Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 19 — Una muerte anterior a la muerte #2
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Capítulo 19 — Una muerte anterior a la muerte #2

—Entonces la persona que preparó la llave podía estar cenando con todos cuando Héloïse subió.

—Sí.

—Podía incluso tener coartada durante la muerte.

—Sí.

Olivier Brissac dejó de fumar.

—Eso convierte todas nuestras declaraciones sobre las once en inútiles.

Delacroix negó.

—No inútiles. Sirven para otras cosas. Para saber quién mintió, quién se movió, quién podía alterar documentos. Pero quizá no sirven para responder quién mató a Héloïse.

Corbin pareció casi ofendido.

—La policía centró toda la cronología precisamente en ese periodo.

—Porque creyó que el ataque tenía que haber ocurrido dentro de la habitación.

—Naturalmente.

—Y si no ocurrió allí.

Corbin miró hacia la escalera.

—Entonces la puerta cerrada no protege a nadie.

Delacroix no respondió.

La formulación estaba demasiado cerca de la inversión que todavía quería probar mejor antes de entregarla.

Vauclair tomó la fotografía.

—Necesito aclarar algo.

—Adelante.

—Estamos diciendo sustancia tóxica sobre metal, entrada por una herida pequeña, muerte posterior. Es posible. Pero sería un mecanismo poco corriente.

—¿Imposible?

—No.

—¿Necesitaría la persona conocimientos médicos?

—No necesariamente médicos. Necesitaría conocer una sustancia peligrosa y saber que podía producir efectos por una lesión.

Thibault miró a Constance.

Ella lo vio.

—Dilo.

Él negó.

—No.

—Llevas toda la noche mirándome cada vez que alguien dice medicina.

—Fuiste enfermera.

—Sí.

—Sabías cosas que los demás no.

—También sé vendar una pierna. Espero que nadie aparezca con una fractura.

Delacroix intervino.

—No necesitamos convertir conocimiento general en especialización homicida.

Vauclair asintió.

—Durante la guerra mucha gente aprendió a manejar sustancias que en otras circunstancias no habría tocado. Enfermeras, farmacéuticos, médicos, personal de almacén. Y fuera de hospitales existen tóxicos conocidos desde hace siglos.

—¿Como cuáles? —preguntó Corbin.

Vauclair dudó.

—Uno compatible, de manera muy general, sería el acónito.

La palabra no produjo reconocimiento inmediato en todos.

Constance sí lo conocía.

Delacroix lo vio.

También Geneviève.

—¿La planta? —preguntó ella.

—Sí —dijo Vauclair—. Se conoce desde hace mucho por su toxicidad. Algunas formas de exposición pueden producir alteraciones sensitivas, malestar y, en casos graves, trastornos cardíacos. Pero no estoy diciendo que fuera eso.

Delacroix intervino antes de que el nombre adquiriera demasiado peso.

—No tenemos análisis.

—No.

—No tenemos muestra.

—No.

—No tenemos ninguna prueba de que hubiera acónito en Les Ormes.

—No.

—Entonces es un ejemplo.

—Exactamente.

Thibault miró a Constance.

—¿Lo conocías?

Ella no fingió.

—Sí.

—¿De la guerra?

—También.

Geneviève la observó.

—¿También?

—Mi madre conocía plantas. Como mucha gente.

—¿Sabías que podía matar?

Constance sostuvo su mirada.

—Claro.

El silencio apareció de inmediato.

Delacroix sintió la velocidad con la que una palabra podía convertirse en condena.

—Yo también lo sabía —dijo.

Thibault lo miró.

—¿Qué?

—Que el acónito es venenoso.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de esta noche.

—No es lo mismo.

—Exactamente. Por eso saberlo no demuestra nada.

Corbin asintió.

—La sustancia pudo ser otra.

Vauclair confirmó.

—Perfectamente.

Delacroix miró a Constance.

—¿Manipuló acónito durante la guerra?

Ella pensó.

