Capítulo 10 — La carta quemada #2
Delacroix intervino.
—Explíquelo.
Éliane respiró.
—Durante nuestra relación, Thibault hablaba.
Mucho. Sobre todo después de beber. No me enseñó papeles ni me confesó una falsificación, pero hablaba de dinero que iba y venía, de cosas que se cubrían con otras, de que Constance podía arreglar cualquier agujero si le daban tiempo.
Una noche dijo algo parecido a que Héloïse tenía suficiente dinero para mantener viva la empresa sin enterarse.
La habitación quedó quieta.
Thibault levantó la cabeza.
—No dije eso.
Éliane lo miró.
—Sí.
—No de esa manera.
—No necesito las palabras exactas.
—Yo sí.
—Qué oportuno.
Delacroix levantó una mano.
—¿Le contó eso a Héloïse?
Éliane asintió.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Después de terminar con Thibault.
—¿Por venganza?
La pregunta fue dura.
Éliane la recibió.
—En parte.
Thibault apartó la mirada.
—Gracias por la sinceridad.
—No la desperdicies.
Delacroix continuó.
—¿Y en parte?
Éliane respiró.
—Porque era su dinero.
—¿Héloïse empezó a revisar las cuentas después?
—Sí.
—Entonces sí la ayudó a descubrir el problema.
—La ayudé a sospechar. Los documentos los encontró ella.
Constance asintió lentamente.
—Eso encaja.
Éliane la miró con cansancio.
—Qué alivio.
Delacroix volvió a la carta.
—¿Qué más decía?
Éliane se quedó callada.
Thibault la observaba.
Ahora sí parecía asustado.
—Éliane.
Ella lo miró.
—No.
—¿Qué decía?
—No voy a protegerte otra vez.
Geneviève se puso rígida.
Delacroix no intervino.
—Decía que Héloïse creía que tú estabas mucho más hundido de lo que admitías —continuó Éliane—. Que cada vez que te enfrentaba mentías. Que cuando una mentira quedaba al descubierto aparecía otra debajo. Y que había empezado a pensar que no eras el único.
Thibault frunció el ceño.
—¿Quién más?
—No puso nombres.
Constance no se movió.
Olivier sí.
Un mínimo ajuste en la silla.
Delacroix lo vio.
Corbin también pareció tensarse.
—¿La carta decía que desconfiaba de Constance? —preguntó Delacroix.
Éliane pensó.
—No directamente.
—¿De Brissac?
—No.
—¿Corbin?
—No.
—Entonces ¿qué decía?
—Que ya no creía que todo pudiera explicarse por las deudas de Thibault. Que alguien llevaba demasiado tiempo cubriendo operaciones para que aquello fuera solo improvisación.
Constance bajó la mirada.
Thibault parecía haber olvidado la vergüenza sentimental.
—¿Eso escribió?
—Sí.
—¿Por qué la quemaste si contenía eso?
Éliane lo miró con una tristeza casi impaciente.
—Porque también decía que sabía lo nuestro.
—Eso ya se habría sabido.
—¿Sí?
—Con ella muerta…
Éliane soltó una risa seca.
—Precisamente. Con ella muerta, una carta en la que me reprochaba acostarme con su hermano comprometido y además decía que desconfiaba de él podía convertir cualquier gesto mío en motivo. ¿Qué crees que habría ocurrido si la policía la encontraba entre mis cosas?
Thibault no respondió.
Delacroix sí comprendía.
Éliane había tenido miedo.
No del contenido financiero exclusivamente.
De la combinación.
Una mujer muerta.
Una amiga que había tenido una relación secreta con su hermano.
Una carta conflictiva.
Desconfianza.
Vergüenza.
Suficiente para que alguien decidiera que la intimidad era más peligrosa que la pérdida de una posible prueba.
—¿La quemó completa? —preguntó.
—Sí.
—¿Nadie más la leyó?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿La mostró a Thibault?
—No.
—¿A Constance?
—No.
—¿A Geneviève?
—No.
—¿Respondió?
Éliane tardó.
—Sí.
