Capítulo 18 — Lo que vio Mariette
Mariette tardó tanto en empezar que Thibault estuvo a punto de hacerlo por ella.
—Viste a Constance.
La mujer levantó la cabeza.
No respondió.
Pero tampoco hizo falta.
Geneviève cerró los ojos.
Olivier Brissac miró hacia el fuego. Corbin dejó de mover la pastilla digestiva entre los dedos.
Éliane, sentada en el extremo del sofá, giró lentamente hacia Constance.
Vauclair permaneció junto a la mesa con los brazos cruzados y la expresión de un hombre que acababa de comprender que su conocimiento médico, hasta entonces periférico, empezaba a adquirir un lugar demasiado cómodo dentro de una hipótesis.
Constance no se movió.
Delacroix miró a Thibault.
—Gracias por demostrar por qué prefería que hablara ella.
—Era bastante evidente.
—Las cosas evidentes son las que más disfrutan equivocándose.
Thibault cerró la boca.
Delacroix volvió hacia Mariette.
—No quiero el nombre primero. Ya lo tenemos. Quiero el recuerdo.
Mariette respiró.
—Era Constance.
La mujer aludida inclinó apenas la cabeza, sin sorpresa ni indignación.
Eso, como casi todo en ella, podía significar demasiado.
—Bien —dijo Delacroix—. Ahora olvide durante unos minutos que sabe quién era. Cuénteme lo que vio como si fuera una desconocida.
Mariette lo miró con cansancio.
—No puedo olvidar la cara de alguien.
—No le pido eso. Le pido que separe identidad de conducta.
La mujer bajó la vista hacia sus manos.
—Yo había subido por la escalera de servicio.
—¿Primera o segunda vez?
—La segunda.
—¿Con qué intención?
—Recoger el collar de la señora de Mareuil.
Geneviève abrió los ojos.
Mariette palideció.
Ahí estaba la parte de la confesión que Delacroix había logrado aplazar.
—¿Mi collar?
Delacroix levantó una mano.
—Después.
Geneviève lo miró.
—¿Después?
—Está recuperado.
Mariette se quedó inmóvil.
Geneviève la observó durante unos segundos que debieron de parecer bastante más largos a la antigua doncella.
—Continúe —dijo finalmente.
Mariette soltó el aire.
—Subí. Fui al cuarto de ropa. El collar estaba donde lo había dejado. Oí pasos en el corredor principal y me acerqué a la puerta de servicio para mirar.
—¿Por miedo a que alguien entrara?
—Por miedo a que me vieran salir.
—¿La puerta estaba completamente abierta?
—No. Solo un poco.
—¿Cuánto?
Mariette mostró con los dedos unos centímetros.
—Así.
—Entonces veía una franja del corredor.
—Sí.
—¿Y a Constance?
—Sí.
—¿Dónde exactamente?
Mariette cerró los ojos.
—Cerca de la habitación de la señorita Héloïse.
—Eso ya lo sabemos. Necesito distancia.
Gabriel habría sabido calcularla mejor.
La idea pasó por Delacroix y se fue.
—¿A un paso de la puerta?
—No.
—¿Dos?
—Quizá tres o cuatro.
—¿Qué dirección llevaba?
—Venía de allí.
Con el dedo señaló la zona donde estaba la Chambre des Tilleuls.
Constance habló.
—Mi habitación estaba en la misma dirección.
Delacroix la miró.
—Lo sé.
—Entonces eso no significa nada.
—Todavía no.
Mariette continuó.
—Caminaba hacia la escalera principal.
—¿Rápido?
—No.
—¿Normal?
—Sí.
—¿Nerviosa?
La mujer pensó.
—No sabría decir.
—¿Miró hacia atrás?
—Una vez.
Constance frunció apenas el ceño.
—No recuerdo eso.
Delacroix levantó una mano.
—No discuta todavía.
Mariette respiró.
—Miró hacia el corredor, hacia atrás. Después siguió.
—¿Hacia la puerta de Héloïse?
—No puedo saber exactamente qué miraba.
—Bien.
Delacroix anotó.
—¿Tenía algo en las manos?
Mariette se quedó pensando.
—Un pañuelo.
Constance miró sus propias manos como si la memoria pudiera encontrarse allí.
