Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 13 — Lo que mantenía a flote a los Mareuil
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Capítulo 13 — Lo que mantenía a flote a los Mareuil

Olivier Brissac llevaba casi toda la noche consiguiendo una hazaña notable: estar presente sin llegar a formar parte de ninguna escena.

Había hablado cuando las cuentas obligaban, había corregido algún detalle, había reaccionado lo suficiente para no parecer ausente y demasiado poco para convertirse en centro de atención.

Incluso su aspecto colaboraba. A los cuarenta y cuatro años tenía uno de esos rostros proporcionados que la memoria conserva peor que una extravagancia: cabello oscuro peinado hacia atrás, bigote discreto, traje excelente sin ostentación, hombros de hombre que pasaba más tiempo sentado de lo saludable.

En otra reunión podría haber sido confundido con un banquero, un abogado o el director de una compañía cuya función exacta nadie preguntaba mientras los dividendos llegaran a tiempo.

Delacroix llevaba horas observándolo evitar problemas con la misma eficacia con que, según empezaba a sospechar, había evitado que Mareuil Frères pareciera tenerlos.

Mariette regresó al salón unos minutos después de la nueva conclusión de Vauclair.

Nadie le preguntó nada.

Eso debió sorprenderla.

Entró todavía pálida, se quedó junto a la puerta como si esperara que Delacroix exigiera inmediatamente el nombre pendiente y, al comprobar que él apenas la miraba, pareció aún más incómoda.

Delacroix no había olvidado la promesa. Tampoco tenía intención de permitir que la mujer administrara indefinidamente una pieza que podía resultar decisiva.

Pero acababan de cambiar la causa provisional de una muerte.

A veces una investigación necesitaba resistir la tentación de correr hacia la persona que parecía ofrecer el siguiente golpe y, en cambio, ordenar primero el suelo sobre el que todos estaban caminando.

Delacroix miró a Olivier.

—Señor Brissac.

El hombre dejó de girar la copa entre los dedos.

—Sí.

—Creo que lleva esperando esta conversación desde que llegó.

—No especialmente.

—Entonces ha conseguido una expresión muy convincente.

Thibault sonrió desde el sofá.

Olivier no.

—¿Qué quiere saber?

—Qué mantenía a flote a Mareuil Frères.

La pregunta no pareció sorprenderlo.

Lo que hizo fue cansarlo.

Olivier apoyó la copa y se recostó.

—Eso no puede explicarse en dos frases.

—Excelente. Esta casa parece haber sido construida para conversaciones largas.

—Hay balances, créditos, activos inmovilizados, vencimientos, participaciones cruzadas…

—Y ahí acaba de empezar exactamente como esperaba.

Olivier frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Utilizando suficientes palabras para que todo parezca más complicado que quitar dinero de un sitio y ponerlo en otro.

Thibault soltó una risa.

—Bienvenido a Mareuil Frères.

Brissac lo miró.

—Tú podrías evitar comentarios.

—Podría. Pero parece que eso no es lo que hacemos esta noche.

Delacroix levantó una mano.

—Señor Brissac. Explíquelo como se lo explicaría a una persona inteligente que no tiene interés en quedar impresionada por su profesión.

Olivier sostuvo su mirada.

—La empresa no estaba quebrada.

—No he preguntado eso.

—Pero es importante.

—Entonces ya estoy preocupado.

Olivier respiró.

—Mareuil Frères poseía activos suficientes para cubrir sus obligaciones en términos globales. El problema era de liquidez.

—Dinero que existe pero no está donde hace falta cuando hace falta.

—Simplificando mucho.

—Intento sobrevivir.

Olivier ignoró la ironía.

—Había inversiones que tardarían en madurar, propiedades que no podían venderse rápidamente sin perder valor y operaciones comerciales que requerían financiación a corto plazo. Durante años funcionó. Después llegaron varias decisiones malas casi juntas.

—¿De Thibault?

Thibault levantó una mano.

—Presente.

Olivier lo miró con irritación.

—No solo tuyas.

—Pero algunas.

—Sí.

Delacroix intervino.

—¿La compañía de transporte?

—Fue una.

—¿Qué más?

Olivier dudó.

—Una ampliación de instalaciones que costó más de lo previsto. Un proveedor importante que dejó de pagar. Dos contratos cancelados. Y después la necesidad de renovar créditos justo cuando algunos bancos se volvieron menos tolerantes.

—¿Por qué?

—Porque empezaron a ver demasiado apalancamiento.

—Demasiadas deudas.

—Sí.

—¿Y ahí aparece el dinero de Héloïse?

Olivier miró a Constance.

Delacroix vio el gesto.

—No le pregunte con los ojos. Respóndame con la boca.

Olivier volvió hacia él.

—Sí.

—¿Cuánto?

Constance habló.

—Eso no ayuda.

Delacroix se volvió.

—Esta vez creo que sí.

Ella guardó silencio.

Olivier se frotó el pulgar contra el borde de la copa.

—Si sumamos garantías, transferencias temporales y fondos utilizados para cubrir vencimientos, una cantidad importante.

—Ya hemos tenido esa unidad de medida.

Geneviève levantó la cabeza.

—Quiero saberlo.

Olivier la miró.

—Geneviève…

—No vuelva a decidir por mí qué cifra puedo soportar.

La frase tenía destinatarios más amplios que él.

Constance bajó la mirada.

Olivier entendió que ya no tenía salida.

—Algo más de dos millones de francos entre exposición directa e indirecta.

El silencio posterior tuvo peso.

Geneviève se quedó mirándolo.

—¿Dos millones?

