Capítulo 11 — Donde Mariette no estaba #2
—Un minuto. Quizá menos.
—¿Entró en la habitación de Héloïse?
Mariette se quedó inmóvil.
—No puedo asegurarlo.
—¿La vio tocar la puerta?
—No.
—¿La vio con algo en la mano?
La mujer pensó.
—No recuerdo.
—¿Era antes o después de que Héloïse subiera definitivamente?
Mariette dudó.
—Creo que antes.
Delacroix sintió una punzada de frustración.
—¿Cree?
—Sí.
—Necesito algo mejor.
—No puedo dárselo.
—¿Por qué cree que fue antes?
—Porque después, cuando bajé, todavía vi a Héloïse en el piso inferior.
Delacroix levantó la vista.
—¿Dónde?
—Cerca del vestíbulo.
Aquello era nuevo.
—¿Hablando con quién?
Mariette cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿La vio claramente?
—Sí.
—¿Llevaba la carpeta?
—Sí.
—¿Color?
Mariette lo miró con desconcierto.
—Marrón.
Delacroix soltó una risa breve.
—Naturalmente.
—¿Qué?
—Nada. Hemos conseguido tres colores distintos y una víctima.
Mariette no sonrió.
—Era marrón.
—Le creo que lo recuerda así.
—¿No me cree?
—Creo que los colores empiezan a resultar menos fiables que las personas, y eso ya es decir mucho.
Mariette bajó la mirada.
Delacroix volvió a lo importante.
—Entonces vio a alguien cerca de la habitación antes de que Héloïse subiera definitivamente.
—Sí.
—¿Y después vio a Héloïse viva abajo?
—Sí.
—¿A qué distancia temporal?
—No sé. Diez minutos. Quince.
—¿La persona que vio podía haber estado simplemente buscando a Héloïse?
—Sí.
—¿Podía estar utilizando el baño, otra habitación, cualquier otra cosa?
—Sí.
—Entonces verlo allí no demuestra nada.
Mariette levantó la mirada.
—No.
—Pero usted lo recordó.
—Sí.
—¿Y no lo dijo a la policía?
—No.
—¿Porque tendría que explicar qué hacía arriba?
—Sí.
—¿Y a Gabriel?
—No.
—¿Ni cuando la amenazó con la carta?
Mariette se quedó callada.
—No sabía qué sabía él.
—Por eso vino.
—Sí.
—¿Pensó que Gabriel podía saber de los robos?
—Sí.
—¿Y de la persona que vio?
—No.
Delacroix asintió.
Era exactamente la lógica que habían previsto: Gabriel había utilizado una frase vaga y Mariette había llenado el espacio con su propio miedo.
—¿Qué decía exactamente su carta?
—«Sé que usted no estaba donde declaró estar. Si no viene, la verdad será entregada a quien corresponda».
—Nada más.
—Nada más.
—Y usted pensó en los robos.
—Primero.
—¿Después?
Mariette levantó los ojos.
—Después pensé en la persona que vi.
Delacroix dejó que el silencio creciera.
—¿Por qué?
—Porque, después de que Héloïse muriera, empecé a preguntarme qué hacía allí.
—Eso es normal.
—No para esa persona.
Delacroix sintió el cambio.
—Explíquelo.
Mariette cerró los labios.
—No puedo.
—Sí puede.
—No quiero.
—Eso es distinto.
Ella respiró.
—Si digo quién fue, todo el mundo va a decidir que la mató.
—No necesariamente.
—Gabriel sí.
—Probablemente.
—Y usted…
—Yo no.
Mariette lo estudió.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque ver a alguien cerca de una habitación antes de una muerte no demuestra ni que entrara ni que hiciera algo. Si fuera suficiente, Gabriel ya tendría más asesinos que cadáveres.
La mujer soltó una pequeña exhalación que quizá habría sido una risa en otra situación.
—Entonces ¿por qué necesita el nombre?
—Porque puede cambiar la cronología.
—No quiero arruinarle la vida a alguien por algo que quizá no tenía relación.
Delacroix la miró.