—Eso es posible.
—¿Solo un pañuelo?
—Creo que sí.
—¿Bolso?
—No.
—¿Caja?
—No.
—¿Herramienta?
Mariette negó.
—No vi ninguna.
Thibault soltó una respiración.
Delacroix se volvió hacia él.
—No convierta ausencia visible en absolución tampoco.
—No he dicho nada.
—Lo estaba pensando muy fuerte.
Thibault se recostó.
Delacroix volvió a Mariette.
—¿Vio salir a Constance de la Chambre des Tilleuls?
—No.
—¿La vio entrar?
—No.
—¿La vio tocar la puerta?
—No.
—¿La vio con la llave?
—No.
—Entonces lo que sabe es que Constance estaba en ese tramo de corredor antes de la cena y se alejaba en dirección a la escalera.
Mariette asintió.
—Sí.
—Eso es todo.
—No.
Delacroix levantó la vista.
—¿Qué más?
Mariette tragó saliva.
—Después salí del cuarto de ropa.
Constance la observaba.
—Esperé a que ella bajara. Fui hasta la puerta del corredor y entonces vi la caja.
Delacroix sabía de qué hablaba.
—Las herramientas.
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—Sobre una mesa auxiliar al final de la galería.
—¿La caja abierta?
—Sí.
—¿Había herramientas fuera?
—La lima.
—¿Una sola?
—Creo que sí.
—¿La tocó?
—No.
—¿Por qué la recuerda?
Mariette miró a Delacroix como si la respuesta fuera demasiado sencilla.
—Porque estaba junto al sitio donde yo guardaba cosas que no debía guardar.
Eso sí tenía sentido.
Una persona que ocultaba objetos en un cuarto recordaría mejor que nadie qué había cambiado cerca de sus escondites.
—¿La caja estaba siempre allí?
—Esa semana sí.
—¿La había visto abierta antes?
—Sí.
—¿La lima fuera?
Mariette pensó.
—No recuerdo.
Delacroix asintió. Era una diferencia importante: la caja abierta no era extraordinaria; la lima fuera quizá tampoco.
—¿Cuánto tiempo después de ver a Constance encontró la caja así?
—Menos de un minuto.
—¿Podía otra persona haberla utilizado antes?
—Sí.
—¿Podía Gabriel?
—Sí.
—¿Morel?
—Sí.
—¿Un trabajador?
—Esa tarde no había trabajadores.
—¿Héloïse?
Mariette dudó.
—Supongo que también.
Delacroix miró a Constance.
Ella permanecía inmóvil.
—Ahora sí —dijo—. Quiero su versión.
Geneviève se tensó.
Constance apoyó ambas manos sobre los brazos del sillón.
—Subí antes de la cena.
—Eso ya lo admitió.
—A cambiarme.
—También.
—Mi habitación estaba más allá de la de Héloïse.
—Sí.
—Pasé por el corredor.
—¿Se detuvo?
Constance pensó.
—Creo que sí.
—¿Dónde?
—Cerca de la puerta de Héloïse.
Mariette levantó la cabeza.
Thibault también.
Delacroix no reaccionó.
—¿Por qué?
—Porque la puerta estaba abierta.
—¿Héloïse dentro?
—No.
—¿Entró usted?
Constance tardó, demasiado poco para convertirlo en confesión y lo suficiente para que todos lo notaran.
—Sí.
El salón quedó inmóvil.
Geneviève murmuró:
—Constance.
Ella no la miró.
Delacroix apoyó el lápiz.
—Antes dijo que no había entrado.
Constance sostuvo su mirada.
—Dije que no recordaba haber entrado.
—Al principio de la noche, cuando le pregunté si había estado dentro, respondió «No que yo sepa».
—Sí.
—Ahora sabe.
—Ahora Mariette ha fijado el momento.
—Explíquelo.
Constance respiró.
—Entré unos segundos.
—¿Por qué?
—Buscaba a Héloïse.
—¿Para qué?
—Para hablar otra vez con ella antes de la cena.
—¿Sobre el lunes?
—Sí.
—¿Y no estaba?
—No.
—¿Dónde creyó que estaba?
—Con Éliane o abajo.
Éliane frunció el ceño.
