Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 7 — La primera mentira #2
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Capítulo 7 — La primera mentira #2

Delacroix miró la puerta secundaria que comunicaba con el pasillo.

—¿Estaba aquí cerrada?

—Sí.

—¿Esta otra?

—Creo que entornada.

Gabriel intervino.

—Suele quedarse abierta.

Delacroix caminó hasta el vestíbulo y volvió a colocarse en la posición desde la que Gabriel decía haber visto a Corbin cruzar. Después regresó.

—¿Cuánto tarda alguien en venir desde el comedor hasta aquí?

—Ya lo vimos —dijo Thibault.

—Ahora quiero precisión.

Miró el reloj de bolsillo.

—Maître Corbin. Hágalo.

El abogado lo miró con evidente irritación.

—¿De verdad?

—Sí.

Corbin salió.

Delacroix lo siguió hasta el comedor. Lo sentó en la posición aproximada que había ocupado durante la cena, esperó unos segundos y le pidió que reprodujera el trayecto sin correr. Corbin se levantó, cruzó la puerta, atravesó el vestíbulo y entró en la biblioteca.

Cuarenta y ocho segundos.

—Ahora abra el maletín.

Corbin obedeció.

—Saque un documento, léalo el tiempo suficiente para comparar una firma, vuelva a guardarlo y regrese.

El proceso completo ocupó algo más de cuatro minutos.

—¿Eso es lo que hizo?

Corbin negó.

—Estuve más.

—¿Cuánto más?

—No sé.

—Entonces tenemos un intervalo mínimo de cinco minutos.

—Sí.

Delacroix guardó el reloj.

—Cinco minutos durante los cuales su declaración original lo colocaba en otra habitación.

Corbin apretó los labios.

—Sí.

—Eso es una mentira.

—Sí.

La palabra fue más pesada la segunda vez.

Gabriel cerró los ojos.

Delacroix lo miró.

—No se entusiasme.

Gabriel abrió los ojos.

—¿Cómo espera que no…?

—Porque una mentira no es un homicidio.

—Pero demuestra que yo tenía razón.

—Demuestra que tenía razón sobre Corbin.

—Y sobre los demás.

—Todavía no.

Gabriel bajó la mirada.

Delacroix volvió hacia la biblioteca.

—Ahora quiero saber por qué mintió.

Corbin lo miró.

—Ya se lo he dicho.

—Me ha dicho que quería proteger a la familia.

—Sí.

—Una frase muy popular esta noche.

Constance levantó los ojos.

Delacroix lo notó.

—¿A quién concretamente?

Corbin guardó silencio.

—¿A Thibault?

—Entre otros.

—¿A Geneviève?

—No.

—¿A Olivier?

Brissac se tensó.

Corbin negó.

—¿A Constance?

El abogado no respondió.

Ahora sí.

Delacroix esperó.

Constance habló.

—No hace falta que me protejas.

Corbin se volvió hacia ella.

—No estoy…

—Sébastien.

La forma en que dijo su nombre terminó la frase por él.

Geneviève miró de uno a otro.

—¿Qué sabías tú?

Constance mantuvo la serenidad.

—Sabía que había problemas con el patrimonio de Héloïse.

—Eso ya lo has dicho.

—Y que Thibault había tomado decisiones sin autorización.

Thibault levantó la cabeza.

—Decisiones.

La palabra le salió amarga.

Constance lo miró.

—¿Prefieres otro término?

—Empieza a darme igual.

—A mí no.

Delacroix volvió a Corbin.

—¿Constance le pidió que regularizara documentos?

El abogado dudó.

—No exactamente.

—Qué sorpresa.

—Me pidió que encontrara una solución.

—¿A qué?

Corbin miró a Thibault.

—A una garantía que, si se cuestionaba, podía arrastrar otras operaciones.

Geneviève se llevó una mano a la frente.

—¿Por qué nadie me dijo nada?

Thibault la miró.

—Porque haces esa pregunta siempre después.

La crueldad fue inmediata.

Geneviève se quedó inmóvil.

Thibault se arrepintió.

—Madre…

—No.

Constance intervino.

—No era algo que pudieras resolver.

Geneviève la miró.

—Eso no te daba derecho a decidirlo.

Constance sostuvo su mirada.

—Probablemente no.

No hubo defensa.

Eso desconcertó a Geneviève más que cualquier discusión.

Delacroix dejó que el silencio respirara antes de continuar.

—Entonces Corbin mintió porque admitir que había venido aquí a revisar esa garantía habría revelado una posible falsificación.

—Sí —dijo Corbin.

—Y porque temía que la policía examinara el resto de la documentación.

—Sí.

—¿Habría encontrado irregularidades?

Corbin tardó.

—Sí.

Olivier cerró los ojos.

Gabriel dio un paso hacia delante.

—¿Y aun así dejaste que cerraran el caso?

Corbin lo miró.

—No había ninguna razón para pensar que esos documentos habían matado a Héloïse.

