Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 15 — Nadie sale #2
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Capítulo 15 — Nadie sale #2

Delacroix levantó una mano.

—No discutan la memoria de la otra. Cada una me da la suya.

Miró a Constance.

—Dijo que desde allí oyó el reloj del vestíbulo dar el cuarto.

—Sí.

—¿Antes o después de ver a Éliane?

—Mientras estaba allí.

—¿Cuántos golpes?

Constance frunció el ceño.

—No sé. No conté. El toque del cuarto.

—No la hora.

—No.

Delacroix escribió una palabra en el margen.

Reloj.

Nada más.

Constance siguió la mano con los ojos.

—¿Qué?

—Una referencia temporal.

—Eso dije.

—Sí.

Delacroix levantó la vista.

—Después subió a su habitación.

—Sí.

—¿Escalera principal?

—Sí.

—¿Pasó otra vez junto al estudio?

—Sí.

—¿La puerta?

—Seguía abierta, creo.

—¿Vio a Gabriel?

—No.

—¿Entró?

—No.

—¿Cuánto estuvo arriba?

—Hasta que bajé.

—Eso es casi filosófico. ¿Cuánto?

Por primera vez Constance sonrió débilmente.

—Cinco minutos. Quizá seis.

—¿Qué hizo?

—Me lavé las manos. Me miré al espejo. Me senté un momento.

—¿Por qué se lavó las manos?

La pregunta produjo una tensión instantánea.

Constance la recibió sin pestañear.

—Había tocado el pasamanos, copas, papeles y media casa desde la cena. ¿Necesito una razón especial?

—No.

Delacroix escribió.

No porque lavarse las manos probara algo.

Porque a partir de aquel momento cualquier gesto corriente tendría que sobrevivir a una interpretación extraordinaria.

—¿Alguien la vio arriba?

—No.

—¿Oyó a alguien?

Constance pensó.

—Pasos en el corredor, quizá.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Antes de bajar?

—Sí.

—¿Dirección?

—No sabría decir.

Delacroix pasó a Éliane.

—Usted salió hacia el jardín de invierno.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Casi inmediatamente después de empezar la pausa.

—¿Por qué?

—Para fumar.

—¿Sola?

—Eso creía.

Constance no reaccionó.

—¿Dónde exactamente?

Éliane explicó que había permanecido junto a las ventanas del extremo, desde donde podía verse el reflejo de las lámparas en los cristales y poco más del jardín.

—Dijo que salió al baño.

—Sí.

—¿En qué momento?

—Después de medio cigarrillo.

—¿Antes o después del cuarto de hora que oyó Constance?

Éliane se quedó pensando.

—No oí ningún reloj.

—Eso ya lo sabemos. ¿Puede situarlo por otra cosa?

—No.

—¿Cuánto estuvo fuera?

—Dos minutos.

—¿Qué baño?

—El pequeño junto al corredor del salón.

—¿Pasó cerca del estudio?

—A cierta distancia.

—¿Miró?

—Sí.

La respuesta hizo que Delacroix levantara la vista.

—¿Vio a Gabriel?

—No.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque no me preguntó si había mirado.

Era una respuesta justa.

—¿Qué vio?

—La puerta abierta. La lámpara. Nada más.

—¿Podía Gabriel estar detrás del escritorio?

—Sí.

—¿Oyó voces?

—No.

—¿A alguien en el vestíbulo?

—No.

—¿A Constance?

Éliane negó.

—No.

Delacroix escribió.

Thibault fue más sencillo al principio.

—Comedor.

—Sí.

—Solo.

—Los primeros minutos.

—¿Qué hizo?

—Bebí agua.

—¿Algo más?

—Me quedé junto a la mesa intentando no pensar.

—¿Lo consiguió?

—No.

—¿Brissac llegó?

—Sí.

Olivier asintió.

—¿Hablaron?

Thibault miró al empresario.

—Un poco.

—¿De qué?

—De lo que acabábamos de descubrir.

—Sea más específico.

Olivier respondió.

—Le dije que no debía asumir toda la responsabilidad por la situación de la empresa.

Thibault sonrió sin humor.

—Un consuelo excelente cinco meses tarde.

—¿Y usted?

—Le dije que no necesitaba que me absolviera.

—¿Cuánto hablaron?

—Dos o tres minutos.

