Capítulo 6 — La habitación imposible #3
Delacroix casi sonrió.
—Ahora empieza a caerme mejor.
Vauclair lo ignoró.
Delacroix abrió uno de los cajones del tocador. Vacío salvo por algunos objetos personales que Gabriel había conservado: horquillas, una caja de polvos, un peine.
—¿Se analizaron frascos?
—Sí, superficialmente.
—¿Veneno?
—Nada evidente.
—¿Comida?
—No.
—¿Agua?
—No.
Gabriel frunció el ceño.
—La jarra.
—No se analizó —dijo Vauclair.
—¿Por qué?
—Porque no había razón.
Gabriel se volvió hacia él.
—Murió al lado.
—También murió al lado de una alfombra. No analizamos la alfombra.
—No sea ridículo.
—Estoy intentando que entiendas cómo se veía aquella habitación en ese momento.
No había una nota de amenaza, no había signos de lucha, no había una botella marcada con una calavera.
Había una mujer muerta, una puerta cerrada desde dentro y una historia médica que no ofrecía ninguna evidencia evidente de homicidio.
—Tenía veintiocho años.
—Y vuelves siempre a lo mismo.
Delacroix levantó una mano.
—Los dos tienen razón en cosas diferentes y eso suele ser la forma más eficiente de prolongar una discusión.
Se acercó a la mesa pequeña.
—La jarra llegó del comedor.
Gabriel asintió.
—Según Mariette.
—¿Quién la subió?
—No lo sabemos.
—Eso vamos a averiguarlo.
Miró el suelo.
—Si Héloïse la llevaba consigo, tenía una mano ocupada.
Vauclair lo miró.
—¿Y?
—Y quizá documentos en la otra.
Gabriel frunció el ceño.
—Podría haber vuelto por la jarra después.
—Podría.
—O alguien se la llevó.
—También.
—¿Cree que estaba envenenada?
Delacroix suspiró.
—Creo que todavía tenemos demasiadas personas empeñadas en saltar desde una pista hasta una solución sin molestarse en utilizar los escalones.
Gabriel bajó la mirada.
Delacroix caminó hacia la puerta y se quedó delante de ella.
—Vamos a hacerlo desde el principio.
—¿Qué cosa?
—La última entrada.
Miró a Gabriel.
—Usted será Héloïse.
Gabriel pareció incomodarse.
—No.
Delacroix lo entendió inmediatamente.
—Bien. Yo.
Salió al corredor.
Cerró la puerta.
La abrió de nuevo.
Entró.
Imaginó una carpeta en una mano, quizá la jarra en la otra. Dejó la carpeta ficticia sobre el escritorio. Si había llevado agua, la colocó en la mesa. Se volvió hacia la puerta.
La cerró.
Tomó la llave envuelta y la introdujo.
Esta vez no utilizó el pulgar sobre el metal. Sujetó el aro con el pañuelo y giró despacio.
La cerradura ofreció resistencia.
Un poco más.
El pestillo terminó de entrar.
Delacroix quedó inmóvil.
Había algo profundamente ordinario en aquel movimiento.
Eso era lo inquietante.
Nadie que cerrara una puerta de ese modo pensaría que estaba haciendo algo digno de recordar.
Girarla.
Retirar la mano.
Continuar con la noche.
Vauclair estaba observándolo.
—¿Qué?
Delacroix dejó la llave puesta.
—Nada todavía.
—Ha visto algo.
—He cerrado una puerta.
Gabriel dio un paso.
—Se hizo daño en ese mismo gesto.
—Usted sí.
—Héloïse tenía una herida en el mismo lugar.
—Sí.
—¿No le parece suficiente?
Delacroix se volvió.
—Para interesarme, mucho. Para acusar a alguien de asesinato, ridículamente poco.
Gabriel apretó los labios.
—¿Qué necesita?
—Saber si la lesión apareció antes o después de cerrar.
Saber si las marcas de la llave existían ya el doce de octubre.
Saber si podían producir esa herida. Saber si esa herida tiene relación con la muerte.
Saber qué sustancia podría matar de esa forma, si es que hubo una.
