Capítulo 18 — Lo que vio Mariette #2
La madre quedó inmóvil.
—¿Y no te echó?
—Dijo que me iría después de la boda. Que me daría una carta para otra familia.
Geneviève bajó lentamente la mirada. Delacroix observó el efecto: otra pequeña revisión póstuma de Héloïse que no servía para resolver el asesinato, pero sí para devolverle humanidad.
—¿Por qué protegió a Constance durante cinco meses? —preguntó Delacroix.
Mariette levantó la cabeza.
Constance también.
—Ya me dijo que era la única persona de esa familia que la había tratado alguna vez como si no fuera invisible.
Geneviève se tensó.
Thibault miró hacia su tía.
Constance parecía sorprendida por primera vez.
—¿Yo?
Mariette la miró.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Muchas veces.
Constance frunció el ceño.
Mariette tragó saliva.
—Cuando murió mi marido, usted fue quien me preguntó si tenía dónde vivir. Cuando mi hermana enfermó, usted me dio tres días libres sin descontarlos. Cuando rompí aquella bandeja de plata, le dijo al señor Gabriel que había sido usted.
Thibault miró a Constance.
—¿Por qué?
Ella se encogió apenas de hombros.
—Porque Gabriel estaba enfadado y una bandeja rota no merecía que despidieran a nadie.
Mariette sostuvo su mirada.
—Por eso.
Delacroix comprendió.
No era lealtad porque Constance fuese poderosa.
Era gratitud por pequeños actos que nadie más había considerado suficientemente importantes para recordar.
—¿Pensó que podía ser culpable? —preguntó.
Mariette tardó.
—Sí.
Constance no se movió.
—¿Desde cuándo?
—Desde que Gabriel empezó a decir que la llave había sido tocada.
—¿Y antes?
—Pensaba que simplemente había estado cerca de la habitación.
—¿Nunca relacionó la caja de herramientas con ella?
—No.
—¿Por qué?
Mariette lo miró.
—Porque en octubre nadie pensaba en la llave.
Exactamente.
Delacroix sintió la frase con la claridad de algo que resumía cinco meses de fracaso.
Nadie pensaba en la llave. La llave demostraba que la habitación estaba cerrada y, precisamente por eso, había dejado de ser objeto.
—¿Y cuando recibió la carta de Gabriel?
—Pensé que él sabía que yo había visto a Constance.
—Pero su carta solo decía que usted no estaba donde declaró.
—Sí.
—Entonces vino por miedo a que conociera los robos.
—Y por esto.
—Sí.
Delacroix miró a Constance.
—¿Usted sabía que Mariette robaba?
La mujer tardó.
—Sospechaba.
Mariette palideció.
—¿Desde cuándo?
—Antes de la muerte de Héloïse.
—¿Y no dijo nada?
—No tenía pruebas.
Thibault soltó una risa.
—Mira quién aprecia ahora esa diferencia.
Constance le dirigió una mirada fría.
—¿Le preguntó a Héloïse? —dijo Delacroix.
—No.
—¿A Mariette?
—No.
—¿Por qué?
Constance miró a la antigua doncella.
—Porque si Héloïse no la había despedido, pensé que quizá ya lo sabía y lo estaba resolviendo a su manera.
Mariette bajó los ojos.
Delacroix sintió una ironía extraña.
Hasta Héloïse había empezado a convertirse, en pequeñas cosas, en otra persona que resolvía problemas sin exponerlos inmediatamente.
La diferencia era que parecía estar intentando ponerles final.
—Constance —dijo—, vuelva conmigo al doce de octubre.
Ella lo miró.
—Sube para cambiarse.
—Sí.
—Busca a Héloïse.
—Sí.
—Entra en su habitación.
—Sí.
—No está.
—Sí.
—Sale.
—Sí.
—¿Qué hace después?
—Voy a mi habitación.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé. Diez minutos.
—¿Cambia de ropa?
—Sí.
—¿Después?
—Bajo.
—¿Por la escalera principal?
—Sí.
—¿Ve a alguien?
Constance pensó.
—A Mariette, quizá.
La mujer levantó la cabeza.
—Yo me escondí.
—Entonces no.
—¿A Éliane?
—Creo que la vi más tarde.
—¿A Héloïse?
—No hasta abajo.
—¿Dónde?
—Cerca del salón.
Delacroix asintió.
—Entonces Héloïse seguía viva y todavía no había subido definitivamente.
—Sí.
—¿Había cerrado ya la Chambre des Tilleuls antes de ese momento?
Éliane intervino.
—Sí. Cuando se cambió conmigo.
Constance la miró.
Delacroix volvió a ordenar.
—Entonces la cronología es esta: Héloïse utiliza la cerradura durante la tarde.
Más tarde, Constance entra brevemente en la habitación cuando ella no está.
Mariette ve a Constance alejarse de ese corredor y, poco después, una caja de herramientas de restauración está abierta con una lima fina fuera. Después Héloïse sigue viva abajo.
