Capítulo 9 — Las cosas que una madre no pregunta
Geneviève no protestó cuando Delacroix pidió hablar con ella.
Eso, después de todo lo ocurrido durante la noche, resultó casi más inquietante que una negativa.
Permaneció sentada unos segundos después de que los demás empezaran a dispersarse por el salón, con las manos inmóviles sobre el regazo y la mirada detenida en algún punto del fuego.
Thibault había vuelto hacia la ventana. Constance seguía de pie junto a su sillón, observando a su hermana política con una atención que podía ser preocupación o vigilancia y probablemente contenía ambas cosas.
Gabriel había abierto otra vez la caja de documentos, aunque Delacroix sospechaba que lo hacía más para no mirar directamente a nadie que por necesidad real de consultar papeles.
Cuando Geneviève finalmente se levantó, lo hizo con la misma elegancia con la que había entrado en Les Ormes horas atrás.
Solo el rostro había cambiado. Seguía perfectamente compuesto, pero algo en la manera de mantener la barbilla indicaba que ya no confiaba en que la corrección bastara para protegerla.
—¿Dónde? —preguntó.
Delacroix miró hacia el salón pequeño que se abría al otro lado del vestíbulo.
—Ahí estará bien.
Constance dio un paso.
—¿Quieres que vaya contigo?
Geneviève la miró.
La pregunta parecía sencilla.
La respuesta tardó demasiado.
—No.
Constance asintió.
No insistió.
Delacroix condujo a Geneviève hacia una estancia más pequeña, amueblada con dos sofás, una mesa redonda y una chimenea que no estaba encendida.
Había una lámpara sobre una consola y otra junto a una butaca.
La habitación resultaba ligeramente más fría que el resto de la casa, pero también más íntima.
Delacroix dejó la puerta entornada. Geneviève lo vio.
—Puede cerrarla.
—Prefiero no hacerlo.
—Después de toda una noche hablando de puertas cerradas, supongo que debería haberlo imaginado.
Delacroix sonrió apenas.
—Empieza a conocerme.
Ella se sentó.
—No estoy segura de que eso sea una ventaja.
—Casi nunca lo es.
Delacroix tomó la butaca frente a ella.
Durante unos segundos no habló.
Geneviève tampoco.
No tenía la inquietud física de Thibault. No movía las manos, no buscaba la ventana, no se levantaba a mitad de una frase. Su defensa era otra: permanecer exactamente donde estaba y obligar al interlocutor a decidir cuánto estaba dispuesto a empujar.
Delacroix empezó por algo sencillo.
—¿Cuándo supo usted que Thibault había falsificado la firma de Héloïse?
—Esta noche.
—No.
Geneviève levantó los ojos.
—Perdón.
—Esta noche supo que él mismo lo admitía. No es lo mismo.
Ella endureció ligeramente la expresión.
—No sabía que la firma fuera suya.
—¿Lo sospechaba?
—No con certeza.
—¿Desde cuándo?
Geneviève miró hacia la puerta entornada.
—No lo sé.
—Eso es posible. Pero no suficiente.
—Señor Delacroix, llevo cinco meses revisando conversaciones que entonces no significaban lo que significan ahora. Si me pregunta cuándo empecé a sospechar algo que no quería sospechar, no sé darle una fecha.
—Entonces déme el momento.
La mujer guardó silencio.
—Hubo uno.
Geneviève respiró.
—Héloïse vino a verme a finales de septiembre.
—¿Dónde?
—En París.
—¿A su casa?
—Sí.
—¿Estaban solas?
—Sí.
—¿Qué quería?
Geneviève bajó la mirada hacia sus manos.
—Preguntarme por determinadas cuentas.
—¿Cuáles?
—No recuerdo los números.
—No necesito números.
—Preguntó por dinero que había salido de fondos pertenecientes a ella.
—¿Y usted lo sabía?
—Sabía que se habían utilizado algunos recursos temporalmente.
—Temporalmente.
—Eso me dijeron.
—¿Quién?
Geneviève dudó.
—Constance.
Delacroix asintió.
—¿Y qué le dijo exactamente?
—Que había problemas de liquidez. Que algunos fondos se habían movido para evitar pérdidas mayores y que serían repuestos.
—¿Le dijo que Héloïse lo había autorizado?
Geneviève tardó.
—No recuerdo.
—Eso suele significar que no.
La mujer levantó la mirada.
—No intente poner palabras en mi boca.
—No hace falta. Me basta con observar cuáles evita.
Geneviève se quedó quieta.
Delacroix continuó.
—¿Le preguntó a Constance si Héloïse había dado permiso?
Silencio.
—No.
—¿Por qué?
Geneviève respiró más hondo.
—Porque confiaba en ella.
—No le he preguntado en quién confiaba.
—Entonces porque no pensé que hubiera una razón para preguntarlo.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso tampoco.
Geneviève apretó los labios.
—¿Qué quiere que diga?
—La verdad, si no le parece una exigencia demasiado original esta noche.
Ella apartó la vista.
La lluvia seguía golpeando débilmente contra los cristales.
Desde el salón llegaban voces apagadas, irreconocibles.
Delacroix pensó que la casa estaba empezando a dividirse no por puertas sino por confesiones.
Cada habitación contenía una versión distinta de Héloïse, y cuanto más hablaban, más difícil resultaba pensar en ella como una mujer aislada en el centro de un misterio.
Había sido un punto de presión dentro de una estructura familiar donde todos dependían de que determinadas cosas no se nombraran.
Geneviève habló finalmente.
