Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 20 — La mujer que arreglaba las cosas #2
74%

Capítulo 20 — La mujer que arreglaba las cosas #2

—Eso es lo que todos buscan porque resulta cómodo.

Un amante, un ladrón, un hermano furioso, una amiga resentida.

Odio. Celos. Dinero. Pero si el mecanismo que estamos empezando a ver es correcto, no es un crimen impulsivo.

Alguien preparó algo y después dejó que Héloïse hiciera el resto sin saberlo.

Vauclair lo miró.

Delacroix siguió.

—Eso requiere una forma particular de distancia. No hace falta golpear. No hace falta mirar morir. No hace falta siquiera estar presente.

Constance bajó lentamente las manos.

—¿Y eso le recuerda a mí?

—Me recuerda a alguien acostumbrado a resolver consecuencias a distancia.

Thibault se puso rígido.

Geneviève murmuró:

—Armand.

Delacroix no apartó la mirada.

Constance tampoco.

—Está diciendo que porque firmé papeles y moví dinero también puedo matar.

—Estoy diciendo que durante años tomó decisiones por otras personas convencida de que el resultado justificaba quitarles la elección.

La frase cayó sin fuerza aparente.

Pero llegó.

Constance se quedó inmóvil.

Delacroix continuó:

—Eso no demuestra asesinato.

—Otra vez.

—Sí. Otra vez. Porque sigue siendo importante.

Constance volvió a sentarse.

Más despacio.

—Héloïse tenía derecho a retirarme los poderes.

—Sí.

—Tenía derecho a denunciar.

—Sí.

—Tenía derecho incluso a destruir la empresa si consideraba que era la única forma de dejar de sostener una mentira.

—Sí.

Thibault bajó la mirada.

Constance respiró.

—No me gustaba.

—No.

—Me parecía irresponsable.

—También.

—Pero eso no significa que pensara que tenía derecho a impedirlo por cualquier medio.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Ese es exactamente el punto que todavía necesito probar.

Silencio.

Vauclair fue quien lo rompió.

—Hay algo que me preocupa.

Delacroix se volvió.

—¿Qué?

El médico tenía abierto su cuaderno.

—Estamos hablando de una sustancia aplicada a una llave como si bastara con conocer un veneno.

—No basta.

—No. Hay que conocer también la vía.

Thibault frunció el ceño.

—¿La vía?

—Cómo entra en el cuerpo.

—Por el corte.

—Eso suponemos.

Vauclair miró a Constance.

—Durante la guerra, una enfermera no solo aprendía nombres de sustancias. Aprendía qué cosas no debían tocarse, cuáles irritaban la piel, cuáles requerían heridas, cuáles podían causar problemas sistémicos.

Constance sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Trabajó con preparados de acónito?

Geneviève se tensó otra vez.

Constance tardó.

—Alguna vez.

—¿En qué forma?

Delacroix levantó una mano.

—No necesitamos detalles de preparación.

Vauclair asintió.

—Solo saber si conocía su toxicidad por contacto con tejido lesionado.

Constance miró al médico.

—Sabía que era peligroso.

—¿Por una herida?

—Sabía que determinadas sustancias podían absorberse por una lesión.

—¿Y el acónito?

Constance pensó.

—Probablemente.

Thibault cerró los ojos.

—Por Dios.

Ella se volvió.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que mienta para que suene mejor?

—No.

—Entonces no pongas esa cara cada vez que respondo algo que todos ya sabíamos que podía haber aprendido en un hospital.

Delacroix intervino.

—Tiene razón.

Thibault lo miró.

—¿En serio?

—Sí.

—Sabía justo lo que hacía falta saber.

—También Vauclair.

El médico levantó una ceja.

—Gracias.

—También cualquier farmacéutico. Quizá cualquier persona aficionada a plantas medicinales. No convierta competencia en exclusividad.

Thibault se recostó.

—Empiezo a odiar la palabra exclusividad.

—Está aprendiendo.

Delacroix miró a Vauclair.

—¿Algo más?

—Sí. Si la sustancia estuviera aplicada sobre un metal, quizá no sería visible.

—¿Olor?

—No necesariamente.

—¿Color?

—No necesariamente.

—¿Y después de cinco meses?

—No esperaría encontrar mucho aunque recuperáramos la llave, especialmente si se manipuló, limpió o utilizó.

—Entonces el asesinato original puede ser difícil de demostrar químicamente.

—Mucho.

Constance habló.

—Conveniente.

Delacroix la miró.

—¿Para quién?

—Para su teoría.

—Al contrario.

Ella frunció el ceño.

—Si no podemos comprobar la sustancia, necesito más evidencia contra el autor, no menos.

Constance pareció aceptar la respuesta.

Delacroix volvió a los papeles de Gabriel.

Había algo que todavía no encajaba.

El corte de Gabriel en enero.

La llave seguía teniendo la rebaba.

La sustancia ya no.

Eso significaba que el arma, si lo era, tenía dos componentes: uno permanente y otro temporal.

La modificación física.

Y aquello que se aplicó sobre ella.

Quien lo preparó tenía que pensar en ambos.

—¿Cuánto tiempo antes podía hacerse? —preguntó.

Vauclair negó.

—Sin saber qué sustancia, no puedo decirlo.

—¿Horas?

—Posiblemente.

—¿Días?

—Tal vez, pero dependería de estabilidad, humedad, contacto.

—Entonces lo prudente sería preparar cerca del momento.

—Sí.

Delacroix asintió.

Eso devolvía importancia al sábado.

Al corredor.

A la habitación vacía.

A las herramientas.

No demostraba Constance.

Pero estrechaba.