—Preparados medicinales que podían contenerlo, sí. Hace muchos años.

—¿Después?

—No que recuerde.

—¿Tenía alguno en casa?

—No.

—¿En Les Ormes?

—No.

—¿Héloïse?

—No que yo sepa.

—¿Gabriel?

—No lo sé.

Delacroix dejó la línea.

No había nada más allí.

Todavía.

Olivier levantó la mano con cierta incomodidad.

—Si quien preparó la llave necesitaba una sustancia, una herramienta y acceso a la habitación, eso no pudo hacerse en segundos.

—No sabemos cuánto necesitaba —dijo Delacroix— y tampoco necesitamos reconstruir una operación de laboratorio. Lo importante es que no requería permanecer allí hasta la muerte.

—Pero sí actuar sin que nadie lo viera.

—Sí.

—Entonces el intervalo anterior a la cena vuelve a importar.

—Mucho.

Mariette levantó los ojos.

—Cuando vi a Constance.

La aludida no reaccionó.

Delacroix asintió.

—Importa como posibilidad.

Mariette pareció frustrada.

—Siempre dice eso.

—Porque sigue siendo verdad.

—Entró en la habitación.

—Sí.

—Había herramientas.

—Sí.

—Sabía de venenos.

—Sabía que existían sustancias tóxicas y había trabajado con medicamentos.

—¿Qué falta?

Delacroix la miró.

—Verla hacerlo.

—Pero eso nunca lo tendremos.

—Entonces otra cosa que solo pueda explicarse si lo hizo.

Mariette guardó silencio.

Era una diferencia difícil de aceptar para alguien que había esperado cinco meses a decir un nombre y descubría que el nombre no resolvía nada.

Delacroix regresó a la hoja.

—Quiero saber quién vio a Héloïse subir por última vez.

Gabriel ya había intentado reconstruirlo.

Las versiones diferían.

Geneviève creyó que la vio acercarse a la escalera. Éliane la había dejado en el vestíbulo. Thibault recordaba verla abajo. Olivier no estaba seguro. Corbin decía que para entonces estaba en la biblioteca. Mariette recordaba la carpeta pero no el momento exacto.

Constance habló.

—Yo la vi subir.

Delacroix levantó la cabeza.

—¿Desde dónde?

—El salón.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Llevaba la jarra?

Constance pensó.

—No.

Mariette intervino.

—Entonces alguien la subió después.

—O antes —dijo Delacroix.

—Pero yo la vi sin ella abajo.

—Eso solo demuestra que no la llevaba en ese momento.

Mariette asintió.

—¿Carpeta? —preguntó Delacroix.

Constance cerró los ojos brevemente.

—Sí.

—¿Algo más?

—No recuerdo.

—¿Le habló?

—No.

—¿Cómo estaba?

—Enfadada.

Thibault soltó una risa cansada.

—El diagnóstico más consistente de la noche.

Constance casi sonrió.

—También cansada.

—¿Enferma?

—No.

Delacroix miró a Vauclair.

El médico entendió.

—Otro testigo que la ve funcional poco antes de subir.

—Sí.

—Eso debilita todavía más la idea de que durante la cena ya estuviera gravemente intoxicada.

—Exacto.

Constance se quedó pensando.

—Entonces todo lo que dijimos sobre el hormigueo…

—Puede ser ruido —dijo Delacroix.

La palabra produjo cierta resistencia.

Éliane frunció el ceño.

—Pero ocurrió.

—Claro.

—Entonces no es ruido.

—Un hecho puede ser verdadero y no pertenecer al crimen.

Delacroix miró a Mariette.

—Ella robaba esa noche. Verdadero. No parece haber matado a Héloïse por eso.

Después a Éliane.

—Usted había tenido una relación con Thibault y quemó una carta. Verdadero. No convierte esa carta en el arma.

A Corbin.

—Usted mintió y consideró alterar documentos. Verdadero. No significa que utilizara una lima sobre una llave.

