Capítulo 15 — Nadie sale #3
Una llave pequeña estaba parcialmente hundida entre el borde de la alfombra y el suelo.
Ninguno la tocó.
Corbin se inclinó desde la puerta.
—¿Es…?
—La del cajón.
Gabriel la había mostrado antes.
Delacroix la reconocía.
Vauclair frunció el ceño.
—Entonces el asesino no se la llevó.
—No.
—La utilizó y cayó.
—O Gabriel la dejó caer antes.
—El cajón estaba cerrado.
—Sí.
Vauclair comprendió.
Quien hubiera abierto el cajón había vuelto a cerrarlo.
Había sacado la llave.
Y la había perdido o soltado después.
Una acción apresurada.
No necesariamente torpe.
Solo humana.
Delacroix observó la posición.
A un metro del cuerpo.
Podía haber caído durante el forcejeo, después del golpe o cuando quien mató a Gabriel volvió a guardar algo.
No sabía.
Pero aquello reducía la lista de objetos desaparecidos.
La llave principal.
Y la llave original de la Chambre des Tilleuls.
Una daba acceso al exterior por la entrada elegante.
La otra podía explicar una muerte.
—No la levantemos todavía —dijo.
Vauclair asintió.
Delacroix miró los dos vasos.
—¿Gabriel bebía coñac?
—Durante la cena apenas.
—Después tampoco.
—No.
Uno de los vasos tenía una huella parcial visible en el borde, aunque sin métodos adecuados aquello podía no servir de nada. El otro parecía haber sido tocado más de una vez.
—¿Dos personas?
Vauclair preguntó.
—Quizá.
—¿O Gabriel sirvió uno y cambió de idea?
—Quizá.
—Empieza a gustarle esa palabra.
—Es más barata que equivocarse.
Delacroix recorrió la habitación con la vista.
Gabriel había ido al estudio para buscar fotografías y notas sobre la llave.
Alguien entra.
Hablan.
¿Gabriel abre el cajón para enseñar la llave original?
Si lo hacía, el asesino ni siquiera necesitaba robar la pequeña llave antes del ataque.
Gabriel abre.
Saca el sobre sellado.
O quizá simplemente señala dónde está.
Después se vuelve.
Golpe.
Segundo golpe.
El asesino toma el sobre.
Cierra el cajón.
¿Por qué cerrarlo?
Hábito.
Tiempo para ocultar la pérdida.
O intención de hacer parecer que nadie lo había abierto.
Toma la llave principal del bolsillo de Gabriel.
Sale.
La pequeña llave cae.
Demasiadas posibilidades.
Delacroix se incorporó.
—Quiero saber qué esperaba enseñarme Gabriel exactamente.
Vauclair miró el cuaderno que permanecía en el cajón.
—Sus notas.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero terminar con los vivos.
Salieron.
Delacroix reunió otra vez al grupo.
Nadie protestó cuando anunció que la pequeña llave del cajón había aparecido en el estudio.
—Entonces faltan dos —dijo Thibault.
—Sí.
—La de la puerta y la de Héloïse.
—Sí.
Constance levantó la mirada.
—Eso parece deliberado.
Delacroix la observó.
—¿Por qué?
—Porque la pequeña no servía una vez abierto el cajón.
—Podía servir para volver a abrirlo.
—Pero lo que había dentro y podía importar ya había sido retirado.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Correcto.
Constance no añadió nada.
Aquella mujer pensaba bien.
Eso no era culpa.
Solo dificultad.
Geneviève se abrazó los brazos.
—¿Qué hacemos ahora?
Delacroix miró hacia el estudio.
—Nadie duerme todavía.
Thibault soltó aire.
—Magnífico.
—Nadie se queda solo.
—Mejor.
—Y nadie vuelve a moverse por la casa sin decir adónde va.
Corbin frunció el ceño.
—Eso sí empieza a parecer detención.
Delacroix lo miró.
—Puede llamarlo cortesía homicida si le resulta jurídicamente más llevadero.
Thibault rio, esta vez a pesar de todo.
La risa duró muy poco.
Delacroix tomó la hoja donde había dibujado el vestíbulo y las habitaciones.
Había flechas, nombres, intervalos inciertos y marcas que ya empezaban a parecerse demasiado a los papeles de Gabriel. En el centro escribió una sola palabra.
Estudio.
Después trazó rutas.
Comedor.
Jardín de invierno.
Escalera.
Cocina.
Vestíbulo.
Salón.
Todos habían estado a pocos segundos de Gabriel durante algún momento de la pausa.
La casa cómoda de aquella tarde se había vuelto insoportablemente pequeña.
Delacroix miró a Constance.
—Una cosa más.
Ella esperó.
—El reloj del vestíbulo.
—¿Qué ocurre?
—Dijo que oyó el cuarto desde el jardín de invierno.
—Sí.
—¿Eso es lo que le permite situarse allí en ese momento?
Constance pensó.
—En parte.
—¿Qué otra cosa?
—Éliane estaba junto a la ventana.
Éliane levantó la cabeza.
—Pero yo no te vi.
—Eso no cambia que yo te viera.
—¿Qué estaba haciendo?
Constance la observó.
—Encendiendo otro cigarrillo.
Éliane frunció el ceño.
—Encendí uno solo.
Constance no reaccionó.
—Entonces quizá volviéndolo a encender. Se había apagado.
Éliane se quedó pensando.
—Puede.
Delacroix vio la facilidad con que una precisión podía volverse blanda al recibir resistencia.
Anotó nuevamente una palabra.
Reloj.
Constance lo vio.
—¿No me cree?
Delacroix levantó la mirada.
—No he llegado tan lejos.
—Pero va a comprobarlo.
—Voy a comprobar todo lo que pueda comprobarse.
—Bien.
La respuesta fue tranquila.
Demasiado tranquila para interpretarla.
Delacroix dobló la hoja.
—Mañana, cuando llegue Morel, podrá avisar a la gendarmería o podremos hacerlo nosotros desde fuera. Hasta entonces, las salidas siguen disponibles si existe una emergencia. Pero nadie sale por comodidad, por miedo o por ganas de no responder más preguntas.
Thibault miró hacia la puerta.
—Hace unas horas Gabriel dijo prácticamente lo mismo.
—No.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Gabriel dijo que nadie salía hasta que encontráramos quién había matado a Héloïse.
Señaló el estudio.
—Yo digo que nadie sale hasta que conservemos quién acaba de matar a Gabriel.
La diferencia silenció la habitación.
Delacroix miró a los ocho.
La primera investigación se había construido sobre recuerdos de cinco meses.
La segunda tenía trece minutos.
No iba a permitir que los desperdiciaran.
Abrió nuevamente la hoja y la extendió sobre la mesa.
—Vamos a hacerlo otra vez.
Thibault cerró los ojos.
—¿Qué cosa?
Delacroix señaló las rutas.
—El mapa.
—Ya lo hicimos.
—No.
Miró hacia el estudio.
—Hicimos el primero.
Y empezó a dibujar el segundo.