Capítulo 9 — Las cosas que una madre no pregunta #2
—Entonces deja de hablar como si hubiéramos…
Se detuvo.
Delacroix esperó.
—¿Como si hubieran qué?
Geneviève respiró.
—Como si la hubiéramos empujado.
—¿Lo hicieron?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
—No físicamente.
Ella cerró los ojos.
Delacroix bajó ligeramente la voz.
—No estoy intentando convertir a toda una familia en asesina. Intento entender por qué una mujer de veintiocho años llegó a la última cena de su vida rodeada de personas que tenían miedo de lo que podía hacer el lunes.
Geneviève permaneció callada.
—¿Usted tenía miedo?
La pregunta entró más despacio.
Geneviève tardó mucho.
—Sí.
—¿De qué?
—Del escándalo.
—Sea más precisa.
—De que Thibault acabara en prisión.
—¿Creía que podía ocurrir?
—No sé.
—Sí lo creía.
La mujer apretó las manos.
—No sabía hasta dónde había llegado.
—Pero imaginaba suficiente.
—Sí.
—¿Algo más?
Geneviève tragó saliva.
—Que la empresa cayera.
—¿Le importaba por dinero?
—No solo. Había gente. Empleados. Familias. El nombre de mi marido. Toda una vida.
—¿Y Constance?
Geneviève la miró.
—¿Qué?
—¿Temía que ella también quedara implicada?
Una pausa.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que había intervenido.
—¿En qué?
—En movimientos, garantías, pagos. No conocía los detalles.
—Pero sabía que podía haber hecho algo ilegal.
Geneviève cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix asintió.
—Entonces cuando Héloïse dijo que llevaría los documentos a un auditor, usted entendió que no solo amenazaba a Thibault.
—Sí.
—¿Y qué hizo?
La mujer miró hacia la ventana.
—Le pedí que no lo hiciera.
—¿Durante la cena?
—Antes y durante.
—¿Cómo?
—Le dije que esperara. Que no destruyera a su hermano por un error.
—¿Un error?
Geneviève recibió el peso de la palabra.
—Eso dije.
—¿Qué respondió?
—Que una firma falsa no era un error.
—Correcto.
—No necesito que usted lo confirme.
—No lo hacía por usted.
Ella lo miró con irritación.
—Después le dije que podía solucionarse dentro de la familia.
—¿Y ella?
Geneviève tragó saliva.
—Se rio.
—¿Como con Thibault?
—No. No fue una risa cruel. Fue… cansada.
—¿Qué dijo?
Geneviève cerró los ojos.
—«Dentro de la familia es donde lleváis dos años empeorándolo».
Delacroix no pudo evitar pensar que Héloïse había tenido una capacidad agotadora para formular exactamente la frase que nadie quería oír.
—¿Y después?
—Le pedí que pensara en mí.
—¿En usted?
—Sí.
—¿Qué significaba?
Geneviève abrió los ojos.
—Que no podía soportar otro escándalo.
—¿Otro?
La mujer se quedó quieta.
Delacroix lo vio.
—¿Cuál fue el anterior?
—No importa.
—Esa expresión también trabaja demasiado.
Geneviève suspiró.
—Mi marido tuvo problemas años antes de morir. Una relación. Se supo. Hubo rumores. Periódicos pequeños. Nada extraordinario, pero para mí fue… suficiente.
—¿Y desde entonces teme cualquier exposición pública?
—Sí.
—¿Héloïse lo sabía?
—Claro.
—Entonces pedirle que pensara en usted significaba pedirle que protegiera su reputación aunque hubiera sido víctima de una falsificación.
Geneviève palideció.
—No lo formulé así.
—No.
—Porque no era así.
—¿Cómo era?
La mujer lo miró.
No encontró respuesta.
Delacroix dejó que el silencio completara la pregunta.
—¿Qué dijo Héloïse?
Geneviève bajó la mirada.
—Que llevaba toda la vida pensando en mí.
—¿Y?
—Que quizá yo debía empezar a pensar en ella.
La frase la quebró.
No de forma espectacular.
No hubo llanto inmediato ni manos sobre el rostro.
Simplemente algo cedió en la expresión. La mandíbula perdió rigidez. Los hombros bajaron apenas. Durante un segundo dejó de parecer Geneviève de Mareuil y se convirtió en una mujer que acababa de recordar exactamente la última vez que su hija le había pedido algo que ella no había sabido darle.
Delacroix apartó la mirada.
No por cortesía.
Por necesidad.
Algunas confesiones no mejoraban bajo observación.
Geneviève habló después de unos segundos.
—Yo estaba enfadada.
—Lo imagino.
—Le dije que era injusta.
—¿Lo cree ahora?
Ella negó.
—No.
—¿Se disculpó?
—No.
—¿Volvieron a hablar antes de que muriera?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Después de la cena.