—No todo salió de cuentas de Héloïse. Una parte correspondía a garantías que podían no ejecutarse.

—¿Podían?

—Sí.

—¿Eso significa que podían ejecutarse también?

—Sí.

Geneviève cerró los ojos.

Thibault miró hacia el suelo.

Delacroix observó a Constance.

La cifra no parecía sorprenderla.

—¿Cuánto sabía Héloïse? —preguntó.

Olivier respiró.

—Al principio, muy poco.

—Al final.

—Bastante.

—¿Los dos millones?

—No sé si había calculado exactamente la exposición.

Constance habló.

—No la había calculado.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque me enseñó sus cuentas aquella tarde. Le faltaban operaciones.

—¿Cuántas?

—Varias.

—¿Importantes?

—Sí.

—¿Iba a encontrarlas el lunes?

Constance tardó.

—Probablemente.

La palabra no necesitaba dramatismo.

El lunes había aparecido durante toda la noche como una amenaza abstracta: auditor, papeles, denuncia.

Ahora empezaba a adquirir un valor numérico.

Dos millones de francos. Garantías comprometidas.

Documentos que podían no sostenerse. Un hermano que había falsificado firmas.

Una tía que había utilizado patrimonio ajeno.

Un abogado que había considerado regularizar fechas.

Un director que había decidido que ciertas cifras podían presentarse de una forma más tranquilizadora.

Delacroix miró a Olivier.

—Gabriel dijo que encontró un balance que no coincidía con el presentado a la familia.

—Sí.

—¿Por qué?

Olivier no respondió.

—¿Error?

—No.

—¿Entonces?

Olivier apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Porque había dos formas de presentar la situación.

Thibault soltó una carcajada.

—No. Por favor. Esa frase merece que alguien la enmarque.

Olivier lo ignoró.

—Una incluía obligaciones potenciales y pérdidas todavía no consolidadas. La otra reflejaba únicamente lo que jurídicamente había vencido.

—¿Cuál vio la familia?

—La segunda.

—¿Cuál describía mejor la realidad?

Olivier se quedó callado.

Delacroix esperó.

—La primera.

Geneviève soltó aire.

—Nos mentiste.

Olivier la miró.

—Intentaba evitar pánico.

—Nos mentiste.

—Sí.

La admisión llegó sin rodeos.

Quizá Brissac había comprendido que, a esas alturas de la noche, las palabras elegantes tenían una vida demasiado corta.

Delacroix continuó.

—¿Héloïse encontró el primer balance?

—Sí.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—¿Quién lo tenía?

—Mi oficina. Corbin podía haber recibido copia. Constance conocía cifras parciales.

—¿Thibault?

—No.

—Gracias —dijo Thibault—. Es agradable descubrir un delito familiar en el que fui demasiado incompetente para participar.

Geneviève lo miró.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en una broma para no escuchar.

La frase lo silenció.

Delacroix regresó a Olivier.

—¿Qué hizo Héloïse cuando vio ambos balances?

—Vino a verme.

—¿Cuándo?

—El miércoles anterior a su muerte.

—¿A solas?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Olivier se pasó una mano por el rostro.

—Puso las dos hojas sobre mi escritorio y preguntó cuál de las dos era mentira.

—Una buena manera de ahorrar tiempo.

—Le expliqué la diferencia contable.

—¿La creyó?

—La entendió.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Qué hizo después?

—Preguntó por cada partida.

—¿Respondió?

—A algunas.

—¿Y a las demás?

—Le dije que necesitaba revisar documentación.

—¿Era verdad?

—En parte.

—La verdad empieza a tener una salud delicada en Les Ormes.

Olivier aceptó el golpe.

—Había movimientos que yo no quería explicarle sin hablar antes con Constance.

—¿Por qué con ella?

—Porque los había autorizado.

Delacroix miró a Constance.

—¿Todos?

—No.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

—¿Por qué una mujer sin cargo formal en Mareuil Frères podía autorizar movimientos de esa magnitud?

Constance se mantuvo serena.

—Porque tenía poderes sobre determinados activos y porque los bancos me conocían desde hacía años.

—¿Y porque cuando había un problema todos acudían a usted?

—También.

Thibault apoyó la cabeza en el respaldo.

—El cubo.

Delacroix lo miró.

—¿Qué?

—Antes dijimos que cuando algo ardía tía Constance llegaba con un cubo.

Constance habló.

—Empiezo a arrepentirme de haber permitido esa metáfora.

—Un poco tarde.

Delacroix observó a Olivier.

—¿Ella mantenía a flote la empresa?

El hombre dudó.

—En parte.

—Otra vez.

—Sí.

La palabra cambió algo.

Geneviève miró a Constance.

No con sorpresa.

Con una comprensión tardía.

—¿Desde cuándo?

Olivier respondió.

—Años.

—¿Antes de lo de Thibault?

—Sí.

Constance cerró los ojos un instante.

Delacroix se inclinó.

—Eso es nuevo.

—No tanto —dijo ella.

—Para mí sí.

—Mi cuñado era brillante en algunas cosas y desastroso en otras. Después de su muerte quedaron compromisos, propiedades mal financiadas, préstamos personales mezclados con asuntos de la empresa. Yo ayudé a ordenarlo.

—¿Utilizando su propio dinero?

—A veces.

—¿El de Geneviève?

—Con autorización.

—¿El de Héloïse?

Constance se quedó callada.

—Al principio, con autorización.

—¿Y después?

—Ya lo hemos hablado.

—Quiero el orden.

Ella sostuvo su mirada.

—Después empecé a tomar decisiones pensando que podría regularizarlas cuando la situación mejorara.