—¿Cuándo llegó usted a Les Ormes el doce de octubre? —preguntó.

Constance pensó.

—Poco antes de las cinco.

—¿Héloïse ya estaba?

—Sí.

—¿La vio?

—Casi inmediatamente.

—¿Discutieron cuándo?

—Más tarde.

—¿Antes o después de que usted subiera para cambiarse?

—Antes.

—Entonces cuando entró después en su habitación ya sabía dos cosas.

Constance esperó.

—Que Héloïse retiraría sus poderes.

—Sí.

—Y que el lunes podía sacar las irregularidades fuera de la familia.

—Sí.

—¿Sabía también que la empresa podía caer?

—Sí.

—¿Que Thibault podía ser acusado?

—Sí.

—¿Que usted podía ser acusada?

—Sí.

Delacroix asintió.

—Eso convierte su subida en un intervalo bastante interesante.

—Para usted.

—Para cualquiera.

—Subí a cambiarme.

—Y entró en la habitación de Héloïse.

—Para buscarla.

—Sí.

—¿Encontró la llave en la cerradura?

—No lo recuerdo.

—¿Vio la caja de herramientas antes de entrar?

—No.

—¿Después?

—Puede.

—¿Utilizó la lima?

—No.

—¿Tocó la llave?

—No.

—¿Aplicó algo sobre ella?

—No.

Las tres negativas salieron limpias.

Delacroix no insistió.

Una persona culpable podía negar.

Una inocente también.

Las preguntas solo servían hasta cierto punto.

—¿Qué hizo inmediatamente después de bajar?

Constance frunció el ceño.

—No recuerdo.

—Piénselo.

—Fui al salón.

—¿Con quién habló?

—Con Geneviève. Quizá Olivier.

Olivier asintió.

—Hablamos antes de la cena.

—¿De qué?

—De los bancos.

Delacroix levantó la vista.

—¿Qué exactamente?

Olivier miró a Constance.

—De qué ocurriría si Héloïse retiraba los avales.

—¿Y?

—Constance quería saber cuánto tiempo tendríamos.

—¿Respuesta?

—Muy poco.

—¿Cuánto?

—Días, quizá.

Constance intervino.

—Dependía de cuándo se enteraran.

—¿Y si el auditor empezaba el lunes?

—Podíamos tener la crisis esa misma semana.

Delacroix anotó mentalmente.

La secuencia era brutalmente compacta.

Discusión.

Subida.

Habitación.

Herramientas.

Conversación con Olivier sobre el derrumbe.

Cena.

Héloïse anuncia que el lunes termina.

No prueba.

Pero estructura.

—¿Qué dijo usted cuando Olivier le explicó que podían tener días?

Constance se quedó callada.

Olivier respondió.

—Dijo que necesitábamos una semana.

Constance lo miró.

—Ya se lo había dicho a Héloïse.

—Sí.

—¿Algo más?

Olivier dudó.

—Dijiste: «El lunes no puede ocurrir».

La habitación quedó inmóvil.

Constance lo observó.

Olivier pareció arrepentirse inmediatamente de la exactitud.

Delacroix no se movió.

—¿Palabras exactas?

—Creo.

Constance cerró los ojos.

—No significaba eso.

Thibault soltó aire.

—No hagas esa frase.

Ella se volvió.

—Significaba que había que conseguir que aplazara la reunión.

—¿Dijo eso?

—Sí.

Olivier pensó.

—Después.

Delacroix levantó la mirada.

—Primero «el lunes no puede ocurrir».

—Sí.

—Después.

—«Hay que conseguir que espere una semana».

Constance asintió.

—Eso dije.

—¿Y si no aceptaba?

Olivier miró hacia ella.

Constance tardó.

—No hablamos de eso.

Delacroix observó al empresario.

—¿Seguro?

Olivier se quedó pensando.

—Sí.

—¿Constance?

—Sí.

No había nada más.

Pero la frase permaneció.

El lunes no puede ocurrir.

Podía ser inocente.

En el contexto financiero, incluso lógica.

Eso era lo peligroso de las buenas pistas: a menudo pertenecían perfectamente a dos historias distintas.

Delacroix tomó el cuaderno de Gabriel.

Buscó la sección de Constance.

Debajo de motivo sistémico / sabía lunes / resolvía problemas / conocimientos enfermería guerra, Gabriel había añadido una frase días después.

No basta con que pudiera. Preguntar qué haría si no pudiera arreglarlo.

Delacroix la leyó en silencio.

Gabriel había llegado otra vez al mismo lugar.

No quién era Constance.

Qué ocurría cuando su método dejaba de funcionar.

—¿Alguna vez fracasó? —preguntó Delacroix.

Ella levantó la mirada.

—Muchas.

—No me refiero a que una solución saliera peor. Me refiero a un problema que no le permitieran resolver.

Constance pensó.

—No sé.

—Héloïse.

La mujer quedó inmóvil.

—Sí.

—Fue la primera.

Constance no respondió.

Geneviève la miró.

—¿Lo fue?

Constance bajó los ojos.

—Quizá.

—No diga quizá.

La frase de Geneviève devolvió algo de horas atrás.

Constance la miró.

—Sí.

La respuesta fue baja.

—Probablemente fue la primera vez que alguien de la familia me dijo con absoluta claridad que no quería que arreglara nada.

Delacroix no dijo nada.

—Y me enfadé.

Thibault levantó la cabeza.

Constance continuó antes de que nadie preguntara.

—Mucho.

—¿Con ella? —dijo Geneviève.

—Sí.

—¿Por querer recuperar su propio dinero?

—No era solo eso.

—Entonces ¿qué?

Constance sostuvo la mirada de Geneviève.