Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 16 — El segundo mapa #2
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Capítulo 16 — El segundo mapa #2

—¿Sin que oyera la puerta?

—No sé.

Delacroix abrió y cerró.

La puerta interior tenía un pestillo que producía un clic suave.

No imposible de ignorar.

Tampoco imposible de no recordar cinco minutos después si uno estaba pensando en otra cosa.

—¿Dónde fumaba?

Éliane fue hasta el extremo opuesto, junto a las ventanas.

—Aquí.

—¿De espaldas a la entrada?

—La mayor parte del tiempo.

—Entonces podía entrar alguien.

—Sí.

—¿Y quedarse un minuto?

—Supongo.

—¿Salir?

—Sí.

Constance habló desde el corredor.

—Eso fue lo que ocurrió.

Delacroix se volvió.

—Todavía no es su turno.

—Solo confirmo.

—Precisamente por eso.

Ella guardó silencio.

Delacroix miró a Éliane.

—¿Se le apagó el cigarrillo?

Ella pensó.

—Sí.

—¿Lo volvió a encender?

—Creo que sí.

—¿Una vez?

—Una.

—¿Constance podría haberla visto hacerlo sin que usted la viera a ella?

Éliane cerró los ojos, intentando recordar.

—Sí.

—Bien.

Eso dejaba intacta una parte de la declaración de Constance.

Solo una.

Delacroix salió.

—Ahora usted.

Constance se levantó.

No preguntó nada.

Reprodujo el trayecto con una precisión tranquila. Desde el salón hasta el vestíbulo. De allí al corredor corto. Abrió la primera puerta.

—¿Estaba cerrada cuando llegó? —preguntó Delacroix.

Constance se quedó quieta.

—No lo recuerdo.

Éliane la miró.

Delacroix continuó.

—Hace un momento ella dijo que sí.

—Puede que la abriera.

—¿Y la segunda?

—También.

—¿Las cerró detrás?

Constance pensó.

—Supongo.

—No suponga.

—No recuerdo el gesto.

—¿Entró?

—Sí.

—¿Vio a Éliane?

—Sí.

—¿Dónde?

Constance señaló exactamente el extremo que Éliane había indicado.

—Junto a las ventanas.

—¿Qué hacía?

—Con el cigarrillo.

—Antes dijo que lo estaba encendiendo.

—O volviendo a encender.

—¿La vio de perfil?

—Más bien de espaldas.

—¿Ella podía verla?

—No necesariamente.

—¿Le habló?

—No.

—¿Por qué?

Constance se encogió apenas de hombros.

—No quería conversar.

—¿Cuánto permaneció aquí?

—Uno o dos minutos.

—¿Dónde?

Constance caminó hacia una de las plantas grandes situadas cerca del centro y se detuvo.

—Por aquí.

Delacroix miró la distancia a las puertas.

—Y entonces oyó el reloj.

—Sí.

Éliane se volvió hacia él.

No dijo nada.

Delacroix tampoco.

Todavía.

—Después salió.

—Sí.

—¿Por la misma puerta?

—Claro.

—¿Cerró?

—No lo recuerdo.

—Subió a su habitación.

—Sí.

Delacroix hizo el recorrido detrás.

Desde el jardín de invierno hasta la escalera principal había que abrir nuevamente las dos puertas, atravesar el corredor y parte del vestíbulo.

El estudio quedaba a la derecha durante el camino.

Constance pasó junto a él.

—¿Aquí miró?

—No.

—¿La puerta abierta?

—Creo que sí.

—¿Alguien dentro?

—No vi.

—¿Después subió?

—Sí.

Delacroix la siguió hasta el primer piso.

Constance caminó por la galería y entró en su habitación.

—¿Puerta cerrada?

—Sí.

—¿Con llave?

—No.

—¿Se lavó las manos?

—Sí.

El lavabo estaba junto a una cómoda.

Delacroix la vio reproducir el gesto.

—¿Se sentó?

—Allí.

Señaló una butaca.

—¿Cuánto?

—Poco.

—¿Después bajó?

—Sí.

Delacroix miró el reloj.

Desde el salón hasta el jardín de invierno, un minuto escaso.

