Capítulo 8 — La firma #2
—Contratar a alguien independiente. Revisar absolutamente todo. Si encontraba más falsificaciones o movimientos no autorizados, decidiría después.
—¿Denunciar?
—No dijo que fuera a hacerlo inmediatamente.
—Pero podía.
—Sí.
—¿Y usted sabía que podía?
—Sí.
Delacroix lo observó.
—Eso le daba un motivo bastante bueno para impedir que llegara el lunes.
Thibault levantó la mirada.
No hubo indignación.
Eso también interesó.
—Sí.
La respuesta fue casi un susurro.
—¿La mató?
—No.
—¿Pensó en hacerlo?
Thibault se quedó inmóvil.
—No.
—Piénselo antes de responder.
—Ya lo he pensado durante cinco meses.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Y?
—No.
—¿Nunca deseó que desapareciera el problema?
Thibault tardó.
—Sí.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
—¿Qué deseó exactamente?
Thibault apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Que cambiara de opinión. Que se casara con Gabriel y se fuera. Que dejara pasar seis meses. Un año. Que me diera tiempo. Que Constance pudiera arreglarlo. Que todo volviera a ser como antes.
—No podía.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabía entonces?
—No quería saberlo.
Delacroix asintió.
Ahí estaba el centro.
No odio.
No siquiera codicia.
Una forma infantil y peligrosa de esperanza: que el problema desapareciera sin que nadie pagara por haberlo creado.
—¿Qué ocurrió el doce de octubre? —preguntó.
Thibault miró hacia la puerta.
—Héloïse llegó con más documentos.
—¿Los había encontrado sola?
—Sí. Y alguien le había explicado qué significaban algunas operaciones.
—¿Quién?
—Corbin, probablemente. Él dice que solo respondió preguntas, pero… —se encogió de hombros— ya ve cómo habla.
—¿Constance sabía lo que Héloïse tenía?
—Sí.
—¿Cómo?
—Héloïse se lo enseñó.
—¿Cuándo?
—Antes de la cena.
—¿Estaba usted presente?
—No.
—Entonces ¿cómo lo sabe?
—Constance vino a buscarme después.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Dónde estaba usted?
—En una habitación de la planta baja con Olivier.
—¿Qué dijo Constance?
—Que Héloïse lo sabía.
—¿Exactamente?
Thibault cerró los ojos, recordando.
—Entró y dijo: «Ha encontrado la segunda garantía».
—¿Nada más?
—Después preguntó si existía alguna otra cosa que yo no le hubiera contado.
—¿Y existía?
—Sí.
—¿Se lo dijo?
Thibault soltó una risa amarga.
—No.
—¿Mintió a la persona que llevaba dos años tapando sus mentiras?
—Sí.
—Consistente.
—Mucho.
—¿Qué no le dijo?
—Que había utilizado la firma de Héloïse también para renovar un aval unos meses antes.
Delacroix lo miró.
—¿Otra falsificación?
—Sí.
—¿Constance la descubrió después?
—Esa misma tarde.
—¿Cómo?
—Héloïse tenía una copia.
—¿Y qué hizo Constance?
—No lo sé.
—¿No habló con ella?
—Sí, pero no delante de mí.
—¿Discutieron?
—Por lo que sé, sí.
—¿Quién se lo dijo?
—Mi madre escuchó parte. Éliane otra parte. Y después Constance me dijo que la situación era peor de lo que pensaba.
—¿Qué significaba peor?
Thibault se quedó mirando la lámpara.
—Que ya no podía taparse.
—¿Usó esa palabra?
—No. Dijo que Héloïse había decidido quitarle todos los poderes el lunes y llevar los papeles a una persona externa.
—¿Y denunciar?
—No lo sé.
—¿Qué pensaba Constance?
La pregunta hizo que Thibault levantara la mirada.
—Que lo haría.
—¿Por qué?
—Porque Héloïse se lo dijo.
—¿Textualmente?
—Eso me dijo ella.
—¿Constance?
—Sí.
Delacroix apoyó los dedos sobre la mesa.
—Entonces Constance sabía, antes de la cena, que si Héloïse llegaba al lunes podía empezar una investigación externa capaz de descubrir las falsificaciones.
