Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 17 — Los papeles de Gabriel
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Capítulo 17 — Los papeles de Gabriel

Gabriel Fontenay había pasado cinco meses intentando obligar al pasado a comportarse como un plano.

Delacroix lo comprendió en cuanto volvió a abrir el cuaderno.

No había recuerdos escritos al azar ni largas páginas de dolor.

Había líneas, flechas, medidas, tiempos, recorridos, palabras encerradas dentro de rectángulos y preguntas conectadas entre sí como si la muerte de Héloïse fuera una casa mal construida cuyo defecto pudiera localizarse retirando suficiente revestimiento.

Gabriel había dibujado tres veces la Chambre des Tilleuls desde ángulos distintos.

Había medido la anchura de las ventanas, el recorrido del pestillo, la distancia entre la cama y la mesa donde cayó la jarra, el espacio entre la mano derecha de Héloïse y los primeros fragmentos de vidrio.

Incluso había anotado la altura exacta de la cerradura desde el suelo.

Thibault hojeaba las páginas por encima del hombro de Delacroix.

—Esto no es normal.

Delacroix siguió leyendo.

—Después de organizar esta noche, creo que la normalidad ha perdido autoridad moral para opinar.

—Digo todo esto.

Thibault señaló los dibujos.

—Cinco meses haciendo mapas.

—Era arquitecto.

—Eso no convierte una obsesión en un encargo profesional.

Delacroix levantó la mirada.

—No.

Thibault se quedó callado.

La respuesta le quitó la posibilidad de defenderse con humor.

En el salón, los demás habían recuperado posiciones incómodamente parecidas a las de una guardia nocturna.

Geneviève estaba sentada junto a Éliane.

Constance permanecía algo apartada. Corbin había pedido café y Mariette lo había preparado porque era la única que conocía bien la cocina, aunque lo hizo después de anunciar dónde iba, cuánto pensaba tardar y con una expresión que sugería que aquella nueva organización de la casa le parecía absurda pero preferible a otro cadáver.

Olivier Brissac fumaba junto a una ventana apenas entreabierta.

Vauclair había vuelto al estudio una vez más para comprobar el cuerpo de Gabriel y regresado sin novedades.

Eran casi las tres.

Delacroix dejó el cuaderno sobre la mesa y abrió la carpeta de fotografías ampliadas que Gabriel había prometido enseñarle.

La primera era una reproducción de la llave original.

La segunda, una ampliación del aro.

La tercera acercaba todavía más la irregularidad interior.

Ahí las marcas resultaban mucho más claras.

Pequeñas líneas paralelas.

Una zona áspera.

Una diminuta elevación metálica.

Vauclair se inclinó.

—Eso sí parece trabajo de herramienta.

Olivier se acercó.

—¿Una lima?

—Podría.

Thibault miró la fotografía.

—¿Y Gabriel encontró esto en enero?

Delacroix buscó entre las notas.

—Parece que sí.

Había una fecha.

Diecisiete de enero.

Debajo, Gabriel había escrito:

Cerré la habitación. Resistencia al final. Corte en pulgar derecho. Mismo punto aproximado que H.

Una flecha conducía hacia otra observación:

Revisar fotografías originales.

Después:

Marca visible ya en octubre. Muy leve.

Y más abajo:

¿Desgaste o manipulación?

Delacroix pasó la página.

Otra fecha.

Veinte de enero.

Gabriel había ido a ver a un restaurador de cerraduras en París sin decirle para qué necesitaba la consulta. El hombre había confirmado, según las notas, que ciertas líneas no parecían desgaste ordinario y que una herramienta fina podía producirlas.

Corbin frunció el ceño.

—¿Por qué no llevó esto a la policía?

Thibault lo miró.

—Lo hizo.

Delacroix levantó la vista.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque me lo contó.

Todos lo miraron.

Thibault suspiró.

—En febrero. Me llamó. Dijo que había encontrado algo en la llave y que la policía pensaba que se estaba agarrando a cualquier cosa.

—¿Quién lo atendió? —preguntó Delacroix.

—No sé.

—¿Usted vio estas fotografías?

—No.

—¿La llave?

—Tampoco.

—¿Gabriel le dijo que se había cortado?

—Sí.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Eso no lo mencionó antes.

Thibault cerró los ojos.

—Armand, llevo ocho horas recordando cinco meses de conversaciones con un hombre al que hasta esta noche consideraba obsesionado.

—Precisamente por eso pregunto.

—Sí. Lo mencionó. Dijo que había cerrado la habitación y que la llave le había hecho una pequeña herida. Yo le dije que era una llave vieja.

—¿Y él?

—Que Héloïse también tenía una herida.

—¿Qué respondió usted?

Thibault miró hacia el suelo.

—Que estaba encontrando conexiones porque necesitaba encontrarlas.

Nadie habló.

Delacroix volvió al cuaderno.

—¿Qué más le dijo?

—Que algo en el caso estaba al revés.

Delacroix dejó de pasar páginas.

—¿Esas palabras?

—Más o menos.

—Intente recordar.

Thibault frunció el ceño.

—Dijo… «Todos miran la puerta desde fuera y creo que hay que mirarla desde dentro». Algo así.

Delacroix sintió un pequeño movimiento intelectual.

No suficiente.

Pero cerca.

—¿Le explicó qué significaba?

—No. Creo que ni él lo sabía.

Delacroix asintió.

Eso encajaba con las notas.

Gabriel había visto la forma.

No el mecanismo.

Había empezado a desconfiar de la pregunta principal sin conseguir sustituirla por otra.

Pasó más páginas.

En una había escrito:

Si nadie entra después de cerrar, preparar antes.

