Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 7 — La primera mentira
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Capítulo 7 — La primera mentira

A las once y media, Les Ormes dejó de parecer una casa donde varias personas habían sido reunidas para hablar de una muerte y empezó a parecer una casa donde todo el mundo estaba esperando que otro cometiera un error.

Delacroix reconoció el cambio porque había visto algo parecido demasiadas veces.

Al principio de una investigación, la gente suele preocuparse por parecer inocente.

Después, cuando comprende que los demás también están siendo observados, empieza a preocuparse por parecer menos culpable que ellos.

Era una diferencia mínima y devastadora.

La inocencia podía ser tranquila; la comparación nunca lo era.

El salón conservaba el calor de la chimenea, pero nadie parecía cómodo.

Éliane había dejado de fumar después del segundo cigarrillo.

Vauclair había recuperado su cuaderno y lo sostenía sobre las rodillas como si hubiera descubierto demasiado tarde que una libreta podía traicionarlo.

Geneviève se había apartado del grupo y miraba el fuego sin verlo.

Thibault iba de una ventana a otra con una copa vacía en la mano que no se molestaba en llenar.

Constance permanecía sentada en el mismo sillón, erguida pero no rígida, y Corbin había vuelto a abrir su maletín aunque llevaba varios minutos sin sacar nada de él.

Delacroix observó al abogado.

Corbin estaba intentando parecer ocupado.

Era un mal síntoma.

—Maître Corbin.

El hombre levantó la vista.

—Sí.

—Volvamos a la biblioteca.

No preguntó por qué.

Eso fue lo primero que llamó la atención de Delacroix.

Se limitó a cerrar el maletín, ponerse en pie y alisarse la chaqueta con las dos manos.

Thibault sonrió desde la ventana.

—Qué entusiasmo.

Corbin lo ignoró.

—¿Necesita que vayamos todos?

—Sí.

Geneviève soltó una exhalación cansada.

—Otra vez.

Delacroix la miró.

—Me temo que una investigación consiste en repetir muchas veces cosas que nadie quería hacer ni siquiera una.

—Eso no la vuelve menos agotadora.

—No. Solo más honesta.

Gabriel se levantó primero. Desde que Delacroix se había guardado la llave original de la Chambre des Tilleuls, el arquitecto parecía ligeramente desposeído, como si hubiese cedido algo más que un objeto.

Ya no interrumpía cada respuesta. Tampoco dirigía la mirada hacia cada sospechoso esperando que Delacroix confirmara alguna intuición.

La promesa de dejarle controlar la investigación estaba siendo cumplida, aunque a veces con visible esfuerzo.

Regresaron a la biblioteca.

Delacroix encendió la lámpara de la mesa central y dejó que el resto permaneciera de pie o buscara asiento.

No quería teatralidad. La habitación ya tenía suficiente con un abogado que había mentido, una familia que empezaba a comprenderlo y una mujer muerta cuya carpeta había pasado por allí antes de acabar en el piso superior.

—Quiero una secuencia sencilla —dijo—. Maître Corbin llega el sábado por la tarde con documentación.

Corbin asintió.

—Sí.

—¿A qué hora?

—Poco después de las cuatro.

—¿Quién lo recibió?

Gabriel respondió.

—Yo.

—¿Héloïse estaba en la casa?

—Sí.

—¿Aquí?

—No en ese momento.

Constance habló.

—Estaba con Éliane en el jardín de invierno.

Éliane asintió.

Delacroix miró a Corbin.

—¿Qué documentación traía?

—Asuntos relativos a la empresa y al patrimonio.

—Más preciso.

Corbin respiró.

—Contratos. Garantías. Autorizaciones. Correspondencia bancaria.

—¿Y la copia de la garantía que discutieron durante la cena?

—También.

Thibault se movió.

Delacroix no lo miró todavía.

—¿Esa garantía llevaba la firma de Héloïse?

—Sí.

—¿Usted había visto antes esa firma?

Corbin tardó.

