Capítulo 14 — El hombre que tenía la llave #2
—Entonces dentro de ese intervalo.
—¿Una caída?
Vauclair miró el sujetalibros.
—No.
—¿Un golpe?
—Al menos uno.
—¿Ese objeto?
—Probablemente.
—No lo toque.
—No pensaba.
Delacroix se inclinó sin acercarse demasiado al cuerpo.
La posición era incómoda, pero no había señales de una lucha larga. Un papel arrugado junto a la mano. La silla desplazada. Una pequeña mancha de sangre en el borde del escritorio, quizá transferencia. La herida estaba detrás de la oreja, hacia la zona occipital.
—¿Estaba de espaldas?
Vauclair asintió.
—Posiblemente.
—¿Primer golpe lo derriba?
—Podría.
El médico observó más cerca.
—Hay otra lesión.
Delacroix se tensó.
—¿Dónde?
—Más arriba.
—¿Segundo golpe?
—Parece.
La habitación adquirió una gravedad distinta.
Un golpe podía todavía pertenecer a una pelea que había escalado.
Dos empezaban a parecer una decisión.
Delacroix no necesitó decirlo.
Vauclair tampoco.
—¿Murió inmediatamente?
—No puedo saberlo con exactitud. Pero muy rápido.
Delacroix miró alrededor.
El escritorio.
Las carpetas.
El cajón cerrado donde había dejado la llave original.
Las fotografías que Gabriel quería enseñarle.
Una hoja rota.
La lámpara.
Dos vasos.
Dos.
Se quedó quieto.
—Doctor.
Vauclair levantó la vista.
Delacroix señaló.
Sobre una mesa lateral había un vaso con coñac. En el escritorio, otro.
—No estaba solo.
Vauclair miró.
—Podía haber servido dos antes.
—Podía.
Delacroix se acercó lo suficiente para observarlos sin tocar.
Uno parecía casi lleno.
El otro tenía apenas un fondo.
No demostraban nada.
Pero alguien podía haber estado allí.
Miró la puerta.
Desde el salón no se veía el interior completo del estudio. Cualquiera podía entrar durante la pausa sin que todos lo percibieran. Habían diseñado quince minutos precisamente para que dejaran de vigilarse.
Una pausa.
Delacroix sintió una irritación seca consigo mismo.
Había dado al asesino exactamente lo único que necesitaba.
Movimiento sin cronología.
—¿Puede mover el cuerpo? —preguntó Vauclair.
—Todavía no.
Delacroix examinó visualmente el suelo.
Había una fotografía pisada.
Un pequeño trozo de papel junto a la pata del escritorio.
La caja de documentos abierta.
Y el cajón.
Cerrado.
Se acercó.
—Gabriel llevaba la llave.
Vauclair miró hacia el cadáver.
—¿En qué bolsillo?
—Uno de los llaveros estaba a la izquierda. El de la puerta principal, a la derecha. Creo.
—¿Los buscamos?
—Sin moverlo más de lo necesario.
Vauclair registró primero el bolsillo interior izquierdo.
Vacío.
Después el derecho.
También.
Miraron los exteriores.
Un pañuelo.
Un reloj.
Monedas.
Nada.
Delacroix sintió cómo la noche cambiaba de forma.
—Otra vez.
Vauclair revisó.
—No están.
Delacroix se quedó inmóvil.
Dos llaves.
La del cajón.
La de la salida principal.
Ambas habían desaparecido.
—Mierda —murmuró.
Vauclair lo miró.
Era la primera vez que le había oído pronunciar algo parecido durante toda la noche.
—¿Qué?
Delacroix se levantó.
—El cajón.
—Está cerrado.
—Por eso.
Fue hacia él.
Tiró suavemente.
Cerrado.
—¿Puede haberse llevado el asesino la llave sin abrirlo?
—Claro.
—Pero entonces ¿por qué matar a Gabriel?
Delacroix no respondió.
Miró la cerradura.
No había señales de fuerza.
—Necesito abrirlo.
—¿Forzándolo?
—No todavía.
Salió al umbral.
