Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 20 — La mujer que arreglaba las cosas
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Capítulo 20 — La mujer que arreglaba las cosas

A las tres y media de la madrugada, Delacroix descubrió que había empezado a mirar las manos de las personas antes que sus rostros.

No fue una decisión consciente.

Simplemente ocurrió.

La de Thibault tamborileaba contra la rodilla cuando estaba nervioso.

Geneviève escondía las suyas entre los pliegues del vestido cada vez que una conversación se acercaba demasiado a algo que prefería no recordar.

Corbin tenía dedos de hombre acostumbrado a colocar papeles en ángulo recto y parecía incapaz de dejar una hoja torcida incluso durante una investigación por homicidio.

Olivier fumaba utilizando únicamente dos dedos, con una precisión irritante.

Éliane se mordía el borde de una uña cuando mentía por vergüenza y no cuando lo hacía por miedo.

Mariette mantenía las manos juntas delante del cuerpo como había aprendido a hacerlo durante años de servicio, procurando que nunca ocuparan demasiado espacio.

Las de Constance descansaban abiertas sobre el regazo.

No había nada extraordinario en ellas.

Eso fue precisamente lo que llamó la atención de Delacroix.

Eran manos de cincuenta y dos años, cuidadas pero no delicadas, con pequeñas irregularidades en las articulaciones y una cicatriz pálida cerca del índice izquierdo.

Manos que habían sostenido vendas, documentos, llaves, tazas, cuentas, quizá moribundos durante una guerra.

Manos que, según todos los relatos de aquella noche, aparecían cada vez que algo empezaba a salir mal.

Delacroix dejó de mirarlas.

—Quiero hablar de Constance.

Thibault soltó una exhalación.

—Llevamos bastante rato haciéndolo.

—No. Llevamos bastante rato hablando de cosas que Constance podía haber hecho.

La mujer levantó la vista.

Delacroix continuó:

—Quiero hablar de lo que hacía siempre.

Geneviève frunció el ceño.

—No entiendo la diferencia.

—La diferencia entre una oportunidad y un hábito.

Constance lo observó.

—¿Mi hábito es ahora una prueba?

—No.

—Empiezo a tranquilizarme cada vez que dice eso.

—No debería. Significa que todavía tengo preguntas.

Thibault se inclinó hacia delante.

—¿Qué quiere saber?

Delacroix lo miró.

—Cuando tenía veinte años y hacía algo estúpido, ¿a quién llamaba?

Thibault parpadeó.

—¿Veinte?

—Puede escoger otra edad si le favorece.

—No creo que exista.

Pensó.

—A Constance.

—¿Por qué?

—Porque mi padre gritaba.

Geneviève cerró los ojos.

—Thibault.

—Es verdad. Mi madre sufría.

—Gracias.

—También es verdad.

Delacroix levantó una mano.

—¿Y Constance?

Thibault la miró.

—Preguntaba cuánto costaba.

Una pequeña sonrisa recorrió algunos rostros.

Constance no sonrió.

—¿Literalmente? —preguntó Delacroix.

—Casi. Si rompía algo, cuánto. Si debía dinero, cuánto. Si había mentido, a quién. Si había dejado embarazada a alguien…

Geneviève levantó la cabeza.

—No.

Thibault se detuvo.

—Era una lista hipotética.

—Espero.

Delacroix continuó antes de que la conversación encontrara un precipicio nuevo.

—Entonces ella no empezaba por juzgarlo.

—No.

—Empezaba por el daño.

—Sí.

—Y después.

Thibault se encogió de hombros.

—Lo arreglaba.

Delacroix miró a Geneviève.

—¿Con usted?

La mujer tardó.

—También.

—Déme un ejemplo.

Geneviève suspiró.

—Después de la muerte de mi marido hubo propiedades que no sabía cómo administrar. Deudas de las que no tenía noticia. Una demanda de un antiguo socio. Constance se ocupó.

