Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 12 — La herida #2
45%

Capítulo 12 — La herida #2

No había ninguna razón para que aportara ese dato si intentaba minimizar la posibilidad de envenenamiento.

O, si era culpable, podía estar haciendo exactamente lo contrario para parecer colaborativa.

La dificultad de investigar personas inteligentes era que cualquier conducta admitía demasiadas lecturas.

Vauclair se sentó lentamente.

—¿Tuvo náuseas?

Mariette, todavía junto a la ventana, respondió.

—Se tocó el estómago.

—Eso dijo antes.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Más tarde.

—¿Después del hormigueo?

—Creo que sí.

—¿Bebió agua?

—Sí.

—¿Más de lo normal?

—Pidió otra jarra.

Vauclair miró hacia Delacroix.

—¿Qué piensa? —preguntó Gabriel.

El médico no respondió.

—Nicolas.

—Estoy pensando.

—¿En veneno?

Vauclair levantó la mirada.

—En muchas cosas.

—¿Puede un veneno producir hormigueo y náuseas?

—Muchos.

—¿Y matar después de una o dos horas?

—También muchos.

—¿Entonces?

Vauclair perdió la paciencia.

—Entonces nada, Gabriel. «Veneno» no es una sustancia.

Es una categoría enorme. Hay intoxicaciones que producen vómitos violentos, otras convulsiones, otras parálisis, alteraciones cardíacas, confusión, dolor.

Algunas actúan en minutos. Otras tardan horas.

Algunas dejan señales claras y otras no.

Que pueda imaginar una sustancia compatible no significa que pueda escogerla como quien elige un vino.

Thibault miró su copa vacía.

—Una comparación desafortunada.

—Cállate.

—Eso sí ha sonado médico.

Delacroix dejó que la pequeña interrupción respirara.

Después preguntó:

—¿Las observaciones de aquella noche encajan con algún tipo de intoxicación mejor que con un colapso cardíaco?

Vauclair se quedó pensando.

Esta vez nadie lo apuró.

—Podrían.

Gabriel se inclinó.

—¿Mejor?

—No sé.

—Nicolas.

—¡No sé!

El médico se puso de pie.

—Eso es precisamente lo que intento explicar.

Yo vi el final. No vi a Héloïse durante las horas anteriores.

Si ahora me dicen que había sentido parestesias, náuseas y quizá debilidad progresiva, tengo que considerar una intoxicación.

Sí. Pero esos síntomas tampoco son exclusivos.

Ansiedad, un episodio neurológico, determinadas alteraciones metabólicas… Hay posibilidades.

—¿A los veintiocho años? —preguntó Gabriel.

Vauclair lo miró con furia.

—Si vuelves a decirme la edad como si el cuerpo humano firmara contratos, voy a perder la paciencia.

Delacroix levantó una mano.

—Doctor. ¿La muerte cardíaca que propuso podía producir esos síntomas?

Vauclair respiró.

—Algunas alteraciones del ritmo pueden causar debilidad, parestesias por hiperventilación secundaria, malestar. Sí.

—¿Pero?

—Pero ahora hay suficientes elementos para que no la diera por sentada.

Gabriel se quedó quieto.

Aquello era lo más cerca que Vauclair había estado de admitirlo.

—¿Habría pedido autopsia completa? —preguntó Delacroix.

El médico cerró los ojos.

—Sí.

Gabriel apartó la mirada.

Geneviève se llevó los dedos a los labios.

Constance permaneció inmóvil.

Thibault fue quien habló.

—¿Y si la hubieras pedido entonces?

Vauclair lo miró.

—No lo sé.

—¿Habríais encontrado algo?

—No necesariamente.

—Pero podríais.

—Sí.

Thibault bajó la cabeza.

—Perfecto.

—No lo es.

—No, doctor. No lo es.

Vauclair recibió el golpe sin defenderse.

Delacroix intervino.

—La decisión no fue solo suya.

Gabriel levantó la mirada.

