con Geneviève y Éliane. Corbin con Olivier. Mariette viene conmigo.

Thibault levantó una ceja.

—¿Y yo?

Delacroix lo miró.

—Con Constance.

Ambos reaccionaron.

—¿Qué? —dijo Thibault.

—Quiero que ninguno de los dos esté solo.

Constance casi sonrió.

—Muy diplomático.

—A estas horas me conformo con eficaz.

Delacroix se levantó.

Antes de salir, miró otra vez las dos columnas.

Héloïse y Gabriel eran dos personas distintas, en dos momentos distintos, enfrentadas a una misma clase de problema: algo iba a ocurrir después y alguien no podía permitirlo.

En el primer crimen, la solución había sido preparar antes y dejar que la víctima cerrara una puerta.

En el segundo crimen no hubo tiempo para elegancia, solo una conversación, un objeto pesado, dos golpes y una llave robada. Delacroix tomó la lámpara.

—Vamos.

Thibault se levantó.

—¿Qué espera encontrar exactamente?

Delacroix miró hacia la zona de servicio de la casa.

—Una cosa que alguien necesitaba hacer desaparecer.

—Eso ya lo sabemos.

—No.

Delacroix abrió la puerta.

—Hasta ahora sabíamos qué faltaba.

Miró a Constance.

—Ahora quiero saber dónde pensaría esconderlo alguien que conociera esta casa.

Y por primera vez en toda la noche, Constance apartó los ojos antes que él.