Capítulo 13 — Lo que mantenía a flote a los Mareuil #2
—¿Mejoró?
—A veces.
—¿Lo suficiente?
—No.
—Entonces la excepción se convirtió en método.
Constance no respondió.
Olivier lo hizo.
—Sí.
Delacroix miró al empresario.
—¿Y usted participó?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la alternativa podía ser la caída de la empresa.
—¿Está seguro?
—En determinados momentos, sí.
—¿O la caída de la imagen de la empresa?
Olivier frunció el ceño.
—No es tan simple.
—Nada aquí parece serlo hasta que uno encuentra la frase que todos evitan.
Olivier se levantó y caminó hacia la chimenea.
—Si hubiéramos reconocido la situación real un año antes, los bancos habrían reducido crédito.
Proveedores habrían exigido condiciones distintas.
Algunos clientes habrían dudado. Una empresa no se hunde únicamente porque falte dinero.
A veces se hunde porque suficiente gente empieza a creer que puede faltarle.
—Entonces ocultaron la debilidad para evitar que la debilidad tuviera consecuencias.
—Sí.
—Y para ocultarla necesitaban dinero.
—Sí.
—Que obtuvieron, entre otros sitios, del patrimonio de Héloïse.
—Sí.
—Sin que ella supiera cuánto.
—Sí.
Delacroix asintió.
—Un sistema admirable mientras la persona que pagaba no preguntara.
Olivier no respondió.
Constance sí.
—No era así.
Delacroix la miró.
—¿Qué parte?
—Héloïse no estaba pagando las pérdidas de todos sin recibir nada. Su patrimonio también estaba vinculado a la prosperidad de la familia.
—¿Lo sabía?
—En términos generales.
—¿Sabía que sus bienes estaban garantizando operaciones que nunca había aprobado?
Constance guardó silencio.
—Entonces sí era así.
Ella respiró lentamente.
—No empezó de esa manera.
—Eso ya lo ha dicho Thibault.
—Porque es verdad.
—No dudo que lo sea. Los sistemas peligrosos casi nunca empiezan anunciando lo que van a convertirse.
Constance lo miró con una expresión difícil.
No resentimiento.
Algo parecido a cansancio.
—Usted lo ve desde fuera.
—Esa es una de las razones por las que Gabriel me invitó.
—No. Gabriel lo invitó porque necesitaba a alguien que confirmara que todos nosotros habíamos matado a Héloïse un poco.
La frase sorprendió incluso a Gabriel.
Delacroix sostuvo la mirada de Constance.
—¿Eso cree que estoy haciendo?
—Creo que lleva horas mostrando que cada uno le falló de una manera diferente.
—Eso no significa que todos la mataran.
—No.
—Ni siquiera que todos fueran igualmente responsables de aquello que sí hicieron.
Constance bajó la mirada.
—Bien.
Delacroix observó a Gabriel.
La expresión del arquitecto demostraba que la frase de Constance había tocado algo incómodo. Quizá porque, en efecto, había reunido a todos convencido de que la suma de sus mentiras conduciría naturalmente a un asesino y estaba descubriendo que muchas solo conducían a personas imperfectas.
—Señor Brissac —continuó Delacroix—, ¿qué habría ocurrido el lunes si Héloïse hubiese entregado estos papeles a un auditor independiente?
Olivier regresó lentamente a su silla.
—Depende de lo que encontrara.
—Supongamos que encontraba todo.
—La falsificación de la garantía quedaba expuesta.
Thibault no reaccionó.
—Los movimientos desde patrimonio privado también.
Constance permaneció inmóvil.
—Las cifras presentadas a determinados bancos podían ser cuestionadas.
Corbin levantó la cabeza.
—No necesariamente de manera penal.
Olivier lo miró.
—No he dicho penal.
—Pero alguien lo pensará si lo formula así.
Delacroix intervino.
—Déjelo continuar.
Olivier respiró.
—Algunos créditos podían volverse exigibles o no renovarse. Si ocurría simultáneamente, Mareuil Frères tendría que vender activos rápidamente.