—Pero su informe…

—Ayudó. Ya lo sabemos. También ayudó una habitación cerrada desde dentro, una ausencia aparente de violencia y una familia que tenía razones muy variadas para aceptar una explicación que no obligara a nadie a mirar demasiado.

Geneviève cerró los ojos.

Corbin bajó la cabeza.

Delacroix continuó:

—No vamos a fabricar un culpable por negligencia para compensar que todavía no tenemos uno por homicidio.

Vauclair lo miró con una gratitud incómoda.

—Gracias.

—No le he absuelto de nada.

La gratitud desapareció.

—Naturalmente.

Delacroix tomó las notas originales y el informe final. Los colocó juntos sobre la mesa.

—Léame la descripción definitiva de la lesión.

Vauclair lo hizo.

—«Abrasiones superficiales en mano derecha, compatibles con contacto con cristales derivados de rotura accidental de jarra».

—Plural.

—Sí.

—En sus notas separa una lesión en la base del pulgar de otra en el índice.

—Sí.

—¿Por qué las reunió?

Vauclair respiró.

—Porque me pareció que tenían el mismo origen.

—¿Había algo que demostrara que lo tenían?

—No.

—Entonces al escribir el informe convirtió dos observaciones en una explicación.

El médico lo miró.

—Sí.

Delacroix asintió.

—Eso es importante.

Gabriel se inclinó.

—¿Por qué?

—Porque una vez agrupadas, desaparecía la pregunta de por qué existía una lesión exactamente donde una llave dañada presiona contra el pulgar.

Vauclair miró la pieza sobre el papel blanco.

—Sí.

—Y el vidrio ofrecía una respuesta inmediata.

—Sí.

—Una respuesta suficientemente buena para dejar de preguntar.

El médico guardó silencio.

Constance dijo:

—También sigue siendo posible.

Delacroix la miró.

—Sí.

Gabriel hizo un gesto exasperado.

—¿Todavía?

—Claro.

—La llave tiene una rebaba, cortó a Héloïse, me cortó a mí…

—No sabemos con certeza que cortara a Héloïse.

—Armand.

—Gabriel, si quiere una persona que le diga únicamente las cosas que encajan con lo que ya cree, no necesitaba invitarme. Un espejo habría resultado más barato.

Thibault murmuró:

—Aunque menos entretenido.

Gabriel lo ignoró.

Delacroix volvió hacia Vauclair.

—¿La localización de la herida sería natural si alguien cayera sobre fragmentos?

El médico pidió la fotografía.

La estudió.

—No especialmente.

La frase produjo un silencio nuevo.

—Explíquelo.

—Si cae con la mano abierta sobre cristales, esperaría lesiones en la palma, los dedos, quizá el talón de la mano. Puede lesionarse la base del pulgar, claro. Pero…

—Pero.

Vauclair señaló la imagen.

—La mano no estaba apoyada de lleno sobre la zona donde había más fragmentos.

—¿Y eso lo vio aquella noche?

—Sí.

—¿Por qué no le preocupó?

El médico soltó aire.

—Porque una persona puede romper una jarra, cortarse durante la caída y terminar con la mano en otra posición. No reconstruí el movimiento.

—¿La sangre coincidía con los fragmentos?

—No puedo decirlo.

—¿Había suficiente para saber dónde se produjo la herida?

—No.

—Entonces la asociación con el vidrio era todavía más débil de lo que parecía.

Vauclair se quedó callado.

—Sí.

Gabriel se levantó y caminó hasta la chimenea.

Esta vez no dijo nada.

Delacroix lo observó.

La confirmación no estaba produciendo satisfacción. Estaba produciendo algo peor: la lenta certeza de que llevaba cinco meses persiguiendo una sospecha que quizá merecía haber sido escuchada desde el principio.

—¿Héloïse tenía alguna lesión en los labios o la boca? —preguntó Delacroix.

Vauclair frunció el ceño.

—No recuerdo ninguna.

—¿Irritación?

—No.

—¿Olor extraño?

—No.

—¿Vómito?

—No.