—¿Usted quería que se ocupara?

Geneviève lo miró.

—Sí.

—¿Le preguntaba cómo?

Silencio.

Delacroix asintió.

—Ya conozco esa respuesta.

Constance habló.

—Geneviève estaba de duelo.

—No la estoy acusando.

—Su tono suele llegar antes.

Delacroix la miró.

—¿Y cuando dejó de estar de duelo?

Constance guardó silencio.

Geneviève respondió por ella.

—Ya era más fácil dejar que siguiera.

—Exacto.

Delacroix miró a Olivier.

—¿En la empresa?

El empresario se acomodó.

—Constance no tenía cargo ejecutivo formal, pero conocía a los bancos, la estructura patrimonial y los problemas familiares mejor que nadie.

—Entonces cuando había una crisis.

—Se la llamaba.

—¿Y cuando no había crisis?

Olivier pensó.

—También, para evitarla.

—¿Cuándo dejó de resolver emergencias y empezó a dirigir de hecho partes del sistema?

El hombre miró a Constance.

Ella lo vio.

—No busques mi permiso.

Olivier respiró.

—Probablemente después de la muerte de Étienne.

Delacroix levantó la mirada.

—El padre de Héloïse.

—Sí.

—Hace ocho años.

—Sí.

—Entonces durante ocho años Constance fue la persona a la que todos acudían cuando algo podía romperse.

Olivier asintió.

Delacroix miró a Corbin.

—¿También usted?

El abogado hizo una mueca.

—No en esos términos.

Thibault sonrió.

—Eso significa sí.

Corbin lo ignoró.

—Constance entendía el funcionamiento práctico de la familia. Cuando había que reunir firmas, resolver una sucesión, renegociar algo o evitar una disputa, solía intervenir.

—¿Y respetaba siempre el procedimiento?

Corbin guardó silencio.

Delacroix lo sostuvo con la mirada.

—No.

—¿Por qué?

—Porque consideraba que el procedimiento existía para servir a las personas y no al revés.

—Una filosofía cómoda cuando uno decide qué personas importan.

Constance no reaccionó.

Delacroix miró a Mariette.

—¿Y con el servicio?

La mujer parecía sorprendida de ser incluida.

—Era quien hablaba con Morel si había un problema.

—¿Gabriel no?

—Gabriel se ocupaba de la casa. Pero la señora Constance… —Mariette corrigió— Constance sabía tratar con la gente.

—¿Qué significa?

—Que si alguien necesitaba dinero adelantado, un día libre, una recomendación, ella encontraba la manera.

—¿A cambio de algo?

—No.

—¿Lealtad?

Mariette pensó.

—No la pedía.

—Pero la conseguía.

La mujer bajó la mirada.

—Sí.

Delacroix se recostó.

Eso era importante.

No porque describiera una manipuladora.

Porque describía algo más peligroso y más humano: una persona útil.

La utilidad podía convertirse en poder sin necesidad de exigirlo.

—Constance —dijo—, ¿cuándo empezó?

Ella lo miró.

—¿Qué?

—A arreglarlo todo.

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.

—Esa pregunta parece preparada para una mala novela.

—Tendrá que conformarse con esta.

Constance miró hacia la chimenea.

—No lo sé.

—Inténtelo.

—Mi hermano era brillante y desordenado. Geneviève odiaba los conflictos. Thibault tenía talento para producirlos. Héloïse era todavía joven. Alguien tenía que ocuparse.

—Siempre alguien.

—Sí.

—¿Y por qué usted?

—Porque podía.

Delacroix esperó.

Constance añadió:

—Y porque me molestaba ver problemas sencillos convertidos en catástrofes por orgullo, miedo o pereza.

Thibault levantó una ceja.

—Estoy representado en dos de esas categorías.

—Tres.

La risa fue mínima.

Delacroix no interrumpió el momento.

