Capítulo 17 — Los papeles de Gabriel #2
—Ya.
Delacroix continuó.
—¿Y esta noche, antes de la pausa, oyó a Gabriel decirme que tenía fotografías ampliadas y notas sobre el corte?
Constance pensó.
—Mencionó fotografías.
—¿Oyó lo del corte?
—Eso lo habíamos hablado todos.
—Me refiero a que iba a enseñarme su reconstrucción específica.
—No sé.
Delacroix asintió.
Todavía no necesitaba más.
Pasó otra página.
Ahí estaban las preguntas tachadas que había visto antes.
¿Quién pudo entrar?
Tachada.
¿Quién pudo salir?
Tachada.
Debajo había una frase escrita en tinta negra, distinta del azul que dominaba el resto del cuaderno.
Delacroix la leyó otra vez.
Después levantó los ojos.
—Esto sí quiero leerlo.
Todos prestaron atención.
—Gabriel escribió: «No preguntar quién entró».
Thibault se incorporó.
Delacroix continuó:
—«Preguntar qué tocó ella».
El salón quedó completamente silencioso.
Vauclair miró hacia la chaqueta de Delacroix, aunque la llave ya no estaba allí.
Geneviève fue la primera en hablar.
—¿Héloïse?
—Sí.
—¿Qué tocó cuando?
—Eso es lo que Gabriel intentaba averiguar.
Thibault miró el cuaderno.
—La llave.
—Probablemente pensaba en ella.
—Entonces lo sabía.
—No.
Delacroix negó.
—Sabía que la pregunta tradicional no funcionaba. Es diferente.
Constance levantó la cabeza.
—¿Qué más escribió debajo?
Delacroix la miró.
La pregunta había salido demasiado rápido.
No necesariamente por miedo.
Podía ser simple inteligencia.
Miró la página.
Debajo había tres palabras separadas por barras.
Jarra / papeles / llave.
Después:
La última acción privada antes de quedar aislada.
Delacroix sintió la frase.
Ahí estaba.
Gabriel todavía había mezclado objetos.
Pero había empezado a buscar acciones.
—Escribió tres posibilidades —dijo—. La jarra, los papeles y la llave.
—¿La jarra? —preguntó Mariette.
—Sí.
—Entonces también pensaba que podía haber algo en el agua.
—Lo consideró.
Vauclair se acercó.
—Pero si la jarra se preparó antes…
—Podía funcionar.
—Y explicaría los síntomas.
—Sí.
—Entonces la llave no es única.
—Todavía no.
Delacroix vio el alivio mínimo en algunas personas.
Interesante.
Una teoría concentrada en la llave acercaba la investigación a quienes hubieran tenido acceso a la habitación.
Una teoría de la jarra abría la cocina, el servicio, el comedor.
Más ruido.
Más posibilidades.
—¿Gabriel descartó la jarra? —preguntó Corbin.
Delacroix revisó.
Había anotaciones posteriores.
Agua: nadie sabe quién subió jarra. Sin análisis. Demasiado abierto.
Y después:
Pero herida no explicada.
Más abajo:
Llave explica herida. No explica muerte.
La última frase estaba subrayada.
—No la descartó —dijo Delacroix—. Pero la llave seguía siendo lo único que explicaba una evidencia física que el agua no explicaba.
Vauclair asintió.
—La lesión.
—Sí.
Mariette estaba muy quieta.
Delacroix la observó.
Ella entendió.
Su nombre pendiente.
Ahora importaba todavía más.
Si Gabriel tenía razón y algo se había preparado antes de que Héloïse quedara sola, ver a alguien cerca de la Chambre des Tilleuls antes de la cena dejaba de ser una observación curiosa.
Se convertía en oportunidad.
—Mariette.
La mujer cerró los ojos.
—Lo sé.
—Ya no hay más pausas.
—Lo sé.
—Entonces dígalo.
Todos se volvieron hacia ella.
Mariette miró a Constance.
Esta vez la mirada duró demasiado para fingir que nadie la había visto.
Constance no apartó los ojos.
—No ahora —dijo Mariette.
Thibault soltó una exhalación incrédula.
—Por el amor de Dios.
Delacroix levantó una mano.
—¿Por qué?
Mariette miró hacia el cuaderno.
—Porque quiero estar segura de que lo que vi ocurrió antes de que esa llave estuviera como usted cree.
—No sabemos cuándo fue manipulada.
—Precisamente.
—Entonces su recuerdo puede ayudarnos.
—O puede condenar a alguien por estar en un corredor.
Delacroix la observó.
—Mariette, Gabriel está muerto.
La mujer palideció.
—Lo sé.
—Quien mató a Héloïse, si fue la misma persona, acaba de demostrar que está dispuesto a volver a matar para proteger el secreto.