—Había discutido por ellos horas antes.

—Discutir no mata.

—Alguien la mató.

—Eso todavía no está demostrado.

Gabriel se volvió hacia Delacroix.

—Dígaselo.

El detective lo miró.

—No puedo.

Gabriel pareció recibir una bofetada.

—Después de todo lo que…

—No confunda una investigación prometedora con una conclusión.

—La llave.

—Es una pista.

—La herida.

—Otra.

—El hormigueo.

—Otra.

—Las mentiras.

—Muchas.

—¿Qué necesita?

Delacroix respiró.

—Una muerte explicada.

Gabriel lo miró con frustración.

—Eso es exactamente lo que intento conseguir.

—Entonces deje de pedirme que llegue antes de tener el camino.

Constance observaba a ambos.

Vauclair intervino.

—Delacroix tiene razón.

Gabriel lo miró.

—Naturalmente.

—No lo digo por protegerme. Si hubo intoxicación, todavía necesitamos saber con qué. Si la herida tiene relación, cómo. Si la llave fue alterada, cuándo. Y si alguien tenía oportunidad de hacerlo.

Delacroix asintió.

—Gracias, doctor.

Vauclair hizo una mueca.

—No se acostumbre.

Thibault soltó una risa breve.

La tensión descendió apenas.

Delacroix volvió hacia Corbin.

—Una última cuestión.

—¿Cuál?

—La garantía que revisó después de la cena.

—Sí.

—¿La dejó aquí?

—No.

—¿La guardó otra vez?

—Sí.

—¿Y después apareció arriba, entre los papeles de Héloïse?

Corbin frunció el ceño.

—No sé si era la misma copia.

—¿Cuántas había?

—Al menos dos.

—¿Quién las tenía?

—Yo tenía una. Héloïse podía tener otra.

—¿Podía?

—Sí.

—¿La había visto?

—No.

—Entonces no sabe.

—No.

Delacroix caminó hacia la mesa donde Héloïse había trabajado por la tarde.

—¿Dejó aquí otros documentos?

—Sí.

—¿Cuáles?

Corbin enumeró varios contratos, extractos y copias de movimientos bancarios.

—¿Quién los recogió?

—No lo sé.

—¿Podría haberlos recogido Héloïse antes de subir?

—Sí.

—¿Podría haberlos recogido otra persona?

—También.

—¿Había algo en esos papeles que pudiera ser más peligroso que una firma falsa?

Corbin se quedó callado.

Delacroix levantó la vista.

—Maître Corbin.

—Había movimientos.

—¿De qué tipo?

—Transferencias desde cuentas vinculadas al patrimonio personal de Héloïse.

Geneviève miró a Constance.

—¿Cuánto?

Corbin negó.

—No aquí.

—¿Cuánto?

—Geneviève.

—He preguntado cuánto.

Constance respondió.

—Bastante.

La madre la miró.

—¿Tú lo sabías?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes.

—¿Y no me dijiste?

—No.

—¿Por qué?

Constance tardó por primera vez.

—Porque creía que podía solucionarlo.

Thibault se apartó de la pared.

—Como siempre.

Ella lo miró.

—Sí.

—Y por eso estamos aquí.

Constance no respondió.

Delacroix observó a ambos.

Ahí había algo.

No necesariamente asesinato.

Pero sí una estructura.

Thibault cometía errores.

Constance los absorbía.

Corbin los convertía en documentos.

Olivier los escondía dentro de cuentas.

Geneviève prefería no verlos.

Y Héloïse había decidido dejar de participar.

La familia no funcionaba como una suma de personas.

Funcionaba como un mecanismo.

Cuando una pieza fallaba, otra cargaba con la presión.

Hasta que una de ellas decidió detener la máquina.

Delacroix volvió a Corbin.

—¿Héloïse sabía cuánto dinero se había movido?

—No todo.

—¿Estaba cerca?

—Sí.

—¿Y qué habría ocurrido el lunes?

Corbin miró a Constance.

—No lo sé.

—Sí lo sabe.

El abogado respiró.

—Habría pedido una auditoría independiente.

—Eso ya lo sabemos.

—Y probablemente habría revocado poderes.

—¿De quién?

Corbin volvió a callar.

Constance respondió.

—Míos.

Geneviève la miró.

Thibault también.

Delacroix no se sorprendió.

—¿Qué poderes?

—Administrativos sobre determinados bienes que pertenecían a Héloïse.

—¿Usted gestionaba su patrimonio?

—Parte.

—¿Con autorización?

—Sí.

—¿Todas las operaciones que realizó estaban autorizadas?

Constance sostuvo su mirada.

—No.

La respuesta fue tan directa que dejó a varios sin reacción.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—¿Qué?

—No todas.

—¿Usaste su dinero?

—Sí.

Geneviève se puso de pie.

—Constance.

—No empieces.

—¿Cómo que no empiece?

—No ahora.

—¿Cuánto?

—No importa.

—¡Claro que importa!

—No para entender por qué murió.