Capítulo 16 — El segundo mapa #3
—Gabriel la abre.
Delacroix reprodujo el movimiento.
Cajón.
Llave pequeña.
Giro.
Sobre.
—El otro ve dónde está.
Corbin lo observaba.
—¿Y entonces?
—No lo sé.
—El asesino podría pedir verla.
—Sí.
—Gabriel la saca.
—Probablemente.
Delacroix imaginó el sobre sellado entre sus manos.
Gabriel quizá explicando las marcas.
El corte de enero.
Las fotografías.
El detective al que iba a enseñárselo después de la pausa.
Una persona frente a él comprendiendo que, al terminar aquellos quince minutos, la pieza sería examinada ya no como recuerdo sino como posible arma.
Urgencia.
—Después Gabriel se vuelve.
Delacroix lo hizo.
El sujetalibros quedaba a mano de quien estuviera cerca de la estantería.
No había que llevar arma.
Solo decidir.
—Primer golpe.
Vauclair señaló la parte posterior de su propia cabeza.
—Aquí.
—Gabriel cae.
—Sí.
—¿Segundo?
—Una vez abajo o mientras cae.
Corbin frunció el ceño.
—Eso ya no es pánico.
Delacroix miró el suelo.
—No.
El segundo golpe era lo que convertía el instante en una elección terminada.
—Después el asesino toma el sobre.
—Y la llave principal.
—Sí.
—¿Por qué?
Delacroix miró hacia la puerta.
Seguía sin saberlo.
—Quizá porque cree que necesita controlar la salida. Quizá porque no quiere que nadie abra por delante. Quizá porque estaba junto al otro llavero y tomó ambos. Todavía no.
Vauclair señaló el suelo.
—La pequeña llave cae.
—Sí.
—Entonces cerró el cajón después de retirar la evidencia.
—O Gabriel ya lo había cerrado.
Delacroix negó lentamente.
—Si acababa de sacar el sobre para enseñarlo, no tendría sentido.
—Podía guardarlo otra vez.
—Podía.
Corbin miró la silla desplazada.
—¿La marca de la muñeca?
Delacroix se acercó al cuerpo.
Vauclair mostró la zona.
—Dos áreas pequeñas de presión.
—¿Podría ser alguien intentando quitarle el sobre?
—Sí.
Ahí apareció una imagen más precisa.
Gabriel con el sobre.
La otra persona intenta cogerlo.
Él resiste.
Le sujetan la muñeca.
Quizá comprende.
Se vuelve.
Golpe.
Delacroix no permitió que la escena terminara de fijarse.
—También puede proceder de antes. No construyamos una pelea que no vimos.
Corbin asintió.
—Entonces lo único firme es que hubo proximidad.
—Sí.
—Y que no parece un ataque planeado con arma propia.
—Correcto.
—¿Eso significa que quien mató a Héloïse no pensaba matar a Gabriel?
Delacroix lo miró.
—Eso significa que quien mató a Gabriel utilizó lo que tenía a mano.
—No es lo mismo.
—Nunca lo es.
Regresaron al salón.
El mapa estaba ahora cubierto de líneas.
Thibault lo contempló.
—Parece peor.
—Es mejor.
—¿Por qué?
—Porque antes teníamos historias. Ahora tenemos recorridos.
Delacroix señaló.
—Gabriel estaba vivo cuando Mariette salió hacia la cocina.
Después, durante varios minutos, Olivier, Corbin, Éliane y Constance pasaron por el vestíbulo o sus alrededores en momentos que no podemos fijar con precisión.
Thibault regresó conmigo antes del final de la pausa.
Geneviève y Vauclair permanecieron juntos durante gran parte del intervalo.
—¿Y Mariette? —preguntó Olivier.
—En la zona de servicio sin testigos durante parte del tiempo.
Mariette asintió.
No discutió.
—¿Entonces cualquiera de cinco? —preguntó Thibault.
—No estoy contando sospechosos.
—¿Por qué no?
—Porque los números producen una falsa sensación de progreso.
Señaló el estudio.