Uno o dos allí.

Del jardín hasta la habitación, algo más de un minuto.

Lavarse las manos, sentarse, regresar.

Todo su relato podía caber en siete u ocho minutos sin dificultad.

También podía contener otros dos o tres que nadie veía.

Bajaron.

—¿Contento? —preguntó Constance.

—Nunca durante una reconstrucción.

—¿Qué falta?

Delacroix miró hacia el reloj del vestíbulo.

—El cuarto.

Constance siguió la mirada.

—¿Qué ocurre con él?

—Quiero oírlo.

Thibault frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Va a esperar al siguiente?

Delacroix consultó su reloj.

Faltaban pocos minutos.

—Exactamente.

Thibault cerró los ojos.

—Por supuesto.

Los minutos se volvieron extraños cuando toda una habitación esperaba un sonido.

Delacroix utilizó el tiempo para pedir a Vauclair que regresara al estudio y revisara la muñeca de Gabriel con más luz. El médico volvió poco después.

—La marca no parece de la caída.

—¿Qué parece?

—Una presión.

—¿Dedos?

—Posiblemente.

—¿Una mano alrededor de la muñeca?

—Sí.

Thibault lo miró.

—¿Se defendió?

Vauclair negó.

—No necesariamente. Alguien pudo agarrarlo al hablar. O él pudo intentar apartarse. No hay lesiones suficientes para hablar de lucha.

—¿Antes o después del primer golpe?

—No puedo saberlo.

Delacroix pensó en Gabriel frente a otra persona.

Una conversación privada.

Una muñeca sujetada.

Un giro.

El golpe desde atrás o de lado.

Después otro.

No una pelea.

Una decisión tomada a pocos centímetros.

El reloj hizo un pequeño movimiento interno.

Delacroix levantó la mano.

—Todos callados.

Se dirigió al jardín de invierno con Éliane, Constance, Vauclair y Corbin. Los demás permanecieron en el vestíbulo.

—Puertas exactamente como durante la pausa —dijo.

Éliane cerró primero la interior.

Después la acristalada.

Delacroix hizo que Constance ocupara el punto desde el que afirmaba haber visto a Éliane. Él se colocó a su lado.

Esperaron.

El reloj del vestíbulo dio el cuarto.

Dentro del jardín de invierno no se oyó nada.

Ni un golpe.

Ni una vibración reconocible.

Solo la lluvia leve sobre los cristales.

Constance no se movió.

Delacroix tampoco.

Esperó unos segundos más.

Después abrió únicamente la puerta acristalada.

—¿Lo oyó? —preguntó a Vauclair.

—No.

—Yo tampoco —dijo Corbin.

Abrieron la segunda.

Desde el corredor sí llegaba la última resonancia débil del mecanismo.

Delacroix miró a Constance.

—Dijo que oyó el reloj desde dentro.

Ella sostuvo su mirada.

—Eso recordaba.

—No puede oírse.

—Quizá aquella puerta estaba abierta.

Éliane intervino.

—No.

Constance la miró.

—No puedes estar segura de cada minuto.

—La cerré porque fumaba.

—Pudiste dejarla abierta al ir al baño.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

Éliane se tensó.

—Porque no quería que el salón oliera a tabaco.

Delacroix levantó una mano.

—No necesitamos discutir.

Miró a Constance.

—¿Recuerda haber abierto una puerta?

—No.

—¿Recuerda haber oído el reloj antes de entrar?

Constance pensó.

—Podría haber sido.

—Eso no fue lo que dijo.

—No estaba dando una declaración bajo juramento.

—No.

—Entonces puedo haber asociado el sonido al lugar equivocado.

Corbin intervino.

—Es posible.

Delacroix lo miró.

—Claro que lo es.

El abogado pareció sorprendido.

—Entonces…

—No he dicho que una contradicción sea una condena. He dicho que es una contradicción.

Constance permanecía tranquila.

—Quizá oí el reloj en el corredor y luego entré.

Delacroix asintió.

—Puede.

—Entonces no demuestra nada.

—Demuestra que el reloj ya no la coloca en el jardín de invierno.