Debajo:

¿Qué pudo dejarse en la habitación?

Una lista.

Agua.

Medicamentos.

Papel.

Perfume.

Cosméticos.

Chimenea.

Ropa.

Llave.

La última palabra estaba rodeada tres veces.

Gabriel había considerado casi todo.

Pero seguía buscando un objeto dejado dentro, algo colocado antes de que Héloïse se encerrara.

Delacroix entendió la trampa.

Había estado demasiado cerca.

La llave no estaba simplemente dentro.

Héloïse tenía que hacer algo con ella.

—¿Qué? —preguntó Vauclair.

Delacroix levantó la vista.

—Nada.

—Ha hecho esa cara.

Thibault se volvió hacia el médico.

—¿Qué cara?

—La de cuando encuentra una idea y decide que los demás todavía no merecemos verla.

Delacroix sonrió apenas.

—Una descripción ofensivamente precisa.

Volvió al cuaderno.

La siguiente sección estaba dedicada a la herida.

Gabriel había copiado la formulación del informe de Vauclair y, debajo, las notas originales que consiguió meses más tarde.

Base pulgar derecho. Sangrado mínimo.

Había dibujado una mano.

Después la forma en que una persona diestra agarraba una llave.

Otra flecha.

Coincide.

Y debajo, más pequeño:

Pero en enero solo corta. No produce nada más.

Delacroix se quedó quieto.

Gabriel también había llegado al problema.

Si la llave era importante, faltaba algo que había existido en octubre y no en enero.

—Encontró la misma dificultad que nosotros —dijo Vauclair.

—Sí.

—¿Escribe alguna hipótesis?

Delacroix pasó página.

Había varias.

Suciedad.

Óxido.

Sustancia irritante.

Producto de limpieza.

Algún compuesto aplicado.

La palabra veneno aparecía una sola vez, seguida por un signo de interrogación.

No había nombres específicos.

No había recetas.

No había una certeza.

Eso le gustó a Delacroix.

Gabriel había conservado suficiente inteligencia para no confundir imaginación con prueba.

Más adelante apareció una nota referente a Éliane.

E. recuerda cerradura dura antes de cena. Importante.

Delacroix frunció el ceño.

—Éliane.

La joven levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Gabriel ya sabía antes de esta noche que la cerradura había estado dura antes de la cena?

Ella pensó.

—Creo que sí.

—¿Se lo contó usted?

—En enero o febrero. No recuerdo.

—Entonces no fue una revelación de esta noche para él.

—No.

Delacroix volvió a leer.

Eso explicaba por qué Gabriel había llevado meses pensando en la llave.

También complicaba el tiempo.

Héloïse la había girado antes de la cena.

Después presentó síntomas durante la cena.

Más tarde volvió a girarla al encerrarse definitivamente.

La muerte llegó después.

Una exposición inicial podía explicar los primeros síntomas.

La segunda podía añadir dosis.

O quizá el primer cierre solo había sido una advertencia mecánica y la lesión decisiva ocurrió después.

Sin saber exactamente qué había sobre la llave, cualquier cronología toxicológica era demasiado flexible para servir de prueba.

—Doctor —dijo Delacroix—. Si una sustancia tóxica estuviera aplicada sobre una irregularidad metálica y produjera una herida pequeña, ¿el efecto podría variar mucho según la profundidad del corte?

Vauclair asintió.

—Por supuesto.

—¿También según la cantidad depositada?

—Sí.

—¿Entonces un primer contacto puede producir una exposición menor y un segundo una mayor?

Vauclair pensó.

—En teoría.

—No quiero teoría complaciente.

—No se la estoy dando. Médicamente es posible. Pero sin identificar la sustancia no podemos convertir esa posibilidad en cronología.

—Bien.

Gabriel había escrito algo parecido.

Primera vez: quizá no herida / contacto mínimo. Segunda: presión mayor?

Thibault se inclinó.

—¿Entonces la mató al cerrar por segunda vez?

Delacroix cerró parcialmente el cuaderno.

—No sabemos siquiera que la llave la matara.

—Pero…

—Si empezamos a hablar como si eso ya estuviera probado, dentro de una hora todos recordarán que la vieron morir al tocarla.

Thibault abrió la boca.

Después asintió.

—Bien.

Delacroix volvió a las páginas.

Había una sección titulada PERSONAS CON ACCESO ANTES DE LA CENA.

La lista era extensa.

Gabriel.

Héloïse.

Éliane.

Mariette.

Thibault.

Geneviève.

Constance.

Servicio.

Quizá Corbin.

La casa no había sido cerrada.

La habitación tampoco.

Una preparación previa no resolvía el culpable.

Solo cambiaba la clase de oportunidad necesaria.

En otra página, Gabriel había escrito:

¿Quién sabía que H. cerraba siempre?

Debajo:

Todos los íntimos. Servicio.

Tachado.

Demasiado amplio.

Otra página:

¿Quién sabía que el lunes era definitivo?

Ahí la lista se reducía.

Constance.

Thibault.

Corbin parcialmente.

Olivier parcialmente.

Éliane por conversación.

Geneviève de forma incompleta.

Gabriel.

Delacroix miró a Constance.

Ella estaba observando el fuego.

No el cuaderno.

—¿Gabriel le habló alguna vez de estas notas? —preguntó.

Constance levantó la mirada.

—No.

—¿De la llave?

—No antes de sus cartas.

—¿Nunca mencionó que se había cortado con ella?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

Thibault intervino.

—A mí sí.

Constance lo miró.

—Gabriel confiaba más en que tú fueras culpable.

—Qué afectuoso.

—No era una broma.