Saber quién pudo preparar algo semejante.
Saber por qué. Y después, si tenemos una respuesta para todas esas preguntas, quizá podamos empezar a utilizar la palabra suficiente.
Gabriel bajó la mirada.
Vauclair asintió lentamente.
No con satisfacción.
Con respeto profesional.
Delacroix caminó hacia las ventanas.
—Ahora imagine que usted quiere matar a Héloïse dentro de esta habitación.
Gabriel levantó la vista.
—¿Yo?
—Cualquiera.
—No me gusta el ejercicio.
—Los asesinatos rara vez se diseñan para resultar agradables a los prometidos.
Gabriel recibió el golpe sin protestar.
Delacroix señaló la puerta.
—Entra con ella. La mata. Tiene que salir.
Miró las ventanas.
—No puede.
La chimenea.
—No puede.
La puerta.
—Si abre, la habitación deja de estar cerrada por dentro.
Vauclair cruzó los brazos.
—Eso fue exactamente lo que concluyó la policía.
—Sí.
—Entonces ¿qué estamos haciendo?
Delacroix lo miró.
—Comprobando que en esa parte hicieron bien su trabajo.
El médico pareció sorprendido.
Delacroix continuó:
—No necesito que la investigación anterior sea incompetente para encontrar un error. De hecho, preferiría que no lo fuera. Los errores interesantes suelen aparecer cuando personas razonables hacen correctamente varias cosas y se equivocan en una sola pregunta.
Gabriel miró la puerta.
—¿Cuál?
Delacroix no respondió.
Todavía no la tenía formulada.
Solo sentía su presencia.
Algo ligeramente desplazado en la lógica.
La policía había demostrado que nadie podía abandonar una habitación cerrada desde dentro sin alterar alguno de sus elementos.
Perfecto.
La conclusión posterior había sido que, por tanto, nadie había matado a Héloïse allí.
Eso también parecía perfecto.
Demasiado perfecto.
—¿Quién encontró la puerta cerrada por primera vez? —preguntó.
—Yo.
—¿Solo?
—Sí, al principio.
—¿Qué hora?
—Cerca de las once y media.
—¿Por qué subió?
—Quería hablar con ella.
—¿Sobre?
Gabriel miró hacia el suelo.
—La discusión.
—¿Pretendía convencerla?
—Quería pedirle que esperara hasta el lunes para decidir nada.
Delacroix arqueó una ceja.
—Ella ya pensaba esperar hasta el lunes.
—Quería decir que esperara más.
—¿Por la familia?
—Por todos.
—¿También por usted?
Gabriel levantó la mirada.
—¿Qué insinúa?
—Nada. Pregunto.
—Yo no dependía del dinero de Héloïse.
—No he preguntado eso.
Gabriel respiró.
—Nuestra boda habría cambiado algunas cosas. Ella pensaba revisar testamento, poderes y determinadas estructuras patrimoniales. Eso iba a empeorar la discusión con su familia. Quería evitar que tomara decisiones mientras todos estaban enfadados.
—¿Y ella no respondió?
—No.
—¿Llamó cuánto tiempo?
—Quizá un minuto.
—¿Probó el picaporte?
—Sí.
—¿La llamó por su nombre?
—Claro.
La expresión de Gabriel cambió.
No por el contenido.
Por regresar a ese momento.
—Pensé que no quería abrirme.
Delacroix guardó silencio.
—Le dije que no estaba allí para discutir. Que solo quería hablar. Esperé. Volví a llamar. Entonces… no sé. Algo me preocupó.
—¿Oyó algo dentro?
—No.
—¿Ni movimiento?
—Nada.
—¿Y bajó por Thibault?
—Sí.
—¿Por qué él?
Gabriel tardó.
—Estaba en el vestíbulo.
—Eso contradice otra declaración.
—¿Cuál?
—La suya, entre otras.
Gabriel cerró los ojos.
—Entonces estaba cerca.
—Eso tendremos que reconstruir.
Delacroix miró alrededor.
—Cuando forzaron la puerta, ¿la luz estaba encendida?
