Capítulo 8 — La firma
Thibault no repitió la frase.
No hacía falta.
La había pronunciado con suficiente claridad y, sobre todo, con una ausencia tan completa de defensa que Delacroix comprendió que llevaba cinco meses ensayándola sin encontrar una manera de convertirla en algo menos sencillo.
La firma era mía.
La biblioteca parecía más pequeña con la puerta cerrada.
La lámpara sobre la mesa iluminaba los papeles que Corbin había manipulado horas antes y dejaba el resto de la estancia en una penumbra tibia donde las estanterías, los sillones y la lluvia detrás de las ventanas formaban una especie de periferia silenciosa.
Delacroix permaneció de pie al otro lado de la mesa.
Thibault seguía apoyado sobre ella con ambas manos, como si temiera que sentarse implicara alguna clase de relajación moral que ya no se permitía.
—¿Imitó usted la firma de Héloïse?
Thibault levantó la mirada.
—Sí.
—¿Una vez?
—No.
Delacroix no reaccionó.
—¿Cuántas?
—Tres que recuerde.
—¿Que recuerde?
Thibault cerró los ojos.
—No porque fueran tantas que haya perdido la cuenta. Porque algunas cosas se hicieron por medio de formularios, autorizaciones parciales, documentos que después se sustituyeron por otros. No sé cuáles terminaron utilizándose de verdad.
—Entonces empecemos por la primera.
Thibault se apartó de la mesa y caminó hasta la ventana. Afuera no había nada que mirar salvo su propio reflejo superpuesto a la oscuridad y al agua que corría por el cristal. Permaneció unos segundos allí antes de hablar.
—Hace dos años.
—¿Qué ocurrió?
—Una inversión.
—Eso puede significar cualquier cosa.
—Lo sé.
Se volvió.
—Mareuil Frères estaba intentando expandirse.
Olivier tenía un plan para adquirir participación en una compañía de transporte.
Sobre el papel era razonable. Incluso bueno.
Yo lo defendí más de lo que debería porque…
—sonrió sin humor— porque me gustaba ser el hombre que tenía una idea grande y conseguía que los demás la siguieran.
Mi padre hacía eso. Entraba en una habitación, decía que algo era posible y, durante un rato, todos lo creían porque él lo había dicho. Yo pensé que había heredado esa parte.
—¿Y qué heredó?
—La capacidad de decirlo.
Delacroix no sonrió.
Thibault tampoco parecía esperar que lo hiciera.
—La operación salió mal —continuó—. No de golpe.
Eso habría sido más sencillo. Empezó a salir mal poco a poco, que es la forma más cara.
Primero hubo retrasos. Después contratos que no llegaron.
Luego necesitamos liquidez para cubrir compromisos que, según Olivier, durarían unas semanas. Después fueron meses.
—¿Y utilizaron dinero de Héloïse?
—Al principio no.
—¿Después?
Thibault miró hacia la puerta cerrada.
—Después sí.
Delacroix esperó.
—Ella tenía patrimonio propio. Mucho. No dependía de la empresa familiar de la misma manera que nosotros. Mi abuelo materno había dejado bienes a mi madre y una parte considerable terminó estructurada para que Héloïse recibiera directamente determinados activos.
—¿Por qué Héloïse y no usted?
La pregunta hizo aparecer una sonrisa genuina durante un instante.
—Porque mi abuelo me conocía.
—Práctico.
—Mucho.
Thibault volvió hacia la mesa.
—Yo no podía tocar ese dinero. Nadie podía sin determinadas autorizaciones. Pero existían operaciones temporales, garantías cruzadas, cosas que podían hacerse si ella consentía.
—¿Y no consintió?
—No se lo pedimos.
—¿Por qué?
Thibault lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque habría dicho que no.
—Entonces sabía que lo que hacía era algo que ella no habría permitido.
—Sí.
—Y lo hizo de todos modos.
—Sí.
No hubo excusa.
Eso interesó a Delacroix más que una docena de explicaciones.
—¿Quién propuso utilizar su firma?
Thibault se quedó callado.
—Señor de Mareuil.
—Yo.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Hace un momento dijo que Constance resolvía siempre los problemas.
—Esto no fue idea suya.
—¿Lo sabía?
—Después.
—¿Cuánto después?
—Días.
Delacroix tomó una silla y se sentó.
—Entonces cuéntemelo sin intentar proteger a nadie. Si descubre más tarde que ha omitido algo importante para salvar a su madre, a su tía o al Papa, tendremos que volver a empezar y los dos estaremos de peor humor.
Thibault soltó una risa breve.
—No creo que Constance necesite que la proteja.
—Todo el mundo necesita algo.
—Ella no.
—Eso sería una novedad biológica.
Thibault se sentó por fin frente a él.
Durante un momento pareció mucho más joven que los treinta y tres años que tenía.
No por el rostro, sino por la postura: los hombros ligeramente caídos, las manos juntas entre las rodillas, la forma de mirar hacia un punto indefinido de la alfombra mientras ordenaba una historia que había pasado demasiado tiempo escondiendo.
—Necesitábamos una garantía para obtener crédito. Teníamos propiedades, pero muchas ya estaban comprometidas. El patrimonio de Héloïse resolvía el problema. Solo hacía falta su autorización.
—Que usted sabía que no daría.
—Sí.
—¿Por qué no?
—Porque ya desconfiaba de mí.
—¿Con razón?
—Sí.
Delacroix no dijo nada.
—Yo había perdido dinero antes —continuó Thibault—. Inversiones. Carreras. Alguna partida. Nada que arruinara a la familia, pero suficiente para que Héloïse empezara a mirarme como si yo fuese una enfermedad hereditaria.
—¿Lo era?
—A veces.
Por fin sonrió.
