Capítulo 12 — La herida #3
Delacroix no.
No quería permitir que una palabra médica convirtiera una posibilidad en culpabilidad por asociación.
—¿Puede identificar una sustancia concreta con lo que tenemos?
—No.
—¿Puede afirmar que fue intoxicación?
—No.
—¿Puede afirmar que no lo fue?
Vauclair miró el cuaderno.
Después el informe.
Después la llave.
—No.
Delacroix asintió.
Eso bastaba.
Por ahora.
—Entonces tenemos una causa de muerte abierta.
Gabriel se volvió.
—No natural.
—Abierta.
—Armand…
—Abierta. Si necesita escuchar otra cosa, contrate a alguien más.
Gabriel se quedó callado.
Fue Constance quien rompió el silencio.
—Eso cambia mucho.
Delacroix la miró.
—Sí.
—Porque si la herida pudo producirse con la llave antes de la cena, la muerte empezó antes de que Héloïse subiera por última vez.
Nadie habló.
La frase era sencilla.
Demasiado.
Delacroix sintió una incomodidad inmediata, no porque fuera falsa, sino porque estaba demasiado cerca de la pregunta que él mismo todavía se negaba a formular del todo.
—No necesariamente empezó —corrigió—. Pudo empezar.
Constance asintió.
—Pudo.
Thibault la miró.
—¿Y eso significa que quien estuviera con ella cuando murió ya no importa?
—Claro que importa —dijo Delacroix—. Pero quizá no de la manera en que todos hemos supuesto.
Gabriel se quedó quieto.
—Entonces la hora de la muerte…
—Puede no ser la hora del ataque.
Aquella fue la primera vez que Delacroix pronunció una idea semejante en voz alta.
La habitación la recibió con silencio.
Corbin levantó lentamente la cabeza.
Olivier Brissac dejó la copa.
Éliane abrió los ojos.
Mariette miró hacia el suelo.
Constance no cambió de expresión.
Delacroix continuó con cuidado.
—No estoy diciendo que eso ocurriera. Digo que si existió una exposición anterior capaz de producir efectos más tarde, la pregunta «¿quién estaba cerca de Héloïse cuando murió?» pierde parte de su valor.
Gabriel miró hacia la escalera.
—Y la puerta cerrada también.
Delacroix se volvió hacia él.
—No.
—Pero…
—La puerta sigue siendo central.
—¿Por qué, si ya estaba envenenada?
Delacroix observó la llave sobre la mesa.
—Porque todavía no sabemos qué papel desempeñó.
No quiso decir más.
Todavía.
Vauclair se sentó.
Parecía haber envejecido.
—Debí pedir una autopsia completa.
Gabriel lo miró.
Esta vez no había furia.
—Sí.
La sencillez hizo más daño que un reproche.
Vauclair bajó la cabeza.
—Yo también pensé que algo no encajaba.
Todos lo miraron.
Delacroix frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Después.
—¿Cuánto después?
—Al día siguiente.
—¿Qué?
Vauclair tomó el cuaderno.
—La lesión.
—¿Por qué?
—Porque al pasar las notas al informe me llamó la atención que hubiera tan poco sangrado.
Delacroix se inclinó.
—¿Tan poco para qué?
—Para una herida hecha con vidrio si se había producido durante una caída brusca. No era imposible. Solo… poco.
—¿Qué hizo?
Vauclair apretó el cuaderno.
—Nada.
Gabriel se quedó mirándolo.
—Nada.
—No tenía suficiente.
—No preguntaste.
—No.
—No volviste a verla.
—El cuerpo ya había sido preparado.
—No pediste…
—No.
Gabriel apartó la mirada.
Vauclair continuó, quizá porque una vez abierta la confesión resultaba imposible cerrarla con dignidad.
—Me dije que estaba buscando problemas porque la edad me incomodaba. Veintiocho años. Sí, Gabriel. También me incomodaba. Pensé en una alteración cardíaca rara, en algo congénito que nunca hubiéramos detectado. Pensé que debería haber insistido. Después hablé con la familia.
Geneviève levantó la mirada.
—¿Con quién?
Vauclair dudó.
—Con usted.
Ella frunció el ceño.
—No lo recuerdo.
—La mañana siguiente.
Geneviève se quedó pensando.
—Me preguntó si Héloïse había tenido desmayos de niña.
—Sí.
—Yo dije que no.
—Sí.
—¿Y?
Vauclair miró hacia Constance.
—También hablé con Constance.
El salón se quedó quieto.
Constance no se movió.
—Me preguntaste por el corazón de su padre —dijo.
Vauclair asintió.
—Sí.
—Y te dije que había muerto de una infección pulmonar.
—Sí.
—¿Qué tiene eso de extraño?
—Nada. Solo estaba buscando antecedentes.
Delacroix miró al médico.
—¿Le dijo a Constance que dudaba de la causa?
—No en esos términos.
—¿Qué dijo?
Vauclair pensó.
—Que me sorprendía una muerte tan repentina y que quizá habría sido prudente hacer más pruebas.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Y qué respondió ella?
Constance habló antes que Vauclair.
—Que si él creía necesarias más pruebas debía pedirlas.
Todos la miraron.
Vauclair asintió.
—Eso dijo.
Gabriel pareció desconcertado.
