Capítulo 12 — La herida
Vauclair no parecía un hombre que temiera haber cometido un error.
Parecía algo bastante más incómodo: un hombre que empezaba a sospechar que podía haber cometido uno.
Delacroix distinguía bien la diferencia.
El miedo al error llevaba a la gente a justificarse antes de ser acusada, a elevar la voz, a cubrir cada respuesta con antecedentes y circunstancias atenuantes.
La sospecha del error, en cambio, producía una clase particular de concentración.
El doctor Nicolas Vauclair había dejado de mirar a Gabriel, a Constance o incluso a Delacroix.
Miraba su propio cuaderno abierto sobre las rodillas, como si la caligrafía que había trazado cinco meses atrás perteneciera a un colega al que no terminaba de respetar pero tampoco estaba dispuesto a condenar sin pruebas.
La chimenea seguía encendida. El fuego había bajado y nadie se había ocupado de añadir leña.
Afuera llovía con menos fuerza que una hora antes, aunque el agua continuaba golpeando irregularmente contra los cristales.
El reloj del vestíbulo había pasado de la medianoche y, sin embargo, el cansancio empezaba a producir el efecto contrario al esperable.
Las formas sociales se estaban gastando.
Geneviève ya no parecía preocupada por sentarse correctamente.
Thibault se había quitado la chaqueta. Éliane tenía los zapatos algo apartados bajo el sofá.
Corbin había abandonado incluso la pretensión de consultar papeles y permanecía hundido en una butaca con el rostro apoyado sobre una mano.
La noche había comenzado con personas que habían venido vestidas para una cena y estaba convirtiéndolas lentamente en testigos.
Delacroix señaló el cuaderno.
—Quiero que vuelva a leerme lo que anotó cuando examinó a Héloïse. Todo lo relacionado con la mano.
Vauclair levantó la vista.
—Ya se lo he leído.
—Me leyó una línea.
—No hay mucho más.
—Entonces nos llevará poco tiempo.
El médico suspiró, pero no protestó. Buscó la fecha, acercó el cuaderno a la lámpara y pasó el dedo por su propia escritura.
—«Pequeña solución de continuidad, base pulgar derecho, sangrado mínimo». Después anoté una abrasión menor en el índice y un pequeño enrojecimiento en la palma.
Delacroix frunció el ceño.
—Eso último no lo había mencionado.
—Porque es todavía menos específico.
—Doctor, esta noche estamos haciendo un esfuerzo extraordinario por dejar de decidir qué cosas son específicas antes de entenderlas.
Vauclair aceptó el reproche con una inclinación casi imperceptible.
—Había un ligero enrojecimiento. Nada más.
—¿Forma?
—Difusa.
—¿Hinchazón?
—No significativa.
—¿Temperatura distinta?
—No podía establecerla con fiabilidad. Cuando llegué llevaba un tiempo muerta.
Gabriel se inclinó hacia delante.
—¿Cuánto?
Vauclair lo miró.
—Ya lo hemos hablado.
—Quiero oírlo otra vez.
—Entre cuarenta y cinco minutos y hora y media, quizá más. La estimación que di después fue muerte entre las once y medianoche.
—¿Y sigue creyéndola correcta?
Vauclair se quedó pensando.
—Sigue siendo compatible con lo que observé. Eso no significa que pueda decirle que murió a las once y veintitrés.
Thibault murmuró:
—Una decepción para Gabriel. Le habría hecho construir un reloj conmemorativo.
Gabriel lo miró.
—No ahora.
—Precisamente ahora empiezo a necesitarlo.
Delacroix levantó una mano.
—Doctor. La lesión de la base del pulgar. ¿Incisa, punzante, abrasiva?
Vauclair se concentró.
—No era una incisión limpia de cuchillo. Tampoco una punción circular como la de una aguja. Era pequeña, lineal, superficial en apariencia. Podía corresponder al borde de un fragmento de vidrio.
—Podía.
—Sí.
—¿Correspondía?
El médico se quedó callado.
—No puedo afirmarlo.
Gabriel soltó una respiración.
Delacroix no apartó los ojos de Vauclair.
—¿Por qué escribió después que probablemente había sido causada por el cristal?
—Porque había cristales junto a la mano.
—Ya lo sé.
—Y porque no había ninguna razón aparente para buscar otro origen.
—Eso también.
Vauclair cerró el cuaderno.
—¿Quiere que le diga que me equivoqué?
—Quiero que me diga exactamente dónde termina lo que observó y dónde empieza lo que dedujo.
La pregunta cambió la expresión del médico. No porque fuera difícil, sino porque estaba formulada en un idioma que reconocía.
Volvió a abrir el cuaderno.
—Observé una lesión pequeña en la base del pulgar derecho.
Observé cristales cerca de esa mano. Observé otra abrasión menor en el índice.
No encontré lesiones defensivas, hematomas compatibles con lucha ni señales de que alguien la hubiera sujetado.
La conclusión de que las lesiones procedían de los cristales fue una inferencia.
—¿Una buena inferencia?
Vauclair pensó.
—En ese momento, sí.
—¿Ahora?
El médico miró hacia el bolsillo de la chaqueta de Delacroix.
La llave.
—Ahora no la haría tan rápido.
Gabriel se removió.
—Eso es lo que llevo cinco meses diciendo.
Vauclair se volvió hacia él.
—No. Tú llevas cinco meses diciendo que la asesinaron. No es lo mismo. Que una herida pudiera tener un origen diferente no demuestra homicidio.
—Pero…
—Gabriel.
Delacroix no elevó la voz.
El arquitecto se calló.
Vauclair prosiguió.