Todos estaban otra vez en el vestíbulo.
No en el salón.
Naturalmente.
—He dicho que esperaran allí.
Thibault tenía el rostro blanco.
—Está muerto.
No era una pregunta.
Delacroix lo miró.
—Sí.
Geneviève cerró los ojos.
Éliane empezó a llorar sin ruido.
Constance permaneció quieta.
Mariette estaba al fondo del grupo, con una mano sobre la boca.
Delacroix miró a todos.
—A partir de este momento nadie se mueve solo.
Thibault levantó la mirada.
—¿Lo han matado?
—Sí.
La palabra cayó.
Hasta entonces todos lo sabían.
Ahora existía.
Corbin se apoyó contra la pared.
Olivier miró hacia la puerta principal.
Gabriel había cerrado aquella casa convencido de que contenía a un asesino.
Ahora había un cadáver nuevo a menos de diez metros.
—¿Cómo? —preguntó Geneviève.
—Golpe en la cabeza.
—¿Con qué?
—Todavía no importa.
—Claro que importa.
—Importará cuando sepamos quién podía estar con él.
Delacroix miró a cada uno.
—Quiero posiciones exactas desde el momento en que empezó la pausa.
Thibault soltó una risa incrédula.
—¿Ahora?
—Especialmente ahora.
—Armand…
—Hace cinco meses les pedimos que recordaran una hora y fallaron en casi todo. Esta vez han pasado trece minutos. No voy a permitir que mañana se conviertan en memoria.
Eso los calló.
Delacroix señaló el salón.
—Entren.
Esta vez obedecieron.
Nadie eligió asiento por comodidad. Se distribuyeron como personas que acababan de descubrir que la proximidad también podía parecer sospechosa.
Delacroix se quedó de pie.
—Primero: ¿quién entró al estudio durante la pausa?
Silencio.
—¿Nadie?
No respondió nadie.
Delacroix miró a Constance.
No porque tuviera prueba.
Porque había desaparecido.
—Usted dijo que pasó por el jardín de invierno y después subió.
—Sí.
—¿Entró al estudio?
—No.
—¿Habló con Gabriel?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Lo vio?
—No.
—¿Ni al pasar por el vestíbulo?
—No.
—¿Subió por la escalera principal?
—Sí.
—Entonces pasó a pocos metros de la puerta del estudio.
—Sí.
—¿Estaba abierta?
Constance pensó.
—Creo que sí.
—¿Oyó su voz?
—No.
—¿A otra persona?
—No.
Delacroix miró a Éliane.
—Jardín de invierno.
—Sí.
—¿Todo el tiempo?
—Prácticamente.
—Esa palabra acaba de ser prohibida.
Ella cerró los ojos.
—Salí al baño un momento.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Antes o después de ver a Constance?
Éliane frunció el ceño.
—Ya dije que no la vi.
Constance intervino.
—Porque estabas de espaldas.
Delacroix levantó una mano.
—Después reconstruiremos.
Miró a Thibault.
—Comedor.
—Sí.
—¿Con Brissac?
Olivier respondió.
—Parte del tiempo.
—¿Parte?
—Fui detrás de él, pero después volví al vestíbulo a buscar cigarrillos que había dejado en mi abrigo.
—¿Cuánto?
—Un minuto.
—¿Vio a Gabriel?
—No.
—¿Vio a alguien cerca del estudio?
Olivier pensó.
—No.
—¿Constance?
—No.
—¿Mariette?
—No.
Delacroix miró a Mariette.
—¿Dónde estuvo?
La mujer tragó saliva.
—Cocina.
—¿Todo el tiempo?
—No.
—¿Dónde más?
—En el corredor de servicio.
—¿Por qué?
—No podía respirar ahí dentro.
—¿Vio a alguien?
Mariette lo miró.
Su promesa pendiente apareció entre ambos.
—No durante la pausa.
—¿Está segura?
—Sí.
Corbin estaba junto a la chimenea.
Vauclair había estado en el salón, cerca de la ventana.
Geneviève también.
Las posiciones empezaban a formarse, pero tenían huecos suficientes para que cualquiera con dos minutos supiera aprovecharlos.