Delacroix también lo registró.
Era otra conducta que no encajaba cómodamente con la imagen de una mujer que intentaba impedir una investigación médica.
Constance añadió:
—No quería que Héloïse fuera enterrada con dudas si existía una duda real.
Geneviève la miró.
—No me dijiste que Nicolas había preguntado.
—Porque finalmente dijo que no había suficiente para insistir.
Vauclair cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix miró a Geneviève.
—¿Quién se opuso a una autopsia más amplia?
Ella se tensó.
—No fue exactamente así.
—Empiezo a apreciar mucho esa expresión.
—La policía no la consideró necesaria.
—¿Y la familia?
Geneviève bajó la mirada.
—Yo no la quería.
Gabriel giró hacia ella.
—Lo sé.
La voz era dura.
Ella lo miró.
—No quería que la abrieran.
—Querías enterrarla.
—Era mi hija.
—También era la mujer con la que iba a casarme.
—¡Precisamente!
La palabra salió más fuerte de lo que Geneviève había hablado en toda la noche.
—Tú querías convertir su cuerpo en una investigación porque no podías aceptar que hubiera muerto. Yo quería enterrarla porque ya estaba muerta.
Gabriel se quedó callado.
Geneviève respiró con dificultad.
—No sabía que había alguien que pudiera haberle hecho esto. No sabía lo de las firmas. No sabía lo que ahora sabemos. Solo veía a mi hija muerta y a ti diciendo que no podía ser verdad.
La furia de Gabriel se desinfló.
No desapareció.
Se volvió tristeza.
Delacroix intervino.
—Y ahí está otra razón por la que la versión natural resultó tan cómoda para demasiadas personas por motivos completamente diferentes.
Nadie discutió.
—Doctor, ¿la ausencia de una autopsia completa nos impide demostrar ahora una intoxicación?
Vauclair lo miró.
—Podría complicarlo mucho.
—¿Imposible?
—Depende. Algunos tóxicos dejan rastros en tejidos durante tiempo. Otros no. Pero no voy a prometer nada sin saber qué buscar y sin acceso a muestras adecuadas.
—¿Se conservaron muestras?
—Muy pocas.
—¿Dónde?
—El laboratorio asociado a la prefectura pudo conservar alguna preparación. Tendría que averiguarlo.
—Mañana.
Gabriel lo miró.
La palabra mañana sonó extraña después de tantas horas organizadas como si la noche fuese el universo completo.
Vauclair asintió.
—Sí.
Delacroix miró otra vez la llave.
—Mientras tanto, esta pieza no se toca.
Gabriel se acercó.
—La guardará usted.
Delacroix pensó.
Había llevado la llave encima durante horas, y aquello empezaba a parecerle menos prudente cuanto más probable se volvía su importancia.
No quería que pasara de bolsillo en bolsillo ni que alguien pudiera afirmar más tarde que la había alterado mientras él dormía, caminaba o discutía.
Necesitaba un lugar conocido, cerrado y cuya apertura pudiera controlarse.
—No.
Gabriel frunció el ceño.
—¿No?
—Vamos a sellarla.
—¿Cómo?
Delacroix pidió papel, cera y un sobre mayor.
Gabriel trajo todo del estudio. Delacroix colocó la llave dentro del sobre pequeño, después dentro del grande, dobló la solapa y pidió a Corbin que firmara atravesando el cierre.
El abogado lo hizo. Vauclair añadió su firma. Delacroix marcó también la suya.
Thibault observaba el procedimiento.
—Esto empieza a parecer serio.
Delacroix lo miró.
—Llevamos horas hablando de una mujer muerta. Me alegra que se haya puesto al día.
Gabriel acercó una vela. Sellaron el sobre.
—¿Dónde? —preguntó.
—En su estudio.
Constance levantó apenas la mirada.
—¿Por qué allí?
Delacroix se volvió hacia ella.
—Porque el cajón cierra, Gabriel conserva la llave y todos sabremos dónde está.
Thibault señaló el bolsillo de Gabriel.
—¿No estamos poniendo demasiada confianza en un hombre cuya principal contribución a la noche ha sido cerrar cosas?
Gabriel lo miró.
—Puedo dejar la llave del cajón a Delacroix.
—No —dijo Delacroix—. Una persona controla el cajón. Yo controlo el estado del sello. Si mañana aparece abierto, tendremos dos problemas claros en vez de diez hipótesis.
Corbin asintió.
—Tiene sentido.
Gabriel tomó el sobre.
Por primera vez aquella noche, Delacroix vio que Constance seguía el objeto con la mirada hasta que desapareció entre los dedos del arquitecto.
No mucho.
Lo suficiente para registrarlo.
—Vamos juntos —dijo Delacroix.
Entraron al estudio Gabriel, Delacroix, Vauclair y Corbin. Los demás permanecieron en el salón. Gabriel abrió el cajón interior del escritorio, depositó el sobre dentro y lo cerró.
Después hizo girar la pequeña llave.
—¿Quién tiene copia? —preguntó Delacroix.
—Nadie.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿El fabricante?
Gabriel casi sonrió.
—La cerradura es antigua.
—Las antigüedades son solo cosas cuyos duplicados han tenido más tiempo para perderse.
—No conozco ninguna copia.