Capítulo 9 — Las cosas que una madre no pregunta #3
El salón estaba más silencioso que antes. Nadie fingía no esperar el resultado de la conversación. Thibault se había sentado junto a la chimenea con la cabeza inclinada. Constance estaba cerca de la mesa de documentos. Gabriel levantó la vista en cuanto entraron.
Geneviève caminó hasta su silla.
No se sentó.
Miró primero a Thibault.
Después a Constance.
—Yo sabía que algo iba mal.
Thibault levantó la cabeza.
Constance no se movió.
—No sabía la firma —continuó Geneviève—. No sabía cuánto. No sabía exactamente qué habíais hecho.
Respiró.
—Pero sabía suficiente para preguntar.
La habitación permaneció inmóvil.
—Y no pregunté.
Thibault abrió la boca.
—Madre…
—No.
La misma palabra de antes.
Ahora significaba otra cosa.
—No me protejas tú también.
Thibault bajó la mirada.
Geneviève miró a Constance.
—Te dejé hacerlo.
Constance frunció apenas el ceño.
—¿Hacer qué?
—Decidir qué necesitaba saber.
—Geneviève…
—No. Es verdad.
Constance la observó.
—Tú no querías saber.
—También.
La respuesta fue inmediata.
Eso dejó a Constance sin defensa.
Delacroix permaneció junto a la puerta.
No necesitaba intervenir.
Geneviève continuó.
—Héloïse me dijo que ese era el problema. Que siempre había alguien tomando una decisión por mí y yo permitiéndolo porque así podía fingir que no había decidido nada.
Thibault la miró.
—No eres responsable de lo que pasó.
Geneviève giró hacia él.
—No sabes eso.
—No la mataste.
—No estoy hablando de matarla.
El silencio volvió.
Delacroix vio que Thibault comprendía.
Quizá por primera vez la familia empezaba a descubrir que la responsabilidad tenía más formas que la culpabilidad penal.
Gabriel habló.
—¿Hablaste con Héloïse después de la cena?
Geneviève lo miró.
—Sí.
La palabra lo golpeó.
—No lo dijiste.
—No.
—¿Dónde?
—En el vestíbulo.
Gabriel se puso de pie.
—¿Antes de que yo hablara con ella?
Geneviève dudó.
—No lo sé.
Delacroix intervino.
—Eso tendremos que reconstruir.
Gabriel se pasó una mano por el rostro.
—Todo cambia cada vez que alguien abre la boca.
Thibault soltó una risa sin humor.
—Quizá por eso dejamos de abrirla en octubre.
Gabriel lo miró con dureza.
—No tiene gracia.
—No pretendía.
Constance seguía observando a Geneviève.
—¿Qué te dijo Héloïse?
La madre tardó.
—Que si el lunes descubría que habías usado su dinero sin permiso, tendrías que responder.
La frase cayó lentamente.
Constance no se movió.
—Ya me lo había dicho.
—No me dijiste que fuera tan lejos.
—Porque no habría cambiado nada.
Geneviève la miró.
—Para ti.
Constance sostuvo la mirada.
—Para nadie.
Delacroix observó el intercambio.
Aquello era importante.
No por la acusación.
Por la diferencia.
Geneviève había empezado la noche creyendo que Constance había actuado en su nombre.
Ahora empezaba a comprender que Constance había decidido durante años qué significaba actuar por todos.
—¿Héloïse le dijo algo más? —preguntó Delacroix.
Geneviève asintió.
—Sí.
—¿Qué?
La madre miró a Constance.
—Que quizá había llegado el momento de dejar que algunas cosas cayeran.
Thibault levantó la cabeza.
Era la frase que había recordado durante la cena.
Constance bajó la mirada.
Delacroix se acercó a la mesa.
—Y eso nos lleva a una cuestión que todavía no hemos contestado.
Gabriel lo miró.
—¿Cuál?
—Qué era exactamente lo que Héloïse estaba dispuesta a dejar caer.
Olivier Brissac se tensó.
Corbin también.
Delacroix los vio.
—Hasta ahora hablamos de la empresa como si fuera una víctima abstracta de las decisiones de Héloïse. Quiero saber en qué estado estaba realmente.
Brissac se quedó inmóvil.
—Eso puede llevar horas.
—Tenemos toda la noche.
—No va a entender las cuentas solo hablando.
—Entonces haga un esfuerzo pedagógico. Siempre he pensado que si algo no puede explicarse sin esconderlo detrás de una columna de números, probablemente alguien agradece bastante esa columna.
Olivier apretó los labios.
Constance intervino.
—Armand.
Delacroix la miró.
—¿Sí?
—Antes de seguir con Olivier, hay algo que debería saber.
La habitación se quedó quieta.
Gabriel levantó la vista.
Geneviève miró a Constance con cansancio.
—¿Qué más?
Constance ignoró la pregunta.
Miró únicamente a Delacroix.
—Héloïse no descubrió las irregularidades solo porque revisara papeles.
—¿No?
—No.
—Entonces ¿cómo?
Constance tardó un segundo.
—Alguien la ayudó.
Olivier palideció.
Corbin volvió la cabeza.
Thibault frunció el ceño.
Delacroix observó las reacciones.
—¿Quién?
Constance miró hacia Éliane.
La joven, que había permanecido casi toda la conversación en silencio, se puso blanca.
—No —dijo.
Constance no apartó los ojos.
—Sí.
Éliane se puso de pie.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sé que Héloïse recibió documentos que no estaban en su archivo habitual.
—Eso no significa…
—Y sé que después de su muerte quemaste una carta suya.
Gabriel levantó la cabeza.
Delacroix miró a Éliane.
La joven estaba inmóvil.
Pálida.
Furiosa.
Asustada.
Y, por primera vez, no parecía tener ninguna posibilidad de seguir sosteniendo que la carta destruida no tenía nada que ver con lo que Héloïse había descubierto.
Delacroix pensó que Geneviève tenía razón en algo.
Las cosas que una familia no pregunta no desaparecen.
Simplemente esperan a que alguien formule la pregunta correcta.