—Estuve con ella poco después.
Constance asintió.
—Entonces probablemente.
Delacroix mantuvo la voz igual.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?
—Menos de un minuto.
—¿Qué hizo?
—Nada.
—Eso no existe.
Constance lo miró con cansancio.
—Entré, dije su nombre, vi que no estaba y salí.
—¿Tocó algo?
—No que recuerde.
—¿La puerta?
—Naturalmente.
—¿La llave?
Constance se quedó quieta.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿La vio?
—No recuerdo.
—¿Estaba puesta en la cerradura?
—Probablemente.
—No le pregunto lo habitual.
—Entonces no lo sé.
Delacroix escribió.
—¿Se acercó al escritorio?
—No.
—¿Al tocador?
—No.
—¿A las ventanas?
—No.
—¿La habitación estaba ordenada?
Constance frunció el ceño.
—Sí.
—¿La jarra ya estaba allí?
—No me fijé.
—¿La cama?
—Hecha.
—¿Papeles?
—No vi.
—¿Por qué nunca dijo que había entrado?
La pregunta cambió el rostro de Constance.
No mucho.
Pero por primera vez apareció irritación.
—Porque no lo recordaba.
Thibault soltó una risa seca.
—Vaya.
Constance se volvió.
—¿Qué?
—Nada. Solo que cuando cualquiera de nosotros recuerda algo cinco meses tarde parece una mentira y cuando tú lo haces es memoria.
—Thibault.
—No, es interesante.
Delacroix levantó una mano.
—Y bastante justo.
Constance volvió hacia él.
—¿Cree que mentí?
—Creo que su respuesta anterior era falsa.
—No deliberadamente.
—Eso todavía no lo sé.
—Entonces dígalo.
—Acabo de hacerlo.
Constance respiró lentamente.
—No recordaba haber entrado.
Mariette habló por primera vez desde que había empezado la confrontación.
—La vi salir de esa zona.
Constance la miró.
—No me viste salir de la habitación.
—No.
—Entonces.
—Pero usted sí había entrado.
La frase de Mariette fue casi humilde.
Eso le dio más fuerza.
Constance se quedó callada.
Delacroix intervino.
—¿Vio la caja de herramientas?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la galería.
—¿La tocó?
—No.
—¿La vio abierta?
Constance pensó.
—No recuerdo.
—¿La lima?
—No.
—¿Sabía para qué servía?
—Sé para qué sirve una lima.
—¿Había utilizado herramientas de Gabriel alguna vez?
—Alguna vez.
Thibault levantó la cabeza.
Geneviève también.
—¿Para qué?
—Cosas pequeñas. Un cierre, una hebilla, una pieza metálica.
—¿Una cerradura?
—No recuerdo.
—¿Una llave?
Constance lo miró directamente.
—No.
Delacroix asintió.
No había nada más que extraer de esa línea sin convertir preguntas en sugestiones.
—Mariette. ¿Qué hizo después de ver la caja?
—Cogí el collar.
Geneviève cerró los ojos.
—Mi collar.
Mariette se volvió hacia ella.
—Sí.
—¿Cuál?
La mujer describió una cadena fina con pequeñas piedras oscuras.
Geneviève la reconoció inmediatamente.
—Pensé que lo había perdido en París.
Mariette bajó la cabeza.
—Lo siento.
—¿Dónde está?
—En la cocina. El señor Delacroix lo encontró.
Geneviève miró a Delacroix.
—¿Y decidió no decírmelo?
—Decidí que descubrir un robo en mitad de dos homicidios podía esperar media hora.
Thibault murmuró:
—Una jerarquía razonable.
Geneviève no lo miró.
—¿Qué más cogió?
Mariette se tensó.
Delacroix intervino.
—Eso pertenece a otra conversación.
—Era de mi casa.
—Y se resolverá. Pero ahora necesito que recuerde una noche en la que su hija murió y otra persona acaba de ser asesinada. Podemos administrar prioridades sin negar el robo.
Geneviève lo miró con dureza.
Después asintió.
—Bien.
Mariette parecía al borde de llorar por primera vez.
—Héloïse sabía.
Geneviève volvió hacia ella.
—¿Qué?
—Sabía que robaba.