—Si me hubieran presentado aquella noche la llave con una irregularidad capaz de producir una herida en ese punto, habría considerado ambas posibilidades.
—¿Y la habría examinado?
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
—Porque la llave tenía una función evidente en la escena.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Demostrar que la puerta estaba cerrada.
—Exactamente.
La frase volvió a instalarse entre ellos.
Delacroix había pensado en ella desde que Vauclair la pronunciara en la Chambre des Tilleuls.
Los objetos adquirían papeles muy pronto en una investigación.
Un vaso era algo de lo que se bebía. Una cuerda servía para sujetar.
Una llave demostraba una cerradura. Una vez que la mente les asignaba una función, resultaba sorprendentemente difícil volver a mirarlos como objetos capaces de hacer otras cosas.
Sacó el sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
El movimiento bastó para que varias personas se enderezaran.
Constance no.
Delacroix dejó el sobre sobre la mesa y, utilizando el pañuelo, extrajo la llave.
—Doctor.
Vauclair se levantó.
Delacroix le permitió acercarse, pero no tocar todavía.
—¿Dónde se lesionó Gabriel cuando la utilizó en enero?
El arquitecto extendió la mano.
—Aquí.
Vauclair se inclinó.
No quedaba marca visible.
—¿Derecha?
—Sí.
—¿Giraba en qué dirección?
Gabriel señaló con los dedos.
Vauclair miró la llave.
—Hágalo sin tocarla.
Gabriel tomó un lápiz y simuló utilizarlo como llave. Cerró los dedos alrededor, apoyó el pulgar en la parte interior del aro y giró la muñeca.
Vauclair miró a Delacroix.
—La presión cae ahí.
—Sí.
—¿Héloïse era diestra?
Éliane respondió.
—Sí.
Vauclair volvió a observar el metal.
—Necesitaría una lupa.
Gabriel señaló su estudio.
—Tengo una.
Delacroix lo miró.
—Naturalmente.
—Trabajo con planos y materiales antiguos.
—No pretendía acusarlo de afición criminal.
Thibault sonrió desde el sofá.
Gabriel salió hacia el estudio y regresó poco después con una lupa de mano y una pequeña lámpara portátil.
Delacroix colocó la llave sobre una hoja blanca sin tocarla directamente.
Vauclair examinó el aro durante largo rato.
La habitación se volvió tan silenciosa que el roce de sus mangas contra la mesa parecía demasiado fuerte.
—Aquí hay una rebaba.
Gabriel cerró los ojos.
Delacroix se inclinó.
—¿Natural?
—No soy metalúrgico.
—No le he preguntado eso. ¿Parece desgaste normal?
Vauclair movió la lupa.
—No exactamente. El desgaste suele suavizar bordes. Esto hace lo contrario.
Gabriel se acercó.
—Eso vi yo.
—Hay pequeñas líneas paralelas.
Delacroix miró hacia él.
—¿De una lima?
—Podrían serlo.
Constance habló por primera vez.
—También podría haber sufrido un golpe.
Todos la miraron.
Ella mantuvo la serenidad.
—Es una llave vieja.
Vauclair asintió.
—Es posible.
Gabriel se volvió hacia ella.
—No parece un golpe.
—No he dicho que lo sea. He dicho que podría.
—Siempre tienes una explicación.
Constance lo miró.
—Eso es exactamente lo que llevamos toda la noche intentando tener.
Gabriel se quedó quieto.
Delacroix intervino antes de que el intercambio se endureciera.
—Constance tiene razón en una cosa. Todavía no sabemos cuándo aparecieron esas marcas.
Gabriel lo miró.
—Estaban en la fotografía policial.
—Apenas se distinguen.
—Pero están.
Delacroix tomó la fotografía y la colocó junto a la llave. Vauclair utilizó la lupa sobre el papel.
—Hay una irregularidad en el mismo punto.
—¿Puede afirmar que es la misma?
—No.
—¿Compatible?
—Sí.
—Entonces la llave ya podía estar dañada el doce de octubre.
—Podía.
Gabriel respiró.
—Y cortó a Héloïse.
Vauclair negó.
—No corras.
—La herida está en el mismo sitio.
—Compatible no significa demostrado.
—¿Qué más necesitas?
—Precisamente lo que Delacroix lleva diciendo toda la noche: una relación entre esa herida y la muerte.
Gabriel volvió a sentarse.
Delacroix observó a Éliane.
—Antes de la cena, cuando Héloïse cerró para cambiarse, usted cree que se miró la mano.
—Sí.
—¿Podría haber sido la derecha?
—Creo que sí.
—Y más tarde dijo que tenía los dedos dormidos.
—Sí.
Vauclair levantó la vista.
—Quiero volver a eso.
Éliane se tensó.
—Ya le he dicho lo que recuerdo.
—No estoy acusándola. Intente pensar en el momento. ¿Estaban ya comiendo?
—Sí.
—¿Primer plato?
—No lo sé.
Geneviève intervino.
—Durante el pescado.
Éliane la miró.
—Puede ser.
—Fue durante el pescado —dijo Geneviève—. Recuerdo que dejó el tenedor un momento.
Vauclair frunció el ceño.
—¿Héloïse?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Geneviève reprodujo el gesto, abriendo y cerrando los dedos de una mano.
—Esto.
—¿Y dijo?
—Que se le estaba durmiendo la mano.
Éliane asintió.
—Sí.
—¿Solo la mano?
Constance habló.
—Dijo que sentía raro el antebrazo.
Vauclair se volvió hacia ella.
—¿Está segura?
Constance pensó.
—No de las palabras exactas. Algo sobre hormigueo que subía.
Delacroix observó a Constance.