Delacroix levantó la mirada.
—Eso no figura en la reconstrucción.
Geneviève se quedó inmóvil.
—Fue muy breve.
—¿Dónde?
—En el vestíbulo.
—¿Antes de que subiera?
—Sí.
—¿Estaban solas?
—No lo sé. La gente entraba y salía.
—¿Qué dijo usted?
Geneviève respiró.
—Le pedí otra vez que esperara.
—¿Y ella?
—Me dijo que no.
—¿Nada más?
—Sí.
—¿Qué?
La madre tardó.
—Que si el lunes descubría que Thibault había falsificado más cosas, no podría protegerlo.
—¿Usó proteger?
—Sí.
—¿Y Constance?
Geneviève levantó los ojos.
—También la mencionó.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Qué dijo?
—Que si Constance había movido dinero o firmado autorizaciones sin derecho, tendría que responder por ello igual que los demás.
—¿Y usted qué respondió?
Geneviève cerró los ojos.
—Que Constance había pasado años salvándonos.
—¿Héloïse?
—Dijo que quizá ese era el problema.
Delacroix guardó silencio.
—¿Algo más?
—Sí.
—¿Qué?
Geneviève lo miró directamente.
—Me preguntó si alguna vez había pensado qué ocurriría si Constance dejara de salvarnos.
—¿Y usted?
—Le dije que no quería imaginarlo.
—¿Qué respondió Héloïse?
—«Yo sí».
La frase quedó entre ambos.
Delacroix pensó en Constance.
No como asesina.
Todavía no.
Como centro invisible de una familia que había aprendido a convertir sus errores en problemas de una sola persona. Una mujer que resolvía. Movía. Cubría. Decidía. Absorbía. Mientras los demás podían seguir siendo irresponsables, frágiles o ignorantes.
Héloïse había amenazado con algo más peligroso que una denuncia.
Había amenazado con romper la función que mantenía a todos en sus papeles.
—¿Quién más oyó esa conversación? —preguntó.
Geneviève pensó.
—No lo sé.
—¿Constance?
—No creo.
—¿Thibault?
—Quizá estaba en el salón.
—¿Gabriel?
—No.
—¿Mariette?
La mujer frunció el ceño.
—Podría haber estado pasando.
Delacroix registró la posibilidad.
—Después Héloïse subió.
—Sí.
—¿La vio cerrar la puerta?
—No.
—¿La vio llegar al piso superior?
—No.
—Entonces su conversación fue la última que usted tuvo con ella.
Geneviève asintió.
—Sí.
—¿Y eso lo ocultó a la policía?
—No me preguntaron cada frase.
—¿Dijo que había hablado con ella después de la cena?
Silencio.
—No.
—¿Por qué?
Geneviève se quedó quieta.
—Porque me avergonzaba.
—¿De qué?
—De lo que le había pedido.
Delacroix asintió.
Otra mentira lateral.
Otra pieza arrancada de la cronología no para esconder un homicidio, sino para proteger una imagen.
—¿También temía que pareciera motivo?
—Sí.
—Entonces ya durante la investigación inicial comprendía que esa conversación podía hacerla parecer sospechosa.
—Sí.
—¿Y aun así permitió que la policía trabajara con una versión incompleta?
Geneviève lo miró.
—Mi hija estaba muerta.
—Precisamente.
La mujer recibió la frase sin defenderse.
Delacroix continuó con más suavidad.
—No estoy preguntando para humillarla. Necesito que comprenda qué hizo esa omisión. Si usted habló con Héloïse en el vestíbulo después de la cena, altera quién pudo verla por última vez. Altera dónde estaba. Altera el orden en que se desplazaron otros. Puede parecer pequeño. No lo es.
Geneviève asintió lentamente.
—Lo entiendo.
—Ahora.
—Sí.
Delacroix se levantó.
—Una última cosa.
Geneviève también se puso de pie.
—¿Qué?
—Durante los meses anteriores a la muerte de Héloïse, ¿alguna vez preguntó directamente a Constance cuánto dinero había utilizado sin autorización?
La mujer negó.
—No.
—¿Le preguntó cuántos documentos estaban comprometidos?
—No.
—¿Le preguntó si Thibault había falsificado una firma?
—No.
—¿Le preguntó si ella misma podía tener responsabilidad penal?
Geneviève cerró los ojos.
—No.
Delacroix asintió.
—Entonces cuando esta noche dice que no sabía, necesito que ambos distingamos dos cosas.
Ella levantó la mirada.
—No saber porque nadie se lo dijo.
Hizo una pausa.
—Y no saber porque preguntar podía obligarla a hacer algo con la respuesta.
Geneviève se quedó inmóvil.
La frase no la enfadó.
Eso fue peor.
—Sí —dijo finalmente.
Delacroix abrió la puerta.
—Volvamos.