—Sí.
—Y que usted podía quedar implicado.
—Sí.
—Y que ella misma podía quedar implicada por haber utilizado fondos sin autorización.
Thibault tardó un segundo.
—Sí.
—¿Qué le pidió que hiciera?
—Nada.
—¿Nada?
—Me dijo que me callara durante la cena. Que no empeorara las cosas.
Delacroix estuvo a punto de sonreír.
—Una instrucción claramente destinada al fracaso.
Thibault rio por primera vez de verdad.
Duró poco.
—Sí.
—¿Y la discusión empezó?
—Sí.
—¿Quién la provocó?
—Yo.
—¿Cómo?
—Héloïse tenía la carpeta sobre las piernas. Me miraba como si estuviera esperando que confesara delante de todos.
—¿Lo estaba?
—Probablemente no. Eso era lo peor de Héloïse. A veces uno se sentía juzgado aunque ella solo estuviera pensando en otra cosa.
—Entonces habló usted.
—Le pregunté si de verdad pensaba hacer aquello.
—¿Qué respondió?
—Que sí.
—¿Qué hizo usted?
—Intenté convencerla.
—¿Cómo?
—Primero con razones. Después con miedo.
—Explíquelo.
Thibault se levantó y empezó a caminar despacio entre la mesa y la estantería.
—Le dije que una auditoría podía hundir la empresa. Que había empleados. Proveedores. Familias. Que no podía pensar solo en nosotros.
—El argumento de Brissac.
—Sí. Lo había oído bastante.
—¿Funcionó?
—No.
—¿Después?
—Le dije que destruiría a nuestra madre.
—¿Funcionó?
—Peor.
—¿Qué dijo?
—Que mamá llevaba toda la vida utilizando su fragilidad como una forma de poder.
Delacroix levantó ligeramente las cejas.
—Duro.
—Héloïse podía ser muy dura.
—También podía tener razón.
Thibault lo miró.
—Eso la hacía peor.
Delacroix aceptó la respuesta con una leve inclinación.
—¿Y después?
—Le dije que yo podía arreglarlo.
—¿Le creyó?
—Se rio.
—¿Se rio de usted?
—Sí.
—¿Eso lo enfadó?
—Muchísimo.
—¿Le gritó?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Thibault se detuvo.
Hasta ese momento había contado la historia con una mezcla de vergüenza y cansancio. Ahora apareció algo más.
Miedo.
No a Delacroix.
A la frase.
—Le dije que si seguía adelante iba a quedarse sola.
Delacroix no habló.
Thibault tragó saliva.
—Le dije que Gabriel no entendía en qué se estaba metiendo, que cuando viera el escándalo probablemente se cansaría. Que nuestra madre no la perdonaría. Que yo tampoco.
—¿Ella?
—Me miró.
—¿Y?
—Dijo: «Entonces será la primera vez que descubra cuánto valía vuestra compañía».
El silencio volvió.
Delacroix podía imaginarla.
No como una víctima.
Como una mujer de veintiocho años cansada de ser utilizada como reserva financiera de las personas que la querían.
—¿Le dijo algo más?
Thibault asintió.
—Sí.
—¿Qué?
—Que prefería quedarse sola a seguir viviendo dentro de una familia donde todos se llamaban amor a la hora de repartirse las culpas.
Delacroix respiró lentamente.
—¿Y usted?
—Le dije que era una egoísta.
—Interesante.
—Lo sé.
—¿Algo peor?
Thibault cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix esperó.
—Le dije que quizá un día agradeceríamos que dejara de ser nuestro problema.
La lluvia parecía más fuerte.
Thibault se quedó inmóvil, mirando un punto detrás de Delacroix.
—¿Palabras exactas?
—No. Algo parecido.
—¿Y ella cómo reaccionó?
—No gritó.
—¿Qué hizo?
—Se levantó.
—¿De la mesa?
—Más tarde. Esa frase se la dije antes de que empezara la cena, en el corredor. Durante la cena volvimos a discutir por lo mismo.
Delacroix frunció el ceño.
—Esto no lo había mencionado.
—Ya lo sé.
