Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 21 — La pregunta equivocada
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Capítulo 21 — La pregunta equivocada

Delacroix necesitó papel nuevo.

No porque se hubieran acabado las hojas, sino porque todas las anteriores estaban contaminadas.

Cronologías, flechas, síntomas, rutas, nombres, horas aproximadas, contradicciones que habían resultado importantes y otras que solo habían resultado humanas.

El salón de Les Ormes estaba cubierto de intentos de comprender una muerte y, cuanto más los miraba, más convencido estaba de que el problema no consistía en que faltara información.

Había demasiada.

Tomó una hoja blanca.

La colocó en el centro de la mesa.

Y escribió una sola pregunta.

¿Cómo salió el asesino de la Chambre des Tilleuls?

Thibault se inclinó.

—Llevamos cinco meses con eso.

—Exactamente.

Delacroix dejó el lápiz.

—Y quiero que me digan todas las respuestas que se consideraron.

Corbin suspiró.

—Puerta.

—Imposible después de cerrada.

—Ventanas —dijo Olivier.

—Pestillos interiores.

—Chimenea —añadió Éliane.

Thibault la miró.

—Tendríamos un asesino extraordinariamente pequeño.

—La policía la examinó.

—Y Gabriel también —dijo Geneviève.

Delacroix asintió.

—¿Pasadizo?

Mariette negó.

—No existe.

—¿Duplicado de llave?

Gabriel había perseguido también aquella línea.

Corbin respondió:

—No explica que la llave original estuviera dentro.

—¿Manipulación desde fuera?

—No había hilo, herramienta ni mecanismo —dijo Vauclair.

—¿Alguien escondido dentro?

Thibault miró alrededor.

—¿Durante horas?

—Tampoco.

Delacroix observó la lista inexistente que acababan de repetir.

Cinco meses intentando abrir una habitación que, en realidad, jamás había estado cerrada para el crimen.

Solo para la muerte.

Tomó el lápiz.

Tachó la pregunta de arriba abajo.

Thibault frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—No.

Debajo escribió otra.

¿Por qué tendría que haber salido?

Nadie respondió.

Delacroix levantó la vista.

—Llevamos desde octubre suponiendo que el asesino estuvo dentro de la habitación cuando Héloïse murió.

Corbin se acomodó.

—Porque murió allí.

—Eso demuestra dónde murió.

—No dónde fue atacada —dijo Vauclair.

Delacroix asintió.

—Exacto.

Geneviève miró hacia la escalera.

—Pero estaba sola.

—Cuando murió, sí.

—Entonces…

—Entonces estamos mezclando dos momentos porque nos resulta natural hacerlo.

Thibault se inclinó hacia delante.

—Explíquelo sin hacernos sufrir.

Delacroix tomó la fotografía de la llave.

La colocó sobre la hoja.

Después, al lado, las notas de Vauclair.

—Tenemos una herida real en la base del pulgar derecho.

Tenemos una llave con una irregularidad exactamente en el lugar donde ese pulgar presiona al girarla.

Tenemos indicios de que la irregularidad no parece desgaste ordinario.

Tenemos un mecanismo por el cual una sustancia peligrosa pudo estar en contacto con esa lesión y producir una muerte posterior.

Constance habló:

—Posible.

Delacroix la miró.

—Sí. Posible.

Volvió a los demás.

—Ahora piensen en Héloïse.

La frase cambió el aire.

—No en la muerta. En la mujer.

Geneviève bajó la mirada.

—¿Qué hacía siempre cuando quería estar sola?

Éliane respondió primero.

—Cerrar.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

Constance añadió:

—Desde niña.

—¿Por qué?

Ella tardó.

—Privacidad.

—¿Era una costumbre excepcional?

—No.

—¿Tenía que decidir conscientemente cada vez si cerraba o no?

Constance negó.

—No.

Delacroix tomó una llave antigua de las que habían utilizado antes y la sostuvo entre los dedos.

—Eso es lo que hace funcionar el crimen.

