Capítulo 13 — Lo que mantenía a flote a los Mareuil #3
La pausa fue más larga.
Thibault miró a su tía.
Constance no lo miró a él.
—No sé.
Delacroix sintió el peso de esa respuesta.
No porque implicara crimen.
Porque era la primera vez que Constance admitía un límite que no sabía si podía aceptar.
—¿Y usted? —preguntó Gabriel—. Si Héloïse denunciaba, ¿qué podía pasarte a ti?
Constance lo miró.
—Dependería de lo que pudieran demostrar.
—¿Prisión?
Corbin intervino.
—Gabriel…
—He preguntado a ella.
Constance mantuvo la mirada.
—Era posible.
Geneviève soltó una respiración temblorosa.
Thibault se puso de pie.
—No.
Constance lo miró.
—Siéntate.
—No ibas a ir a prisión por mí.
—Thibault.
—No.
Él caminó hacia ella.
—Yo falsifiqué la firma.
—Y yo tomé decisiones después.
—Para taparme.
—Eso no las vuelve legales.
—No me importa.
Constance lo miró con una mezcla extraña de afecto y fastidio.
—Esa frase resume una parte considerable de tus problemas.
Thibault abrió la boca.
Por alguna razón, rio.
Una sola vez.
Después se pasó ambas manos por el rostro.
—Dios.
Constance tocó su brazo.
—Siéntate.
Esta vez obedeció.
Delacroix observó el gesto.
No había cálculo visible.
Había una intimidad vieja, casi maternal.
Y ahí residía una parte de la dificultad. Un motivo no se volvía menos peligroso porque naciera del amor. A veces ocurría exactamente lo contrario.
Gabriel se acercó a la mesa donde estaban las copias de los balances.
—Héloïse me dijo una vez que en esta familia Constance era la única persona que sabía dónde estaban enterrados todos los cadáveres.
Thibault levantó la vista.
—No recuerdo esa frase.
—No estabas.
Delacroix miró a Gabriel.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de morir.
—¿Literalmente cadáveres?
Gabriel casi sonrió.
—No.
—Conviene aclararlo esta noche.
—Hablábamos de las cuentas. Yo le dije que si desconfiaba tanto podía preguntarle directamente a Constance. Héloïse dijo que ese era precisamente el problema: Constance sabía dónde estaba todo porque era quien había ido enterrándolo.
Constance sostuvo la mirada de Gabriel.
—Eso sí suena a ella.
No parecía ofendida.
Eso desconcertó a Gabriel.
—¿No te molesta?
—Me molestó cuando me lo dijo a mí.
Delacroix levantó la vista.
—¿Se lo dijo?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El doce de octubre.
—¿Durante la conversación de la tarde?
—Sí.
—¿Qué respondió?
Constance pensó.
—Que algunas cosas se entierran porque dejarlas a la vista solo consigue que tropiece todo el mundo.
Thibault cerró los ojos.
—Dios, tía.
Constance lo miró.
—No dije que fuera una frase brillante.
Delacroix casi sonrió.
—¿Y Héloïse?
—Que eso funcionaba hasta que uno enterraba algo que seguía vivo.
La frase dejó a Delacroix quieto.
No por su belleza.
Por su precisión accidental.
Durante años, aquella familia había utilizado el secreto como herramienta práctica. Nada desaparecía. Solo quedaba debajo.
Dinero.
Firmas.
Relaciones.
Errores.
Miedo.
Y ahora una muerte.
—¿Terminaron mal esa conversación? —preguntó.
Constance bajó la mirada.
—Sí.
—¿Cómo?
—Héloïse me dijo que el lunes ya no tendría acceso a ninguna de sus cuentas ni poderes.
—¿Usted?
—Le dije que era su derecho.
—¿Solo eso?
—No.
Delacroix esperó.
—Le dije que si retiraba todo de golpe iba a provocar exactamente la crisis que decía querer evitar.
—¿Ella había dicho querer evitarla?
—No quería que los empleados pagaran por nosotros.
Olivier levantó la vista.
Constance continuó.
—Por eso le propuse una salida gradual. Que dejara trabajar al auditor, que separáramos su patrimonio y que mientras tanto no retirara garantías esenciales.
—¿Una negociación?
—Sí.
—¿La aceptó?
—No.
—¿Por qué?
Constance respiró.
—Porque dijo que ya no confiaba en que yo utilizara tiempo para arreglar nada. Creía que utilizaba el tiempo para hacer desaparecer pruebas.
Corbin se removió.
Delacroix lo vio.
—¿Era verdad?
Constance miró hacia él.
—Había regularizado documentos.
—Eso tampoco es exactamente una respuesta.
—Había corregido situaciones después de que ocurrieran.
—¿Con documentos fechados de manera que parecieran anteriores?
Corbin intervino.
—No podemos…
Delacroix levantó una mano.
—Maître Corbin, si desea pasar otra hora explicando qué significa sustancialmente verdadero, puedo complacerlo.
El abogado guardó silencio.
Constance respondió:
—Sí. En algunos casos.
Geneviève cerró los ojos.
Delacroix asintió.
—Entonces Héloïse tenía motivos para desconfiar del tiempo que pedía.
—Sí.
—Y aun así se lo pidió.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Una semana.
—¿Por qué una semana?
—Porque podía organizar alternativas.
—¿Y si no alcanzaba?
Constance se quedó callada.
—No lo sé.
Delacroix dejó que la respuesta descansara.
Olivier miró el reloj.
Eran casi las dos menos cuarto.