—Había visto muchas firmas suyas.

—No le he preguntado eso. ¿Había visto antes la firma concreta de ese documento?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Semanas antes.

—¿Y entonces le pareció auténtica?

Corbin volvió a tardar.

Thibault se apartó de la ventana.

—Sébastien.

Delacroix levantó una mano.

—Déjelo.

Corbin miró al joven y después al detective.

—No tenía razones para cuestionarla en ese momento.

—Eso tampoco responde.

—La acepté como auténtica.

—¿Porque lo parecía?

—Porque venía dentro de documentación regularizada.

—¿Preparada por quién?

Silencio.

Olivier Brissac intervino.

—La empresa.

Delacroix se volvió hacia él.

—La empresa no sostiene plumas.

Brissac apretó los labios.

—Mi oficina preparó parte del expediente.

—¿Y la garantía?

—No recuerdo.

—¿Quién se la entregó a Corbin?

Olivier miró a Thibault.

Ahora sí.

Delacroix siguió la mirada.

—Señor de Mareuil.

Thibault dejó la copa sobre una estantería.

—Yo.

Geneviève cerró los ojos.

La respuesta no era todavía una confesión, pero la habitación la recibió como si se estuviera acercando demasiado a una.

Delacroix mantuvo el tono igual.

—¿Cuándo?

—Unas semanas antes del fin de semana.

—¿Dijo que Héloïse había firmado?

—Sí.

—¿Lo había hecho?

Thibault sostuvo su mirada.

—Ya le dije que hablaremos de eso.

—Y yo estoy empezando a cansarme de esperar.

Constance intervino.

—Armand.

Delacroix la miró.

—¿Sí?

—No hace falta empujarlo ahora.

—Eso decidiré yo.

Ella sostuvo su mirada, pero no insistió.

Delacroix volvió a Corbin.

—Usted recibe un documento de Thibault. Lo considera regular. Semanas después, el doce de octubre, Héloïse le dice que esa firma no es suya.

—No exactamente.

—Entonces corríjame.

—No dijo «esa firma no es mía». Dijo que había encontrado garantías que no recordaba haber autorizado y que quería revisar todo.

—¿Usted le mostró esa?

—Sí.

—¿Y?

Corbin bajó la vista hacia la mesa.

—Se quedó mirándola.

—¿Dijo algo?

—Que no la había firmado.

Geneviève se llevó una mano a la boca.

Thibault no se movió.

Delacroix sintió cómo la habitación volvía a inclinarse.

—¿Cuándo ocurrió esa conversación?

—Por la tarde.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿A solas?

—Sí.

Constance levantó la mirada.

—Yo la vi salir después.

Corbin asintió.

—Puede ser.

Delacroix se acercó un poco.

—¿Qué hizo usted cuando Héloïse le dijo que la firma no era suya?

—Le pedí tiempo.

—¿Para qué?

—Para comprobar los registros.

—¿Y ella?

—Dijo que ya había esperado bastante.

—¿Le enseñó otros documentos?

—Sí.

—¿También irregulares?

—Algunos.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—¿Firmas?

—No todas.

—¿Movimientos de dinero?

—Sí.

—¿Fondos pertenecientes a Héloïse?

—Sí.

Geneviève se volvió hacia Constance.

La tía no reaccionó.

Delacroix observó el cruce y siguió.

—Después de esa conversación, ¿qué hizo?

—Guardé los papeles.

—¿Todos?

—Sí.

—¿La garantía también?

—Sí.

—¿Dónde?

—En mi maletín.

—¿Y durante la cena?

—El maletín estaba aquí.

Delacroix miró la mesa central.

—¿Cerrado?

—Sí.

—¿Con llave?

—Sí.

—¿La llave consigo?

—Sí.

—Entonces, después de la cena, cuando salió del comedor, vino aquí.

—Sí.

—Abrió el maletín.

—Sí.

—Sacó la garantía.

—Sí.

—¿Por qué?

Corbin respiró.

La respuesta tardó demasiado.

