Capítulo 18 — Lo que vio Mariette #3
Vauclair intervino.
—La exposición no tiene por qué producir muerte inmediata.
Éliane se volvió.
—Pero ya empezaba a sentirse mal durante la cena.
—Eso encajaría con una exposición anterior.
Constance levantó los ojos.
—Entonces si la llave fue preparada antes de que se cambiara con Éliane, quien entró después no pudo hacerlo.
El salón quedó quieto.
Era cierto.
Delacroix la observó.
—Si.
—Mariette me vio después de que Héloïse ya hubiera utilizado la llave.
—Eso parece.
Thibault la miró.
—Entonces…
Constance no sonrió.
—Entonces el hecho de que yo entrara después no demuestra que alterara la llave antes.
Delacroix sintió el golpe lógico, limpio y necesario. Mariette palideció.
—Pero la lima…
—Pudo estar ahí por cualquier reparación —dijo Constance—. Y si Héloïse ya se había cortado al cambiarse, alguien tuvo que manipular la llave antes de que yo entrara.
Geneviève soltó una respiración.
Thibault miró a Delacroix.
Durante unos segundos pareció que toda la construcción acababa de alejarse de Constance.
Delacroix, en cambio, sintió otra cosa: una pregunta.
—Éliane.
La joven levantó la vista.
—¿Sí?
—Cuando Héloïse cerró la puerta mientras se cambiaba con usted, ¿vio sangre?
Éliane frunció el ceño.
—No.
—¿Vio una herida?
—No.
—¿Dijo que se había cortado?
—No.
—¿Vio que mirara la mano?
—Creo que sí.
—Cree.
—Sí.
—¿Podía simplemente haber sentido la resistencia de la cerradura y mirado los dedos?
Éliane se quedó pensando.
—Sí.
Delacroix miró a Vauclair.
—Entonces no sabemos cuándo se produjo la herida.
—No.
—Solo sabemos que la cerradura estaba dura antes de la cena.
—Sí.
Delacroix volvió hacia Constance.
—Su argumento funciona únicamente si asumimos que ese primer giro ya la hirió.
Constance sostuvo su mirada.
—Es lo que parece.
—Parece.
—Sí.
—Y esta noche hemos aprendido bastante sobre esa palabra.
Ella no respondió. Delacroix miró la fotografía otra vez. Una llave podía rozar varias veces sin cortar siempre; podían cambiar la presión, el ángulo, la fuerza y hasta el estado del metal.
Y si había una sustancia aplicada, podía no entrar en cantidad significativa hasta que una lesión real se produjera.
Todavía no tenía una cronología exacta, pero acababa de ver algo importante.
Constance no se había limitado a defender que su presencia en el corredor no probaba nada.
Había identificado inmediatamente el único punto temporal capaz de debilitar la teoría.
Inteligente.
No culpable.
Pero inteligente.
—Una cosa más —dijo Delacroix.
Constance esperó.
—¿Sabía antes de esta noche que Éliane había estado en la habitación con Héloïse mientras se cambiaba?
—Sí.
—¿Cómo?
—Era habitual.
—Eso no responde.
—Creo recordar que la vi salir.
—¿Antes o después de entrar usted?
Constance pensó.
—Antes.
Delacroix dejó el lápiz.
—Entonces sabía que Héloïse había utilizado la cerradura antes de su entrada.
Constance lo miró.
—No sabía que la hubiera cerrado.
—¿Pero era habitual?
—Sí.
—Tan habitual que esta misma noche usted explicó que Héloïse cerraba desde niña por privacidad.
Constance guardó silencio y Delacroix no avanzó más. Mariette lloraba en silencio, no por miedo sino por agotamiento. Constance la miró.
—No deberías haberme protegido.
Mariette alzó la cabeza.
—No sabía si había algo que proteger.
—Precisamente.
—Usted fue buena conmigo.
Constance respiró.
—Eso no te obliga a mentir por mí.
Mariette soltó una risa triste.
—En esta casa parece que todos pensaban que querer a alguien obligaba a algo.
Nadie respondió.
La frase pertenecía demasiado bien a todos.
Delacroix cerró el cuaderno de Gabriel.
—Descansemos diez minutos.
Thibault abrió la boca.
Delacroix lo señaló.
—Sin movimientos. Sin jardín. Sin cocinas. Sin patriotismo belga. Diez minutos sentados.
Thibault cerró la boca.
El cansancio permitió una pequeña risa.
Después la habitación volvió a quedarse quieta.
Delacroix se acercó a la puerta del salón y miró hacia la escalera.
Arriba, la Chambre des Tilleuls permanecía cerrada.
Una habitación que durante cinco meses había obligado a todos a preguntar cómo podía haber entrado un asesino.
Ahora esa pregunta parecía cada vez más vieja.
Quizá nadie había necesitado estar allí cuando Héloïse murió.
Quizá nadie había necesitado siquiera tocarla. Bastaba con preparar algo ordinario que Héloïse utilizara sin pensar, algo integrado en su rutina, y esperar. Delacroix miró su propia mano e imaginó el aro metálico, el pulgar apoyándose de manera natural.
Un gesto cotidiano podía producir una pequeña herida; después vendrían la cena, el hormigueo, las náuseas, la debilidad y, al final, otra vez la llave.
Delacroix levantó la vista.
La muerte no tenía por qué haber empezado cuando Héloïse cayó.
Ni cuando quedó sola.
Ni siquiera cuando entró en la habitación por última vez.
Podía haber comenzado mucho antes.
En un momento tan pequeño que nadie lo había considerado digno de recordar.
Y quizá ese había sido siempre el verdadero truco de la habitación imposible.
No que el asesino hubiese encontrado una forma de salir.
Sino que nunca había necesitado entrar.