Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 10 — La carta quemada
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Capítulo 10 — La carta quemada

Éliane no negó haber quemado la carta.

Eso fue lo primero que sorprendió a Delacroix.

Hasta aquel momento había negado, corregido, pospuesto o reducido prácticamente cualquier afirmación capaz de acercarse demasiado a su vida privada.

Ahora, en cambio, permaneció de pie junto al sofá con el rostro pálido, una mano todavía apoyada sobre el respaldo y los ojos fijos en Constance, como si la acusación hubiese cruzado por fin una frontera más allá de la cual seguir fingiendo resultaba más agotador que admitir una parte de la verdad.

—Sí —dijo—. Quemé una carta de Héloïse.

Geneviève cerró los ojos.

Gabriel se puso de pie.

Thibault no se movió.

Aquella última reacción interesó a Delacroix.

—¿Cuándo? —preguntó Gabriel.

Éliane no lo miró.

—Después de su muerte.

—Eso ya lo sabemos. ¿Cuándo exactamente?

—Dos días después.

—¿Dónde?

—En mi apartamento.

—¿Por qué?

Éliane levantó por fin la mirada.

—Porque no quería que nadie la leyera.

Gabriel dio un paso.

—Era una carta de Héloïse.

—Lo sé.

—Estaba muerta.

—También lo sé.

—Entonces ¿qué demonios había dentro?

—Gabriel.

Delacroix no elevó la voz. No fue necesario.

El arquitecto se volvió.

—Déjela contestar sin decidir antes qué respuesta necesita.

Gabriel apretó la mandíbula, pero retrocedió.

Éliane se sentó. Lo hizo lentamente, como si el cuerpo hubiera empezado a cobrarle de golpe todo el cansancio que llevaba acumulando desde la tarde.

Thibault seguía junto a la chimenea sin mirarla directamente.

Delacroix observó aquella distancia invisible entre ambos y pensó que quizá la carta no necesitaba mucho más para empezar a explicarse.

Constance permanecía de pie.

—No fue esa carta la que le dio los documentos —dijo Éliane.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Entonces Constance se equivoca?

—Sí.

—¿Por completo?

Éliane dudó.

Constance habló antes.

—Héloïse empezó a hacer preguntas después de pasar un fin de semana contigo en París.

—Eso no significa que yo le diera nada.

—Antes desconfiaba de Thibault. Después sabía dónde mirar.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Éliane lo miró por primera vez.

Fue un error.

Porque en ese instante Delacroix vio algo que ya había sospechado desde la llegada: aquella tensión no pertenecía únicamente a una amistad rota alrededor de una mujer muerta. Había demasiada vergüenza en ella y demasiada precaución en él.

—Significa —dijo Éliane— que Héloïse no era idiota.

Thibault endureció la expresión.

—No he dicho eso.

—Llevas cinco meses diciendo versiones más elegantes.

—Éliane.

—¿Qué?

—No hagas esto.

Ella se rio.

No con humor.

—Eso también llevas mucho tiempo diciéndolo.

Geneviève los miró.

Constance cerró los ojos.

Y Delacroix comprendió que, una vez más, varias personas en aquella habitación habían conocido una verdad distinta de la que fingían descubrir.

—Muy bien —dijo—. Vamos a ahorrarnos quince minutos de miradas significativas. ¿Qué hubo entre ustedes?

Éliane apartó la vista.

Thibault se pasó una mano por la boca.

Geneviève murmuró:

—No.

La palabra fue tan baja que casi nadie la habría oído.

Delacroix sí.

—Señora de Mareuil.

Ella lo miró.

—¿También lo sabía?

Geneviève se quedó inmóvil.

Éliane soltó una respiración.

—Perfecto.

Thibault cerró los ojos.

Delacroix sintió que estaba observando una familia descubrir que sus secretos habían sido privados únicamente por acuerdo mutuo.

—No sabía —dijo Geneviève—. Sospechaba.

—Otra palabra que trabaja bastante esta noche.

