Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 11 — Donde Mariette no estaba #3
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Capítulo 11 — Donde Mariette no estaba #3

—Entonces esa visión no nos dice todavía nada sobre la jarra que apareció rota en su dormitorio.

—No.

—¿Quién la llevó?

Mariette negó.

—No lo sé.

—Usted dijo durante la cena que Héloïse pidió otra jarra de agua.

—Sí.

—¿Quién la preparó?

—Louise.

—¿Quién debía subirla?

Mariette pensó.

—Yo.

Delacroix sintió un pequeño desplazamiento.

—¿La subió?

—No.

—¿Por qué?

—Porque desapareció de la cocina antes de que lo hiciera.

—¿Desapareció?

—Sí.

—¿Quién se la llevó?

—No sé.

—¿Cuándo descubrió que ya no estaba?

—Al volver a la cocina después del postre.

—Entonces alguien la retiró después de que Louise la preparara y antes de que usted volviera a la cocina.

—Sí.

—¿Preguntó?

—No.

—¿Por qué?

Mariette lo miró.

—Porque estaba más preocupada por que nadie preguntara dónde había estado yo.

Delacroix dejó escapar una respiración.

Otra vez.

Cada persona había estado demasiado ocupada protegiendo una mentira propia para observar con suficiente atención las pequeñas acciones ajenas.

—¿La jarra que apareció en el dormitorio era la misma?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—Tenía una pequeña grieta en el asa. La conocía.

—Entonces alguien la llevó arriba.

—Sí.

—¿Héloïse pudo haber bajado después y recogerla?

—Podría.

—¿La vio hacerlo?

—No.

—¿Otra persona?

—También.

Delacroix asintió.

No iba a convertir la jarra en veneno solo porque el camino resultara tentador. Pero la cronología importaba.

Volvieron a la cocina.

Delacroix abrió finalmente la caja de costura que Mariette había señalado. Dentro había hilo, agujas, botones, un dedal y, envuelto en un pedazo de tela, un collar fino.

Mariette cerró los ojos.

—Dios mío.

—Sigue aquí.

—Sí.

—Cinco meses.

—Nadie debía mirar.

Delacroix tomó el paquete sin tocar directamente la joya.

—¿Geneviève la reconocería?

—Sí.

—Entonces tendremos una conversación incómoda.

Mariette se sentó.

—¿Tiene que hacerlo?

—Sí.

—¿Ahora?

Delacroix pensó.

—No inmediatamente.

Ella levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque ya sé por qué mintió. No necesito humillarla delante de todos para confirmar el recorrido. Pero esto deberá devolverse.

Mariette asintió.

—Gracias.

—No me agradezca todavía. Sigo esperando un nombre.

La expresión de la mujer volvió a cerrarse.

Delacroix guardó el collar envuelto en un cajón de la cocina y lo cerró.

—Mariette.

Ella lo miró.

—La persona que vio cerca de la Chambre des Tilleuls no queda acusada por el mero hecho de haber estado allí.

—Lo sé.

—Y si esa persona tenía una explicación inocente, ocultar el dato durante más tiempo solo hará que parezca peor cuando aparezca.

—Lo sé.

—Entonces.

Mariette respiró.

—Necesito saber una cosa antes.

—¿Cuál?

—Si alguien podía preparar algo en esa habitación antes de que la señorita Héloïse entrara y matarla después sin volver.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Por qué pregunta eso?

—Porque usted lleva toda la noche mirando la llave.

—Eso no responde.

—Porque si alguien estuvo allí antes, quizá importa de una manera distinta.

—Sí.

Mariette bajó los ojos.

—Entonces sí vi a alguien.

—Eso ya lo sé.

—No. Quiero decir que estoy segura de que venía de esa zona.

Delacroix sintió cómo la frase estrechaba el espacio sin cerrarlo.

—¿De la puerta?

—No puedo jurarlo.

—¿Pero?

—Pero cuando abrí la puerta de servicio, esa persona estaba alejándose de la Chambre des Tilleuls.

Silencio.

—¿Y Héloïse todavía estaba abajo?

—Sí.

Delacroix sostuvo su mirada.

Ahí estaba el valor real del testimonio.

No demostraba que alguien hubiera entrado.

Pero colocaba a una persona concreta cerca del dormitorio en el único periodo que empezaba a interesarle más que la hora de la muerte: antes de que Héloïse se encerrara.