—Sí.
—¿Qué lámpara?
Gabriel señaló la del escritorio y otra junto a la cama.
—Esas dos.
—¿La chimenea apagada?
—Sí.
—¿Ventanas cerradas?
—Sí.
—¿Cortinas?
—Abiertas.
—¿Héloïse vestida?
Vauclair contestó.
—Sí. La misma ropa de la cena.
—¿Zapatos?
—Uno puesto.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Uno?
—El izquierdo. El derecho estaba cerca de la cama.
Delacroix miró al médico.
—Eso no apareció antes.
—No me lo preguntó.
La frase produjo una sonrisa involuntaria en Delacroix.
Vauclair también la percibió.
—Entiendo la ironía.
—Me alegra.
—No creo que importe.
—Todavía no.
—¿Quiere saber también si llevaba pendientes?
—Sí.
Vauclair se quedó callado.
Delacroix sonrió.
—A veces las preguntas absurdas resultan menos absurdas cuando alguien ha muerto.
Gabriel respondió:
—Llevaba pendientes.
—¿Collar?
—No.
—¿Cabello?
—Suelto.
—¿Había empezado a desvestirse?
Vauclair negó.
—No parecía.
Delacroix miró el zapato imaginario junto a la cama.
Una mujer entra, cierra, quizá se quita un zapato.
Después algo ocurre.
No mucho tiempo después, si todavía llevaba toda la ropa.
—¿Documentos abiertos?
Gabriel asintió.
—Sobre el escritorio.
—¿Había escrito algo?
—No.
—¿Una pluma destapada?
Gabriel pensó.
—Sí.
Delacroix lo miró.
—¿Está seguro?
—La recuerdo.
—¿Fotografía?
Buscaron.
En una imagen podía verse un tintero y una estilográfica sobre el escritorio.
—¿Tinta fresca en algún papel?
Gabriel negó.
—No sé.
—¿Lo comprobó alguien?
—No.
Delacroix suspiró.
Cada detalle abría una puerta y, detrás, encontraba más habitación.
Vauclair miró el reloj.
—Llevamos casi una hora aquí.
—¿Tiene prisa?
—No. Solo empiezo a entender por qué Gabriel nos preparó café.
Delacroix sonrió.
—El progreso médico es emocionante.
Volvió hacia la puerta.
—Quiero una cosa más.
—¿Qué?
—Que salgamos y la cerremos tal como estaba.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para verla desde fuera.
Salieron.
Delacroix dejó la llave dentro y cerró.
Naturalmente no pudieron bloquearla completamente desde fuera porque necesitaban girar la llave desde el interior. Repitieron el procedimiento con Gabriel dentro; él cerró, dejó la llave puesta y respondió a las voces.
—Ahora no responda —dijo Delacroix desde el corredor.
Silencio.
El detective probó el picaporte.
Nada.
Apoyó el oído contra la madera.
—Camine.
Dentro, Gabriel caminó.
Se oía.
Débilmente, pero se oía.
—Abra un cajón.
Sonido.
—Deje caer un libro.
Golpe claro.
—Hable en voz normal.
Gabriel dijo algo.
Las palabras no se distinguieron del todo, pero la voz sí.
Delacroix miró a Vauclair.
—Si Héloïse hubiera estado consciente y caminando cuando Gabriel llamó, probablemente lo habría oído.
—Probablemente.
—Si hubiera caído antes…
—Podría no responder.
—¿Podía morir rápidamente?
Vauclair frunció el ceño.
—Depende de qué la matara.
—Exactamente.
Gabriel abrió la puerta desde dentro.
Delacroix lo miró.
—¿Cuánto tiempo había pasado desde que la vio viva por última vez?
—No lo sé con exactitud. Una hora. Quizá algo más.
—¿Y todos asumieron que murió durante ese intervalo?
—Sí.
—¿Porque estaba sola?
—Sí.
—¿Porque la puerta estaba cerrada?
—Sí.
Delacroix asintió.
Otra vez aquella lógica.
Sólida.
Elegante.
Tal vez demasiado.
Bajaron.