Capítulo 14 — El hombre que tenía la llave
Las pausas tienen una reputación inmerecida.
En teoría sirven para descansar. En la práctica, cuando se conceden a diez personas que llevan horas descubriendo que han mentido unas a otras durante años, solo les proporcionan una oportunidad de hacerlo de pie.
Delacroix permaneció junto a la chimenea durante los primeros minutos y comprobó cómo la reunión se deshacía en pequeñas trayectorias que, en circunstancias normales, no habría tenido ninguna razón para recordar.
Thibault cruzó hacia el comedor en busca de agua y Olivier Brissac lo siguió poco después, aunque ninguno parecía especialmente interesado en conversar.
Vauclair abrió la ventana del salón, soportó durante unos segundos las protestas de Geneviève y terminó cerrándola casi del todo.
Corbin permaneció cerca del fuego, revisando papeles que ya había leído tres veces.
Éliane se dirigió al jardín de invierno con sus cigarrillos.
Mariette salió hacia el vestíbulo, quizá buscando un lugar donde reunir el valor que le faltaba para cumplir la promesa que acababa de renovar.
Constance, en cambio, había desaparecido.
Delacroix no le dio importancia durante el primer minuto.
Tampoco durante el segundo.
Les Ormes no era una celda colectiva. Seguía siendo una casa grande y varias de las personas reunidas allí llevaban horas sometidas a una presión que justificaba caminar hasta un baño, una habitación o un rincón donde nadie formulase preguntas.
Gabriel estaba en el estudio, al otro lado del vestíbulo, y la puerta seguía abierta cuando Delacroix la miró por primera vez.
A través del vano distinguió una lámpara encendida y parte del escritorio.
No vio a Gabriel.
Probablemente estaba inclinado sobre algún cajón.
Cerró los ojos unos segundos.
Quería pensar sin papel.
Había aprendido que las notas servían para conservar una investigación, pero podían empezar a dirigirla si uno las consultaba demasiado pronto. En aquel momento necesitaba otra cosa: recordar qué había cambiado realmente durante la noche.
Al llegar a Les Ormes existía una mujer muerta detrás de una puerta cerrada.
Ahora había una mujer joven que había descubierto una falsificación, después otra, después un sistema entero de movimientos financieros construidos alrededor de su consentimiento supuesto.
Había una llave con una irregularidad capaz de producir una lesión en el mismo punto que Vauclair había anotado en su mano.
Había síntomas que convertían una muerte cardíaca en una intoxicación plausible.
Había una habitación realmente cerrada y, por tanto, una pregunta que empezaba a resultar menos útil cuanto más la examinaba.
¿Cómo salió el asesino?
Tal vez nadie había salido.
No.
Demasiado pronto.
Delacroix abrió los ojos.
El fuego necesitaba leña.
Tomó un tronco de la cesta y lo colocó sobre las brasas. El movimiento le recordó que llevaba casi nueve horas despierto desde antes del viaje, y muchas más si contaba el día anterior de una manera que su cuerpo, a diferencia de su educación, sí parecía dispuesto a contar.
—¿Se está durmiendo?
Era Thibault.
Había regresado con dos vasos de agua. Le ofreció uno.
Delacroix lo aceptó.
—Estoy intentando recordar por qué acepté venir.
—Eso es agotamiento.
—Puede.
Thibault bebió.
Durante unos segundos permanecieron juntos junto al fuego sin necesidad de hablar.
Después el joven miró hacia el estudio.
—Gabriel está peor de lo que parece.
—Parece bastante mal.
—Entonces peor.
Delacroix lo miró.
—¿Desde octubre?
—Desde la semana del funeral.
—¿Se veían?
—Al principio sí. Después menos.
—¿Por qué?
Thibault sonrió sin humor.
—Porque estaba convencido de que uno de nosotros había matado a mi hermana y yo estaba convencido de que él se estaba volviendo loco. Ninguna posición favorece especialmente las comidas familiares.
—¿Sigue creyendo que se está volviendo loco?
Thibault pensó.
—No.
La respuesta salió con dificultad.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unas horas.
Delacroix bebió agua.
—Eso debe de resultarle incómodo.
—Muchísimo. Prefería cuando era un viudo obsesivo.
Delacroix no corrigió la palabra.
Gabriel nunca había llegado a ser marido de Héloïse, pero algunas relaciones sobrevivían a las ceremonias que no alcanzaron a ocurrir.
—¿Le pidió ayuda alguna vez?
—Sí.
—¿Y?
Thibault miró su vaso.
—No se la di.
—¿Por qué?
—Porque si lo ayudaba a investigar, también tenía que ayudarlo a descubrir lo que yo había hecho.
Delacroix asintió.
No había mucho más que decir.
Thibault apoyó el vaso vacío sobre una mesa.
—¿Cree que lo habría descubierto igualmente?
—¿La firma?
—Todo.
—Probablemente.
—Eso también es incómodo.
—Esta noche parece especializada.
Thibault miró de nuevo hacia el estudio.
—Quince minutos se están haciendo largos.
Delacroix sacó el reloj.
Habían pasado nueve.
—Todavía no.
—Parecen más.
—Las pausas son como los sermones. Cuanto menos desea uno escucharlos, más largos resultan.
Thibault soltó una risa.
Olivier apareció en la puerta del comedor.
—¿Dónde está Constance?
La pregunta hizo que Delacroix levantara la mirada.
Thibault se encogió de hombros.
—Creía que contigo.
—No.
Geneviève, desde el sofá, respondió:
—Subió.
Todos la miraron.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Poco después de que empezara la pausa.
—¿Dijo adónde?
—No.