Corbin aceptó la mirada.

—Las investigaciones fracasan muchas veces no porque falten hechos, sino porque sobran y queremos que todos formen parte del mismo dibujo.

Vauclair asintió lentamente.

—Entonces hay que volver al cuerpo.

—Sí.

—A lo que no puede ser lateral.

—Exactamente.

El médico abrió su cuaderno.

—Herida en base de pulgar derecho.

—Eso no es recuerdo ajeno.

—No.

—Está anotada.

—Sí.

—Sangrado mínimo.

—Sí.

—No se justificaba bien por los cristales.

—Correcto.

—¿Algo más físico?

Vauclair repasó las notas.

—La caída.

—¿Qué tiene?

—Nada extraordinario.

—Eso puede ser importante.

Vauclair lo miró.

Delacroix continuó:

—Si alguien la hubiera atacado dentro de la habitación, esperaríamos quizá signos.

—No necesariamente.

—Pero no los hay.

—No.

—Si hubiera ingerido algo voluntariamente o por accidente, podríamos buscar recipiente, residuo, olor.

—Y no tenemos nada.

—Si la exposición fue por la mano, la herida es exactamente lo que esperaríamos encontrar.

Vauclair no respondió enseguida.

—Sí.

—No demuestra el tóxico.

—No.

—Pero es el único elemento físico que conecta una acción concreta con algo anómalo.

—Sí.

Delacroix señaló la fotografía de la llave.

—Y tenemos un objeto capaz de producirla.

Vauclair asintió.

—Sí.

La lógica era sencilla.

Eso empezaba a preocupar a Delacroix.

Las mejores soluciones solían ser sencillas al final y casi invisibles al principio. No porque necesitaran magia, sino porque la mente había estado mirando otra parte.

—Quiero subir —dijo.

Thibault soltó aire.

—¿Todos?

—No.

Miró a Vauclair.

—Usted.

Después a Éliane.

—Usted también.

Y finalmente a Constance.

—Usted.

La mujer no mostró sorpresa.

—Bien.

Subieron.

La Chambre des Tilleuls recibió a Delacroix por tercera vez aquella noche y le pareció distinta en cada visita. Al principio había sido escenario. Después, mecanismo. Ahora empezaba a parecerle algo más incómodo: una habitación completamente inocente a la que todos llevaban cinco meses culpando.

Delacroix abrió la puerta.

—Éliane. Entre como aquella tarde.

La joven obedeció.

—¿Dónde estaba Héloïse?

—Junto al tocador.

—¿Qué hizo después?

Éliane reprodujo la secuencia. Cerró la puerta, simuló cambiarse, señaló dónde estaba cada una. Después mostró cómo Héloïse había ido hacia la cerradura.

—Aquí.

Delacroix se colocó junto a ella.

—¿La llave ya estaba puesta?

—Sí.

—¿La giró con la derecha?

—Sí.

—¿Cuánta fuerza?

—No sé.

—Dijo una grosería porque estaba dura.

—Sí.

Delacroix observó el movimiento.

Después miró a Constance.

—Cuando entró más tarde, ¿la llave estaba aquí?

La mujer se acercó.

—No lo recuerdo.

—Piense en la puerta abierta.

Constance la miró.

—Podía estar puesta.

—¿Por dentro?

—Sí.

—La puerta estaba abierta hacia el interior. Si la llave seguía insertada por dentro, usted la habría visto al entrar.

Constance frunció el ceño.

—Quizá.

—¿La recuerda?

—No.

Delacroix asintió.

No iba a crear memoria con insistencia.

—¿Pudo Héloïse llevársela?

Gabriel había explicado que normalmente la dejaba en la cerradura durante el día.

Constance negó.

—No solía.

—Entonces probablemente estaba aquí.

—Probablemente.

Delacroix miró la cerradura vacía.

La llave original ya no estaba.

El hueco parecía casi ofensivo.

—Vauclair.

El médico se acercó.