Capítulo 15 — Nadie sale
Durante varios segundos después de que Delacroix dijera que el asesino estaba allí, nadie hizo lo que cabría esperar de una persona razonable.
Nadie negó.
Nadie preguntó cómo podía saberlo.
Nadie acusó inmediatamente a otra persona.
Simplemente se miraron.
Fue un gesto colectivo, lento y mucho más revelador que cualquier protesta.
Hasta entonces la posibilidad de que uno de ellos hubiera matado a Héloïse cinco meses atrás pertenecía a una zona soportable de la imaginación.
Había tiempo entre el crimen y aquella noche, un expediente cerrado, recuerdos incompletos y una habitación imposible que mantenía la acusación a suficiente distancia como para poder discutirla.
Gabriel yacía muerto a unos metros. Su sangre todavía no se había secado del todo.
La diferencia entre sospechar que alguien había matado y compartir una habitación con alguien que acababa de hacerlo resultó inmediatamente física.
Thibault fue el primero en romper el círculo de miradas.
Se volvió hacia la puerta principal.
—No.
Delacroix lo observó.
Thibault cruzó el salón, salió al vestíbulo y fue directamente hacia la entrada.
—¿Qué hace? —preguntó Geneviève.
Él no respondió.
Agarró el picaporte, comprobó lo que ya sabían y dio un tirón inútil.
—Thibault —dijo Delacroix.
—Quítese.
—No estoy delante.
—Entonces mejor.
El joven miró los cristales laterales de la puerta, después alrededor, buscando algo pesado.
—¿Piensa romperla?
—Pienso salir.
—No.
Thibault se volvió.
—Hace tres horas estaba usted explicándonos que Gabriel solo había cerrado una puerta y que todos podíamos marcharnos si queríamos.
—Hace tres horas Gabriel estaba vivo.
—Y ahora está muerto. Esa me parece una razón excelente para no seguir aquí.
—A mí me parece una razón excelente para que nadie se disperse.
—Hay un asesino dentro de la casa.
—Exactamente.
—¿Y su solución es mantenernos con él?
Delacroix se acercó despacio.
—Mi solución es impedir que ocho personas salgan en ocho direcciones mientras una novena aprovecha para decidir qué evidencia necesita desaparecer antes de que llegue la policía.
Corbin apareció detrás.
—Usted no puede retenernos.
Delacroix lo miró.
—No voy a retener a nadie físicamente.
—Entonces Thibault puede salir.
—Puede romper una ventana, abrir una puerta de servicio o marcharse por donde considere. También puede explicar después por qué decidió abandonar una escena de homicidio minutos después de que desaparecieran dos piezas de evidencia directamente relacionadas con él y con su hermana.
Thibault se quedó inmóvil.
—Eso es una amenaza.
—No. Es una descripción bastante poco atractiva de lo que ocurriría.
Corbin frunció el ceño.
—No somos sospechosos formalmente.
—Todavía no hay nadie aquí con autoridad para hacer formal nada. Eso no vuelve menos muerto a Gabriel.
Delacroix señaló la puerta.
—Si alguien tiene una emergencia médica, sale. Si la casa arde, salimos. Si existe una razón real para abandonar Les Ormes, no voy a detenerlo. Pero si lo único que tienen es miedo, tendrán que compartirlo un rato más. Yo también preferiría estar en otro sitio.
Thibault soltó el picaporte.
—¿Cuánto?
—Hasta que podamos preservar lo ocurrido, comprobar los accesos y decidir cómo avisar a las autoridades sin permitir que quien acaba de matar a Gabriel desaparezca con la única evidencia material que podía explicar la muerte de Héloïse.
El joven miró los cristales.
—Está completamente loco.
—Esa acusación estaba ocupada hasta hace diez minutos. Tendrá que buscar otra.
La respuesta no hizo reír a nadie.
Delacroix miró a Mariette.
—¿La puerta de la cocina abre desde dentro?
—Sí.
—¿Cerrojo?
—Sí.
—¿Alguna otra salida de servicio?
—Una por la despensa y otra hacia el patio lateral.
Gabriel había cerrado la entrada principal, pero nunca había convertido Les Ormes en una prisión real. Aquello importaba. Delacroix no quería que ninguna persona en aquella casa, ni tampoco él mismo, confundiera su decisión con la de Gabriel.
—Vamos a comprobarlas.
Thibault lo miró.
—¿Todos?
—No. Si todos nos dedicamos a recorrer la casa, dentro de media hora podremos reconstruir este asesinato dentro de otros cinco meses.
Eligió a Corbin y Mariette. Los tres recorrieron el corredor de servicio mientras los demás permanecían en el salón bajo la vigilancia moral, más que efectiva, de Vauclair.
La puerta de la cocina estaba cerrada con un pasador interior.
Nadie la había bloqueado desde fuera. La salida de la despensa tenía dos cerrojos igualmente sencillos.
La puerta lateral que daba al patio estaba cerrada, pero podía abrirse sin llave.
Delacroix comprobó las tres.
—Bien.
Corbin frunció el ceño.
—¿Bien?
—Significa que no estamos encerrados.
—La entrada principal sí.
—No importa.
Mariette miró hacia él.
—¿Entonces por qué quiere la llave quien la cogió?
Delacroix sostuvo su mirada.
Era una buena pregunta.
—Eso también quiero saber.
Regresaron al vestíbulo.
Delacroix ordenó que las salidas secundarias permanecieran cerradas desde dentro y que nadie se acercara a ellas sin avisar. No necesitaban una llave para marcharse. La llave principal robada tenía, por tanto, otro valor además del puramente práctico.