Muy poco.
—Ella tenía esa forma de mirarte que conseguía que uno se sintiera culpable incluso cuando todavía no había hecho nada.
—Parece útil en una hermana.
—No si eres el hermano.
Thibault respiró.
—Tomé una firma auténtica de una autorización antigua. Practiqué.
Delacroix lo miró.
—¿Cuánto?
—Unas horas.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Dónde?
—En París.
—¿Nadie lo vio?
—No.
—¿Y falsificó el documento?
—Sí.
—¿Corbin lo aceptó?
—Sí.
—¿Olivier sabía?
Thibault dudó.
—Sabía que la autorización estaba conseguida. No sé si quiso saber cómo.
—Eso no es lo mismo que no saber.
—Ya lo sé.
—¿Constance?
—Se enteró cuando vio los movimientos.
—¿Y qué hizo?
Thibault soltó una respiración larga.
—Lo que hace siempre.
—¿Le gritó?
—No.
—¿Lo denunció?
—No.
—¿Le dio una bofetada?
—No, aunque habría sido más fácil.
Delacroix esperó.
—Se sentó conmigo —dijo Thibault—. Me pidió que le explicara exactamente cuánto dinero necesitábamos, qué documentos había firmado, quién los había visto y qué podía pasar si Héloïse se enteraba. Después estuvo callada un rato. Mucho. Yo prefería que me insultara.
—¿Y luego?
—Dijo que lo arreglaría.
—¿Cómo?
—Moviendo dinero. Cubriendo vencimientos. Hablando con Corbin. Con Olivier. Convenciendo al banco de que algunas garantías serían sustituidas más adelante por otras regulares.
—¿Sin decirle nada a Héloïse?
—Sí.
—¿Eso funcionó?
—Durante un tiempo.
—¿Cuánto?
—Casi dos años.
Delacroix se recostó ligeramente.
—Entonces Constance no tapó una irregularidad. Construyó un sistema para evitar que se descubriera.
Thibault lo miró.
—No era así al principio.
—Las cosas rara vez empiezan siendo como terminan.
—Pensaba devolverlo todo.
—¿Quién?
—Yo.
—¿Pudo?
Thibault bajó la mirada.
—No.
—Entonces su tía siguió moviendo piezas.
—Sí.
—¿Sin autorización de Héloïse?
—Sí.
—¿Utilizando más fondos?
—A veces.
—¿Y Corbin?
—Sabía parte.
—¿Brissac?
—Parte.
—¿Su madre?
Thibault tardó.
—Sabía que había problemas.
—No le he preguntado eso.
—No creo que conociera las falsificaciones.
—¿Cree?
—Con ella nunca se sabe cuánto entiende y cuánto decide no entender.
La frase tenía demasiada amargura para ser casual.
Delacroix la dejó pasar.
—¿Cuándo descubrió Héloïse la firma?
—A finales de septiembre.
—¿Cómo?
—Revisó documentos.
—¿Por qué entonces?
—Porque iba a casarse.
—¿Qué cambiaba?
—Mucho. Quería reorganizar sus cuentas, separar definitivamente determinados bienes y poner todo bajo otra administración. Gabriel la había convencido de que revisara lo que tenía antes de firmar nuevos documentos.
—¿Gabriel sabía lo que podía encontrar?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Héloïse se lo contó cuando lo descubrió?
Thibault negó.
—No al principio.
—¿A quién?
—A Éliane, creo. Después a Corbin. Después a Constance.
—¿A usted cuándo?
Thibault sonrió sin humor.
—Cuando ya tenía suficientes piezas para no necesitar preguntarme.
—¿Qué dijo?
—Que quería verme.
—¿Dónde?
—En París.
—¿Fueron a solas?
—Sí.
—¿Y?
Thibault se quedó callado.
La lluvia golpeaba las ventanas con una regularidad casi hipnótica. Delacroix no interrumpió. Algunas preguntas mejoraban si uno permitía que la persona recordara también el peso del silencio en el que había ocurrido la respuesta.
—Me puso una copia delante —dijo finalmente—. No gritó. Eso fue peor.
—¿Reconoció su firma?
—Inmediatamente.
—¿Y ella supo que era suya?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me conocía.
—No es una prueba pericial especialmente sólida.
—No necesitaba una. Me preguntó una vez. Yo mentí. Me miró. Volvió a preguntarme. Mentí otra vez. A la tercera me dijo: «Si vas a seguir tratándome como idiota, al menos no utilices mi letra».
Delacroix sintió una sonrisa, pero no apareció.
—¿Confesó?
—No del todo.
—¿Qué significa?
—Dije que había sido una emergencia. Que el dinero estaba protegido. Que íbamos a devolverlo. Que había sido temporal.
—¿Alguna de esas cosas era cierta?
—A medias.
—Una medida peligrosa de verdad.
—Lo sé.
Thibault se frotó las manos.
—Héloïse me preguntó cuánto más había. Yo dije que nada. Era mentira. Ella ya lo sabía. Entonces me dijo que iba a revisar todo.
—¿Le pidió que no lo hiciera?
—Sí.
—¿Por usted?
—Por todos.
—¿Por Constance?
—También.
—¿Por su madre?
Thibault levantó los ojos.
—Sobre todo.
Delacroix no dijo nada.
—Mi madre habría quedado destruida. No por el dinero.
Por el escándalo. Por la idea de que su hijo podía acabar acusado de falsificación y fraude.
Para ella, las cosas existen de una manera muy particular: mientras se mantengan dentro de la familia, pueden ser tragedias; cuando salen, se convierten en vergüenza. Siempre ha temido más la segunda.
—¿Y Héloïse?
—Héloïse estaba cansada de esa lógica.
—¿Qué quería hacer?