Capítulo 14 — El hombre que tenía la llave #3
Lo hicieron lo mínimo indispensable para examinar mejor la posición y comprobar si había algo debajo. Nada.
La segunda lesión era clara.
Dos golpes.
El primero probablemente desde atrás.
El segundo cuando ya estaba cayendo o en el suelo.
Delacroix miró el sujetalibros.
Pesado.
Bronce.
Un objeto de la habitación.
No hacía falta que el asesino hubiera llevado arma.
Eso reducía planificación, pero no decisión.
—¿Pudo defenderse? —preguntó.
Vauclair examinó las manos.
—Hay una pequeña marca en la muñeca izquierda.
—¿De sujeción?
—Podría ser.
—¿Uñas?
—Nada evidente.
—¿Tiempo entre golpes?
—Segundos.
Delacroix imaginó la secuencia sin enamorarse de ella.
Gabriel hablando con alguien.
Quizá de pie.
Quizá junto al escritorio.
Se vuelve.
Golpe.
Cae.
Segundo.
No había lucha larga porque no esperaba el ataque.
Probablemente conocía a la persona.
En aquella casa eso tampoco reducía demasiado la lista.
—Armand.
Era Éliane desde la puerta.
Delacroix se volvió.
—He dicho que permanezcan en el salón.
—Lo sé.
Tenía los ojos rojos.
—Pero hay algo que debe saber.
—¿Qué?
—Antes de ir al jardín de invierno vi a Constance cerca del estudio.
El aire cambió.
Constance estaba detrás de ella.
No reaccionó de manera visible.
—¿Cerca cuánto? —preguntó Delacroix.
Éliane miró hacia el vestíbulo.
—No sé. Venía desde el salón. Yo iba hacia el jardín.
—¿Entró?
—No la vi entrar.
—¿Hablar con Gabriel?
—No.
Constance intervino.
—Porque no lo hice.
Delacroix la miró.
—¿Por qué estaba cerca del estudio?
—Para subir hay que pasar por aquí.
—Correcto.
Éliane asintió.
—Eso es todo lo que vi.
Delacroix agradeció internamente que no añadiera más.
Las personas solían querer ser útiles cuando estaban asustadas y terminaban mejorando recuerdos que originalmente eran pobres.
—Vuelva al salón.
Éliane obedeció.
Constance permaneció.
Delacroix la miró.
—También usted.
—Quería preguntar si Gabriel…
Se detuvo.
Vauclair respondió por él.
—Murió muy rápido.
Constance cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, había algo distinto en el rostro.
Dolor.
Parecía auténtico.
Delacroix recordó otra vez que la autenticidad emocional y la inocencia eran conceptos completamente independientes.
—Gracias.
Se marchó.
Delacroix quedó con Vauclair y Corbin.
El abogado miró el cajón abierto.
—Si la persona que lo mató tomó el sobre sellado, sabía que estaba ahí.
—Sí.
—Solo cuatro vimos dónde se guardó.
Delacroix lo miró.
—No.
Corbin frunció el ceño.
—Usted, yo, Vauclair y Gabriel.
—Y cualquiera que nos viera entrar juntos y después preguntara. O escuchara. O conociera suficientemente a Gabriel para saber dónde guardaba cosas. No convierta acceso en exclusividad todavía.
Corbin asintió.
—Pero conocía su importancia.
—Eso sí.
—Todos la conocían.
—También.
Vauclair se levantó.
—Entonces el asesinato no reduce demasiado la lista.
Delacroix miró hacia el salón.
—La reduce de una manera.
—¿Cuál?
—El asesino de Héloïse podía haber tenido cinco meses para acostumbrarse a lo que hizo.
Miró el cuerpo de Gabriel.
—El de Gabriel acaba de cometer un error.
Corbin frunció el ceño.
—¿Qué error?
Delacroix no respondió.
Todavía no lo sabía.
Pero siempre había uno.
La urgencia fabricaba errores incluso en personas cuidadosas.
Y esta muerte había sido urgente.
Gabriel estaba vivo al empezar la pausa. Quince minutos más tarde estaba muerto, las dos llaves habían desaparecido y el sobre sellado ya no estaba en el cajón.
Quien lo había matado no había esperado una oportunidad mejor.
Había considerado que no podía permitirse hacerlo.
Eso era diferente.
Delacroix tomó el cuaderno que Gabriel había dejado en el cajón.
No lo abrió todavía.
—Lleven el cuerpo al sofá del estudio cuando Vauclair termine. Después nadie vuelve a entrar sin mí.
Corbin lo miró.
—¿Y usted?
—Voy a hacer algo que deberíamos haber hecho antes de empezar esta pausa.
—¿Qué?
—Contar a todo el mundo.
Regresó al salón.
Nueve rostros lo esperaban.
No.
Ocho.
El pensamiento lo detuvo.
Gabriel ya no estaba.
Delacroix empezó desde la izquierda.
Geneviève.
Thibault.
Constance.
Corbin, detrás de él.
Vauclair todavía en el estudio.
Éliane.
Olivier.
Mariette.
Y él mismo.
Todos.
Nadie había desaparecido.
Pero una persona tenía dos llaves y un sobre que no le pertenecía.
—Escúchenme bien —dijo.
La habitación quedó completamente silenciosa.
—Gabriel fue asesinado durante la pausa.
Recibió al menos dos golpes en la cabeza con un objeto de su estudio.
La llave de la puerta principal ha desaparecido.
También la llave del cajón donde guardamos la evidencia.
El cajón fue abierto y el sobre sellado con la llave original de la Chambre des Tilleuls ya no está.
Geneviève se llevó una mano al pecho.
Éliane cerró los ojos.
Thibault miró hacia Constance.
Constance no le devolvió la mirada.
Delacroix continuó.
—Eso significa que, desde este momento, ya no estamos intentando decidir si hace cinco meses ocurrió un asesinato.
Miró uno a uno.
—Acaba de ocurrir uno.
Nadie respiró con normalidad.
—Y quien mató a Gabriel está aquí.
Mariette palideció.
Olivier miró hacia la puerta.
Corbin bajó los ojos.
Thibault dejó de moverse.
Constance permaneció inmóvil.
Delacroix observó a todos.
Gabriel había reunido aquella noche a las personas que creía relacionadas con la muerte de Héloïse. Había cerrado una puerta para impedir que la verdad volviera a dispersarse. Había apostado a que, si los obligaba a permanecer juntos, alguna mentira acabaría rompiéndose.
Se había equivocado en una sola cosa.
No había encerrado a varios sospechosos con un detective.
Había encerrado a un asesino con todos los demás.
Y ahora el asesino tenía la llave.