Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 19 — Una muerte anterior a la muerte
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Capítulo 19 — Una muerte anterior a la muerte

Los diez minutos de descanso sirvieron para demostrar que nadie en Les Ormes sabía descansar.

Thibault permaneció sentado pero movió una pierna durante todo el tiempo con una regularidad capaz de volver loco a cualquiera que lo mirara demasiado.

Geneviève aceptó una taza de café y consiguió olvidarla entre las manos hasta que estuvo fría.

Corbin leyó dos veces la misma hoja sin pasar página.

Olivier fumó medio cigarrillo y lo apagó después de descubrir que Delacroix lo observaba, aunque el detective no tenía ningún interés particular en el cigarrillo.

Éliane cerró los ojos, pero no durmió. Mariette se quedó cerca de la puerta, quizá porque después de haber escondido durante cinco meses lo que había visto en el corredor ya no encontraba ningún sitio en aquella casa que no pareciera pertenecer a una mentira.

Constance fue la única que no mostró inquietud.

Se sentó junto a una mesa auxiliar con las manos sobre el regazo y miró hacia la chimenea.

Delacroix evitó observarla demasiado.

La sospecha era útil mientras siguiera siendo una herramienta. En cuanto empezaba a comportarse como una conclusión, estropeaba todo lo que tocaba.

Cuando terminaron los diez minutos, tomó dos hojas y las colocó una junto a otra sobre la mesa central.

—Vamos a hacer algo desagradable.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Distinto de lo anterior?

—Muchísimo. Vamos a eliminar una pista.

Aquello consiguió más atención que cualquier anuncio de descubrimiento.

Vauclair frunció el ceño.

—¿Cuál?

Delacroix escribió cuatro momentos en la primera hoja.

Antes de la cena.

Cena.

Después de la cena.

Muerte.

Después miró a Éliane.

—Usted estuvo con Héloïse en la Chambre des Tilleuls mientras se cambiaba.

—Sí.

—Ella cerró la puerta.

—Sí.

—La cerradura ofreció resistencia.

—Sí.

—Cree que miró su mano.

—Sí.

—Pero no vio sangre.

—No.

—No vio una herida.

—No.

—Y Héloïse no dijo haberse cortado.

Éliane negó.

—No.

Delacroix escribió debajo del primer momento:

Resistencia. No lesión demostrada.

Después miró a Mariette.

—Más tarde usted vio a Constance alejándose del sector de la habitación.

Mariette asintió.

Constance no se movió.

—Constance admite que entró brevemente.

—Sí —dijo ella.

—Y después usted encontró la caja de herramientas abierta, con una lima fina fuera.

—Sí.

Delacroix escribió:

Posible acceso posterior a llave + herramienta.

Thibault se inclinó.

—Entonces…

—Espere.

Delacroix miró a Vauclair.

—Durante la cena hemos hablado de hormigueo en la mano, malestar y de que Héloïse se tocó el estómago.

—Sí.

—Y llevamos varias horas tratándolo como el comienzo de una intoxicación.

El médico guardó silencio.

Había comprendido antes que los demás.

Delacroix señaló las dos primeras líneas.

—No podemos.

Gabriel habría discutido.

La ausencia volvió a hacerse visible.

Fue Éliane quien preguntó:

—¿Por qué?

—Porque estamos intentando utilizar esos síntomas para demostrar una exposición que, según la hipótesis que acabamos de construir, podría haber ocurrido después de que usted saliera de la habitación.

Thibault frunció el ceño.

—No entiendo.

Delacroix señaló la hoja.

—Héloïse se cambia con Éliane. Utiliza la cerradura.

No sabemos que se hiera. Después la habitación queda vacía durante determinados intervalos.

Constance admite haber entrado más tarde.

Mariette encuentra herramientas accesibles.

Si alguien manipuló la llave durante ese intervalo, cualquier hormigueo anterior no puede proceder de esa manipulación.

El salón quedó quieto.

Vauclair asintió lentamente.

—Correcto.

Thibault miró hacia Constance.

—Pero pudo haberla manipulado antes.

—Alguien pudo —dijo Delacroix—. Constance, otra persona, Gabriel, un trabajador, cualquiera con acceso.

Pero no podemos utilizar simultáneamente su presencia posterior como oportunidad y los síntomas anteriores como prueba del mecanismo.

Tendríamos que elegir la cronología que más nos convenga y después fingir que la evidencia la eligió por nosotros.

Constance levantó la mirada.

—Entonces el hormigueo no sirve.

—No como lo hemos utilizado.

—¿Y las náuseas?

—Tampoco.

Mariette intervino:

—Pero se tocaba el estómago durante la cena.

Delacroix asintió.

—Una mujer que llevaba horas discutiendo con su familia, acababa de descubrir falsificaciones, sabía que podía destruir una empresa el lunes y había amenazado con denunciar a varias personas se tocó el estómago. No necesito veneno para explicarlo.

Vauclair añadió:

—Ni el hormigueo. Ansiedad, tensión muscular, frío, haber mantenido la mano en una posición incómoda… Hay muchas explicaciones benignas.

Éliane miró al médico.

—¿Y lo que anotó usted?

—Anoté lo que me contaste. El error fue empezar esta noche a interpretarlo retrospectivamente como si supiéramos ya qué significaba.

Delacroix asintió.

—Exactamente.

Thibault se dejó caer contra el respaldo.

—Fantástico. Cuando por fin tenemos pistas, empezamos a tirarlas.

—Eso es investigar.

—Parece una forma extraordinariamente ineficiente.

—Lo es. La alternativa se llama equivocarse.

Constance miró las hojas.

—Entonces volvemos a no saber cuándo empezó a sentirse mal.

Delacroix sostuvo su mirada.

—No.

—¿Ni siquiera si empezó durante la cena?

