Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 11 — Donde Mariette no estaba
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Capítulo 11 — Donde Mariette no estaba

Mariette no intentó fingir que Delacroix se equivocaba.

Lo miró desde el otro extremo del salón, junto a la ventana donde llevaba varios minutos refugiada bajo la apariencia de contemplar una noche que no ofrecía nada que ver.

La lluvia había vuelto el cristal completamente negro y su propio reflejo aparecía sobre él más nítido que los árboles del jardín.

Durante un momento, Delacroix tuvo la impresión de que la mujer estaba decidiendo si le resultaba más peligroso seguir mintiendo o empezar a decir la verdad.

Después dejó caer lentamente la cortina que había apartado con dos dedos.

—No quiero hablar delante de todos.

Thibault soltó una exhalación.

—Parece que vamos a necesitar un sistema de turnos.

Delacroix lo miró.

—Podríamos empezar retirándole el derecho a comentar los de los demás.

—Eso reduciría considerablemente mi participación.

—Lo sé.

Mariette no sonrió.

—Quiero hablar a solas.

Delacroix observó la habitación. Geneviève parecía agotada; Éliane permanecía hundida en un sofá, con la mirada perdida después de la confesión de la carta; Gabriel seguía demasiado atento a cada palabra; Constance, en cambio, contemplaba a Mariette con una serenidad que no parecía curiosidad sino conocimiento previo de que algo desagradable estaba a punto de emerger.

—Bien —dijo Delacroix.

Mariette negó.

—No en la biblioteca.

La petición sorprendió a varios.

—¿Por qué? —preguntó Gabriel.

Ella lo miró.

—Porque no.

Delacroix levantó una mano antes de que él insistiera.

—¿Dónde prefiere?

Mariette señaló hacia el corredor de servicio.

—La cocina.

Thibault arqueó las cejas.

Geneviève bajó la mirada.

Y Delacroix entendió la elección antes de caminar.

La biblioteca pertenecía a ellos.

La cocina había pertenecido a ella.

Siguió a Mariette por el vestíbulo y después por un corredor más estrecho que llevaba hacia la parte posterior de Les Ormes.

La diferencia con las estancias principales era inmediata.

El suelo cambiaba de madera encerada a baldosas claras; las paredes perdían cuadros y molduras; las puertas se volvían más pequeñas, prácticas, pensadas para que determinadas personas pudieran moverse por la casa sin aparecer demasiado en ella.

Delacroix había aprendido hacía tiempo que las grandes residencias tenían dos geografías superpuestas: la que conocían los propietarios y la que conocía el servicio.

La segunda solía ser más útil para descubrir quién podía llegar a dónde sin ser visto.

La cocina estaba recogida. Morel y las criadas habían dejado las superficies limpias, la vajilla apilada y una cafetera grande preparada para quien quisiera volver a calentarla.

Quedaba olor a pan, grasa y jabón. Mariette encendió una lámpara sobre la mesa central y se sentó en una de las sillas de madera.

Delacroix tomó otra.

—¿Mejor?

Ella miró alrededor.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque aquí sé dónde estoy.

La respuesta no necesitaba explicación.

Delacroix apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Gabriel le escribió que sabía que usted no estaba donde declaró.

—Sí.

—¿Qué declaró en octubre?

—Que después de ayudar a retirar la cena fui a la cocina y estuve casi todo el tiempo aquí hasta que empezaron los gritos arriba.

—¿Era falso?

—Sí.

—¿Qué parte?

Mariette miró hacia la puerta.

—Casi toda.

Delacroix no reaccionó.

—Eso ahorra tiempo.

La mujer apretó los labios.

—No va a parecerle gracioso.

—No pretendía que lo fuera.

—Estaba robando.

La palabra salió rápida, quizá porque decirla más despacio habría permitido que la vergüenza creciera.

Delacroix permaneció inmóvil.

Mariette lo estudió.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperaba?

—No sé.

—¿Que llamara a Gabriel?

—Quizá.

