Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 8 — La firma #3
33%

Capítulo 8 — La firma #3

Delacroix permaneció callado.

—Cuando Vauclair dijo que quizá había sido el corazón, sentí alivio.

La confesión salió con asco.

—Alivio.

—Sí.

—Porque significaba que no era responsabilidad suya.

—Exacto.

—¿Y después?

—Después me odié por sentirlo.

Delacroix miró hacia la puerta.

—Eso explica por qué la familia aceptó tan rápido una muerte natural.

Thibault frunció el ceño.

—No todos.

—No me refiero a conspiración. Me refiero a alivio.

—Puede.

—Una muerte natural transformaba todas las mentiras económicas en problemas independientes.

—Sí.

—Un homicidio las convertía en motivos.

Thibault respiró.

—Sí.

Delacroix se puso de pie.

—Quiero que volvamos al salón.

Thibault no se movió.

—Todavía no.

—¿Qué falta?

—Una cosa.

Delacroix esperó.

—No quiero que mi madre oiga esto de otro.

—¿Qué?

—La falsificación.

—Ya sospecha.

—Sospechar no es escucharme decirlo.

—¿Quiere contárselo usted?

—Sí.

Delacroix lo observó.

—Entonces hágalo.

Thibault se levantó, pero al llegar a la puerta se detuvo.

—¿Cree que la maté?

Delacroix no respondió enseguida.

—Creo que tenía motivo para temer el lunes.

—Eso no era lo que pregunté.

—Lo sé.

—¿Cree que la maté?

—No lo sé.

Thibault sonrió tristemente.

—Eso es casi un alivio.

—No debería.

—Después de cinco meses en los que yo mismo no he dejado de preguntármelo, créame, lo es.

Delacroix abrió la puerta.

El salón estaba exactamente como lo habían dejado y, sin embargo, las personas dentro parecían haber envejecido durante los minutos de ausencia.

Gabriel estaba de pie junto a la chimenea.

Geneviève seguía sentada. Constance no había cambiado de posición.

Olivier y Corbin hablaban en voz baja, pero se callaron inmediatamente.

Thibault entró delante.

Su madre lo miró.

—¿Qué has dicho?

Él no buscó escapatoria.

—Que la firma era mía.

Geneviève se quedó inmóvil.

Nadie habló.

Thibault caminó hasta quedar frente a ella.

—La garantía. La firmé yo. Con el nombre de Héloïse.

La madre tardó en reaccionar.

—No.

Thibault cerró los ojos.

—Sí.

—No.

—Madre.

—No.

La repetición no era negación lógica. Era una reacción física, como si la palabra pudiera mantener algo fuera de la habitación mientras continuara pronunciándola.

—Fue hace dos años —dijo Thibault—. Necesitábamos crédito. Pensé que podía arreglarlo antes de que nadie lo supiera.

Geneviève levantó la vista hacia Constance.

—Tú lo sabías.

Constance no mintió.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Pocos días después.

—Dos años.

—Sí.

—Dos años.

—Geneviève…

—No.

La madre se puso en pie.

No gritaba.

Eso resultaba peor.

—Dos años sabiendo que mi hijo había falsificado la firma de su hermana y no me dijiste nada.

Constance también se levantó.

—¿Qué habrías hecho?

Geneviève la miró.

—No tienes derecho a preguntarme eso.

—Tengo todo el derecho si la respuesta era esconderte y esperar que alguien lo solucionara.

La frase encontró su blanco.

Geneviève palideció.

—Eres cruel.

—No. Estoy cansada de que todos decidamos recordar las cosas de una forma que nos deje un poco menos responsables.

Delacroix la observó.

Había algo en el tono de Constance que no había aparecido hasta entonces. No era agresividad, sino autoridad. La autoridad de alguien que estaba acostumbrado a tomar decisiones cuando los demás no podían.

Thibault intervino.

—No la culpes.

Geneviève se volvió.

—¿A quién quieres que culpe?

—A mí.

—También.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Porque fui yo.

—Y ella lo ocultó.

—Porque intentaba salvarme.