—Sí —dijo Mariette.
—Eso es lo que sabemos.
Thibault se incorporó.
—¿Y todavía no le parece bastante?
Delacroix lo miró.
—Bastante para qué.
—Para saber que ella pudo hacerlo.
—Eso sí.
La respuesta lo calló.
Delacroix miró a Constance.
—Pudo entrar.
—Sí.
—Pudo acceder a la llave si estaba en la cerradura.
—Sí.
—Pudo acceder a una herramienta capaz de producir marcas semejantes a las que Gabriel encontró.
Constance tardó.
—Sí.
—Y sabía que el lunes podía destruir el sistema financiero que llevaba años sosteniendo.
—Sí.
—Además tenía experiencia médica.
—Sí.
Geneviève cerró los ojos.
Constance sostuvo la mirada de Delacroix.
—¿Y ahora?
—Ahora nada.
Thibault soltó aire.
—¿Nada?
Delacroix se volvió hacia él.
—Ahora tenemos posibilidad.
—Tenemos motivo.
—También.
—Oportunidad.
—Sí.
—Conocimiento.
—General.
—¿Qué más hace falta?
Delacroix lo miró.
—Un asesinato.
Thibault frunció el ceño.
—Eso ya tenemos dos.
—Tenemos dos muertos. Todavía necesito demostrar cómo una acción concreta de Constance produjo la muerte de Héloïse y cómo una acción concreta de alguien produjo la de Gabriel.
—Pero…
—Si no entiende la diferencia, terminará condenando a cualquiera que tenga suficientes circunstancias desagradables alrededor.
Thibault se calló.
Constance bajó ligeramente la mirada.
—Gracias.
Delacroix la observó.
—No me dé las gracias.
Ella levantó los ojos.
—No la estoy defendiendo.
—Lo sé.
—Estoy defendiendo la diferencia entre sospecha y prueba.
—También lo sé.
Delacroix tomó la fotografía ampliada de la llave.
La colocó junto a las notas de Vauclair.
—Doctor.
Vauclair se acercó.
—¿Sí?
—Quiero algo distinto ahora.
—¿Qué?
—No una sustancia concreta. Una secuencia fisiológica posible.
Vauclair frunció el ceño.
—¿Con lo que tenemos?
—Con lo mínimo.
Delacroix señaló las notas.
—Herida pequeña en la base del pulgar. Sensación de hormigueo más tarde. Náuseas. Debilidad progresiva. Muerte sin lucha ni lesiones importantes. ¿Puede una exposición a través de la herida producir esa secuencia?
Vauclair pensó.
—Sí.
—¿Sin ingestión?
—Sí.
—¿Sin que la sustancia deje necesariamente una señal evidente meses después en el metal?
—Sí.
—¿Y el hecho de que Gabriel se cortara en enero y no le ocurriera nada sería compatible con que la sustancia ya no estuviera?
—Claro.
Gabriel ausente parecía entrar otra vez en la habitación mediante cada respuesta.
Delacroix miró la fotografía.
—Entonces una cosa empieza a separarse de las demás.
Vauclair esperó.
—La jarra explica una posible vía de intoxicación, pero no explica la herida.
—Correcto.
—El vidrio explica la herida, pero cada vez peor.
—Sí.
—La llave explica la localización de la herida.
—Sí.
—Y las marcas de la llave existen.
—Sí.
—Entonces ya no necesito preguntarme únicamente si la llave pudo herirla.
Vauclair lo observó.
—¿Qué necesita?
Delacroix levantó la pieza fotográfica.
—Qué hacía esa herida.
El silencio regresó.
Constance miraba la fotografía.
Delacroix lo vio.
—¿Qué piensa?
Ella levantó la vista.
—Que si la teoría es correcta, la persona que preparó la llave no necesitaba estar cerca de Héloïse cuando murió.
—Exacto.
—Entonces todas las coartadas de esa hora valen mucho menos.
—También.
—Y el asesinato ocurrió antes de que ella se encerrara.
Delacroix no respondió inmediatamente. La formulación era casi correcta, pero todavía no del todo.
—La acción homicida pudo ocurrir antes.
—¿Qué diferencia hay?
—Que quizá el asesinato necesitaba que Héloïse hiciera algo después.
Constance se quedó quieta.
Thibault frunció el ceño.
—Cerrar.
Delacroix lo miró.
—Quizá.
La palabra cayó con una fuerza nueva.
No porque fuera la primera vez que aparecía.
Porque ahora tenían una persona situada antes de la cena, una herramienta, una llave dañada, una herida compatible y síntomas posteriores.
La estructura empezaba a sostenerse, aunque todavía no podía cargar con un nombre.
—¿Entonces alguien prepara la llave y espera a que Héloïse cierre? —preguntó Geneviève.
Delacroix miró hacia la escalera.
—Eso es una posibilidad.
—Pero ella ya la había usado antes —dijo Éliane—. Cuando yo estaba dentro.
—Sí.
—Y no murió.