Capítulo 7 — La primera mentira #3
Gabriel la miró.
—Eso todavía no lo sabes.
Constance sostuvo su mirada.
—No.
Delacroix levantó una mano.
—Basta.
La palabra fue baja.
Funcionó.
—Esto va a tener su momento. No ahora.
Gabriel lo miró con incredulidad.
—Acaba de admitir…
—Que utilizó dinero sin autorización. No que mató a Héloïse.
—Pero tenía motivo.
—Eso tampoco es único en esta casa.
Thibault soltó una risa amarga.
—Por fin una tradición familiar democrática.
Delacroix lo miró.
—Y usted debería evitar disfrutar demasiado. Su turno se acerca.
Thibault dejó de sonreír.
Regresaron al salón poco antes de medianoche.
La lluvia había aumentado. Ya no era una humedad fina sino un golpeteo continuo sobre los cristales que borraba casi por completo el jardín. Les Ormes seguía sin estar aislada, pero la noche empezaba a construir una distancia psicológica que el mapa no necesitaba.
Gabriel volvió a servir coñac.
Nadie se lo impidió.
Geneviève rechazó el suyo.
Constance aceptó una pequeña cantidad.
Corbin se sentó cerca del fuego con la expresión de quien acababa de pagar una deuda y había descubierto que quedaban intereses.
Delacroix permaneció de pie.
—Hasta aquí, una cosa está demostrada.
Todos lo miraron.
—La declaración de Maître Corbin era falsa.
Gabriel asintió.
—Sí.
—Eso significa que la reconstrucción policial del periodo posterior a la cena no puede considerarse fiable sin volver a comprobarla.
—Sí.
—No significa que Corbin matara a Héloïse.
Gabriel apretó los labios.
—No.
—Ni que la muerte fuera homicidio.
Gabriel no respondió.
Delacroix continuó.
—Pero sí significa que una persona omitió un movimiento relevante porque temía que la policía descubriera otro delito. Eso nos da una regla importante para el resto de la noche.
Miró a Mariette.
Después a Éliane.
Después a Olivier.
—Las mentiras laterales importan porque deforman la cronología, aunque no escondan un asesinato.
Mariette bajó la mirada.
Éliane también.
Olivier tomó su copa.
Delacroix se sentó finalmente.
—Y ahora necesito cinco minutos sin que nadie me hable.
Thibault arqueó una ceja.
—¿Eso es posible en esta familia?
—Estoy dispuesto a experimentar.
Algunos sonrieron.
Delacroix abrió el expediente policial y empezó a revisar declaraciones. No buscaba todavía palabras. Buscaba vacíos.
Corbin había salido.
Thibault también.
Éliane también.
Mariette había mentido sobre su ubicación.
Constance conocía más de las irregularidades de lo que había admitido.
Olivier había maquillado cuentas.
Vauclair había reducido una herida a una explicación conveniente.
Una noche que en el expediente parecía organizada alrededor de una sola mujer encerrada en un dormitorio estaba empezando a llenarse de personas moviéndose por pasillos, ocultando documentos, buscando conversaciones privadas y evitando que otros las vieran.
Y, sin embargo, ninguna de esas cosas solucionaba la habitación.
Eso era lo fascinante.
Cuanto más sucio se volvía todo alrededor, más limpia permanecía la imposibilidad.
Héloïse había entrado.
Había cerrado.
Y había muerto.
Delacroix pasó una página.
Una declaración de Thibault.
Leyó una frase.
Volvió atrás.
Leyó otra.
—Señor Delacroix.
Levantó la vista.
Thibault estaba de pie a pocos metros.
—Le pedí cinco minutos.
—Han pasado cuatro.
—Admiro su disciplina.
—Necesito hablar con usted.
—Aquí está hablando.
—A solas.
Eso hizo que Gabriel levantara la cabeza.
Geneviève también.
Thibault los vio.
—Precisamente.
Delacroix cerró el expediente.
—¿Sobre qué?
Thibault miró a su madre.
Después a Constance.
—Sobre la firma.
El salón quedó en silencio.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Quiere corregir su declaración?
—Quiero dejar de hacer perder el tiempo.
Geneviève se puso de pie.
—Thibault.
Él no la miró.
—No.
—¿Qué vas a decir?
—Lo que tendría que haber dicho hace cinco meses.
Constance se levantó despacio.
—Piénsalo.
Thibault se volvió hacia ella.
—Eso es lo que llevo haciendo desde octubre.
Por primera vez durante toda la noche, Constance no encontró una respuesta inmediata.
Thibault miró de nuevo a Delacroix.
—Cinco minutos.
El detective observó su rostro.
Ya no había ironía.
Ni encanto.
Ni esa ligereza defensiva que había utilizado desde que llegó.
Solo miedo.
Y algo peor.
Vergüenza.
Delacroix dejó el expediente sobre la mesa.
—Bien.
Se levantó.
Gabriel dio un paso.
—Quiero oírlo.
Thibault negó.
—No.
—Héloïse era mi prometida.
—Y era mi hermana.
La frase detuvo a Gabriel.
Thibault abrió la puerta del salón.
Esperó.
Delacroix pasó junto a él.
Antes de salir, miró a Constance.
Ella estaba completamente inmóvil.
Geneviève parecía a punto de hablar, pero no lo hizo.
Thibault cerró la puerta detrás de ambos y caminó hacia la biblioteca.
No dijo una palabra hasta que estuvieron dentro.
Después apoyó las manos sobre la mesa donde Corbin había revisado la garantía aquella noche, bajó la cabeza y soltó una respiración larga.
Delacroix esperó.
Thibault levantó finalmente la mirada.
—La firma era mía.
Y por primera vez desde que habían cerrado Les Ormes, una mentira dejó de necesitar que Delacroix la demostrara.