—¿Disfrutaba?

Constance lo miró.

—¿De qué?

—De ser necesaria.

La pregunta cambió la habitación.

Geneviève volvió la cabeza.

Thibault dejó de sonreír.

Olivier miró a Constance con un interés nuevo, como si nunca se hubiera planteado que la mujer que resolvía sus problemas pudiera obtener algo de ello distinto al cansancio.

Constance tardó.

—A veces.

—Gracias.

—No me convierta en una criatura patológica por admitir algo bastante normal.

—No tengo intención. Ser necesaria resulta agradable para casi todo el mundo.

—Entonces.

—El problema empieza cuando la solución de los demás se convierte en la forma principal de existir.

Constance sostuvo su mirada.

—¿Y cree que ese era mi caso?

—No sé.

—Parece saber muchas cosas para un hombre que responde tanto «no sé».

Delacroix sonrió.

—Es una herramienta infravalorada.

Constance se recostó.

—Sí. Me gustaba ser útil. Me gustaba que me llamaran. Me gustaba saber qué hacer cuando los demás entraban en pánico. ¿Eso es lo que quería?

—Parte.

—¿Qué más?

—Qué ocurría cuando alguien no quería que lo arreglara.

La mujer dejó de moverse.

Héloïse entró en la conversación sin que nadie necesitara pronunciar su nombre.

Delacroix continuó:

—Su familia aceptaba sus soluciones.

—La mayoría de las veces.

—Corbin aceptaba.

—A veces discutía.

El abogado hizo un gesto ambiguo.

—Olivier aceptaba.

—Cuando la alternativa era peor.

—Geneviève prefería no saber.

La madre bajó la mirada.

—Thibault dependía directamente de que usted lo salvara.

Él no protestó.

—Y entonces Héloïse dijo que no.

Constance respiró lentamente.

—Sí.

—No «no a una solución concreta». No a la función entera.

—No dramatice.

—Dígame dónde me equivoco.

La mujer sostuvo su mirada.

Delacroix señaló los papeles.

—Héloïse no quería una nueva regularización.

No quería otra semana. No quería que moviera dinero para cubrir lo anterior.

No quería que hablara con bancos, que pidiera paciencia, que fechara después documentos que debieron existir antes ni que convenciera a Thibault de firmar otra cosa.

Quería sacar el problema fuera de la familia.

Constance no respondió.

—Eso significa que el lunes no amenazaba únicamente con descubrir delitos.

Silencio.

—Amenazaba con volverla innecesaria.

Geneviève levantó la cabeza.

Thibault miró hacia su tía.

Por primera vez desde que Delacroix había empezado, Constance pareció verdaderamente ofendida.

—Eso es absurdo.

—¿Qué parte?

—Insinuar que mataría a Héloïse porque ya no me necesitaba.

—No he dicho eso.

—Lo acaba de hacer.

—He dicho que el lunes terminaba algo más grande que una administración.

Constance se puso de pie.

No bruscamente.

Pero la decisión bastó para que todos la siguieran con los ojos.

—Héloïse era mi sobrina.

—Sí.

—La quería.

—No lo dudo.

—La cuidé desde que nació.

—También lo creo.

—Entonces deje de convertir cada cosa que hice por esa familia en un síntoma.

Delacroix permaneció sentado.

—No lo hago.

—Sí.

—No.

Ella lo miró con irritación.

—Entonces ¿qué hace?

Delacroix respondió con calma.

—Intento entender cómo una persona puede hacer algo terrible sin sentirse una persona terrible.

Nadie se movió.

Constance lo observó.

—¿Ya ha decidido que fui yo?

—No.

—Pero quiere entenderme como si lo hubiera sido.

—Quiero entender a quien pudo hacerlo.

Ella respiró.

Delacroix continuó:

—Y no creo que la persona que mató a Héloïse tuviera que odiarla.

Constance se quedó quieta.