—¿Cuándo ocurrió esa conversación?
—Poco antes de cenar.
—¿Dónde exactamente?
Thibault señaló hacia el vestíbulo.
—Cerca de la biblioteca.
—¿Alguien los vio?
—Quizá Éliane. No sé.
—¿Constance?
—No creo.
—¿Héloïse se marchó después?
—Fue al comedor.
—¿Y usted?
—Al fumoir durante unos minutos.
—¿Antes de cenar?
—Sí.
Delacroix lo miró.
—Entonces ha habido dos salidas al fumoir.
Thibault tardó.
—Sí.
—Una antes de cenar y otra después.
—Sí.
—¿Y solo mencionó una?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la primera contenía una conversación que no quería recordar.
—Una metodología poco recomendable.
Thibault sonrió sin humor.
—No pretendo recomendarla.
—¿Qué ocurrió en el fumoir?
—Nada.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Bebió?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Dos vasos.
—¿Conservaba usted algún arma?
Thibault lo miró sorprendido.
—No.
—¿Cuchillo?
—No.
—¿Pistola?
—No.
—¿Medicamentos?
—No.
—¿Acceso a la habitación de Héloïse antes de cenar?
Thibault se quedó callado.
—Sí.
Delacroix sintió el pequeño movimiento de la investigación.
—¿Entró?
—No.
—¿Cómo sabe que tenía acceso?
—Porque cualquiera podía entrar. Ya lo sabe.
—¿Estuvo en la planta superior aquella tarde?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Después de cambiarme para la cena.
—¿Pasó por la Chambre des Tilleuls?
—Sí.
—¿La puerta abierta?
—Creo que sí.
—¿Entró?
—No.
—¿Vio la llave?
—No recuerdo.
—¿Vio a alguien allí?
Thibault pensó.
—No.
—¿Constance?
—No.
—¿Mariette?
—No.
—¿Héloïse?
—No.
Delacroix guardó silencio.
El motivo era fuerte.
La oportunidad previa existía de forma genérica.
Pero eso no significaba nada todavía. En una casa familiar, muchas personas podían pasar cerca de un dormitorio.
—¿Dónde estuvo entre las once y la medianoche? —preguntó.
Thibault frunció el ceño.
—Eso ya está en la declaración.
—Que sabemos que fue escrita por un hombre dispuesto a mentir.
—Justo.
Se sentó de nuevo.
—Después de la cena fui al fumoir. Volví. Estuve con Olivier y mi madre en el salón. Después salí otra vez un momento.
—¿Adónde?
—A la terraza cubierta.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Alguien lo vio?
—Olivier me vio salir. Gabriel me vio volver.
—¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
—Cinco minutos.
—¿Y después?
—Volví al salón.
—¿Hasta que Gabriel pidió ayuda?
—Sí.
—¿Confirmación?
—Mi madre. Olivier. Constance durante parte del tiempo.
Delacroix pensó.
La coartada no era perfecta porque las memorias ya habían demostrado su fragilidad, pero era bastante más sólida que la de Corbin.
Más importante: si el mecanismo de la llave se había preparado antes de la cena, la coartada de la hora de la muerte podía importar mucho menos de lo que todos suponían.
Aún no era momento de decirlo.
—¿Cuándo supo que Héloïse había muerto?
Thibault bajó la mirada.
—Cuando abrimos la puerta.
—¿Entró primero?
—Gabriel.
—¿Después?
—Yo.
—¿La vio?
—Sí.
—¿Qué pensó?
La pregunta lo sorprendió.
—¿Qué?
—No qué hizo. Qué pensó.
Thibault quedó inmóvil.
Delacroix casi se arrepintió de preguntar, pero era tarde.
—Pensé que había sido por mí.
—¿Inmediatamente?
—Sí.
—¿Por qué, si parecía una muerte natural?
Thibault levantó la mirada.
Ahí estaba.
La culpa era anterior a la explicación médica.
—Porque le había deseado algo parecido.
—No es lo mismo que matarla.
—Lo sé ahora.
—¿No entonces?
Thibault negó.
—No sé qué sabía entonces. La vi en el suelo y pensé que la última cosa que le había dado como hermano era una amenaza.