Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 16 — El segundo mapa
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Capítulo 16 — El segundo mapa

El segundo mapa no empezó sobre papel.

Empezó con puertas.

Delacroix hizo que todos permanecieran en el salón mientras recorría una vez más las habitaciones que rodeaban el vestíbulo.

No buscaba nada oculto. Aquella noche ya había tenido suficiente con secretos que las personas habían decidido convertir en arquitectura.

Lo que necesitaba era algo mucho más simple: saber cuánto tardaba un cuerpo humano en desplazarse de un punto a otro y qué podía ver, oír y hacer durante ese trayecto.

Desde la chimenea del salón hasta la puerta del estudio había diecisiete pasos.

Hasta el comedor, veintinueve.

Desde el estudio hasta el pie de la escalera principal, once.

El jardín de invierno quedaba algo más lejos.

Había que cruzar una parte del vestíbulo, tomar un corredor corto y pasar primero por una puerta de madera que aislaba el frío, después por unas hojas acristaladas que daban a la galería.

La cocina estaba bastante más retirada, pero la escalera de servicio creaba una segunda circulación que permitía llegar al piso superior sin utilizar el vestíbulo.

Delacroix hizo los recorridos caminando normalmente.

Después los repitió deprisa.

Después otra vez, imaginando a alguien que intentara no parecer apresurado.

Las diferencias eran desagradablemente pequeñas.

Matar a Gabriel no había necesitado trece minutos.

Ni diez.

Quizá tres.

Tal vez menos.

Cuando regresó al salón, Thibault lo observaba desde el sofá con la paciencia desesperada de un hombre que acababa de descubrir que podía ser interrogado también mediante mobiliario.

—¿Ha terminado de medirnos?

—Todavía no.

—Era demasiado esperar.

Delacroix dejó el reloj de bolsillo sobre la mesa.

—Vamos a repetir todos los desplazamientos.

Corbin soltó una respiración.

—Ya hemos dado nuestras posiciones dos veces.

—Y siguen sin encajar del todo.

—Eso no significa que…

—Maître Corbin, un hombre murió durante trece minutos en los que casi todos ustedes estuvieron atravesando el mismo espacio sin recordar haber visto a nadie. O Les Ormes posee una capacidad excepcional para volver invisibles a sus invitados o alguno de esos recuerdos necesita ayuda.

Thibault levantó una mano.

—Yo voto por la casa.

—Usted va primero.

—Naturalmente.

Delacroix lo llevó hasta el comedor.

—Aquí estaba cuando comenzó la pausa.

—Sí.

—Haga exactamente lo que recuerda. Sin acelerar y sin actuar para nosotros.

—¿Cómo se actúa beber agua?

—En su caso sospecho que con facilidad.

Thibault sonrió y empezó.

Entró al comedor, tomó un vaso, fue hasta la jarra, bebió y permaneció unos segundos junto a la mesa. Delacroix no lo interrumpió. Después Olivier entró según su propio recuerdo.

—¿Cuándo aparecía él? —preguntó Delacroix.

—Después de un rato.

—Eso no existe. Dígame cuándo cree que había terminado lo que estaba haciendo.

Thibault pensó.

—Después del primer vaso.

Delacroix volvió a ponerlos en posiciones.

Lo repitieron.

Cuarenta segundos.

Olivier cruzó desde el salón.

Veintisiete.

Hablaron.

La primera vez estuvieron de acuerdo en que la conversación había durado poco más de un minuto. Cuando Delacroix les pidió que reprodujeran lo que recordaban haber dicho, tardaron casi tres.

—Eso no prueba nada —dijo Olivier.

—Prueba que ninguno de los dos posee un reloj dentro de la cabeza.

—Ya lo sabíamos.

—Saberlo no impide que sigan ofreciéndome minutos con precisión de contable.

Thibault apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Yo salí primero.

—Sí.

—Y volví al salón.

—Eso lo recuerdo yo.