—Todavía no.

La mujer bajó la mirada.

—Llevaba meses llevándome cosas.

—¿Dinero?

—No al principio.

—¿Qué?

—Objetos pequeños. Un broche. Un frasco de perfume. Un pañuelo bueno. Cosas que nadie echaba de menos enseguida.

—¿Y después?

—Joyas.

—¿De Héloïse?

Mariette dudó.

—También.

Delacroix no cambió el tono.

—¿Por qué empezó?

Ella soltó una risa amarga.

—¿Quiere una historia triste?

—Quiero la verdadera.

—No tengo una especialmente buena.

—Suelen ser las mejores.

Mariette se frotó las manos.

—Mi marido murió hacía tres años. Debía dinero. Yo seguí pagando. Después mi hermana enfermó y me pidió ayuda. Empecé con algo pequeño. Pensé que lo vendería y lo devolvería cuando pudiera.

—¿Cómo se devuelve un broche vendido?

—Comprando otro.

—Ambicioso.

—Ya le dije que no era una buena historia.

—No hace falta que lo sea.

Mariette respiró.

—La primera vez fue una pieza de plata de una habitación que nadie usaba. Después vi que nadie preguntaba. Luego otra cosa. Cuando alguien empezó a notar faltas, yo ya llevaba demasiado para admitir la primera.

—¿Héloïse lo descubrió?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Un mes antes de morir.

—¿Cómo?

—Yo había cogido un pendiente.

—¿Uno solo?

—Pensaba volver por el otro.

Delacroix la miró.

Mariette se encogió de hombros.

—No era especialmente buena.

—Eso empieza a quedar claro.

Por primera vez una sombra de sonrisa cruzó el rostro de la mujer.

Desapareció enseguida.

—Héloïse me vio guardarlo.

—¿La despidió?

—No.

—¿La denunció?

—No.

—¿Qué hizo?

Mariette miró la mesa.

—Me preguntó cuánto había cogido.

—¿Se lo dijo?

—Mentí.

—Naturalmente.

—Ella no me creyó. Me hizo sentarme y empezar otra vez. Le conté casi todo.

—¿Casi?

—Todavía guardé dos cosas.

—Una profesión agotadora, la mentira.

—Sí.

—¿Y Héloïse?

—Dijo que devolviera lo que pudiera. Lo demás lo descontaría de lo que me debía al terminar el servicio.

—¿Iba a despedirla?

—Después de la boda.

—¿Por qué esperar?

Mariette levantó la vista.

—Porque dijo que si me echaba de un día para otro todos preguntarían por qué y terminaría humillándome más de lo necesario.

Delacroix guardó silencio.

Otra vez Héloïse aparecía haciendo algo que no encajaba cómodamente con la caricatura de mujer inflexible que algunos utilizaban para justificar su miedo.

—¿La perdonó?

Mariette negó.

—No.

—Pero no la destruyó.

—No.

—¿Se lo contó a alguien?

—Creo que no.

—¿Está segura?

—No.

Delacroix asintió.

—¿Y la noche del doce de octubre seguía teniendo objetos escondidos?

—Sí.

—¿Dónde?

—En distintos sitios.

—¿Dentro de Les Ormes?

—Algunos.

—¿Por qué no se los llevó?

—Porque no quería que me encontraran con todo encima. Había cosas en un armario de servicio, otras detrás de una tabla de una habitación pequeña.

—¿Y aquella noche intentaba moverlas?

Mariette asintió.

—Héloïse había dicho que después de la boda no seguiría trabajando aquí. Yo sabía que ya no tendría muchas oportunidades de recuperarlas sin que alguien las encontrara primero.

—Entonces antes de la cena…

—Vine aquí. Éliane ya había bajado y faltaba poco para que empezara la cena. Después subí por la escalera de servicio.

Delacroix levantó ligeramente la mirada.

—¿Hay otra escalera?

—Sí.

—Gabriel no la mencionó.

—Probablemente porque no sirve para entrar en la Chambre des Tilleuls sin pasar por el corredor.