Olivier intervino.

—Menos.

—¿Cuánto?

—Quizá uno.

Delacroix los miró.

—Lo mediremos después.

Thibault cerró los ojos.

—Por supuesto.

—¿Después regresó al salón?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de que usted comprobara el reloj.

Delacroix lo recordaba. Thibault había estado a su lado durante varios minutos y le había ofrecido agua.

—Eso lo confirmo.

Miró a Olivier.

—Usted dijo que volvió al vestíbulo a buscar cigarrillos en el abrigo.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Después de dejar a Thibault.

—¿Dónde estaba el abrigo?

—En el perchero junto a la entrada.

—Eso lo llevaba frente al estudio.

Olivier se tensó.

—Sí.

—¿Miró dentro?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Puerta abierta?

—Creo.

—¿Oyó algo?

—No.

—¿Vio a Constance subir?

—No.

—¿A Éliane salir del baño?

—No.

—¿A Mariette?

—No.

Delacroix levantó la vista.

—Interesante cantidad de personas moviéndose por un vestíbulo donde nadie vio a nadie.

Thibault murmuró:

—Es una casa muy educada.

Nadie rio.

—¿Cuánto tardó en coger los cigarrillos?

—Un minuto.

—¿Después?

—Regresé al comedor.

Thibault frunció el ceño.

—No.

Olivier se volvió.

—Sí.

—No volviste.

—Sí.

—Yo ya había salido.

—Entonces regresé cuando tú salías.

—No te vi.

Delacroix levantó una mano.

Ahí estaba.

No una contradicción enorme.

Una de esas pequeñas desalineaciones que, en un intervalo de trece minutos, podían convertirse en algo significativo.

—Lo repetiremos caminando.

Olivier asintió con visible disgusto.

Corbin había permanecido cerca de la chimenea.

—¿Todo el tiempo?

—Sí.

Delacroix lo miró.

—Piénselo antes.

El abogado apretó los labios.

—Fui al vestíbulo una vez.

Thibault soltó aire.

—Admirable velocidad de aprendizaje.

Corbin lo ignoró.

—¿Por qué? —preguntó Delacroix.

—Mi abrigo también estaba allí. Quería comprobar si llevaba unas pastillas en el bolsillo.

Vauclair levantó una ceja.

—¿Qué pastillas?

—Digestivas.

Thibault lo miró.

—La cena ha conseguido más víctimas de las previstas.

Corbin apretó la mandíbula.

Delacroix continuó.

—¿Las encontró?

—Sí.

—¿Cuándo fue?

—No puedo situarlo con exactitud.

—¿Vio a Olivier?

—No.

—¿Constance?

—No.

—¿Éliane?

—No.

—¿Gabriel?

—No.

—¿Miró al estudio?

—La puerta estaba abierta.

—¿El cajón?

Corbin frunció el ceño.

—Desde el vestíbulo no se ve.

—Bien.

Vauclair había permanecido en el salón casi todo el tiempo.

Geneviève confirmó que lo vio junto a la ventana cuando ella seguía sentada y que hablaron brevemente sobre Héloïse.

Vauclair, a su vez, confirmaba que Geneviève no abandonó el salón hasta que Delacroix llamó desde el estudio después de encontrar el cuerpo.

Eran las posiciones más sólidas.

Eso no las volvía absolutas.

Pero ayudaba.

—Mariette.

La mujer se tensó.

—Cocina.

—Primero salió al vestíbulo.

—Sí.

—¿Pasó frente al estudio?

—Sí.

—¿Vio a Gabriel?

—Sí.

Delacroix se quedó quieto.

—Eso es nuevo.

Todos la miraron.

Mariette pareció arrepentirse inmediatamente.

—Solo un segundo.

—¿Cuándo?

—Cuando iba hacia la cocina.

—¿Qué hacía?

—Estaba de pie junto al escritorio.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Está segura?

—Solo vi desde la puerta.

—¿La puerta abierta?

—Sí.

—¿Le habló?

—No.

—¿Él la vio?

—No creo.

Delacroix sintió cómo el intervalo empezaba a cerrarse.

—Entonces Gabriel seguía vivo cuando usted fue hacia la cocina.

—Sí.

—¿Cuánto después del inicio de la pausa?

—Muy poco.

—¿Dos minutos?