Thibault frunció el ceño.

—¿La costumbre?

—Sí.

—¿No el veneno?

—El veneno mata. La costumbre garantiza el contacto.

La frase dejó a varios inmóviles.

Delacroix giró lentamente la llave imaginaria en una cerradura inexistente.

—Quien preparó esto no necesitaba saber a qué hora Héloïse subiría. No necesitaba acompañarla. No necesitaba esperar detrás de una cortina, escapar por una ventana ni volver después. Solo necesitaba saber que, una vez sola, haría lo que siempre hacía.

Giró la muñeca.

—Cerrar.

Vauclair miró la fotografía.

—La rebaba produce la lesión.

—Si la presión es suficiente.

—Sí.

—Y la sustancia entra por ahí.

—Compatible.

Delacroix dejó la llave.

—Después el asesino puede estar abajo cenando.

O en el salón.

O hablando con otra persona.

O incluso siendo visto por media casa.

La hora de la muerte deja de servir como coartada porque el acto decisivo ocurrió antes.

Olivier dejó el cigarrillo.

—Entonces la habitación estaba cerrada de verdad.

—Sí.

—Las ventanas también.

—Sí.

—No hubo truco.

—Ninguno.

Thibault soltó una risa seca.

—Cinco meses buscando una salida que no existía.

Delacroix lo miró.

—Una salida existía.

—¿Cuál?

—La puerta.

—Pero…

—Antes.

Thibault se quedó callado.

Delacroix continuó:

—La persona entra cuando la habitación está vacía. Hace lo necesario. Sale normalmente. Horas después, Héloïse entra. Cierra por dentro. Y esa acción convierte la preparación en ataque.

Geneviève se llevó una mano a los labios.

—Ella misma…

Delacroix cortó suavemente.

—No.

La madre lo miró.

—No diga que se mató a sí misma.

—No iba a…

—Quiero que quede claro. Héloïse no hizo nada salvo utilizar un objeto que tenía derecho a considerar seguro.

Geneviève asintió.

Constance observaba a Delacroix.

—Pero todavía necesita demostrar que había algo en la llave.

—Sí.

—Sin la llave original.

—Precisamente.

El salón volvió a tensarse.

La pieza desaparecida adquirió otra vez todo su peso.

Gabriel muerto.

Sobre robado.

Llave original ausente.

Delacroix miró hacia el estudio.

—Y ahí aparece el segundo asesinato.

Thibault se incorporó.

—¿Porque Gabriel iba a enseñársela?

—Porque la llave había dejado de ser curiosidad.

Delacroix señaló el cuaderno del arquitecto.

—Gabriel había llegado casi hasta aquí solo.

Había entendido que debía dejar de preguntar quién entró.

Había relacionado la herida con la llave.

Había conseguido fotografías ampliadas. Había consultado las marcas con alguien que trabajaba metal.

Y esta noche, por primera vez, tenía a Vauclair reconociendo que la lesión podía no proceder del vidrio y a todos nosotros reconstruyendo una oportunidad anterior a la muerte.

Vauclair asintió.

—Entonces quien hubiera preparado la llave debía saber que estaba a punto de ser examinada seriamente.

—Sí.

Corbin levantó la cabeza.

—¿Pero cómo?

Delacroix lo miró.

—Estaban todos aquí.

—Me refiero a cómo podía saber qué iba a encontrar usted.

—No tenía que saberlo.

—¿Entonces?

—Solo tenía que saber qué había hecho.

Silencio.

Delacroix continuó:

—Si usted hubiera manipulado una llave, hubiera aplicado algo sobre ella y cinco meses después oyera al dueño de la casa decir que esa misma llave lo cortó en el mismo sitio que a la víctima, que conserva marcas visibles y que piensa enseñárselas a un detective junto con fotografías ampliadas, ¿esperaría tranquilamente a ver si el detective encuentra algo?

Corbin no respondió.

Thibault miró a Constance.