—Con pérdida.
—Sí.
—¿Podía sobrevivir?
Olivier tardó mucho.
—No como estaba.
—¿Qué significa?
—Habría que dividirla. Vender parte. Despedir gente. Quizá perder el control familiar.
Geneviève cerró los ojos.
—El nombre.
Olivier asintió.
—Probablemente.
Delacroix miró a Constance.
—Eso era lo que intentaba salvar.
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras?
Ella respondió sin pensar demasiado.
—A Thibault.
—¿De la cárcel?
Geneviève se tensó.
Constance mantuvo la mirada.
—De las consecuencias de una estupidez que cometió pensando que podría reparar.
—Las consecuencias son una parte tradicional de las estupideces.
—Lo sé.
—¿A Geneviève?
—Sí.
—¿De qué?
Constance miró hacia ella.
—De perder otra vez todo lo que creía estable.
Geneviève soltó una risa triste.
—No tenías derecho.
Constance asintió.
—Probablemente no.
—Deja de decir probablemente.
La frase salió con una dureza nueva.
Constance la miró.
Geneviève continuó:
—Llevas años haciendo eso. Decides. Después, cuando alguien te pregunta con qué derecho, respondes que quizá no lo tenías como si eso arreglara el hecho de que ya lo hiciste.
El salón quedó quieto.
Constance no se defendió.
—Sí.
La respuesta pareció decepcionar incluso a Geneviève, que quizá habría preferido una discusión.
Delacroix miró a Olivier.
—¿Y a usted qué protegía Constance?
Olivier frunció el ceño.
—No me protegía.
—¿Seguro?
—Sí.
—Si la empresa caía y se descubría que presentó balances incompletos deliberadamente, ¿qué ocurría con usted?
El hombre se quedó callado.
—Podía perder mi puesto.
—¿Solo?
—Podía haber consecuencias jurídicas.
—Entonces también estaba dentro del cubo.
Thibault murmuró:
—Al final vamos a necesitar uno más grande.
Olivier no respondió.
Delacroix tomó una hoja del expediente.
—Gabriel dijo en su carta que había encontrado el balance real. ¿De dónde salió?
Gabriel contestó.
—De papeles de Héloïse.
Olivier se volvió.
—¿Lo tenía ella?
—Una copia.
—Eso no puede ser.
—¿Por qué?
—Solo había tres.
Delacroix levantó la mirada.
—¿Quién tenía cada una?
Olivier empezó a contar.
—Yo. El archivo de dirección. Y…
Se detuvo.
—¿Y?
Olivier miró a Constance.
Ella terminó:
—Yo.
Gabriel abrió la caja de documentos y sacó una hoja doblada.
—Pues Héloïse tenía una cuarta.
Olivier se levantó.
—Déjame verla.
Gabriel no se la entregó hasta que Delacroix asintió.
Olivier la examinó.
Su expresión cambió.
—Es una copia de la mía.
—¿Cómo lo sabe?
—Hay una corrección manuscrita en esta partida. La hice yo.
Delacroix se acercó.
—Entonces alguien copió su ejemplar.
—Sí.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Quién podía acceder a él?
—Mi oficina.
—¿Constance?
—Sí.
—¿Corbin?
—Si se lo enviaba.
—¿Thibault?
Olivier soltó aire.
—En teoría.
Thibault se ofendió.
—Gracias por la fe.
—No significa que entendieras lo que estabas copiando.
—Eso resulta más familiar.
Delacroix miró a Gabriel.
—¿Dónde encontró Héloïse esa copia?
—No lo sé. Estaba dentro de sus papeles.
—¿Alguna nota?
Gabriel revisó.
—No.
Éliane habló desde el sofá.
—Quizá alguien se la dio.
Constance la miró.
—¿Tú?
—No.
—¿Entonces?
—Solo digo que podría.
Olivier seguía examinando el balance.
—Si Héloïse tenía esto, sabía más de lo que pensé.