Constance cerró los ojos.

—No solo a ti.

La frase fue baja.

Todos la oyeron.

Delacroix levantó la vista.

Gabriel también.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

Constance no respondió inmediatamente.

—Si la falsificación salía a la luz, no caía únicamente Thibault. Algunas operaciones posteriores dependían de aquella garantía. Había bancos, contratos, dinero movido desde otras cuentas. Podía arrastrar a la empresa.

—Y a usted —dijo Delacroix.

Constance lo miró.

—Sí.

Geneviève se llevó una mano al respaldo de una silla.

—¿Utilizaste dinero de Héloïse para cubrirlo?

—Sí.

—¿Sin decírselo?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No vamos a resolver nada con una cifra.

—¡Quiero saberlo!

Constance la miró.

—Mucho.

El silencio posterior fue peor que una cifra.

Olivier Brissac apartó la vista.

Corbin se frotó la frente.

Delacroix observó las reacciones.

—¿Quién más sabía exactamente lo que estaba ocurriendo?

Constance respondió.

—Olivier sabía parte. Corbin otra. Thibault sabía menos de lo que debería porque yo intentaba impedir que empeorara las cosas.

Thibault sonrió sin humor.

—Una estrategia razonable.

—No especialmente exitosa.

—Eso también.

Geneviève seguía de pie, pálida.

—¿Y Héloïse?

Constance tardó.

—Lo descubrió.

—¿Todo?

—Casi.

—¿Cuándo?

—Las semanas anteriores a su muerte.

—¿Y qué iba a hacer?

Nadie respondió.

Delacroix miró a Thibault.

—Dígalo usted.

Él respiró.

—El lunes iba a entregar los papeles a un auditor independiente. Iba a retirar los poderes de Constance. Revisar los movimientos. Y si encontraba lo que creía que iba a encontrar…

Geneviève cerró los ojos.

—¿Qué?

Thibault no pudo terminar.

Constance lo hizo.

—Podía denunciarnos.

Geneviève se dejó caer en la silla.

El salón quedó inmóvil.

Había algo brutal en la sencillez de la palabra. Durante horas habían hablado de irregularidades, garantías, fondos, autorizaciones y regularizaciones. Denunciarnos eliminaba toda esa protección verbal y dejaba debajo lo que siempre había estado allí.

Delitos.

Gabriel miró a Constance.

—¿Héloïse te dijo que lo haría?

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Aquella tarde.

—¿A solas?

—Sí.

Delacroix sintió cómo la información se ordenaba.

No la solución.

El motivo.

—¿Qué le respondió usted?

Constance lo miró.

—Que esperara.

—¿Por qué?

—Porque todavía podía arreglarse.

—¿Qué?

—Todo.

Thibault rio con amargura.

—Ahí está.

Constance lo ignoró.

—Le pedí hasta el lunes.

Delacroix frunció el ceño.

—Ella pensaba actuar el lunes.

—Le pedí más tiempo después del lunes. Una semana.

—¿Y Héloïse?

Constance mantuvo la mirada.

—Se negó.

—¿Discutieron?

—Sí.

—¿Fuerte?

—Lo suficiente.

—¿La amenazó?

—No.

—¿Ella a usted?

Constance pensó.

—No exactamente.

—Explíquese.

—Me dijo que si yo había firmado, movido o autorizado algo utilizando su patrimonio sin permiso, no iba a protegerme.

—¿Le sorprendió?

—No.

—¿Le dio miedo?

Constance tardó apenas.

—Sí.

La respuesta fue tan limpia que Gabriel se movió.

Delacroix lo vio, pero no apartó los ojos de ella.

—¿Por usted?

—Por todos.

—Eso no responde.

Constance respiró.

—También por mí.

Delacroix asintió.

—Bien.

Gabriel dio un paso.

—Entonces sabías que tenía motivos para hacerte responsable.

—Sí.

—Y sabías que pensaba denunciar.

—Sí.

—¿Por qué no se lo dijiste a la policía?

Constance lo miró.

—Porque no la maté.

—No era la pregunta.