La noche llevaba horas avanzando sin que nadie percibiera realmente el cansancio hasta que algún gesto lo revelaba.
Éliane se había quedado inmóvil con los ojos cerrados, aunque no dormía.
Corbin bostezó y fingió convertirlo en respiración.
Geneviève se frotó las sienes. Mariette continuaba cerca de la puerta, como si todavía esperara que cada minuto aplazado pudiera hacer desaparecer el nombre que le debía a Delacroix.
Él pensaba cobrárselo.
Pero antes necesitaba ordenar.
—Quiero quince minutos de pausa.
Gabriel lo miró.
—¿Ahora?
—Especialmente ahora.
—Estamos avanzando.
—Por eso.
Thibault levantó una ceja.
—¿Una técnica detectivesca?
—Una técnica humana. Dentro de media hora alguno confesará haber invadido Polonia solo para poder acostarse.
—Bélgica sería más manejable.
—No le dé ideas a nadie.
La risa fue débil pero real.
Delacroix se levantó.
—Quince minutos. Nadie sale de la casa. No quiero conversaciones en grupos destinadas a poner de acuerdo recuerdos.
Thibault levantó la mano.
—¿Podemos hablar del tiempo?
—Si consiguen hacerlo sin falsificarlo.
—Exigente.
—Mucho.
Delacroix miró a Mariette.
Ella comprendió.
—Después.
—Después.
Esta vez no había negociación posible.
Mariette asintió.
Gabriel empezó a recoger algunos papeles.
—Quiero guardar esto.
Delacroix señaló el balance.
—Déjelo.
—Tengo más documentación en el estudio que puede servir para la siguiente parte.
—¿Qué?
—Notas mías. Comparaciones de las declaraciones. Algunas fotografías ampliadas de la llave que encargué después de cortarme.
Delacroix levantó la mirada.
—¿Fotografías ampliadas?
—Sí.
—¿Cuándo pensaba mencionarlas?
Gabriel hizo una mueca.
—Esta noche.
—Una noche extraordinariamente larga para usted.
—Lo sé.
—Quiero verlas después de la pausa.
—De acuerdo.
Constance estaba a pocos pasos.
Delacroix no supo si había oído la conversación. Su rostro no ofrecía ninguna pista.
Gabriel añadió en voz más baja:
—También escribí todo lo que pude recordar de la vez que la llave me cortó. No solo la herida. Cómo la giré, dónde estaba guardada antes, quién pudo haber tenido acceso desde octubre.
—Eso sí me interesa.
—Está en el estudio.
—Entonces no lo mueva todo todavía. Lo veremos allí.
Gabriel asintió.
Delacroix miró hacia la puerta del estudio.
Dentro estaba también el sobre sellado con la llave original.
Por primera vez pensó que quizá había sido una mala decisión concentrar en una sola habitación el objeto y casi todo lo que Gabriel había reunido sobre él.
—El cajón sigue cerrado.
—Sí.
—¿La llave?
Gabriel mostró el pequeño llavero.
—Aquí.
Después tocó el bolsillo interior contrario.
—Y la de la puerta principal aquí.
Delacroix arqueó una ceja.
—Dos llaves en dos bolsillos.
—No pienso perder ninguna.
Desde el sofá, Thibault levantó la voz.
—Eso ya lo dijiste antes de guardar una dentro de una carpeta.
Gabriel lo miró con una fatiga homicida que por primera vez en toda la noche resultó casi saludable.
—Quince minutos —repitió Delacroix.
La reunión se deshizo lentamente.
Thibault fue hacia el comedor en busca de agua.
Olivier lo acompañó a cierta distancia. Corbin permaneció junto a la chimenea revisando su reloj.
Vauclair abrió una ventana apenas unos centímetros y recibió una corriente húmeda que hizo protestar a Geneviève.
Éliane pidió permiso para fumar en el jardín de invierno; Delacroix le dijo que sí mientras no intentara convertirlo en jardín de Francia y desaparecer.
Mariette se quedó sola junto a la puerta, todavía prisionera de su próxima confesión.
Constance fue hacia Geneviève.
Las dos hablaron muy bajo.
Delacroix no intentó escuchar.
Gabriel recogió una carpeta y caminó hacia el estudio.
Antes de entrar, se volvió hacia Delacroix.
—Quince minutos.
—Quince.
—Después le enseño todo.
—Eso empieza a convertirse en una amenaza.
Gabriel sonrió.
Fue una sonrisa agotada, pero quizá la primera completamente auténtica de la noche.
Entró en el estudio.
La puerta quedó abierta.
Delacroix se dejó caer en una butaca junto al fuego y cerró los ojos apenas unos segundos.
No para dormir.
Para eliminar las voces.
Dos millones.
Tres firmas falsas.
Dos balances.
Una empresa sostenida por garantías que no debía tener.
Una mujer que llevaba años convirtiendo consecuencias en problemas aplazados.
Y Héloïse, que había decidido que el lunes terminaba aquello.
La estructura era cada vez más clara.
Eso no significaba que el asesinato lo fuera.
Delacroix abrió los ojos.
Constance ya no estaba junto a Geneviève.
Miró alrededor.
No la vio en el salón.
Tampoco le preocupó.
Habían empezado una pausa y la casa, pese a todo, seguía teniendo suficientes habitaciones para que una persona necesitara cinco minutos lejos de las demás.
En el vestíbulo, el reloj avanzó otro minuto.
La puerta del estudio permanecía abierta.
Por ahora.