Delacroix no lo ayudó.

—Quería volver a verla.

—¿Para comprobar qué?

—La firma.

—Ya la había visto con Héloïse por la tarde.

—Sí.

—Ya sabía que ella negaba haber firmado.

—Sí.

—Entonces no necesitaba mirarla otra vez para saber eso.

Corbin endureció el rostro.

—No.

—¿Qué buscaba?

El abogado no respondió.

Thibault dio un paso.

—Sébastien.

—No.

La palabra salió de Corbin con una dureza inesperada.

—No me pidas que haga esto más difícil.

Thibault se quedó quieto.

Delacroix lo miró a él y después al abogado.

—Interesante.

Corbin cerró los ojos.

—Quería saber si podía corregirse.

El silencio fue inmediato.

Delacroix no cambió de expresión.

—¿Corregirse qué?

—La situación.

—No el documento.

Corbin tardó.

—También el documento.

Geneviève se levantó de golpe.

—¿Qué significa eso?

—Geneviève…

—¿Qué significa corregir un documento?

Corbin la miró.

—Regularizarlo.

Thibault soltó una risa seca.

—Una palabra preciosa.

—Cállate.

—No.

—Thibault.

—No pienso seguir escuchando cómo convertís todo en vocabulario.

Constance habló con firmeza.

—Basta.

Thibault se volvió hacia ella.

—¿Basta qué?

—Esto.

—¿Esto qué? ¿Que alguien diga lo que hicimos?

Geneviève se puso pálida.

—¿Hicimos?

Thibault comprendió lo que acababa de decir.

Demasiado tarde.

Delacroix intervino antes de que la habitación se dispersara en acusaciones.

—Maître Corbin. ¿Pretendía modificar la fecha de algún documento?

El abogado lo miró.

—No lo hice.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Consideré la posibilidad de preparar una ratificación posterior.

—¿Con fecha posterior real?

Corbin calló.

—¿O con una fecha que hiciera parecer que Héloïse ya había ratificado la operación?

—No.

—¿No qué?

—No llegué a hacerlo.

Delacroix apoyó las manos sobre la mesa.

—Otra vez: eso no responde.

Corbin lo miró con cansancio.

—Sí. Consideré esa opción.

Geneviève volvió a sentarse lentamente.

—Dios mío.

Thibault miraba el suelo.

Olivier Brissac se había quedado rígido.

Constance era la única cuya expresión seguía siendo difícil de leer.

Delacroix continuó.

—Entonces después de la cena vino aquí, abrió su maletín y examinó un documento cuya regularización fraudulenta había considerado.

—No lo formule así.

—¿Cómo prefiere?

—Estaba intentando evitar un desastre.

—Eso describe una motivación. No una acción.

—No falsifiqué nada aquella noche.

—Bien.

—Ni maté a Héloïse.

—También bien.

Corbin se quedó mirando.

Delacroix bajó ligeramente la voz.

—Pero mintió a la policía.

El abogado no respondió.

—Dijo que permaneció en el salón durante todo el periodo posterior a la cena.

—Sí.

—Y ahora admite que vino aquí.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé.

—Cinco minutos.

—Puede ser.

—Diez.

—Quizá.

—Quince.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque habría regresado antes.

—¿Cómo lo sabe si no recuerda la hora?

Corbin abrió la boca.

La cerró.

Thibault sonrió sin humor.

Delacroix siguió.

—¿Vio a Héloïse durante ese intervalo?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Oyó algo?

—No.

—¿Alguien entró?

—No.

—¿Alguien pasó por el corredor?

Corbin pensó.

—Puede que sí.

—¿Quién?

—No recuerdo.

—¿Hombre o mujer?

—No lo sé.

—¿Entonces cómo sabe que alguien pasó?

Corbin frunció el ceño.

—Porque oí pasos.

—¿En dirección a la escalera?

—Creo que sí.

—¿Antes o después de revisar la garantía?

—No sé.

—¿Abrió la puerta?

—No.