—¿Convulsiones?

—No conocidas.

—¿Salivación excesiva?

—No.

—¿Pupilas?

—No había nada extraordinario que anotara.

—¿Entonces una intoxicación administrada en comida o bebida debería haber dejado más signos?

Vauclair negó.

—Depende de la sustancia.

—Pero la jarra sigue sin demostrar nada.

—Exacto.

Mariette se removió.

Delacroix la miró.

La mujer estaba pensando en algo.

—Señora Besson.

Ella levantó los ojos.

—¿Qué?

—La jarra que desapareció de la cocina antes de aparecer arriba. ¿Estaba llena cuando la vio por última vez?

—Sí.

—¿Tapada?

—No.

—¿Había vasos con ella?

—Uno.

—¿Quién pudo acceder?

Mariette soltó una respiración.

—Toda la casa, prácticamente. Estaba sobre la mesa de servicio.

—¿Alguna razón para pensar que alguien la manipuló?

—No.

Delacroix asintió.

—Entonces no vamos a convertirla en un recipiente de veneno por conveniencia narrativa.

Thibault lo miró.

—¿Conveniencia narrativa?

—El misterio ya tiene una llave. No quiero que también empiece a coleccionar jarras.

La risa fue pequeña y cansada, pero recorrió parte del salón. Incluso Vauclair sonrió.

Gabriel no.

—¿Qué ocurre si la sustancia no estaba en la jarra?

Delacroix lo miró.

—Entonces tendremos que descubrir dónde estaba.

El arquitecto señaló la llave.

—Ahí.

Delacroix no contestó.

Gabriel se acercó.

—¿Qué otra cosa necesita para considerarlo?

—Ya lo considero.

—No parece.

—Porque considerar no significa enamorarse de una teoría.

Gabriel respiró con frustración.

—La herida coincide.

—Sí.

—Los síntomas empiezan después de utilizarla.

—Posiblemente.

—La llave fue manipulada.

—Parece haber sido alterada.

—¿Qué falta?

Delacroix miró el metal.

—Una forma de explicar por qué un rasguño pequeño habría matado a una mujer horas más tarde y a usted no le hizo absolutamente nada en enero.

El silencio volvió.

Gabriel se quedó inmóvil.

Eso era el problema.

Uno de ellos.

Si la llave era el arma, su capacidad para herir no bastaba. Tenía que existir algo más el doce de octubre que ya no existiera en enero.

Vauclair comprendió.

—Una sustancia sobre el metal.

Gabriel se volvió.

Delacroix no dijo nada.

El médico se acercó otra vez a la mesa.

—Si hubiera habido una preparación tóxica aplicada sobre la rebaba…

Constance habló.

—Cinco meses después ya no necesariamente seguiría allí.

Vauclair la miró.

—No.

—¿Y podría haber desaparecido mucho antes?

—Sí.

—Entonces no puede comprobarse.

—Probablemente no.

Gabriel miró a Constance.

—Sabes bastante sobre eso.

La mujer sostuvo su mirada.

—Sé que las cosas se limpian, Gabriel.

—No he dicho…

—Lo has pensado.

Delacroix intervino.

—Y pensarlo no ayuda.

Gabriel apretó la mandíbula.

Vauclair seguía mirando la llave.

—Hay sustancias que pueden absorberse a través de una lesión mínima.

—¿Cuáles? —preguntó Gabriel.

Delacroix lo detuvo.

—No necesitamos una lista.

Vauclair asintió.

—No. Y sería irresponsable elegir una sin más datos.

—¿Pero médicamente posible?

—Sí.

—¿Una dosis pequeña?

—Dependiendo de la sustancia y concentración, sí.

—¿Con retraso entre exposición y síntomas?

—Sí.

—¿Hormigueo, náuseas, debilidad y una alteración cardíaca final?

Vauclair se quedó pensando.

Mucho.

—Es compatible con ciertas intoxicaciones.

Gabriel cerró los ojos.

Geneviève palideció.

Thibault miró hacia Constance.