Capítulo 12 — La herida #4
Delacroix aceptó la precisión.
Gabriel guardó la llave del cajón en un pequeño llavero diferente del de la puerta principal.
—¿Dónde lo llevará?
—Conmigo.
Delacroix observó ambos llaveros.
—No los confunda.
—No soy tan incompetente.
Thibault gritó desde el salón:
—Esta tarde perdiste una llave dentro de una carpeta.
Gabriel cerró los ojos.
Delacroix sonrió.
—La casa tiene buen oído.
Regresaron.
Mariette seguía en el mismo lugar.
Delacroix la miró.
Ella comprendió inmediatamente.
La promesa.
Después de la conversación con el doctor.
La mujer bajó la vista.
—Todavía no.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué?
Delacroix no respondió.
Mariette lo miró.
—Necesito saber una cosa más.
—Está empezando a negociar demasiado.
—Lo sé.
—Hable.
Mariette miró a Vauclair.
—Si alguien hubiera puesto algo en esa llave antes de la cena… ¿cuánto tendría que saber?
La pregunta fue tan directa que todos se quedaron quietos.
Vauclair frunció el ceño.
—Depende de qué.
—¿Tendría que ser médico?
Constance levantó la mirada.
Delacroix vio el movimiento.
Vauclair pensó.
—No necesariamente.
—¿Farmacéutico?
—Tampoco necesariamente.
—¿Alguien que hubiera trabajado con medicamentos?
—Eso podría ayudar, pero estamos especulando.
Gabriel miró a Mariette.
—¿Por qué preguntas eso?
La mujer palideció.
Delacroix intervino.
—Gabriel.
—No. Ella vio a alguien.
Mariette se tensó.
—No he dicho…
—Lo sé.
Gabriel dio un paso.
—¿Quién?
Delacroix se interpuso sin necesidad de tocarlo.
—No.
Gabriel lo miró con rabia.
—¿Cuánto más piensa permitir que todos administren la verdad a su conveniencia?
La pregunta era justa.
Delacroix no fingió que no.
—Muy poco.
Miró a Mariette.
—Se lo dije. Esta conversación terminaba el plazo.
Ella respiró.
Todas las miradas de la habitación fueron hacia ella.
Mariette las sintió.
La mujer que horas antes había llegado con una pequeña maleta y había conseguido hacerse más pequeña que casi cualquier mueble de Les Ormes estaba ahora en el centro absoluto del salón.
Abrió la boca.
Miró a Constance.
Constance sostuvo su mirada.
Y Mariette no dijo el nombre.
En lugar de eso, palideció de una forma extraña y se llevó una mano al pecho.
—Necesito aire.
Delacroix frunció el ceño.
—Mariette.
—No puedo aquí.
—Prometió…
—Lo sé.
Dio un paso hacia el corredor.
Gabriel fue a detenerla.
Delacroix levantó una mano.
—Déjela.
—¡Armand!
—No va a salir de la casa.
Mariette salió del salón y caminó hacia el vestíbulo.
Delacroix la siguió con la mirada.
No estaba huyendo.
Estaba respirando como alguien que acababa de descubrir que pronunciar un nombre delante de quien lo llevaba era una tarea distinta a confesar un robo en una cocina.
Constance habló.
—No la presione.
Delacroix se volvió.
—¿Por qué?
La mujer sostuvo su mirada.
—Porque lleva toda la noche aterrada.
—No de usted, según me dijo.
Aquello produjo un silencio mínimo.
Constance no reaccionó.
—Entonces de otra cosa.
Delacroix no respondió.
Mariette había dicho que no temía a la persona que vio.
La protegía porque había sido la única que alguna vez la trató como si no fuera invisible.
Y ahora Constance pedía que no la presionaran.
Delacroix sintió que la línea entre ambas mujeres se volvía demasiado visible.
Pero todavía no era prueba.
No era ni siquiera una acusación.
Era una relación.
Y las relaciones, igual que las heridas, solo servían cuando uno sabía exactamente qué las había causado.
El reloj marcaba casi la una.
Delacroix miró las notas médicas sobre la mesa, la fotografía del cadáver, la escalera que conducía a la habitación y la puerta del estudio tras la cual acababan de guardar la llave original.
Por primera vez, podía describir la muerte de Héloïse de una manera que no empezaba con «cayó» y terminaba con «nadie pudo entrar».
Había sentido algo extraño en la mano.
Después náuseas.
Después debilidad.
Había muerto sin señales de lucha.
Tenía una lesión pequeña que nadie podía ya atribuir con seguridad al cristal.
Y existía una llave alterada capaz de herir precisamente allí.
No demostraba asesinato.
Pero la muerte natural había dejado de ser la explicación que necesitaba ser derribada.
Ahora era solo una posibilidad más.
Delacroix cerró el informe de Vauclair.
—Doctor.
El médico levantó la mirada.
—¿Sí?
—Si mañana tuviera que firmar otra vez este informe con lo que sabe ahora, ¿escribiría «colapso cardíaco natural»?
Vauclair tardó.
No demasiado.
—No.
Gabriel cerró los ojos.
Geneviève bajó la cabeza.
Thibault dejó la copa sobre la mesa.
Constance permaneció quieta.
Delacroix asintió.
—¿Qué escribiría?
Vauclair miró hacia la escalera.
Después hacia la puerta cerrada del estudio.
—Causa indeterminada. Sospecha de intoxicación hasta descartar.
Nadie habló.
La frase no acusaba a nadie.
No explicaba una habitación cerrada.
No revelaba cómo una llave podía matar ni quién había tocado aquella llave antes de que Héloïse la girara.
Pero después de cinco meses consiguió algo que Gabriel Fontenay no había logrado con cartas, amenazas ni una casa cerrada.
La muerte de Héloïse de Mareuil acababa de volver a estar abierta.