Podía ser recuperada más tarde.
Podía permitir una salida sin pasar por la cocina.
Podía servir para restaurar exactamente el estado anterior de la casa.
O quizá el asesino simplemente la había tomado porque estaba en el mismo bolsillo donde buscaba otra cosa.
Todavía no.
Demasiado pronto.
—¿Hay teléfono? —preguntó Corbin.
Mariette respondió antes que Delacroix.
—En el despacho pequeño junto a la cocina.
—Entonces llamemos a la gendarmería.
Fueron.
El aparato estaba en una repisa, negro, pesado, conectado a una línea que desaparecía dentro de la pared. Mariette levantó el auricular y esperó.
Nada.
Volvió a colgar.
Lo intentó otra vez.
—No da línea.
Corbin la miró.
—¿Funcionaba esta tarde?
—No lo sé.
—¿Morel?
—Él se ocupaba.
Delacroix tomó el auricular.
Silencio.
No había chasquido ni operadora.
—¿La tormenta?
Mariette miró hacia las ventanas.
—Puede.
Corbin se acercó al cable.
—¿O Gabriel?
Delacroix lo miró.
—¿Por qué habría desconectado el teléfono?
—Había encerrado a todo el mundo y enviado al servicio a casa. No parece absurdo pensar que tampoco quería llamadas.
—Tampoco parece inteligente asumirlo sin comprobar.
Mariette señaló un pequeño cuadro de conexión montado en la pared.
—Morel sabría.
—Y Morel vuelve por la mañana.
Corbin miró hacia la puerta lateral.
—Podemos mandar a alguien.
—No.
—Delacroix.
—No voy a enviar a una sola persona de noche por un camino mientras todavía no sabemos si acaba de matar a Gabriel.
—Entonces dos.
—Y reducimos el número de personas que pueden confirmar qué ocurre aquí mientras multiplicamos las conversaciones sin testigos.
Corbin apretó la mandíbula.
—No puede pretender dirigir esto como si fuera la policía.
—No pretendo ser la policía. Pretendo conservar lo suficiente para que, cuando llegue, no encuentre una casa llena de versiones nuevas y ninguna escena intacta.
Regresaron.
Delacroix pidió que todos se reunieran otra vez en el salón.
Esta vez nadie discutió.
La diferencia no estaba en la autoridad de Delacroix.
Estaba en la puerta abierta del estudio y en lo que sabían que había detrás.
Vauclair había terminado su primera revisión del cuerpo y lo había cubierto parcialmente con una manta ligera sin alterar más de lo necesario la posición.
No habían movido todavía a Gabriel al sofá.
Delacroix decidió que permaneciera donde estaba hasta que hubieran registrado de manera precisa la habitación.
La incomodidad de saberlo allí era preferible a la comodidad de destruir información.
Cuando todos estuvieron sentados, Delacroix permaneció de pie junto a la mesa baja.
—Vamos a hacer ahora lo que debió hacerse hace cinco meses antes de que cada recuerdo tuviera tiempo de convertirse en una historia.
Thibault cerró los ojos.
—Posiciones.
—Sí.
—Otra vez.
—Esta vez el muerto lleva menos de media hora si eso le sirve de estímulo.
El joven no respondió.
Delacroix buscó una hoja grande entre los papeles y dibujó un rectángulo aproximado para el vestíbulo y las habitaciones inmediatas. No pretendía construir un plano arquitectónico. Gabriel habría sufrido al verlo. La idea casi le provocó una sonrisa y la perdió antes de que llegara.
Gabriel.
La ausencia empezaba a adquirir un lugar propio en la habitación.
—La pausa comenzó cuando yo dije quince minutos. En ese momento Gabriel entró al estudio. ¿Alguien lo acompañó?
Todos negaron.
Delacroix miró uno por uno.
—¿Alguien habló con él inmediatamente antes?
Constance respondió.
—Tú.
—Además de mí.
Silencio.
—Bien. Yo estaba aquí, junto a la chimenea.
Señaló el salón.
—Durante los primeros minutos vi a Vauclair junto a la ventana, a Corbin cerca del fuego y a Geneviève sentada. Éliane salió hacia el jardín de invierno. Thibault fue al comedor. Olivier lo siguió después. Mariette salió por el vestíbulo. Constance estaba primero con Geneviève.
La madre asintió.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
Geneviève pensó.
—Un minuto. Dos.
—¿De qué hablaban?
Constance respondió.
—De nada importante.
Delacroix levantó la vista.
—Esta noche esa expresión ha tenido resultados pésimos.
Geneviève intervino.
—Me preguntó si estaba bien.
—¿Y?
—Le dije que no.
—¿Algo relacionado con Gabriel, la llave o las fotografías?
—No.
Delacroix miró a Constance.
—Después.
—Fui hacia el jardín de invierno.
—¿Por dónde?
Ella señaló la salida del salón que daba al vestíbulo y desde allí el corredor hacia la galería acristalada.
—¿Vio a Gabriel al pasar?
—No.
—La puerta del estudio estaba abierta.
—Creo que sí.
—¿Miró?
Constance pensó.
—No conscientemente.
—¿Qué significa eso?
—Que pude ver luz al pasar, pero no recuerdo haber mirado dentro.
—¿Oyó algo?
—No.
—¿Cuánto permaneció en el jardín de invierno?
—Muy poco. Un par de minutos.
—Éliane estaba allí.
—Sí.
Éliane levantó la cabeza.
—No te vi.
—Ya lo dijiste.
—Y sigo sin recordarlo.
—Estabas de espaldas.