Delacroix miró a Olivier.

—Usted afirmó que regresó al comedor después de buscar cigarrillos.

—Sí.

—Hágalo.

Olivier salió al vestíbulo, caminó hasta el perchero junto a la entrada principal y buscó en el bolsillo de su abrigo. Desde allí la puerta del estudio quedaba a pocos metros.

Delacroix se colocó donde había estado Gabriel.

La puerta abierta permitía ver una franja del escritorio, la lámpara y parte de las estanterías, pero no el suelo detrás de la mesa.

—Si Gabriel ya hubiese estado caído, ¿lo habría visto?

Olivier miró desde el perchero.

—No.

—¿El sujetalibros?

—Tampoco.

—¿A una persona de pie junto al escritorio?

Olivier dudó.

—Dependiendo de dónde estuviera.

—Exactamente.

Delacroix lo hizo regresar.

Thibault ya no estaba en el comedor según su recuerdo. Olivier llegó, entró y se quedó quieto.

—¿Qué?

Olivier frunció el ceño.

—Puede que tenga razón.

—¿Quién?

—Thibault.

El joven levantó las cejas.

—Voy a anotarlo.

—No recuerdo haber vuelto a entrar.

—Anótelo dos veces.

Olivier lo ignoró.

—Creo que recogí los cigarrillos y regresé directamente al salón.

Delacroix lo observó.

—Ayer habría jurado otra cosa.

—Hace media hora.

—Eso resulta peor.

Olivier apretó los labios.

—Sí.

Delacroix hizo una pequeña corrección en el mapa.

No significaba que Olivier hubiera matado a Gabriel.

Significaba que un movimiento que parecía crearle una coartada parcial acababa de desaparecer por simple reconstrucción.

Eso era exactamente lo que necesitaba.

No confesiones.

Física.

Corbin reprodujo su salida por las pastillas.

Tardó cuarenta segundos en llegar al abrigo, algo más de un minuto en encontrar el pequeño tubo y volver.

—¿Vio la puerta del estudio?

—Sí.

—¿Abierta?

—Sí.

—¿Luz?

—Sí.

—¿Oyó algo?

—No.

—¿Podía alguien estar dentro?

—Claro.

—¿Podía salir mientras usted buscaba en el abrigo y no verlo?

Corbin miró la disposición.

—Si se quedaba del lado contrario de la puerta unos segundos, sí.

Delacroix asintió.

Otra vez.

La casa no necesitaba pasadizos.

Bastaban ángulos.

Vauclair y Geneviève fueron más fáciles.

Sus recuerdos se sostenían mutuamente durante gran parte del intervalo.

El médico había permanecido junto a una de las ventanas del salón; Geneviève seguía cerca del sofá.

Habían hablado sobre Héloïse, primero de su salud, después de si Vauclair podía haber detectado algo años antes.

Ninguno recordaba ver al otro salir hasta que Delacroix llamó desde el estudio.

—Eso no los vuelve imposibles —dijo Delacroix.

Geneviève lo miró con cansancio.

—¿Necesitaba decirlo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque las coartadas que parecen demasiado cómodas adquieren supersticiones. Prefiero que nadie empiece a pensar que una posición es equivalente a inocencia.

Vauclair asintió.

—Podíamos separarnos durante segundos.

—Exacto.

—Pero no minutos.

—Probablemente no.

Geneviève se abrazó los brazos.

—Es terrible que probablemente empiece a parecer una palabra tranquilizadora.

—Espere unas horas.

Llegó el turno de Mariette.

La mujer había permanecido cerca de la puerta durante toda la reconstrucción, observando los recorridos como si alguno pudiera evitarle el suyo.

No ocurrió.

Delacroix la llevó al vestíbulo.

—Usted vio a Gabriel vivo.

—Sí.

—Quiero que me muestre exactamente dónde estaba.

Mariette señaló desde el corredor.

—Aquí.

—¿Y él?

—Detrás del escritorio.