—No tenía pruebas.

—No estamos en un tribunal.

Corbin levantó ligeramente una ceja, pero tuvo el buen juicio de no intervenir.

Éliane se inclinó hacia delante.

—Sí. Estuvimos juntos.

Nadie preguntó qué significaba juntos.

No hacía falta.

Thibault miró el suelo.

Geneviève volvió el rostro hacia su hijo.

—¿Cuándo?

—Madre…

—¿Cuándo?

Éliane respondió.

—Hace algo más de un año.

—¿Cuánto duró?

—Unos meses.

—¿Mientras tú…?

Geneviève se detuvo.

Thibault terminó por ella.

—Sí.

—Dios mío.

—No hace falta convertir esto en…

—¿En qué? —preguntó Éliane—. ¿En algo desagradable? Ya lo fue.

Thibault la miró.

—No he dicho que no.

—Nunca dices que no. Solo esperas que pase suficiente tiempo para que las cosas parezcan menos importantes.

La frase golpeó demasiado cerca de varios problemas distintos.

Delacroix levantó una mano.

—Antes de que esto se transforme en una revisión completa de la vida sentimental del señor de Mareuil, necesito saber por qué esa relación importa a la carta.

Éliane respiró.

—Porque Héloïse lo sabía.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Desde cuándo?

—Desde casi el principio.

—Me dijiste que no.

—Te mentí.

—Magnífico.

—No eres la persona indicada para indignarte por eso.

Delacroix vio aparecer una réplica en el rostro de Thibault y desaparecer antes de nacer.

—¿Cómo lo descubrió Héloïse? —preguntó.

Éliane apoyó los dedos contra la frente.

—No sé. Quizá nos vio. Quizá alguien le dijo. Nunca quiso explicármelo. Una tarde vino a casa, se sentó y me preguntó cuánto tiempo llevaba acostándome con su hermano.

Geneviève cerró los ojos.

—Por favor.

Thibault soltó una risa amarga.

—Eso suena exactamente a Héloïse.

—Sí —dijo Éliane—. Sonaba mucho a ella.

Por primera vez desde que empezó a hablar, apareció afecto en su voz.

No nostalgia dulce.

Algo más auténtico: el recuerdo de una persona capaz de enfurecerla incluso después de muerta.

—¿Qué hizo cuando se lo confirmó? —preguntó Delacroix.

—Me llamó idiota.

Thibault se ofendió.

—¿A ti?

Éliane lo miró.

—A los dos, pero empezó conmigo.

Delacroix sintió que una sonrisa intentaba aparecer.

—¿Y después?

—Me preguntó si estaba enamorada.

—¿Lo estaba?

Éliane miró a Thibault.

Él no sostuvo la mirada.

—Creía que sí.

La respuesta fue suficientemente honesta para hacer daño.

—¿Y él?

Thibault habló.

—No hace falta.

—Sí —dijo Éliane—. Hace falta, porque esta es precisamente la razón por la que quemé esa carta.

Thibault se quedó callado.

Éliane volvió hacia Delacroix.

—No sé qué sentía él. Sé lo que decía. No siempre son la misma cosa.

—Eso parece una experiencia compartida en esta casa.

—Probablemente.

—¿Cómo terminó?

—Héloïse me obligó.

Thibault negó.

—No te obligó.

Éliane se volvió hacia él.

—Me dijo que si no terminaba contigo se lo contaría a Claire.

El nombre era nuevo.

Delacroix no preguntó todavía.

Geneviève lo hizo.

—¿Claire?

Thibault se pasó una mano por el rostro.

—Estábamos comprometidos.

El silencio fue bastante preciso.

Delacroix miró a Éliane.

—Entonces el señor de Mareuil tenía prometida.

—Sí.

—Y usted era amiga íntima de su hermana.

—Sí.

—Empiezo a comprender por qué una carta podía resultar incómoda.

Éliane sonrió con tristeza.

—Todavía no ha llegado a la mitad.