Delacroix se inclinó.
—¿Conservó la respuesta?
—Héloïse sí.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Entre sus papeles?
—Supongo.
—Nunca la vi.
—Quizá la destruyó.
—¿Qué le escribió?
Éliane miró a Thibault y después apartó la vista.
—Que no tenía derecho a juzgarme por algo que ella no había vivido.
—¿Solo eso?
—No. También le dije que estaba obsesionada con salvar a todo el mundo de sí mismo y que algún día alguien iba a odiarla por eso.
El silencio llegó de inmediato.
Éliane cerró los ojos.
—Eso fue lo último cruel que le escribí.
Delacroix la observó.
—¿Y por eso quemó su carta?
Ella lo miró.
—En parte.
—Porque si desaparecía la de Héloïse, también desaparecía el contexto de la suya.
—Sí.
Gabriel dio un paso.
—¿Y si tu respuesta estaba entre las cosas de su habitación?
—No lo sabía.
—¿La buscaste?
Éliane palideció.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Delacroix intervino.
—Gabriel.
Él se volvió.
—¿Qué?
—No convierta cada confesión en una acusación inmediata.
—Quemó una carta.
—Sí.
—Una carta donde Héloïse hablaba de sus sospechas.
—Y de una relación secreta que podía arruinarla socialmente.
—Eso no la justifica.
—No intento justificarla. Intento entenderla.
Gabriel respiró con dificultad.
—Siempre hay una explicación.
Delacroix lo miró.
—Sí. Esa es una de las características más irritantes de las personas.
Gabriel guardó silencio.
Éliane se secó los ojos con una mano. No lloraba realmente; parecía enfadada por la posibilidad de hacerlo.
Delacroix bajó un poco la voz.
—Quiero volver a una cosa. Usted dijo antes que Héloïse comentó que la cerradura de la Chambre des Tilleuls estaba más dura de lo normal.
Éliane asintió.
—Sí.
—¿Cuándo se lo dijo exactamente?
La pregunta produjo un cambio sutil.
Éliane pensó.
—No durante la cena.
—Eso ya lo sospechaba.
—Fue antes.
—¿Cuándo?
—Mientras nos cambiábamos.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Estuviste en su habitación?
—Sí.
Todos la miraron.
Éliane percibió el efecto.
—Antes de cenar. No después.
Delacroix permaneció inmóvil.
—¿Cuánto tiempo?
—Quizá veinte minutos.
—¿A qué hora?
—Siete y algo.
—¿Qué hacían?
—Yo estaba ayudándola con un vestido.
Geneviève asintió.
—Eso era habitual.
—¿La puerta estaba abierta?
—Sí.
—¿La llave?
Éliane pensó.
—Estaba en la cerradura.
Delacroix sintió que varios cuerpos en el salón se tensaban al mismo tiempo.
—¿Por dentro?
—Sí.
—¿La vio tocarla?
—Sí.
—Descríbalo.
Éliane frunció el ceño.
—No sé. Cerró la puerta un momento porque quería cambiarse.
—¿Con llave?
—Sí.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Antes de la cena?
—Sí.
Delacroix no se movió.
—¿Y qué ocurrió?
—La llave se resistió.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Héloïse dijo una grosería.
Thibault sonrió a pesar de sí mismo.
—Eso también era ella.
Éliane continuó.
—Giró otra vez, más fuerte, y cerró.
—¿Se hizo daño?
Todos callaron.
Éliane pensó.
—No lo sé.
—No recuerde el resultado. Recuerde el gesto.
Ella cerró los ojos.
Movió su propia mano como si girara una llave imaginaria.
—La soltó bastante rápido.
—¿Miró la mano?
Éliane abrió los ojos.
—Creo que sí.
Gabriel dio un paso.
—¿Qué?
—No estoy segura.
Delacroix levantó una mano hacia él sin apartar los ojos de Éliane.
—Siga.
—Hizo algo así.
Éliane miró la base de su pulgar.
El mismo lugar.
Nadie dijo nada.
Delacroix sintió el impulso de mirar a Constance y no lo hizo.