—El asesino no necesitaba trece minutos. Necesitaba entrar, hablar lo suficiente para que Gabriel abriera el cajón o sacara la evidencia, golpearlo y marcharse.
—¿Dos minutos? —preguntó Geneviève.
—Quizá tres.
—Eso es horrible.
—Sí.
Delacroix miró a Constance.
Ella sabía que la mirada llegaría.
No se movió.
—Y sabemos otra cosa.
Thibault siguió sus ojos.
—El reloj.
Delacroix asintió.
Constance respiró.
—Ya hemos hablado de eso.
—Sí.
—Pude confundir el lugar.
—Claro.
—Entonces no siga convirtiéndolo en una mentira.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Todavía no he decidido si lo fue.
Aquello pareció irritarla más que una acusación.
—¿Qué necesita para decidirlo?
—Saber qué intentaba demostrar cuando lo mencionó.
—Nada.
—Todo recuerdo elegido demuestra algo.
—No necesariamente.
—Usted pudo decirme que estuvo un rato en el jardín de invierno y después subió. Pero añadió espontáneamente que oyó el cuarto.
Constance permaneció callada.
Delacroix continuó:
—Las personas añaden referencias horarias cuando quieren fijar un momento.
—O cuando lo recuerdan.
—Sí.
—Entonces.
—Entonces quiero saber por qué su memoria necesitaba fijar ese momento.
Geneviève miró a Constance.
Thibault también.
Ella no apartó los ojos de Delacroix.
—Porque acaban de matar a un hombre durante una pausa de quince minutos y usted me preguntó dónde estaba.
—Correcto.
—Eso basta.
Delacroix asintió.
—Puede.
Constance pareció esperar algo más.
No llegó.
Delacroix dobló el mapa.
—Por ahora, basta.
Thibault soltó aire.
—¿Podemos sentarnos?
—Nunca les he pedido que se levantaran.
—Siento que llevo horas haciéndolo.
—Eso es culpa.
Thibault lo miró.
Delacroix sonrió.
—O cansancio. No se entusiasme.
Algunas risas débiles regresaron.
Necesarias.
Breves.
Después Delacroix tomó el cuaderno de Gabriel.
El que habían encontrado en el cajón junto a las fotografías.
Hasta entonces había resistido abrirlo porque quería terminar primero con el presente. Ya lo había hecho tanto como podía sin empezar a interpretar.
Lo colocó sobre la mesa.
Gabriel había escrito su nombre en la primera página.
Debajo, una fecha de enero.
Delacroix pasó varias hojas.
Había cronologías, diagramas de Les Ormes, nombres, preguntas, fragmentos copiados de declaraciones. Algunas páginas eran casi ilegibles de tantas flechas añadidas. Otras contenían una sola observación.
Thibault se acercó.
—¿Qué es?
—Lo que Gabriel llevaba cinco meses pensando.
Delacroix pasó otra hoja.
Vio un dibujo de la llave.
Un círculo alrededor de una pequeña marca.
Después una frase.
No la leyó en voz alta.
Todavía.
Volvió una página.
Más notas.
La herida.
La posición de la mano.
La costumbre de Héloïse de cerrar desde dentro.
Y en la parte inferior, escrita con una letra más grande que el resto, había una pregunta tachada dos veces.
¿Quién pudo entrar?
Debajo, otra.
¿Quién pudo salir?
Las dos estaban cruzadas.
Más abajo, en tinta distinta, Gabriel había escrito algo nuevo.
Delacroix dejó de pasar páginas.
Thibault lo vio.
—¿Qué?
Delacroix no respondió.
Leyó otra vez.
Cinco palabras.
Suficientes para cambiar la dirección de una investigación.
Cerró el cuaderno.
—Mañana seguimos con esto.
Gabriel no tendría mañana.
Ellos sí.
Y en la última página que Delacroix acababa de ver, el muerto había conseguido llegar más cerca de la verdad de lo que nadie había comprendido mientras estaba vivo.
No había escrito el nombre de un asesino.
Había escrito algo mucho más útil.
Había empezado a formular la pregunta correcta.