Capítulo 20 — La mujer que arreglaba las cosas #3
—Por hablar como si todo lo que yo había hecho durante años hubiese sido por control.
Como si no hubiera pasado noches evitando que perdiéramos casas, empleos, reputaciones, dinero.
Como si Thibault no estuviera sentado ahí porque yo lo había sacado de situaciones que podían haber acabado mucho peor.
Thibault bajó la mirada.
Constance respiró.
—Héloïse miró todo y dijo que quizá deberíamos haber dejado caer algunas cosas.
—Tenía razón —dijo Geneviève.
Constance se volvió.
La frase pareció sorprenderla.
Geneviève estaba pálida, pero no retrocedió.
—No en todo. Pero en eso sí. Algunas cosas tendrían que haber caído.
—Es fácil decirlo ahora.
—Sí.
—Muy fácil.
—También es verdad.
Constance se quedó callada.
Delacroix observó a ambas.
La discusión ya no pertenecía al crimen.
Precisamente por eso importaba.
Constance no parecía una mujer defendiendo una coartada.
Parecía una mujer viendo cómo el principio que había organizado su vida empezaba a ser juzgado por las personas que más se habían beneficiado de él.
—¿La odiaba por decirlo? —preguntó Delacroix.
Constance se volvió.
—No.
—¿La quiso menos?
—No.
—¿Deseó que se callara?
La pausa fue pequeña.
—Sí.
Delacroix asintió.
Era suficiente honestidad para resultar útil.
—¿Deseó que no llegara el lunes?
Constance sostuvo su mirada.
—Sí.
Thibault cerró los ojos.
Geneviève no se movió.
Delacroix tampoco.
—¿Deseó que muriera?
Constance respiró.
—No.
La respuesta fue inmediata.
No había más que hacer con ella.
Delacroix cerró el cuaderno.
—Bien.
Thibault lo miró como si esperara que la conversación continuara hasta quebrar algo.
No ocurrió.
—¿Eso es todo?
—No.
—Entonces.
Delacroix se levantó.
Caminó hasta la puerta del salón y miró hacia el vestíbulo.
Después hacia la escalera.
Después, casi sin darse cuenta, bajó la mirada hacia su propia mano derecha.
Abrió los dedos.
Imaginó la llave.
El aro.
La posición natural del pulgar.
El giro.
Aquello era lo que seguía importando.
No la puerta.
La mano.
Habían pasado cinco meses mirando una cerradura como si fuese una muralla.
Tal vez nunca había sido más que el lugar donde la víctima ejecutaba un gesto aprendido.
Un gesto que alguien podía prever.
Detrás, Thibault preguntó:
—¿Qué mira?
Delacroix siguió observando su mano.
—Lo que hacía Héloïse.
—¿Cerrar?
—No.
Giró lentamente la muñeca.
—Usar una llave.
Se volvió.
—Hemos pasado demasiado tiempo pensando en la puerta.
Vauclair frunció el ceño.
—¿Y ahora?
Delacroix cerró la mano alrededor de una llave imaginaria.
—Ahora quiero pensar en el dedo.
Nadie dijo nada.
Delacroix regresó a la mesa.
La herida estaba en la base del pulgar.
La rebaba también coincidía con el punto de presión.
La costumbre garantizaba el contacto.
La cerradura más dura obligaba a ejercer más fuerza.
Eso podía convertir una irregularidad minúscula en una lesión previsible.
No hacía falta que el asesino supiera cuándo.
Solo que ocurriría.
—Mañana —dijo Vauclair— podríamos probar con otra llave.
Delacroix negó.
—No necesitamos herir a nadie para comprobar biomecánica.
—No me refería a eso.
—Me alegra.
Thibault sonrió débilmente.
Delacroix tomó una llave cualquiera del pequeño llavero personal de Corbin.
—Préstemela.
El abogado se la entregó.
Delacroix la sostuvo de forma natural.
Pulgar dentro del aro.
Índice apoyado fuera.
Giró.
Después la sostuvo de otra manera.
Más incómoda.
—Las personas no agarran todas las llaves igual.
Vauclair asintió.
—Depende de tamaño y resistencia.
—Exacto.
—La original era grande.
—Sí.
Delacroix pidió una de las llaves antiguas de Les Ormes que Gabriel había conservado en un cajón auxiliar, no relacionada con la habitación. Mariette supo dónde había varias.
La sostuvo.
Ahí el movimiento era distinto.
El pulgar se apoyaba con fuerza en el interior del aro.
Giró.
Otra vez.
Siempre el mismo lugar.
—Si hay una punta justo aquí…
Vauclair se acercó.
—Produce la lesión exactamente donde la encontré.
—No aproximadamente.
—No. Exactamente.
Delacroix dejó la llave.
Constance observaba su mano.
—Entonces ya sabe cómo.
Delacroix levantó la vista.
—Sé una forma muy probable.
—¿Y eso basta para Héloïse?
—No.
—¿Qué falta?
Delacroix señaló el estudio.
—Gabriel.
Constance se quedó quieta.
—El segundo asesinato no tiene una habitación imposible.
—No.
—Ni cinco meses de recuerdos.
—No.
—Ni una muerte natural equivocada.
—No.
Delacroix cerró el cuaderno.
—Quien mató a Héloïse pudo construir un mecanismo limpio. Quien mató a Gabriel tuvo trece minutos.
Miró a todos.
—Y la prisa hace algo que las llaves no hacen.
Thibault frunció el ceño.
—¿Qué?
Delacroix pensó en el reloj.
En las dos puertas del jardín de invierno.
En la marca de la muñeca.
En la llave pequeña caída junto a la alfombra.
En el sobre desaparecido.
En una persona que había dado una referencia horaria espontánea que la casa acababa de contradecir.
—Deja huellas.
Constance sostuvo su mirada.
Delacroix no apartó la suya.
El primer crimen empezaba a tener forma.
El segundo empezaba a tener errores.
Y por primera vez desde la muerte de Gabriel, Delacroix sospechó que no necesitaba resolverlos por separado.
Tal vez solo tenía que colocarlos uno encima del otro.