—El nombre.

Mariette negó lentamente.

Delacroix cerró los ojos un instante.

—Está abusando de mi paciencia.

—Lo sé.

—¿Teme a esa persona?

La pregunta cambió algo.

Mariette levantó la mirada.

—No.

—¿La quiere?

—No.

—¿Le debe algo?

—No.

—Entonces ¿por qué?

Mariette tardó.

—Porque es la única persona de todos ellos que alguna vez me trató como si no fuese invisible.

Delacroix se quedó callado.

Eso sí era una razón.

No buena.

Humana.

—Le daré hasta que termine la siguiente conversación —dijo.

—¿Con quién?

Delacroix pensó en el orden de las piezas.

La carta.

Los movimientos.

La lesión.

Las cuentas.

Vauclair esperaba con unas notas cuya interpretación había quedado demasiado cómoda durante cinco meses.

—Con el doctor.

Mariette asintió.

—Después se lo diré.

Delacroix la miró.

—Esta vez voy a creerle.

—¿Por qué?

—Porque ya ha agotado casi todas las mentiras más costosas.

Mariette sonrió débilmente.

Regresaron al salón.

Las conversaciones se apagaron en cuanto entraron. Geneviève miró primero a Mariette y después a Delacroix. Thibault parecía preparado para algún comentario y, al ver el rostro de la mujer, tuvo el raro buen juicio de guardárselo.

Gabriel se puso de pie.

—¿Y?

Delacroix se quitó una pequeña mota de polvo de la manga.

—La señora Besson mintió en octubre.

Mariette cerró los ojos.

Geneviève se tensó.

Gabriel dio un paso.

—¿Sobre qué?

—Sobre dónde estuvo durante parte de la noche.

—¿Dónde?

—En la planta superior.

La reacción fue inmediata.

Gabriel se volvió hacia Mariette.

—¿Cerca de la habitación?

—Gabriel —dijo Delacroix.

—¿La vio?

—He dicho que yo hago las preguntas.

—Armand…

—Y sigo diciendo lo mismo.

Gabriel se quedó quieto.

Delacroix miró a los demás.

—Mariette utilizó la escalera de servicio y estuvo en la planta superior por razones que no guardan relación directa con la muerte de Héloïse.

Thibault arqueó una ceja.

—¿Razones ilegales?

Mariette lo miró con odio.

Delacroix respondió:

—Razones privadas.

—Eso significa sí.

—Significa que no es asunto suyo todavía.

Geneviève observó a Mariette.

Había suficiente inteligencia en su rostro para comprender que el pasado laboral de la mujer estaba implicado. No preguntó.

Constance tampoco.

Gabriel sí estaba demasiado concentrado en otra cosa.

—¿Vio a alguien?

Delacroix lo miró.

Mariette se tensó.

—Sí —dijo él.

El salón entero quedó inmóvil.

Gabriel dio un paso.

—¿A quién?

Delacroix miró a Mariette.

Ella sostuvo su mirada.

Habían acordado tiempo.

Lo tendría.

—Eso aún no lo sabemos.

Mariette lo miró sorprendida.

Gabriel se enfureció.

—Acaba de decir que vio a alguien.

—He dicho que vio a alguien. No he dicho que yo vaya a convertir su recuerdo en una acusación antes de comprobarlo.

—¿Fue cerca de la Chambre des Tilleuls?

Delacroix no respondió.

El silencio bastó.

Constance levantó muy ligeramente la cabeza.

Mariette la vio.

Delacroix vio a Mariette verla.

Y durante una fracción de segundo, algo pasó entre las dos mujeres.

Nada que nadie pudiera llamar prueba.

Pero suficiente para que Delacroix entendiera que la identidad que Mariette protegía no iba a sorprenderlo demasiado cuando finalmente la pronunciara.

Se volvió hacia Vauclair.

—Doctor.

El hombre lo miró.

—¿Ahora qué?

—Ahora vamos a averiguar por qué una herida que usted anotó con tanto cuidado durante la madrugada prácticamente desapareció unas horas más tarde.

Vauclair endureció el rostro.

—Ya se lo expliqué.

Delacroix tomó asiento frente a él.

—No.

Miró hacia la escalera.

—Me explicó por qué dejó de mirarla.

Y empezaba a sospechar que, en Les Ormes, dejar de mirar había sido siempre la parte más peligrosa.