Constance mantuvo el rostro inmóvil.
—Y si no fue la misma persona —añadió Mariette—, puedo estar mezclando dos cosas.
Delacroix sintió irritación.
Y, debajo, cierto respeto.
La mujer no estaba siendo cobarde únicamente.
Estaba intentando no cometer el mismo error que todos los demás: convertir una observación incompleta en una historia completa.
—Bien —dijo.
Thibault lo miró.
—¿Bien?
—Sí.
Mariette también pareció sorprendida.
Delacroix señaló una silla.
—Entonces no me dé el nombre. Déme el recuerdo entero.
La mujer se sentó.
—Ya se lo conté.
—No. Me dio el resumen.
Delacroix abrió una hoja nueva.
—Quiero ese día desde una hora antes de que viera a la persona. Qué estaba haciendo usted. Dónde estaba Héloïse. Qué puertas estaban abiertas. Quién había subido. Qué llevaba en las manos. Qué oyó. Todo lo que recuerda aunque parezca inútil.
Mariette respiró.
—Eso puede llevar mucho tiempo.
—Gabriel pasó cinco meses.
La mujer miró el cuaderno.
Después asintió.
—Bien.
Antes de empezar, Delacroix levantó una mano.
—Un momento.
Volvió a las notas.
Había otra referencia que había visto de pasada.
Caja herramientas restauración.
La buscó.
Dos páginas después encontró el desarrollo.
Les Ormes, trabajos septiembre. Caja pequeña de limas, punzones, herramientas de precisión en cuarto servicio / luego biblioteca? Preguntar Morel.
Delacroix levantó la mirada hacia Gabriel ausente.
Había encontrado incluso eso.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thibault.
Delacroix mostró la línea.
Gabriel había identificado que durante septiembre se habían realizado pequeños trabajos de restauración en cerraduras y herrajes de la casa. Había herramientas finas disponibles.
—¿Quién las utilizaba? —preguntó.
Thibault se encogió de hombros.
—Gabriel.
—¿Solo él?
Mariette negó.
—No. Morel también.
—¿Alguien más?
Ella pensó.
—A veces las dejaban abiertas. Gabriel permitía que el carpintero o cualquier trabajador cogiera lo que necesitara.
—¿Dónde estaban el doce de octubre?
Mariette se quedó inmóvil.
Delacroix vio el recuerdo antes de que llegara a la voz.
—En el piso de arriba.
—¿Dónde exactamente?
—Creo que en el cuarto de ropa.
—¿La misma zona donde escondía las joyas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Habían arreglado una bisagra de la galería esa semana.
Delacroix anotó.
—¿Y aquella tarde vio la caja?
Mariette lo miró.
La expresión cambió.
—Sí.
—¿Abierta?
Silencio.
—Sí.
Delacroix no apartó los ojos.
—¿Antes o después de ver a esa persona cerca de la habitación?
Mariette tardó.
—Después.
La sala dejó de respirar.
Thibault miró hacia Constance.
Geneviève también.
Constance permaneció quieta.
Delacroix no permitió que las miradas hicieran el trabajo que todavía faltaba.
—¿Faltaba alguna herramienta?
Mariette negó.
—No lo sé.
—¿La caja solía estar cerrada?
—No con llave. Solo cerrada con un broche.
—¿Y la vio abierta?
—Sí.
—¿Herramientas fuera?
Mariette cerró los ojos.
—Una lima pequeña estaba sobre la mesa.
Delacroix sintió el impacto.
No porque demostrara nada.
Porque conectaba por primera vez un objeto capaz de producir las marcas con el mismo corredor donde Mariette había visto a alguien.
—¿Qué clase de lima?
—Fina. De las pequeñas.
—¿La había visto antes?
—Sí. Gabriel las utilizaba para metal.
Thibault se levantó.
—¿Y todavía no vas a decirnos quién viste?
Mariette lo miró.
—Porque sigue sin demostrar que esa persona tocara la lima.
—Pero…
—Thibault.
Delacroix no levantó la voz.
El joven se calló.
—Mariette tiene razón.
Él la miró, incrédulo.
—¿Otra vez?
—Ver una caja abierta y una persona en un corredor no forma automáticamente un asesinato.
—¿Qué más quiere?
—Todo.
Thibault soltó aire y volvió a sentarse.
Delacroix siguió con el cuaderno.
En una de las últimas páginas encontró algo distinto.
No una nota de investigación.
Una frase personal.
Si estoy equivocado, he destruido lo que quedaba. Si tengo razón, todos prefieren que esté equivocado.
No la leyó.
La cerró con los dedos.
Había sido demasiado fácil pensar en Gabriel como un hombre que había encerrado a varias personas en su casa porque necesitaba demostrar que tenía razón.