—Podía encontrarse mal durante la cena. Lo que no sabemos es si tenía relación con aquello que la mató.

La precisión pareció interesarle.

—Eso cambia la cronología.

—La limpia.

Vauclair se acercó a la mesa.

—Y nos obliga a mirar lo que sabemos después.

Delacroix le cedió espacio.

—Eso quiero.

El médico tomó el lápiz.

—Después de la cena, ¿alguien recuerda síntomas claros?

Las miradas se cruzaron.

Geneviève fue la primera.

—Estaba cansada.

Thibault soltó una respiración.

—Todos estábamos cansados.

—Ella más.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Delacroix.

Geneviève pensó.

—Por la cara. Había perdido color.

Vauclair negó.

—Demasiado subjetivo.

—La conocía.

—Precisamente. Un recuerdo emocional después de una muerte tiende a corregir rostros.

Geneviève no se ofendió.

Éliane habló.

—Cuando la vi en el vestíbulo dijo que quería subir.

—¿Porque se encontraba mal?

—No. Porque estaba harta.

Thibault sonrió con tristeza.

—Eso sí es específico.

Éliane lo ignoró.

—Llevaba la carpeta. Me preguntó si yo pensaba contestarle la carta. Hablamos. No parecía enferma.

Delacroix levantó la vista.

—¿Caminaba normal?

—Sí.

—¿Voz?

—Normal.

—¿Respiración?

—No me llamó la atención.

Vauclair escribió.

—Entonces todavía funcional después de la cena.

Geneviève intervino.

—Yo hablé con ella también.

—¿Después de Éliane?

—No sabemos el orden exacto.

Delacroix miró el mapa anterior.

—Lo reconstruiremos, pero ambas conversaciones fueron en el periodo previo a que subiera definitivamente.

—Conmigo también estaba normal —dijo Geneviève—. Enfadada. Pero normal.

—¿Queja física?

—No.

Thibault miró hacia el suelo.

—Yo la vi cruzar el vestíbulo.

Todos se volvieron.

Delacroix frunció el ceño.

—Eso tampoco apareció antes.

Thibault se pasó una mano por la cara.

—No hablé con ella. La vi.

—¿Cuándo?

—Después de salir del fumoir. Estaba cerca de la escalera.

—¿Subiendo?

—No. Creo que venía desde el comedor.

—¿Cómo estaba?

—Como siempre.

—¿Se tambaleaba?

—No.

—¿Se sostenía en algo?

—No.

—¿Se tocaba el pecho?

—No.

Vauclair dejó el lápiz.

—Entonces tenemos algo importante.

Gabriel había pasado cinco meses intentando encontrar la anomalía.

Delacroix empezaba a sospechar que una parte del progreso consistía justamente en dejar de fabricar anomalías donde no las había.

—Héloïse no presenta un deterioro claro durante la cena —dijo el médico—. Los síntomas recordados son inespecíficos y aislados. Después de la cena sigue caminando, hablando y actuando normalmente.

—Sí —dijo Delacroix.

—Entonces una intoxicación grave podía haber empezado más tarde.

—O al menos no tenemos nada que demuestre lo contrario.

Vauclair asintió.

Constance observaba las hojas.

—Cuando volvió a encerrarse.

Nadie habló.

Delacroix levantó los ojos.

—Eso es una posibilidad.

—Si la sustancia estaba en la llave.

—Sí.

Thibault se inclinó hacia delante.

—Entonces estamos otra vez ahí.

—No exactamente.

Delacroix tomó la segunda hoja.

—Antes teníamos una historia que decía: Héloïse toca una llave, empieza a sentirse mal, cena, sube y muere. Era atractiva.

—¿Y falsa? —preguntó Éliane.

—No necesariamente. Pero estaba sostenida por recuerdos que no podemos colocar con seguridad. Ahora tenemos una secuencia más pobre.

Thibault sonrió sin humor.

—Eso suena prometedor.

—Lo es.

Escribió:

Héloïse viva y funcional después de la cena.

Debajo:

Sube sola.

Después:

Cierra.

Y finalmente:

Muere.

Delacroix dejó el lápiz.

—Eso sí sabemos.

Vauclair miró la última línea.

—Entre cerrar y morir no sabemos cuánto pasó.

—No.

—Pero Gabriel llama cerca de las once y media.

—Sí.

—No obtiene respuesta.

—Sí.

—Si la exposición decisiva ocurrió al cerrar, tenemos un intervalo compatible.

Delacroix levantó una mano.

—Compatible.

—He aprendido.

Thibault miró a ambos.

—¿Y ahora cuál es la diferencia con lo que veníamos diciendo?

Delacroix señaló la hoja anterior.

—Que hemos movido el posible ataque.

—¿A cuándo?

—Antes de que Héloïse entrara por última vez en la habitación.

Thibault frunció el ceño.

—Pero si la llave estaba preparada…

—Eso.

Delacroix tomó la fotografía ampliada de Gabriel.

—Si alguien alteró este objeto mientras Héloïse estaba abajo, la acción homicida pudo terminar antes de que ella regresara.

Geneviève lo miró.

—¿Terminar?

—Para el asesino.

—Pero Héloïse seguía viva.

—Sí.

La madre frunció el ceño.

Delacroix continuó:

—Estamos demasiado acostumbrados a pensar que un asesinato ocurre cuando una persona ataca a otra. Un disparo. Un golpe. Una mano alrededor del cuello. Acción y muerte casi juntas. Pero no tiene por qué ser así.

Vauclair se quedó mirando la hoja.

—La causa puede ponerse en marcha antes.

—Exactamente.

—Y la víctima completar después el contacto que la activa.

Delacroix lo miró.

—Quizá.

No quería ir más lejos.

Todavía no.

Constance sí.