Esta vez ella sí lo miró a él.

—No empieces —dijo.

—No he dicho nada.

—Otra vez lo estabas pensando.

Delacroix levantó una mano.

—Todavía no estamos con nombres.

Thibault soltó aire.

—¿Cuándo estaremos?

—Cuando las dos muertes nos lleven al mismo.

Delacroix caminó hasta el plano improvisado del vestíbulo.

—Gabriel anunció antes de la pausa que tenía fotografías ampliadas y notas sobre el corte.

Señaló el estudio.

—Entró aquí con la intención de buscarlas.

Luego miró las rutas.

—Poco después alguien entra.

—Eso es una suposición —dijo Constance.

—Dos vasos.

—No prueban visita.

—No.

—Entonces.

—La marca en la muñeca.

—Tampoco prueba conversación.

—No.

Constance sostuvo su mirada.

—Sigue diciendo no.

—Porque todavía no necesito decir sí.

Aquello la silenció.

Delacroix tomó el sujetalibros gemelo que permanecía en la estantería del salón. Lo había pedido antes para comparar peso sin tocar el arma real. Era de bronce, pesado y desagradablemente manejable.

—Quien mató a Gabriel no llegó preparado para matar.

Vauclair frunció el ceño.

—¿Por el arma improvisada?

—Entre otras cosas.

—Pudo escogerla deliberadamente.

—Claro. Pero si hubiera planeado asesinarlo durante la pausa, había formas más seguras de no dejarlo junto a un escritorio con dos golpes en la cabeza.

Thibault miró el bronce.

—Entonces la conversación salió mal.

—Eso creo.

Constance se cruzó de brazos.

—Cree.

—Sí.

—¿Y qué cree que ocurrió?

Delacroix dejó el sujetalibros.

—Alguien pidió hablar con Gabriel.

La frase fue sencilla.

Pero produjo un pequeño cambio en Mariette.

Delacroix lo vio.

—¿Qué?

Ella levantó la mirada.

—Nada.

—Mariette.

La mujer dudó.

—Antes de la pausa…

Todos se volvieron.

—¿Qué?

—Vi a Constance acercarse a Gabriel.

Thibault soltó aire.

Constance la miró.

—¿Cuándo?

—Después de que hablaran de las fotografías.

—Eso no es verdad.

Mariette palideció, pero no retrocedió.

—Sí.

Delacroix se acercó.

—Quiero precisión.

—Yo estaba recogiendo una taza junto a la puerta del salón. Gabriel había hablado con usted. Después Constance se acercó.

—¿Oyó qué dijo?

—No todo.

—¿Algo?

Mariette cerró los ojos.

—Creo que dijo que quería hablar con él durante la pausa.

El silencio fue inmediato.

Constance negó.

—No.

Mariette la miró.

—Sí.

—No dije eso.

—La vi.

—Ver no es oír.

Delacroix intervino.

—Mariette, palabras.

La mujer respiró.

—«Cuando paremos, necesito decirte algo sobre Héloïse».

Constance quedó inmóvil.

Thibault se puso de pie.

—¿Qué?

—Siéntese.

—Armand…

—Siéntese.

Thibault obedeció de mala gana.

Delacroix miró a Mariette.

—¿Está segura?

—No palabra por palabra.

—Entonces no me dé comillas.

—Dijo algo de hablar cuando pararan. Y Héloïse. Eso sí.

Delacroix se volvió hacia Constance.

—¿Habló con Gabriel antes de la pausa?

Ella no respondió inmediatamente.

—Sí.

Geneviève cerró los ojos.

Thibault se llevó ambas manos a la cara.

Delacroix mantuvo la voz plana.

—Hace menos de una hora le pregunté si había hablado con él durante la pausa y dijo no.

—Y no hablé con él durante la pausa.

—Le pregunté también si habían tenido algún intercambio relacionado con la llave o las fotografías.

—No de ese modo.

—Ahora no le pregunto por modos.

Constance respiró.

—Me acerqué antes.