Eso era exactamente la clase de precisión que Delacroix necesitaba.

—Muéstremela después.

—Está detrás de esa puerta.

—¿A dónde llega?

—Al final del corredor de servicio de la planta alta. Cerca del cuarto de ropa blanca.

—¿Puede accederse desde allí a los dormitorios?

—Sí. Hay que salir al corredor principal.

—Entonces no es un pasadizo secreto.

Mariette casi se ofendió.

—Es una escalera.

—Me alegra. Ya tenemos suficientes problemas.

Ella volvió a mirar la mesa.

—Subí dos veces.

—¿Dos?

—Sí.

—¿Por qué?

—La primera para buscar un broche que había escondido. No estaba donde lo dejé. Bajé porque oí movimiento. Volví unos veinte minutos después, todavía antes de la cena.

Delacroix sintió que la noche empezaba a adquirir una geografía mucho más poblada.

—¿A qué hora fue la primera vez?

—Poco después de las siete.

—¿Héloïse seguía abajo?

—Sí.

—¿La vio?

Mariette tardó.

—No en esa subida.

—¿Quién estaba arriba?

—No lo sé.

—¿Oyó a alguien?

—Pasos.

—¿Dónde?

—En el corredor principal.

—¿Hombre o mujer?

—No sé.

—¿Zapatos?

—No lo recuerdo.

—¿Voces?

—No.

—¿Y la segunda vez?

Mariette se tensó.

Delacroix esperó.

—Más tarde.

—¿Cuánto más?

—No sé. Veinte minutos, quizá.

—¿Todavía antes de la cena?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque al bajar la segunda vez todavía no habían llamado al comedor.

Delacroix asintió.

—¿Qué hizo arriba?

—Fui a buscar otra cosa.

—¿Qué?

—Un collar pequeño.

—¿De quién?

Mariette apretó los labios.

—De la señora de Mareuil.

Delacroix no pudo evitar una leve sonrisa.

—Eso hará especialmente agradable el regreso al salón.

—Por eso no quería hablar delante de ellos.

—Comprensible.

—¿Va a contarlo?

—Tendré que contar lo necesario.

—Eso significa sí.

—Significa que si su recorrido importa para la investigación, no puedo fingir que no ocurrió.

Mariette bajó la mirada.

—Lo sabía.

—¿Dónde estaba el collar?

—En una caja de costura dentro del cuarto de ropa.

—¿Lo encontró?

—Sí.

—¿Lo tiene todavía?

—No.

—¿Qué hizo?

—Lo dejé allí.

Delacroix frunció el ceño.

—¿Por qué subir a recuperarlo para luego dejarlo?

Mariette tardó.

—Porque vi a alguien.

El aire de la cocina pareció detenerse.

Delacroix no se movió.

—¿Dónde?

—En el corredor principal.

—¿Cuándo?

—La segunda vez.

—¿Quién?

Mariette bajó la mirada.

—No quiero decirlo.

Delacroix esperó.

—Eso no es una respuesta.

—Lo sé.

—¿Era alguien de los que están aquí?

Silencio.

—Sí.

La palabra fue apenas audible.

Delacroix sintió cómo varias piezas se aproximaban sin llegar todavía a tocarse.

—¿Qué hacía?

—No lo sé.

—¿Dónde estaba exactamente?

—Cerca de la Chambre des Tilleuls.

—¿Entrando?

—No.

—¿Saliendo?

Mariette respiró.

—No sé.

—¿La puerta estaba abierta?

—No pude verlo bien.

—¿A qué distancia estaba usted?

—Al final del corredor, junto a la salida de servicio.

—¿La persona la vio?

—No creo.

—¿Por qué?

—Porque me escondí.

Delacroix apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Por qué se escondió?

Mariette lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Porque estaba robando.

—Correcto.

—Si me veía alguien, tendría que explicar qué hacía allí.

—¿Y la persona permaneció mucho tiempo?

—No.

—¿Cuánto?