—Quizá.

—¿Tres?

—No más.

—Bien.

—Después estuvo en la cocina.

—Sí.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Después dijo que pasó al corredor de servicio porque necesitaba respirar.

—Sí.

—¿Subió?

—No.

—¿Llegó hasta la escalera de servicio?

—Sí.

—¿Vio a alguien?

—No.

—¿Oyó algo?

Mariette pensó.

—Una puerta.

Delacroix levantó la vista.

—¿Dónde?

—No sé.

—¿Arriba?

—No creo. Más cerca.

—¿Podría ser la del estudio?

—No puedo saberlo desde allí.

—¿Qué clase de sonido?

—Una puerta cerrándose sin golpe.

Constance permaneció inmóvil.

Delacroix escribió otra palabra.

Puerta.

—¿Cuándo?

—Antes de volver al salón.

—¿Y volvió antes o después que Constance?

Mariette miró hacia ella.

—Después, creo.

Constance respondió:

—Yo ya estaba abajo.

—Sí.

Delacroix observó a ambas.

Mariette seguía debiéndole un nombre del crimen anterior.

Y ahora su recorrido en el presente la colocaba lejos del estudio durante parte del intervalo, pero sin testigos.

Nada limpio.

Nada fácil.

Eso era mejor.

Los homicidios demasiado bien organizados en los primeros minutos solían deber más a la imaginación del investigador que al asesino.

Delacroix dejó el lápiz.

—Ahora todos vaciarán los bolsillos sobre la mesa.

Corbin levantó la cabeza.

—No.

Delacroix lo miró.

—¿No?

—No tiene derecho a registrarnos.

—No he dicho que vaya a registrarlos. He pedido que vacíen sus bolsillos.

—¿Y si me niego?

—Lo anotaré mentalmente y tendremos una conversación mucho más larga.

Thibault ya estaba sacando monedas.

—Yo voto por hacerlo. Estoy agotado.

Geneviève lo miró.

—No es una votación.

—Por eso gano.

Uno a uno fueron depositando lo que llevaban.

Pañuelos.

Monedas.

Cigarrillos.

Mecheros.

Llaves personales.

Un pequeño cortaplumas de Olivier.

Pastillas de Corbin.

Un estuche de maquillaje de Éliane.

Un rosario pequeño en el bolso de Geneviève.

Thibault llevaba más objetos inútiles de los que Delacroix consideró razonable para un hombre con bolsillos normales.

Constance dejó un pañuelo, una polvera, un pequeño juego de llaves propio y un frasco diminuto de perfume.

Nada pertenecía a Gabriel.

Mariette vació sus bolsillos.

Tampoco.

—Bolsos y maletines.

Corbin protestó de nuevo.

Thibault lo miró.

—Sébastien, por el amor de Dios, si tienes un cadáver dentro del maletín va a ser mejor que lo descubramos ahora.

Corbin le lanzó una mirada.

Después abrió.

No encontraron las llaves.

Delacroix no se sorprendió.

Quien hubiera matado a Gabriel había tenido tiempo suficiente para no conservar encima algo tan incriminatorio.

—Entonces están escondidas en la casa —dijo Olivier.

—Probablemente.

—¿O alguien las arrojó fuera?

Delacroix miró hacia las ventanas.

—También posible.

Éliane se tensó.

—Yo estuve en el jardín de invierno.

—Sí.

—¿Cree que…?

—No creo todavía nada.

Delacroix se levantó.

—Vamos al estudio otra vez.

Esta vez entró solo con Vauclair y pidió a Corbin que permaneciera en la puerta.

La habitación seguía casi intacta.

Gabriel yacía detrás del escritorio. El sujetalibros de bronce estaba marcado visualmente por Delacroix con un trozo de papel colocado cerca, sin tocarlo. La silla continuaba desplazada. Los dos vasos seguían donde los habían visto.

Delacroix se agachó.

No buscaba sangre.

Buscaba metal.

La pequeña llave del cajón era distinta a la de la entrada: más corta, ligera, fácil de perder.

Habían registrado los bolsillos de Gabriel dos veces.

Nada.

Miró debajo del escritorio.

Después bajo la silla.

Vio un brillo cerca del borde de la alfombra.

—Doctor.

Vauclair se acercó.

Delacroix señaló.