—¿Comentó algo?
—No recuerdo que dijera que se había cortado. Solo que la cerradura estaba horrible y que Gabriel debía arreglarla.
Gabriel estaba pálido.
—Nunca me lo dijo.
—Te lo dije esta tarde. Quizá pensó decírtelo después.
—¿Abrió otra vez?
—Sí.
—¿Cómo?
—Giró la llave.
—¿Costó?
—Menos, creo.
Delacroix se inclinó ligeramente.
—Entonces antes de la cena Héloïse ya había cerrado esa puerta con la llave original.
—Sí.
Aquello era importante.
Muchísimo.
Pero no de la manera que Gabriel parecía creer.
Si la llave ya estaba manipulada a esa hora, cualquier preparación tuvo que realizarse antes.
Si Héloïse ya la había girado antes de cenar y no murió entonces, todavía faltaba entender por qué.
O quizá la pieza no era la llave.
O quizá la herida no se produjo en ese primer cierre.
Delacroix sintió, con una mezcla de frustración y excitación intelectual, que el misterio acababa de volverse más difícil y por eso mismo más limpio.
—¿Cuánto tiempo permaneció la puerta cerrada? —preguntó.
—No sé. Cinco minutos. Diez.
—¿Usted estaba dentro?
—Sí.
—¿Héloïse se encontraba perfectamente?
—Sí.
—¿Nada de mareo?
—No.
—¿Hormigueo?
Éliane frunció el ceño.
—Eso fue después.
Vauclair levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—Durante la cena.
—¿Qué dijo exactamente?
Éliane pensó.
—Que tenía los dedos dormidos.
Delacroix la observó.
—¿Ambas manos?
—No recuerdo.
—Inténtelo.
—Creo que la derecha.
Gabriel miró la mano de Delacroix, como si la llave pudiera verse a través de la chaqueta.
Vauclair se inclinó hacia delante.
—¿Cuánto después de cerrar la puerta?
Éliane hizo cuentas.
—Una hora. Quizá más.
—¿Y nada antes?
—No que yo viera.
Delacroix sintió que la cronología empezaba a adquirir contornos.
Todavía incompletos.
—¿Por qué cerró la puerta mientras usted estaba dentro? —preguntó.
Éliane pareció sorprendida.
—Para cambiarse.
—¿Temía que entrara alguien?
—No temía. Simplemente lo hacía.
—¿Siempre?
—Sí.
—¿Incluso acompañada?
—Sí.
Delacroix asintió.
Una costumbre.
No una decisión excepcional.
Eso era importante porque eliminaba cualquier necesidad de que el asesino supiera exactamente cuándo se retiraría por la noche. Bastaba con conocer a Héloïse.
Constance la conocía.
Geneviève también.
Gabriel.
Thibault.
Éliane.
Mariette.
Demasiadas personas.
—¿Quién entró en la habitación antes que usted aquella tarde? —preguntó.
Éliane negó.
—No sé.
—¿Estaba Héloïse cuando llegó?
—Sí.
—¿La puerta abierta?
—Sí.
—¿Había alguien saliendo?
Éliane se quedó pensando.
Constance permanecía completamente inmóvil.
Delacroix no la miró.
—No sé.
—No recuerde nombres. Recuerde si encontró a alguien en el corredor.
—Mariette, quizá.
La antigua doncella levantó la cabeza.
—Yo estaba trabajando.
—No he dicho que hiciera otra cosa.
Mariette frunció el ceño.
—¿A qué hora?
—Antes de las siete y media.
La mujer pensó.
—Puede ser.
—¿Alguien más?
Éliane negó lentamente.
—No recuerdo.
Delacroix asintió.
No iba a fabricar una pista donde todavía no existía.
Gabriel se acercó a Éliane.
—¿Por qué nunca dijiste que Héloïse ya había tenido problemas con la llave antes de la cena?
Ella lo miró con cansancio.
—Porque hasta esta noche una cerradura dura era una cerradura dura.
Gabriel se quedó callado.
Delacroix miró alrededor.