—¿Su habitación?
—Supuse que sí.
Delacroix miró hacia la escalera.
Seguía sin preocuparle.
No mucho.
—¿Y Mariette?
Corbin señaló el vestíbulo.
—Creo que salió hacia la cocina.
Delacroix asintió.
La casa estaba demasiado llena de personas que necesitaban estar solas.
Éliane regresó del jardín de invierno con el cigarrillo apagado.
—Hace frío.
—Un descubrimiento considerable para marzo —dijo Thibault.
Ella lo ignoró.
—¿Gabriel sigue en el estudio?
Delacroix miró otra vez hacia allí.
La puerta continuaba abierta.
—Sí.
—Quería hablar con él.
—Espere.
Éliane frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque él quería enseñarme algo primero.
—¿Qué?
—Más fotografías de la llave.
La respuesta produjo una reacción pequeña en Corbin y ninguna visible en los demás.
Delacroix volvió hacia la chimenea.
Al cabo de otro minuto, Constance apareció en la escalera.
Bajó sin prisa.
Llevaba el mismo vestido oscuro y el cabello perfectamente sujeto, pero se había mojado ligeramente las manos; quizá se las había lavado. Se detuvo al ver que varios la miraban.
—¿Qué ocurre?
Geneviève respondió:
—Preguntaban dónde estabas.
—Arriba.
—Eso ya lo hemos establecido.
Thibault sonrió.
Constance lo ignoró.
Delacroix la observó.
—¿En su habitación?
—Sí.
—¿Todo el tiempo?
Ella lo miró.
—No sabía que la pausa fuera otro interrogatorio.
—No lo era. Ahora la pregunta existe porque alguien la ha formulado.
Constance mantuvo la serenidad.
—Pasé primero por el jardín de invierno. Necesitaba un poco de aire, pero Éliane estaba fumando y decidí subir.
Éliane frunció el ceño.
—No te vi.
Constance se volvió.
—Estabas de espaldas junto a las ventanas.
—Puede.
—Después subí.
Delacroix registró la explicación.
—¿Cuánto estuvo en el jardín de invierno?
—Muy poco.
—¿Un minuto?
—Quizá dos.
—¿Oyó algo desde allí?
Constance pensó.
—El reloj del vestíbulo dio el cuarto.
Delacroix miró la esfera desde donde estaba.
La una y cuarto había pasado hacía poco.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Estaba todavía allí?
—Sí.
—Después subió.
—Sí.
Éliane la miró.
—Yo no recuerdo haber oído el reloj.
Constance sonrió.
—Estabas junto a la ventana con lluvia y fumando.
—Puede.
Delacroix no añadió nada.
Aquello era una declaración espontánea.
Las espontáneas solían interesarle más tarde.
En aquel momento sonó algo en el estudio.
No un golpe.
Algo mucho menor.
Un objeto que caía o una hoja que se deslizaba desde una superficie.
Todos miraron hacia la puerta abierta.
Gabriel no apareció.
Thibault levantó una ceja.
—¿Ha terminado el descanso?
Delacroix consultó el reloj.
—Casi.
Se acercó al estudio.
No llamó.
Había aprendido que, cuando una persona decía que iba a enseñar algo en quince minutos, la cortesía podía reducirse unos treinta segundos sin dañar una amistad.
La lámpara del escritorio estaba encendida.
La primera cosa que vio fue una fotografía en el suelo.
La segunda fue una silla desplazada.
La tercera, Gabriel.
Delacroix se detuvo.
El cuerpo estaba caído detrás del escritorio, de lado, con una pierna doblada bajo la otra y el brazo izquierdo extendido hacia una de las patas. La cabeza descansaba parcialmente sobre la alfombra. Cerca de ella había sangre.
No mucha.
La suficiente.
Durante un instante, la mente de Delacroix hizo lo que hacen todas las mentes frente a algo que no encaja con el segundo anterior: intentó convertirlo en otra cosa.
Una caída.
Un desmayo.
Un accidente.
Después vio el objeto junto al escritorio.
Un pesado sujetalibros de bronce con forma de caballo.
Había otro idéntico todavía en la estantería.
Delacroix entró.
—Vauclair.
No levantó la voz.
No hizo falta.
El médico llegó casi corriendo.
Los demás se agruparon inmediatamente en la puerta.
—Atrás —dijo Delacroix.
Gabriel no se movía.
Vauclair se arrodilló.
Delacroix vio cómo colocaba dos dedos en el cuello, después una mano cerca de la boca y finalmente miraba la herida en la parte posterior de la cabeza.
—No.
La palabra fue baja.
Éliane hizo un sonido detrás.
Geneviève se llevó una mano a la boca.
Thibault preguntó:
—¿No qué?
Vauclair no respondió.
No necesitaba.
Delacroix miró hacia la puerta.
—Todos al salón.
Nadie obedeció.
—Ahora.
La autoridad de la palabra cambió.
Olivier retrocedió primero. Corbin lo siguió. Éliane se volvió hacia la pared. Geneviève tomó su brazo. Thibault permaneció un segundo más.
—Armand…
—Salga.
—Pero…
—Thibault.
La mirada bastó.
Él salió.
Constance fue la última.
Antes de retirarse miró a Gabriel.
No al arma.
No al escritorio.
A Gabriel.
Después cerró parcialmente la puerta.
Delacroix la detuvo.
—Déjela abierta.
Constance soltó el picaporte.
—Sí.
Se marchó.
Vauclair seguía junto al cuerpo.
—¿Cuánto?
—Minutos.
—¿Cinco?
—Probablemente menos de diez.
Delacroix miró el reloj.
—La pausa empezó hace trece.