Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 19 — Una muerte anterior a la muerte #3
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Capítulo 19 — Una muerte anterior a la muerte #3

Delacroix tomó una de las llaves de servicio que Gabriel había conservado en un pequeño armario del corredor. No era la original, pero entraba en la misma cerradura desde el exterior cuando la otra no estaba colocada.

La giró.

La presión del pulgar cayó en la misma parte del aro.

—Natural.

—Sí —dijo Vauclair.

—Una persona no tiene que recordar dónde coloca el dedo.

—No.

—Lo hace siempre de manera parecida.

—Sí.

Delacroix devolvió la llave.

Después fue hasta el punto donde había caído Héloïse.

—Supongamos únicamente por un momento que la exposición decisiva ocurre al cerrar por última vez.

Vauclair asintió.

—Ella entra.

Delacroix caminó desde la puerta.

—Deja la carpeta.

La colocó imaginariamente en el escritorio.

—Quizá encuentra la jarra ya aquí o llega después. No importa aún.

Regresó a la puerta.

—Cierra.

Giró una llave inexistente.

—Se hace una herida que en el momento puede parecer un simple pinchazo.

Vauclair observaba.

—Continúa con su rutina.

—Sí.

—Escribe o revisa papeles.

—La pluma estaba destapada.

—Sí.

—Se quita un zapato.

—Uno apareció junto a la cama.

Delacroix miró el suelo.

—Empieza a encontrarse mal.

Vauclair continuó:

—Debilidad. Alteración del ritmo cardíaco, quizá sensación extraña, mareo.

—Intenta llegar al agua.

—Posible.

—Golpea la mesa.

—La jarra cae.

—Ella también.

Vauclair asintió. La escena requería muy poco, y eso era lo terrible: no un asesino escapando por una ventana ni un mecanismo oculto en la pared.

Una mujer sola que todavía no sabía que alguien había estado allí antes que ella.

Éliane se llevó una mano a la boca.

—Entonces cuando cerró…

Delacroix la miró.

—No termine la frase todavía.

Ella bajó la mano.

Constance estaba junto a la puerta.

Miraba la cerradura.

—¿Por qué? —preguntó.

Delacroix se volvió.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué no quiere decirlo?

—Porque todavía falta una cosa.

—¿Cuál?

—Demostrar que la cerradura no era simplemente el último objeto que tocó, sino el objeto que necesitaba tocar.

Constance sostuvo su mirada.

—¿Hay diferencia?

—Toda.

Delacroix caminó hacia ella.

—Un veneno en el asa de la jarra también podría herirla si hubiera un corte previo. Un objeto preparado en el escritorio podría tocarse. Algo en los papeles. En el tocador. Mientras no sepamos qué hacía inevitable el contacto, seguimos teniendo posibilidades.

—La llave era inevitable —dijo Éliane.

Delacroix se volvió.

—¿Por qué?

—Porque Héloïse siempre cerraba.

La respuesta salió espontánea.

Nadie habló.

Éliane miró a Constance.

Después a Delacroix.

—Siempre.

Constance había dicho lo mismo horas antes: desde niña, privacidad, un padre que entraba sin llamar, documentos personales. Una costumbre. Delacroix miró la cerradura y entendió la diferencia: la jarra podía no beberse, los papeles podían no tocarse y un perfume podía ignorarse.

Pero si alguien conocía a Héloïse lo suficiente y sabía que, al quedarse sola, cerraría su habitación…

No hacía falta esperar, solo preparar. Delacroix sintió que la idea terminaba de colocarse, no como una solución completa sino como su esqueleto. Constance lo observaba.

—Ya lo tiene.

No era una pregunta.

Delacroix levantó los ojos.

—Tengo una forma posible.

—¿Y un nombre?

—No.

—Me está mirando.

—También miro puertas. No las he acusado todavía.

Éliane soltó una respiración que pudo haber sido risa.

Constance no.

Delacroix se acercó al escritorio.

—Quien hizo esto no necesitaba saber a qué hora moriría Héloïse.

Vauclair asintió.

—No.

—Ni estar cerca.

—No.

—Ni entrar después de que ella cerrara.

—No.

—Solo necesitaba conocer una costumbre.

Constance permaneció en silencio.

—Y tener acceso antes.

Añadió Delacroix.

La mujer sostuvo su mirada.

—Como muchas personas.

—Sí.

—Entonces seguimos igual.

—No.

—¿Por qué?

Delacroix miró alrededor: la habitación impecable, las ventanas cerradas, la chimenea estrecha.

La cerradura que había sostenido durante cinco meses una imposibilidad entera.

—Porque antes buscábamos a alguien capaz de hacer lo imposible.

Volvió hacia ella.

—Ahora buscamos a alguien que entendiera lo cotidiano.

Bajaron poco después.

Nadie preguntó hasta que Delacroix volvió a sentarse.

Thibault fue el primero.

—¿Y?

Delacroix tomó la primera hoja, la que contenía los cuatro momentos, y tachó con una línea toda la sección de síntomas durante la cena.

Geneviève lo vio.

—¿Los elimina?

—De la explicación del asesinato, por ahora.

—¿Y qué queda?

Delacroix colocó la segunda hoja encima.

Héloïse viva.

Héloïse sube.

Héloïse cierra.

Héloïse muere.

—Esto.

Thibault miró las cuatro líneas.

—Eso es casi nada.

—Exactamente.

Delacroix apoyó el lápiz.

—Y por primera vez esta noche, casi nada empieza a ser suficiente.

Miró hacia el estudio donde yacía Gabriel.

El hombre había muerto persiguiendo una llave porque había comprendido que el caso no debía empezar preguntando quién podía haber escapado de la habitación.

Ahora Delacroix veía algo más.

Quizá el crimen tampoco debía fecharse en la hora de la muerte.

Quizá, cuando Héloïse subió aquella escalera, la parte del asesinato que pertenecía al asesino ya había terminado.

Todo lo demás lo habían hecho el tiempo y una puerta que ella misma decidió cerrar.