—Porque en ese momento ya estaba muerta y contarles todo habría destruido a Thibault, a Geneviève, a la empresa y quizá a varias personas más sin devolverla.

Gabriel quedó pálido.

—Así que seguiste ocultándolo.

—Sí.

—Después de verla muerta.

—Sí.

El tono de Constance no era desafiante.

Era peor.

Convencido.

Gabriel abrió la boca.

Delacroix intervino.

—No.

Gabriel se volvió.

—¿No qué?

—No vamos a convertir esto en un juicio moral a cada persona en cuanto confiesa algo.

—Ella tenía motivo.

—Sí.

—Conocimiento.

—Sí.

—Acceso.

—Probablemente también.

—¿Y qué necesita?

Delacroix lo miró.

—Que deje de intentar resolver su propia investigación antes de que termine.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Héloïse le dijo que podía denunciarla.

—Lo he oído.

—Y murió esa misma noche.

—También.

—¿No lo ve?

—Veo demasiado.

Gabriel se quedó callado.

Delacroix se volvió hacia Constance.

—¿Dónde estuvo entre el final de la discusión con Héloïse y la cena?

—Con Geneviève durante una parte.

Geneviève levantó la mirada.

—Sí.

—¿Toda?

Constance negó.

—No.

—¿Dónde más?

—Subí.

La palabra produjo un cambio instantáneo.

Thibault la miró.

Gabriel también.

Delacroix no reaccionó.

—¿A qué planta?

—A la superior.

—¿Por qué?

—A cambiarme.

—¿Su habitación?

—Sí.

—¿Pasó por la Chambre des Tilleuls?

Constance lo miró.

—Sí.

—¿Entró?

—No.

—¿Vio a Héloïse?

—No.

—¿Estaba la puerta abierta?

—Creo que sí.

—¿La llave?

Constance tardó.

—No la recuerdo.

—¿Cuánto tiempo estuvo arriba?

—Quince minutos. Quizá veinte.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—Geneviève me vio bajar.

La madre asintió lentamente.

—Sí.

—¿La vio subir?

—No.

—Entonces sabemos cuándo terminó el intervalo, no cuándo empezó.

Constance aceptó la precisión.

—Correcto.

Gabriel habló.

—Tuviste tiempo.

Delacroix se volvió hacia él.

—Gabriel.

—Lo tuvo.

—También Thibault. También Éliane. También Mariette. También usted. La habitación estaba abierta durante el día. Si empezamos a tratar acceso como prueba, tendremos que construir otra casa para guardar sospechosos.

Gabriel calló.

Delacroix volvió hacia Thibault.

—Una pregunta.

—Sí.

—¿Quién sabía con certeza, antes de la cena, que Héloïse pensaba acudir a un auditor y podía denunciar las falsificaciones?

Thibault pensó.

—Yo.

—¿Quién más?

—Corbin probablemente sabía que habría auditoría, pero no sé si conocía todo.

—¿Olivier?

—Sabía que Héloïse estaba revisando cuentas.

—¿Su madre?

Thibault miró a Geneviève.

—No creo que supiera hasta dónde pensaba llegar.

—¿Gabriel?

—Sabía que quería revisar, pero Héloïse no le contaba todos los detalles porque no quería involucrarlo.

Delacroix asintió.

—¿Éliane?

—Puede que supiera parte.

—¿Quién sabía todo?

Thibault miró hacia su tía.

No hizo falta hablar.

Delacroix lo obligó.

—Dígalo.

Thibault sostuvo la mirada de Constance.

—Ella.

El salón quedó en silencio.

—Constance sabía que la firma era falsa —continuó—. Sabía que había más de una. Sabía cuánto dinero se había movido. Sabía lo que Héloïse había encontrado. Y sabía lo que pensaba hacer el lunes.

Constance no apartó la mirada.

Delacroix tampoco.

Por primera vez durante toda la noche, una persona reunía en una sola línea conocimiento, riesgo y una ventana de oportunidad anterior a la cena.

Eso no la convertía en asesina.

Pero cambiaba su lugar dentro de la habitación.

Y ella lo sabía.