—Esa es exactamente la lógica que permitió que el expediente original quedara lleno de huecos.
Mariette bajó la vista.
—Lo sé.
—Usted ocultó un robo. Corbin ocultó documentos.
Éliane quemó una carta. Geneviève calló una conversación.
Cada uno pensó que su mentira no tenía relación con la muerte y, por separado, quizá todos tenían razón.
Juntas, esas mentiras destruyeron la única cosa que una investigación necesita: saber qué pasó realmente.
Mariette se quedó callada.
Delacroix no empujó inmediatamente.
La cocina estaba tan silenciosa que podía oírse el tic irregular de un pequeño reloj de pared y el agua recorriendo algún canalón exterior.
—¿Héloïse sabía que usted seguía robando? —preguntó.
La mujer levantó la cabeza, sorprendida por el cambio.
—No.
—¿Había dejado de hacerlo?
—Casi.
—Eso no significa nada.
—No. No había dejado.
—Entonces la noche del doce estaba robando a personas que estaban cenando abajo mientras la mujer que ya la había descubierto seguía viva.
—Sí.
—Y después ella muere.
—Sí.
—Eso le daba a usted también un motivo superficial para querer que desapareciera.
Mariette palideció.
—No la maté.
—Lo sé.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—No lo sé en sentido jurídico. Lo creo.
—¿Por qué?
Delacroix pensó.
—Porque, si hubiera subido para preparar la muerte de Héloïse, su conducta resulta extraña: utiliza el mismo recorrido para recuperar un collar robado, se esconde al ver a otra persona y deja la joya donde estaba.
No demuestra inocencia, pero se parece mucho más a una ladrona sorprendida que a alguien ejecutando un asesinato.
Mariette lo miró.
—Eso no prueba nada.
—No.
—Entonces…
—Pero me ayuda a ordenar prioridades.
Ella bajó la mirada.
Delacroix añadió:
—Y porque la única persona cuya muerte podía beneficiarla era también la única que le había ofrecido una salida.
La frase tocó algo.
Mariette apretó las manos.
—Sí.
—¿Le tenía cariño?
—No sé.
—Otra vez.
La mujer respiró.
—Sí.
—¿A pesar de que iba a despedirla?
—No me estaba echando por odio.
—Lo sé.
—Me dijo que si me quedaba en esa casa iba a seguir robando porque ya había aprendido que podía hacerlo.
Delacroix arqueó ligeramente las cejas.
—Una observación desagradablemente sensata.
—Lo era.
—¿Qué más dijo?
—Que me daría una carta para una familia de París. No les diría por qué me iba. Solo que necesitaba cambiar de casa.
—¿Lo hizo?
—La escribió.
—¿Existe?
—No lo sé.
—¿La vio?
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—Entre sus papeles.
Delacroix sintió otra posible pieza.
—¿En la Chambre des Tilleuls?
—Sí.
—¿Podría seguir allí?
—No lo sé.
—Gabriel dijo que casi todo se conservó.
—Entonces quizá.
—¿La carta mencionaba los robos?
—No.
—¿Y usted tenía razones para destruirla?
Mariette lo miró.
—No.
—Bien.
Delacroix se levantó.
—Vamos a subir.
Mariette también.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿A la habitación?
—Primero a la escalera de servicio. Después al punto desde donde vio a esa persona.
La mujer dudó.
—¿Sin los demás?
—Por ahora.
Abrieron la puerta posterior de la cocina.
Detrás había un pasillo estrecho que terminaba en una escalera de madera mucho más empinada que la principal.
No estaba oculta; simplemente pertenecía a la parte de la casa que los propietarios podían pasar años sin necesitar.
Subieron. Los peldaños crujían más que los de la escalera central, y el hueco olía a ropa limpia, polvo y madera vieja.
Llegaron a un pequeño rellano.
A un lado quedaba un pequeño taller utilizado durante la restauración de Les Ormes, con cajas de herramientas, herrajes, frascos antiguos y un armario estrecho donde se mezclaban restos de productos de jardinería.