—No pregunté porque sabía que podía no gustarme la respuesta.
La frase fue tan sencilla que Delacroix no la interrumpió.
—Eso es lo más exacto que puedo decirle.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
Ella lo miró con desconcierto.
—Esperaba otra cosa.
—¿Una acusación?
—No sé.
—Las acusaciones son cómodas. Las personas suelen preferirlas a las preguntas porque al menos saben contra qué defenderse.
Geneviève guardó silencio.
—Entonces sabía que había movimientos irregulares.
—Sabía que había movimientos que Héloïse podía no haber aprobado de forma explícita.
—¿Eso no le pareció irregular?
—En las familias con patrimonio, señor Delacroix, hay muchas cosas que se hacen sin convertir cada decisión en una ceremonia.
—También en las familias sin patrimonio. La diferencia suele ser que hay menos abogados.
Algo parecido a una sonrisa apareció y desapareció.
—Constance administraba parte de los asuntos. Llevaba años haciéndolo. Mi marido también tomaba decisiones sin consultar cada detalle. Yo misma había firmado poderes. Héloïse era joven.
—Tenía veintiocho años.
Geneviève lo miró.
—Para mí seguía siendo joven.
—Eso no es lo mismo que incapaz.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero permitió que otros decidieran sobre su dinero como si todavía necesitaran protegerla de sí misma.
Geneviève endureció la voz.
—No era así.
—¿Cómo era?
—Era una familia.
Delacroix dejó pasar un segundo.
—Empiezo a sospechar que esa palabra ha trabajado demasiado esta noche.
Ella lo miró con irritación.
—Usted no entiende.
—Eso es posible. Explíqueme.
Geneviève se acomodó ligeramente.
—Mi marido murió hace ocho años. Hasta entonces, él llevaba casi todo.
Después, las cosas quedaron repartidas de una forma confusa.
Thibault no estaba preparado. Héloïse no quería ocuparse.
Yo no entendía de negocios y tampoco tenía deseo de aprender.
Constance sí. Corbin sí. Olivier también. Cada uno asumió una parte.
—Y mientras funcionara, nadie preguntaba.
—Exactamente.
—Hasta que dejó de funcionar.
Geneviève miró hacia el fuego inexistente.
—Sí.
—¿Qué le dijo Héloïse cuando fue a verla en septiembre?
—Que había descubierto movimientos que no reconocía. Que algunos documentos llevaban su firma y no recordaba haberlos firmado.
—¿Le dijo que sospechaba de Thibault?
Geneviève tardó.
—Sí.
—¿Qué hizo usted?
—Le dije que no sacara conclusiones.
—¿Por qué?
—Porque Thibault es su hermano.
Delacroix la miró.
Geneviève comprendió demasiado tarde el problema de la respuesta.
—Quiero decir…
—Ya sé lo que quiere decir.
—No, no lo sabe.
—Entonces explíquelo.
—Héloïse podía ser inflexible. Cuando creía que alguien había hecho algo mal, todo lo demás desaparecía. Contexto, intención, necesidad. Yo quería evitar que acusara a su hermano antes de saber qué había ocurrido.
—¿Le preguntó a Thibault?
Silencio.
—No.
—¿A Constance?
—Sí.
—¿Y qué le dijo?
—Que había un problema que estaba intentando solucionar.
—¿Le preguntó si Thibault había falsificado la firma?
Geneviève cerró los ojos un momento.
—No.
Delacroix asintió.
—Otra pregunta que podía no gustarle.
La mujer lo miró con dureza.
—Es fácil decirlo ahora.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
Delacroix continuó.
—Todo es más fácil cuando alguien ya está muerto. Se ven señales, decisiones, silencios. La dificultad es admitir qué cosas uno eligió no ver cuando todavía podían tener consecuencias.
Geneviève respiró.
—¿Cree que yo podía haber evitado su muerte?
—No lo sé.
La honestidad pareció golpearla más que una absolución.
—Pero sí creo que varias personas hicieron posible que la situación llegara hasta octubre porque cada una esperaba que otra resolviera lo que no quería enfrentar.
Geneviève bajó la mirada.
—Constance siempre resolvía.
—Eso me han dicho.
—No lo dice como un elogio.
—Todavía no sé qué es.
—Para nosotros lo era.
—¿También para Héloïse?
La mujer sonrió con tristeza.
—Durante años, sí.
—¿Y después?
—Después empezó a decir que Constance no resolvía. Enterraba.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Usó esa palabra?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Poco antes de morir. Quizá una semana.
—¿Delante de usted?
—Sí.
—¿Qué estaban discutiendo?
Geneviève miró hacia la puerta.
—Dinero.
—Otra vez.
—Siempre terminaba siendo dinero.
—No. El dinero era el objeto. La discusión parece haber sido sobre otra cosa.
Geneviève frunció el ceño.
—¿Qué?
—Sobre quién tenía derecho a decidir por quién.
La mujer no respondió.
Delacroix continuó:
—Thibault decidió que podía usar la firma de Héloïse.
Constance decidió que podía utilizar sus fondos para cubrirlo.
Corbin decidió que podía considerar una regularización posterior.
Olivier decidió que podía maquillar determinadas cifras.
Usted decidió que podía no preguntar. Todos asumieron algo sobre lo que Héloïse aceptaría una vez que las cosas estuvieran hechas.
Geneviève palideció.
—No es justo.
—No intento serlo.
—Ella no estaba sola contra todos.
—No he dicho eso.
—La queríamos.
—Tampoco he dicho lo contrario.