Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 6 — La habitación imposible #4
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Capítulo 6 — La habitación imposible #4

Cuando regresaron al salón, los demás seguían donde los habían dejado, aunque las posiciones habían cambiado.

Thibault estaba junto a la chimenea. Geneviève y Constance hablaban en voz baja.

Corbin había abierto el maletín. Mariette permanecía cerca de una ventana.

Éliane fumaba, aunque Delacroix no la había visto hacerlo antes.

Todos miraron la llave envuelta en su pañuelo.

Gabriel fue hacia la caja, pero Delacroix negó.

—No.

—¿Qué?

—A partir de ahora la guardo yo.

Aquello produjo algunas miradas.

Gabriel vaciló.

—Es mía.

—La casa también y mire cómo ha terminado eso.

Thibault sonrió.

—No voy a cansarme de él.

Gabriel extendió la mano.

—Armand.

—Si cree que esa llave puede estar relacionada con una muerte, deja de ser un recuerdo privado durante esta investigación.

Gabriel lo pensó.

Después cedió.

Delacroix colocó la pieza dentro del sobre y lo guardó en un bolsillo interior de su chaqueta.

Constance lo observó.

Solo eso.

Delacroix se volvió hacia Vauclair.

—Ahora quiero sus notas originales.

El médico endureció el rostro.

—Ya le dije que…

—No el informe.

—¿Entonces?

—Las notas tomadas aquella noche.

Vauclair dejó de moverse.

Gabriel lo miró.

—¿Las conservas?

El médico tardó demasiado.

Delacroix sintió que otra puerta se abría.

—Doctor.

Vauclair suspiró.

—Sí.

—¿Aquí?

—No.

—¿Dónde?

—En mi maletín.

Thibault soltó una carcajada.

—¿Todo el mundo ha traído documentos secretos menos yo?

Corbin lo miró.

—No me tranquiliza que lo digas.

Vauclair tomó su maletín médico de junto al sofá y abrió un compartimento inferior. Sacó un pequeño cuaderno negro.

Gabriel se quedó mirando.

—Me dijiste que todo estaba en el informe.

—Todo lo relevante.

Delacroix extendió la mano.

Vauclair no se lo entregó inmediatamente.

—Son notas médicas privadas.

—De una mujer muerta cuya muerte estamos investigando.

—Contienen información que puede no guardar relación con esto.

—Entonces procuraré no entusiasmarme con sus resfriados infantiles.

El médico sostuvo su mirada.

Finalmente entregó el cuaderno.

Delacroix buscó la fecha.

Doce de octubre.

Había varias anotaciones apresuradas, abreviaturas médicas y horarios. Vauclair tuvo que explicarle parte de la escritura, que parecía haber sido diseñada para impedir que cualquier persona ajena a la profesión descubriera que los médicos también utilizaban palabras corrientes.

Temperatura.

Pulso ausente.

Rigidez.

Coloración.

Posición.

Y después:

pequeña solución de continuidad, base pulgar dcho.; sangrado mínimo.

Delacroix levantó la vista.

—Aquí está.

Gabriel se acercó.

Vauclair asintió.

—Sí.

—En el informe definitivo aparece como abrasión superficial probablemente producida por vidrio.

—Sí.

—Aquí no dice vidrio.

—Porque en ese momento todavía estaba examinando.

—Entonces primero vio una herida.

—Sí.

—Después vio cristales.

—Ya los había visto.

—Entonces primero anotó la lesión sin atribuirla.

Vauclair empezó a irritarse.

—Así funcionan las notas clínicas. Uno registra y después interpreta.

—Exactamente.

Delacroix pasó la página.

Había otra anotación.

—¿Qué significa esto?

Vauclair miró.

Su expresión cambió.

—Parestesias.

—¿En una muerta?

—No.

—Entonces.

Vauclair permaneció callado.

Gabriel dio un paso.

—Nicolas.

—Es una referencia a algo que dijo Éliane.

Delacroix levantó la vista.

—¿Qué dijo?

Vauclair miró hacia ella.

Éliane, desde el otro extremo del salón, se puso pálida.

—Yo no…

—Dijiste que Héloïse se había quejado de hormigueo en las manos durante la cena.

Éliane frunció el ceño.

—¿Dije eso?

—Sí.

—No lo recuerdo.

Delacroix miró el cuaderno.

—¿Está en su declaración?

Gabriel buscó rápidamente entre los papeles.

No.

Vauclair se pasó una mano por la frente.

—No consideré que tuviera relevancia. Pudo haber sido frío, ansiedad, cualquier cosa.

Delacroix cerró el cuaderno lentamente.

La pequeña herida.

La llave.

La cerradura dura.

El hormigueo.

Nada constituía todavía una explicación.

Pero ya no eran detalles aislados flotando por la noche.

Empezaban a mirarse entre sí.

Gabriel lo observaba.

—¿Qué piensa?

Delacroix volvió a abrir el cuaderno.

—Que quiero saber exactamente qué dijo Éliane aquella noche.

La mujer apagó el cigarrillo con dedos demasiado cuidadosos.

—No me acuerdo.

—Entonces tendremos que ayudarla.

—Han pasado cinco meses.

—Hace una hora Gabriel estaba completamente seguro de haber guardado una llave en una caja. Ya hemos establecido que la memoria tiene sentido del humor.

Éliane bajó la mirada.

Delacroix cerró el cuaderno y contempló a todos.

—Pero antes quiero dejar algo claro.

Nadie habló.

—La habitación era cerrada.

Thibault frunció el ceño.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Lo suponíamos porque la policía lo dijo. Ahora yo también lo digo.

Gabriel lo miró con una intensidad casi dolorosa.

Delacroix continuó:

—No he encontrado pasadizos. Las ventanas estaban aseguradas desde dentro. La chimenea no sirve como salida. La cerradura funciona. Si alguien estuvo dentro de esa habitación después de que Héloïse cerrara la puerta, no veo cómo pudo marcharse dejando todo como lo encontraron.

Vauclair cruzó los brazos.

—Entonces hemos vuelto al principio.

Delacroix miró hacia la escalera.

—No.

—¿Por qué no?

Delacroix tardó unos segundos en responder.

Todavía no quería formular en voz alta la intuición que empezaba a crecer. No porque temiera equivocarse; equivocarse formaba parte del oficio. Temía que, al decirla demasiado pronto, todos empezaran a deformar sus recuerdos para adaptarlos a ella.

—Porque ahora sabemos que la imposibilidad es real.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Eso ayuda?

Delacroix guardó el cuaderno de Vauclair sobre la mesa.

—Muchísimo.

—¿Cómo?

Miró una vez más la puerta del salón, después el techo bajo el cual estaba la Chambre des Tilleuls.

—Porque ya podemos dejar de buscar trucos para abrir una habitación que estaba verdaderamente cerrada.

Thibault lo observó.

—¿Y qué buscamos entonces?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Todavía no lo sé.

Y esa vez fue la verdad más importante que había dicho en toda la noche.