Por primera vez, la expresión de Constance cambió.

Muy poco.

El rostro seguía sereno, pero algo detrás de los ojos se cerró.

—Nunca he dicho que fuera una coartada.

—No.

—Solo respondí dónde estaba.

—Y cuando le pedí una referencia temporal, me dio el reloj.

—Porque lo recordaba.

—Ahora ya no sabemos dónde lo oyó.

Constance sostuvo su mirada.

—No.

Delacroix asintió.

—Bien.

Regresaron al salón.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Y?

Delacroix no respondió inmediatamente.

Tomó el mapa.

Tachó una pequeña marca junto al jardín de invierno.

Después volvió a escribir:

Constance: ubicación no confirmada durante el cuarto.

Geneviève se tensó.

Gabriel ya no estaba para reaccionar.

La ausencia resultó especialmente visible.

—Eso no significa que estuviera con Gabriel —dijo Constance.

Delacroix levantó la vista.

—No.

—Entonces dígalo.

—Acabo de hacerlo.

—Delante de todos.

Delacroix la observó.

—Que su referencia temporal sea falsa no demuestra que matara a Gabriel.

Constance asintió.

—Gracias.

—Pero significa que, durante una parte del intervalo en que murió, no sabemos dónde estaba.

El agradecimiento desapareció.

Nadie habló.

Delacroix miró a los demás.

—Y antes de que alguien empiece a disfrutarlo: tampoco sabemos dónde estaban con precisión Mariette, Olivier, Corbin o Éliane durante cada segundo de esa pausa. La diferencia es que Constance me dio una referencia física que acaba de fallar.

Thibault miró hacia su tía.

Ella no le devolvió la mirada.

Delacroix regresó al mapa.

Había otra cosa.

—Ahora quiero revisar el estudio como movimiento, no como escena.

Vauclair frunció el ceño.

—¿Qué significa?

—Que alguien entró para hablar con Gabriel. No creo que empezara matándolo.

Constance levantó apenas la cabeza.

—¿Por los vasos?

—Entre otras cosas.

Delacroix condujo a todos hasta la puerta, pero solo permitió entrar a Vauclair y Corbin. Los demás observaron desde el vestíbulo.

—Gabriel llega primero.

Se colocó junto al escritorio.

—Probablemente busca las fotografías que prometió enseñarme.

Abrió una carpeta sin alterar su contenido.

—Después entra alguien.

Corbin se situó en la puerta.

—¿La cerró?

—Mariette oyó una puerta durante el intervalo.

—Que quizá fuera esta.

—Sí.

Delacroix cerró.

El estudio quedó aislado del vestíbulo.

No completamente.

Pero bastante.

—¿Desde el salón se oiría una conversación normal?

Vauclair salió para probarlo.

Delacroix habló con Corbin en tono corriente.

Vauclair regresó.

—Nada.

—¿Una discusión?

Delacroix elevó la voz.

Vauclair volvió a salir.

—Se percibe voz, no palabras.

—¿Un golpe?

Corbin miró el sujetalibros.

—No pienso utilizarlo.

—Gracias.

Delacroix dejó caer un libro pesado sobre la alfombra.

Desde fuera apenas se oyó.

Lo dejó caer contra el borde de madera del escritorio.

Más claro.

—Dos golpes sobre una cabeza no necesitaban sonar como dos disparos —dijo Vauclair.

—Exacto.

Delacroix volvió a la posición del escritorio.

—Gabriel conoce a la persona. Lo sabemos porque todos aquí lo conocían, de modo que no ayuda demasiado. Pero hay dos vasos.

Se acercó a la mesa lateral.

—Pudo servir uno.

—¿Antes o después de abrir el cajón? —preguntó Corbin.

Delacroix lo miró.

—Eso es lo importante.

Si la persona entraba queriendo simplemente robar la llave, podía haber esperado que Gabriel se marchara. Pero Gabriel tenía la pequeña llave del cajón encima y la evidencia estaba sellada. Robarla sin él era difícil.

Más lógico era hacer que la abriera.

—Quien vino a verlo probablemente habló con él sobre Héloïse o sobre la llave.

Vauclair asintió.