Delacroix apenas le prestó atención; Mariette ya señalaba la puerta del cuarto de ropa.
Mariette señaló.
—El cuarto de ropa está ahí.
Delacroix abrió. Estanterías con sábanas, manteles y cajas. Una mesa de costura. La mujer señaló una de las cajas.
—Ahí estaba el collar.
—¿Sigue?
—No lo sé.
Delacroix no la abrió.
—Después.
Avanzaron hasta una puerta sencilla que comunicaba con el corredor principal. Mariette la abrió unos centímetros.
—Yo estaba aquí.
Delacroix miró.
Desde esa posición podía verse una sección del corredor que conducía hacia la Chambre des Tilleuls. La puerta del dormitorio quedaba a unos quince metros. Parte del espacio inmediato junto a ella era visible; otra parte quedaba oculta por el ángulo de una pared.
—¿Dónde estaba la persona?
Mariette señaló.
—Allí.
—¿De frente o de espaldas?
—De perfil al principio.
—¿Qué hacía?
—No sé.
—¿Estaba detenida?
—Sí.
—¿Mirando hacia la puerta?
Mariette tardó.
—Creo que sí.
—¿Cuánto?
—Muy poco.
—¿Después?
—Se fue hacia la escalera principal.
—¿Usted esperó?
—Sí.
—¿Y luego salió?
—No. Volví al cuarto de ropa.
—¿Por qué?
—Porque si salía detrás podían verme.
Delacroix asintió.
—¿Oyó la puerta de Héloïse?
—No.
—¿Cerradura?
—No.
—¿Pasos dentro?
—No.
—¿Podía haber entrado sin que usted lo viera?
Mariette pensó.
—Si lo hizo antes de que yo abriera esta puerta, sí.
—¿Podía haber salido de la habitación justo antes de que usted mirara?
La mujer se quedó inmóvil.
—Sí.
Delacroix no dijo nada.
Aquello seguía sin demostrar absolutamente nada.
Pero explicaba por qué Mariette llevaba cinco meses pensando en aquella imagen.
—¿Reconoció a la persona sin duda?
—Sí.
—¿Podría equivocarse?
—No.
—¿Por ropa?
—Por todo.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Dígame quién fue.
Mariette negó.
—Todavía no.
—¿Todavía?
—Déjeme pensar.
—Lleva cinco meses.
—No es lo mismo pensarlo sola que decirlo y verlo convertirse en otra cosa.
Delacroix comprendía.
Eso no significaba que pudiera permitirlo.
—Le daré un poco de tiempo.
Mariette lo miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Poco.
—¿Cuánto?
—Hasta que terminemos de comprobar su recorrido.
—¿Y después?
—Después me dará el nombre.
La mujer bajó la mirada.
No prometió.
Delacroix señaló hacia la Chambre des Tilleuls.
—Dijo que después de esta segunda subida bajó y vio a Héloïse viva.
—Sí.
—Muéstreme el trayecto.
Regresaron por la escalera de servicio.
Delacroix utilizó el reloj.
Desde aquel punto hasta la cocina: menos de un minuto.
Desde la cocina al vestíbulo: otro minuto largo si se caminaba con una bandeja; menos sin ella.
Mariette se detuvo cerca de la entrada al comedor.
—Aquí.
—¿Dónde vio a Héloïse?
—Junto a la escalera.
El mismo lugar donde Gabriel había dicho hablar con ella.
Delacroix miró la distancia.
—¿Estaba sola?
—No.
—¿Con quién?
Mariette frunció el ceño.
—Había alguien. No puedo asegurar quién porque yo salí de aquí y volví a la cocina.
—¿Hombre o mujer?
—Creo que hombre.
—¿Gabriel?
—Podría.
—¿Thibault?
—También.
—¿Corbin?
—No sé.
Delacroix asintió.
Al menos no intentaba rellenar huecos con seguridad inventada.
—¿Qué hacía Héloïse?
—Sostenía la carpeta.
—¿Y la jarra?
Mariette se quedó quieta.
—No.
Delacroix la miró.
—¿Seguro?
—Sí.