Delacroix levantó una mano.
—No vamos a resolver esto ahora. Solo vamos a conservarlo.
Gabriel ya no podía esperar.
Eso cambiaba todo.
Delacroix miró hacia la puerta principal.
—¿Puede abrirse desde dentro sin llave?
Gabriel les había demostrado que no. Cerradura antigua, llave retirada.
Thibault siguió la mirada.
—La llave la tenía él.
—Sí.
—¿Y ahora?
Delacroix lo miró.
—No está.
La reacción recorrió el salón.
Corbin se levantó.
—¿Qué quiere decir no está?
—No está en sus bolsillos.
Olivier miró hacia la entrada.
—¿Entonces estamos encerrados de verdad?
Thibault soltó una risa nerviosa.
—Eso sí mejora la noche.
Geneviève se volvió hacia Delacroix.
—¿No hay otra salida?
—Las hay.
—Entonces…
—Y nadie va a utilizarlas.
Corbin frunció el ceño.
—Hace unas horas criticó a Gabriel por exactamente eso.
—Hace unas horas teníamos un homicidio de cinco meses de antigüedad y ninguna escena reciente. Ahora tenemos un cadáver todavía caliente, un arma en el suelo y una persona que acaba de llevarse dos llaves.
El abogado se quedó callado.
Delacroix continuó:
—Hasta que sepamos qué ha ocurrido, esta casa es una escena de crimen. Nadie se marcha, nadie abre ventanas más de lo necesario y nadie toca nada que no le pertenezca.
Thibault lo observó.
—Así que Gabriel ganó.
Delacroix lo miró.
—No.
La palabra salió más dura de lo que esperaba.
—Gabriel está muerto.
El silencio posterior fue completo.
Delacroix respiró.
—Y no pienso permitir que su peor decisión se convierta también en la ventaja de quien lo mató.
Se volvió hacia el estudio.
—Necesito abrir ese cajón.
Gabriel había asegurado que no existía copia de la llave.
Pero una cerradura antigua en un escritorio de madera no necesitaba dinamita.
Delacroix pidió a Thibault una navaja pequeña.
El joven la entregó sin comentario. Corbin protestó por la conservación de pruebas; Delacroix respondió que la conservación de pruebas resultaba menos útil si la prueba principal desaparecía mientras discutían modales.
La cerradura tardó menos de lo deseable.
Eso también le molestó.
El cajón se abrió.
Vacío.
No completamente.
Había papeles.
Un sobre con fotografías.
Un cuaderno.
Pero el sobre sellado que contenía la llave original no estaba.
Delacroix se quedó mirando el hueco.
Corbin se acercó.
—¿Está seguro de que estaba aquí?
—Lo vimos cuatro personas.
Vauclair asintió desde la puerta.
—Sí.
—¿Sellado?
—Sí.
—¿Y ahora no está?
Delacroix no respondió.
No hacía falta.
Thibault se apoyó contra el marco.
—Entonces quien lo mató vino por la llave.
—No necesariamente.
—Armand.
—No necesariamente.
—¿Qué más falta?
Delacroix empezó a revisar sin tocar más de lo necesario.
Las fotografías ampliadas estaban.
El cuaderno también.
Una carpeta con notas.
Papeles de la investigación.
Nada parecía revuelto de forma caótica. Quien hubiera abierto el cajón sabía qué buscaba o tuvo suficiente tiempo para encontrarlo sin convertir el escritorio en un desastre.
—¿Y la llave de la puerta principal? —preguntó Olivier.
—También desapareció.
Esa información fue peor.
Porque la llave original de Héloïse era evidencia.
La otra era poder.
Quien la tuviera podía abrir Les Ormes.
O impedir que otros lo hicieran.
Delacroix miró hacia Gabriel.
El arquitecto había organizado la noche alrededor de llaves.
Había cerrado la entrada.
Había guardado la evidencia.
Había conservado ambas consigo.
Y ahora estaba muerto.
Vauclair se acercó otra vez al cuerpo.
—Podemos moverlo ya.
Delacroix asintió.