—¿Cuánto más? —preguntó Delacroix.
—Aquí figuran compromisos que no aparecían en las cuentas familiares.
—¿Los dos millones?
—Casi todos.
Geneviève miró hacia Constance.
—Entonces cuando me dijiste que Héloïse todavía no conocía todo…
Constance mantuvo la serenidad.
—No sabía que tenía esta hoja.
—¿La noche en que murió?
—No.
—¿Está segura?
Constance levantó los ojos.
—Sí.
Delacroix observó la respuesta.
Demasiado limpia para demostrar nada.
—¿Cuándo vio por última vez ese balance antes de hoy?
Constance miró la hoja.
—Meses antes.
—¿Dónde?
—En la oficina de Olivier.
—¿Podría haber hecho una copia?
—Sí.
Olivier levantó la cabeza.
—Constance.
Ella lo miró.
—Ha preguntado si podía.
—¿La hiciste?
—No.
Delacroix intervino.
—¿Quién más podía copiarlo sin que usted lo supiera?
Olivier se quedó pensando.
—Una secretaria. Algún empleado de confianza. Corbin si recibió documentación completa.
Corbin negó.
—No recibí esa versión.
—¿Seguro?
—Sí.
Delacroix guardó el dato.
No quería abrir otra rama todavía.
—Más importante: si Héloïse tenía este documento el doce de octubre, el lunes no necesitaba descubrir que la situación era grave. Ya lo sabía.
Olivier miró hacia la silla vacía donde se había sentado durante la cena.
—Sí.
—Entonces ¿qué buscaba con el auditor?
—Prueba independiente. Alcance completo. Responsabilidades.
—Nombres.
Olivier asintió.
—Sí.
La palabra recorrió la habitación.
Delacroix comprendió entonces por qué el lunes había adquirido tanto peso para todos. No era el día en que Héloïse iba a aprender algo.
Era el día en que dejaría de permitir que la familia controlara quién podía aprenderlo.
Dentro de Les Ormes podían llamarlo error, necesidad, protección, regularización, liquidez, mala decisión. Un auditor ajeno no tenía obligación alguna de utilizar su vocabulario.
—¿Qué ocurría si Héloïse retiraba inmediatamente todos sus avales? —preguntó.
Olivier negó.
—No podía hacerlo todo en un día.
—Pero podía empezar.
—Sí.
—¿Y el anuncio bastaba para causar problemas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque algunos bancos interpretarían que la familia había perdido confianza en su propia empresa.
Delacroix miró a Constance.
—Así que no necesitaba denunciar a nadie para provocar la crisis.
—No.
—Bastaba con dejar de sostenerla.
Constance tardó.
—Sí.
Thibault levantó la cabeza.
—Eso era lo que dijo.
—¿Qué?
—Que iba a dejar de sostenernos.
Delacroix lo miró.
—Antes dijo que quizá no utilizó esas palabras.
—Ahora las recuerdo.
—Cuidado.
Thibault asintió.
—No sé si dijo sostener. Pero esa era la idea.
—Me sirve la idea si la llamamos idea.
Thibault guardó silencio.
Constance permanecía inmóvil.
Delacroix la observó.
—¿Qué habría hecho usted el lunes?
La pregunta pareció sorprenderla.
—¿Yo?
—Sí. Héloïse se reúne con el auditor. Retira sus poderes. Empieza a revisar operaciones. ¿Qué hace Constance de Mareuil?
Ella se tomó tiempo.
—Intentar contener los daños.
—¿Cómo?
—Negociar con bancos. Vender activos antes de que los precios cayeran. Separar a Thibault de cualquier función. Pedir a Olivier un plan de emergencia. Hablar con Corbin.
—Seguir arreglando.
Constance sonrió débilmente.
—Sí.
—¿Y si ya no podía?
La sonrisa desapareció.
—Entonces no podía.
—¿Aceptaría que la empresa cayera?
Una pausa.
—Si no hubiera otra alternativa.
—¿Y que Thibault respondiera penalmente?