—¿De pie?

—Sí.

—¿Haciendo qué?

—Miraba papeles.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Vio los dos vasos?

Mariette pensó.

—No.

—¿La puerta completamente abierta?

—Sí.

—¿Le habló?

—No.

—¿Él levantó la cabeza?

—No.

Delacroix se colocó donde Mariette afirmaba haber estado.

Gabriel habría quedado claramente visible hasta el pecho.

No había otra persona.

Si el recuerdo era correcto, el asesino todavía no había entrado o estaba fuera del campo visual.

—Después sigue hacia la cocina.

—Sí.

Caminaron.

Menos de un minuto.

Mariette reprodujo su paso por la cocina y el corredor de servicio. Delacroix cronometró incluso la pausa durante la cual dijo haber intentado respirar junto a la escalera.

—Oyó una puerta.

—Sí.

—¿Ahora, desde aquí, puede identificar cuál?

Mariette escuchó.

Delacroix pidió a Thibault, que había seguido hasta la cocina, que cerrara primero la puerta del comedor.

El sonido llegó amortiguado.

Después la del salón.

Parecido.

Después la del estudio.

Mariette frunció el ceño.

—Esa.

Delacroix la miró.

—¿Segura?

Ella dudó inmediatamente.

—No. No puedo estar segura.

—Bien.

Thibault la observó.

—Eso ha sonado bastante parecido.

—Muchas puertas suenan parecido en una casa vieja —dijo Delacroix—. Si empezamos a asignarles identidad, dentro de diez minutos tendremos también asesinos con tono de bisagra.

Mariette no sonrió.

—Pero pudo ser el estudio.

—Sí.

—Y fue después de que yo viera vivo a Gabriel.

—Sí.

Eso sí importaba.

Delacroix volvió a mirar el reloj.

El periodo posible de muerte empezaba a estrecharse.

No demasiado.

Lo suficiente.

Cuando regresaron al salón, Constance seguía sentada.

No parecía incómoda por ser la última.

Éliane, en cambio, se había levantado y estaba junto a la entrada del jardín de invierno.

—Quiero hacerlo primero —dijo.

Delacroix asintió.

—Bien.

Éliane reprodujo su salida.

Atravesó el vestíbulo, tomó el corredor corto y llegó hasta la primera puerta. La abrió.

—¿Estaba abierta durante la pausa? —preguntó Delacroix.

Ella negó.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque la cerré yo.

Constance levantó la vista desde el salón.

Delacroix no la miró todavía.

—¿Cuándo?

—Al entrar.

—¿Esta?

—Sí.

—¿Y la acristalada?

—También.

—¿Por qué ambas?

Éliane mostró el cigarrillo.

—Porque estaba fumando.

—¿Para que no entrara humo?

—Sí. Y porque hacía frío.

Delacroix pasó al jardín de invierno.

El espacio estaba oscuro salvo por dos lámparas de pared. Los cristales devolvían reflejos y el aire conservaba todavía un olor leve a tabaco. Desde allí, con ambas puertas abiertas, podían oírse voces procedentes del salón.

—Ciérrelas como estaban.

Éliane obedeció.

Primero las hojas acristaladas.

Después la puerta interior.

El cambio fue inmediato.

Las voces del salón desaparecieron casi por completo.

Delacroix miró hacia atrás.

—¿Permanecieron así todo el tiempo?

—Mientras yo estuve dentro, sí.

—¿También cuando fue al baño?

Éliane pensó.

—Abrí para salir y las cerré.

—¿Las dos?

—Sí.

—¿Por qué cerrar si iba a volver en dos minutos?

—Por costumbre. Y porque no quería dejar el humo entrando en la casa.

—¿Cuando regresó?

—Volví a cerrarlas.

Delacroix asintió.

—¿Vio a Constance en algún momento?

—No.

—¿Pudo entrar mientras usted estaba de espaldas?

Éliane miró el espacio.

—Sí.