Geneviève miraba a su hijo con una mezcla de cansancio y decepción que parecía demasiado vieja para aquella revelación concreta.

—¿Héloïse se lo contó a Claire?

—No —dijo Thibault.

Éliane lo corrigió.

—Porque terminé la relación.

—Eso no significa…

—No importa.

—Sí importa.

—No esta noche.

Thibault se quedó callado.

Delacroix observó a ambos. Había todavía algo vivo allí, pero no sabía si era afecto, resentimiento o simplemente la incapacidad de clausurar correctamente aquello que había terminado mal.

—¿Y Héloïse escribió sobre esto en la carta?

Éliane asintió.

—Meses después.

—¿Por qué?

—Porque discutimos.

—¿Sobre Thibault?

—Al principio.

—¿Después?

Éliane miró hacia la chimenea.

—Sobre ella.

Delacroix esperó.

—Héloïse tenía una forma insoportable de preocuparse por alguien —continuó—.

Si pensaba que estabas tomando una mala decisión, no se limitaba a decírtelo.

Seguía. Preguntaba. Volvía al tema. Te mandaba recortes.

Te daba nombres. Te buscaba abogados. Si conseguía convencerte, perfecto.

Si no, consideraba que todavía no había explicado suficientemente bien la realidad.

Thibault sonrió.

—Sí.

—Era agotadora.

—También.

—Después de que terminamos, yo quería que dejara el tema. No quería hablar de ti. Ni de Claire. Ni de lo que había hecho. Héloïse no lo entendía. Para ella, si algo estaba mal, hablarlo era mejor que callarlo.

—Una filosofía bastante coherente con lo que estamos descubriendo —dijo Delacroix.

Éliane lo miró.

—Sí. Y bastante peligrosa en esta familia.

La frase quedó flotando.

—¿Cuándo le escribió la carta?

—A principios de octubre. Diez días antes de morir, más o menos.

Gabriel se tensó.

—¿Desde aquí?

—No. Desde París.

—¿La conserva usted hasta después de su muerte y entonces la quema?

—Sí.

—¿Por qué no antes?

Éliane miró hacia él.

—Porque mientras estaba viva era solo una carta incómoda.

—¿Y después?

—Después era la última carta que me había escrito.

—Eso sería una razón para conservarla.

—También para que cualquiera quisiera leerla.

Gabriel dio un paso.

—¿Qué decía?

Éliane cerró los ojos unos segundos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía haber tomado una decisión.

—Que Thibault estaba peor de lo que yo creía.

Thibault frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que tenía problemas de dinero.

—Todo el mundo sabía…

—No. Yo no sabía hasta qué punto.

—¿Y ella sí?

—Empezaba a saberlo.

Delacroix se inclinó ligeramente.

—¿La carta mencionaba la firma?

—No directamente.

—¿Documentos?

—Sí.

Constance se tensó.

—¿Cuáles?

Éliane la miró.

—No lo sé.

—Pero acabas de decir…

—Héloïse escribió que había encontrado cosas que no cuadraban y que creía que Thibault estaba utilizando su nombre para mantener a flote operaciones que nunca habría aprobado.

Thibault quedó inmóvil.

—¿Eso decía?

—Más o menos.

—¿Y nunca me lo dijiste?

Éliane se rio sin humor.

—¿Qué debía hacer? ¿Avisarte de que tu hermana estaba descubriendo tus falsificaciones para que pudieras esconderlas mejor?

Thibault bajó la mirada.

—No.

—Exacto.

Delacroix observó a Constance.

—Entonces usted tenía razón en una parte. Héloïse habló con Éliane sobre lo que estaba descubriendo.

Constance asintió.

—Sí.

Éliane negó.

—Pero yo no le di los documentos.

—¿Le dio alguna pista?

—No financiera.

—¿Qué significa eso?

Éliane miró a Thibault.

—Le dije que no confiara en lo que él llamaba temporal.

Thibault cerró los ojos.

—Gracias.

—Te lo ganaste.